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Virginia Almenara Espallargues

 

 

NIEBLA

La niebla ciega la noche. La sirena del puerto, a intervalos, no cesa de sonar. En vez de llamadas parecen lamentos que estremecen sumergidos en la nada, como quejidos de náufragos que claman.

Sigilosa se introduce por las callejuelas, se enroca, haciendo laberintos de tinieblas donde se pierden las sombras.

De estas calles angostas de adoquines siempre húmedos, partieron algunos que el mar no trajo.

Callejones mirando al norte, donde duerme la penumbra, y el verdín se cobija por las rendijas de los desconchones. Y crece, y se multiplica, escalando hasta la cima sin que el Sol le roce.

 Las gotas del vaho corren por el cristal. Fuera, todo es espesura fría.

Al amor de la chimenea, marineros borrachos de mar, derraman historias tejidas a golpes de temporal.

Sus ecos permanecen flotando en el silencio, A veces el corazón se encoje y otras la leña palpita.

Desde el fondo se oye el tañer sobre las piedras de alguien invisible al pasar.

¿Será un alma errante que en noches como ésta regresa a casa?. Es noche de difuntos, bienvenido sea.

 

PENTAGRAMA EN EL AGUA

El cielo no tenía mácula, la mar lisa, no existía bruma, ni un suspiro de brisa que hiciese sacar del letargo a una hoja. Brillaban como recién llovidas. Podía mirar a lo lejos, nada perturbaba la vista; así de radiante era la tarde de aquel día.

Desde el mirador del monte Hacho veía al norte el Estrecho, detrás la costa de España, con el Peñón de Gibraltar de centinela. Al este se abría el Mediterráneo. Al sur, en Marruecos Cabo Negro sobresalía,  y en el centro,  Ceuta entre dos mares, española y cosmopolita.

En aquella atalaya, los buques parecía miniaturas de madera colocadas a mano sobre el cristal de una maqueta. Tanta quietud aparentaban que sólo les delataba la estela, que como sutil línea quedaba después de que los grandes cargueros partiesen el agua.

El sol se fue ocultando tras la Mujer Muerta, antes de perderse en el Atlántico. Los matices caminaron entre toda la gama de rojos, la luz cambiaba por momentos y con ella el panorama, cuando del oeste llegaron jirones de nubes que, desde lo más alto, atrapaban los colores suspendidos en el limbo del espacio. En ese instante me sentí pájaro, girando la cabeza de arriba abajo, ahora al norte, luego al sur, después al este, también a Ceuta.

La ciudad se iluminó mientras el cielo pasaba de rosa a violeta, en el Estrecho se dibujaban pentagramas en el agua y a su paso lento se fue haciendo la noche.

Cuando el relente penetraba por la costa de los dos continentes las luminarias temblaban.

 

EL CIGARRAL

El camino es de cantos, a los lados lavandas, al pasar se cimbrean las plantas y el murmullo que provocan las piedras al pisarlas, evocan el rumor del mar arañando la playa.

La pequeña cuesta que lleva a la casa, la entretienen los rosales silvestres y los geranios grana. Al llegar a la cima, sobre un lecho de verde estampa, descansa un estanque repleto de agua cristalina. Elevados setos impenetrables como murallas lo abrazan, protegiéndolo del viento que le riza el agua.

Desde la terraza del Cigarral, los ojos se agrandan, la vista se extiende, la mirada se alarga. Al borde, el declive del monte, abajo Toledo en la distancia, iluminado por la luz, que roja en su agonía, expira entre los tejados y el Alcázar, mientras en el porche de la entrada, juega indiferente una niña que lleva en el rostro, dos pinceladas de cielo de La Mancha.

 

HILOS

Tanto te quería, que no me importó perder mi libertad, amigas, familia y hasta el día de mañana. Mientras tú, con tu bagaje  callabas.

Han pasado los años. El tiempo me ha dejado sin brillo la mirada, poblado de surcos el rostro, las manos, abotargadas. ¿Y entre tú y yo? Palabras hirientes, silencios que hablan, ni tan sólo un ¡Buenas noches, hasta mañana!.

Hoy, que no tengo nada, veo con estupor lo poco que me has querido, que me querías anulada.

Atastes hilos dorados de tus lamentos a mi alma,  para asegurarte que iba por donde tú quieras que vaya. Sin darme cuenta que eran hilos de telaraña.

 

MI TERRAZA

Los nísperos están floreciendo y envuelven la terraza de un suave olor a miel. Los abejorros, peludos y gordos, revolotean zumbando de una a otra buscando su néctar. A veces, los encuentro muertos, quizás de frío.

En febrero, cuando las ramas de los albaricoqueros, aún desnudas, se cubran de flores, volverán con las abejas a por el festín que les prepara la primavera. Se posan sobre ellas haciendo caer sus pétalos blancos, el aire los dispersa dejando cuajado el suelo con los restos de la fiesta. A mi, se me antojan copos de nieve, y me deleitan.

Las salamanquesas ya no se ven ¿Estarán invernando?. Al comenzar el verano aparecerán sus crías, trepando por el muro, correteando entre las macetas. El gato vigilante intentará cazarlas. Cuando consigue alguna, la mete dentro de la casa. Se la quito y la suelto fuera, entre las matas. Del miedo se les cae la cola que continúa coleando como si tuviera vida propia. Me protesta con maullidos, volviendo a su guarida, para cogerla de nuevo en un descuido.

Pero no consigo que coja a las hormigas, puede ser que no las vea, no lo sé. Pero lo que de verdad le desconcierta es oír a los grillos y no poder atraparlos. Se esconden en los macizos. ¡Menos mál!, porque disfruto oyendo el "crí-crí" monótono de su sonido.

Veo venir a un mirlo. Va dando saltos de la palmera al ciruelo, del ciruelo al manzano, y de éste al lilo. Se ha posado en el pretil, está limpiándose su pico amarillo como si estuviese harto de haber comido. Últimamente aparecen muchas urracas. Sin ningún miedo se acercan tanto que se diría que quieren estar con el gato, porque ni unas ni el otro se inmutan.

A mi me inquieta que en septiembre acudan en busca de las uvas que cuelguen de la parra. Hasta ahora, no las han tocado. Veremos que sucede el año que viene, el invierno aún no ha llegado.

Mañana recogeré las últimas hojas caducas, podaré los rosales, los crisantemos, las hortensias, fumigaré el pino y esperaré impaciente que pase el frío para ver el despertar a la vida que se produce en mi terraza, de un octavo piso.