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Yo desvelo

 

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8

(CDXX - CDLXXXII)

 

CDXX

CDXXI

CDXXII

En los hijos de la tierra

se halla el compendio

de mi ser. Estoy en

todos los hombres y en

el resto de los seres.

No hay insecto ni microbio

que no me porte, aunque

ellos lo ignoren. Más sólo

el hijo de la tierra posee

mi imagen de hijo del

hombre y en su espíritu

se contiene mi palabra,

aunque no lo sepa ni

nunca la haya oído.

A quien no le importa su

mal, no ha de importarle

su bien. Quien se despreocupa

de su mal causado, no debe

esperar bien del Que así lo

Puede. Más mi Padre da

Bien por Mal para que el

hombre recapacite en su

camino y enmiende su

daño: El que no quiera

entender, entenderá.

 

 

Bellas son las palabras

del Bien que aún resuenan

en mis oídos en esta hora

amarga. Su cuerpo,

torturado y escarnecido por

el mal, yace en su

cruz ante la burla

de sus enemigos. No sé

a dónde mirar, donde

pongo mis ojos lo veo

a Él en su dolor. Su

madre ya no llora. No

le deben quedar lágrimas

en sus secos ojos. Pocos

los que han venido a

despedirle, es arriesgado, y las

iras de la maldad están prestas

a abatirse sobre nosotros.

¡Ha muerto el Ángel de

Israel, el Profeta del

Señor!. Nuestra congoja

no tiene a donde acudir.

¿Quien velará por nosotros?

El Mal se cree libre del

enemigo y se ufana de su

daño. El día se hace noche

y la tierra parece querer

atraparnos. Todos  huyen

despavoridos. El mal se

estremece de terror. Las

piedras ruedan.  Después el

silencio lo llena todo.

Lo bajamos y cubrimos

su lastimado cuerpo: Lo

que termina, empieza.

Se inicia el despertar del

hombre.

 

CDXXIII

CDXXIV

CDXXV

 

Sólo el que cree en mí,

me conocerá. El que sepa

de mí y no quiera saber, me

ignora y quien me ignora  no

me descubrirá en su corazón

dormido. El que se considera

mi enemigo, lo es de él

mismo y está conmigo

aunque no lo quiera. Si

él quiere conciliar su

espíritu, me hallará dentro

de sí dispuesto para él.

Sólo el indiferente a mí

no me hallará y deberá

buscarme en su purificación

si quiere acceder a la

Gloria dimanante del Señor

de la Creación.

 

Hijo de la tierra: si sientes

que tus caminos se angostan

hasta cerrarse a tu paso, no

te desesperes, mira al firmamento

y sabrás de la Gloria del Señor.

Él sabe de ti y si lo buscas

a través del Espíritu Santo,

lo hallarás y tu camino será

el más ancho y luminoso de

todos. Su Luz te guiará y

no habrá obstáculos para ti:

Quien busca la Gracia la

halla en su interior. Nada

podrán contra ti ya que

tu camino es el del Bien

y la Verdad.

Quien se abre al conocimiento

del saber, me hallará, pues

yo estoy en lo más pequeño

y en lo más grande, dentro

y fuera de él, en lo que

le rodea y circunda su interior,

en el aire que respira y

en el agua que bebe. Si

no es capaz de verme es

porque su ceguera es mayor

que su interés en la Verdad:

Cierra tus ojos y me verás

en tu oscuridad, ábrelos y

me verás a tu alrededor,

yo soy todo y la nada

y estoy en todo para el

que quiera hallarme.

CDXXVI

CDXXVII

CDXXVIII

 

Igual que las planta necesitan

el agua que riegue sus raíces,

el espíritu necesita del agua

de la fe para vivificarse y

poder fructificar. Un espíritu

sin fe se agosta y seca en

la más feroz de las sequías

y no dará ningún fruto.

La fe es el agua del espíritu

y sin ella no puede alzar

su vuelo de esperanza hacia

el Bien y la Verdad. 

 

El planeta Tierra es el planeta

Vida y en ningún otro lugar

del Universo es la vida más

propicia. De esa vida el

hombre es su ser más importante

y aunque toda vida es

extraordinaria en sí misma,

ninguna posee las

habilidades del hombre y

ningún otro ser puede

acercarse a su Creador:

El hombre es el rey de

la Tierra por sus cualidades

únicas.

 

La Tierra es el planeta

de la vida, pues es donde

más seres vivos hay. En

otros planetas hay formas

de vida, pero en ningún

otro lugar existe la

cantidad y variedad de

vida que en la Tierra.

De entre las especies

sobresale el hombre,

ya que la especie humana

es la única con conciencia

y dotada con la capacidad

y de la voluntad de elegir.

Se halla adornada con

la Gracia del Espíritu

Santo y posee un alma

inmortal, lo que hace

al hombre imperecedero

y por lo tanto distinto

a cualquier otro ser.

 

CDXXIX

CDXXX

CDXXXI

 

Más allá del Bien y del

Mal, más allá de las

sombras eternas que

envuelven lo oscuro

del Universo, se halla

el Espíritu del hombre

cuando viene a él.

Es el propio hijo de

la tierra el que elige

su camino.

 

Quien ama la carne,

está condenado a perderla.

Quien ama el espíritu,

ama lo vivo del ser

humano, su esencia

verdadera, él no se

corrompe ni muere.

El cuerpo es el sostén del

alma y cuando el alma

lo deja, se va de él

la vida. La vida es en el

hombre más que simple

motor del cuerpo, es el

soplo del espíritu eterno

hecho realidad tangible

e imperecedera.

 

¿Quién vela, quién cuida

y protege al hombre?.

Muchos son los protectores

del hijo de la tierra:

los espíritus de los suyos,

de los que le amaron

y le aman. Mi madre

María, el Espíritu Santo

y yo mismo, el hijo del

hombre. Aún así, cada

cual ha de cubrir su

camino solitario.

CDXXXII

CDXXXIII

CDXXXIV

 

La palabra que llega

mejor al hombre es

la que quiere oír. Lo

que no desea oír, resbala

por sus oídos como el

agua por el lecho del

arroyo y nada queda

de ella. No querer

oír lo que molesta, no

le quita fuerza, ya

que la Verdad sólo

tiene un camino y

una palabra, convenga

o no al hijo de la

tierra.

 

El Espíritu habla más

claro a los hambrientos

de palabra que a los

ahítos, ya que a los

artos de cuerpo y alma

no creen necesitarlo,

cuando son ellos los

más faltos, ya que más

se han alejado de Él.

El pan calma el cuerpo

más no el espíritu que

necesita el alimento

del Espíritu del Bien

y de la Verdad para

satisfacer su hambre de

eternidad.

CDXXXV

CDXXXVI

CDXXXVII

 

Hijos de la tierra:

Romped las cadenas

que os atan al

Mal, liberad vuestro

espíritu prisionero

de ingratitud e

iniquidad y pensad

qué: Lo que dais

al hombre, me lo

dais a mi y lo

que quitéis al hombre

me lo quitáis a mi.

Los otros hombres

deber ser yo para

ti y tu debes ser

yo para ellos.

 

El Mal parece

fuerte, más si os

enfrentáis a él

será como el

azúcar al agua

y de él no

quedará rastro:

Mi poder prevalecerá.

Muchos son los hijos

de la tierra que gimen

sus males y pocos

lo que proclaman

sus bienes. Más tanto

unos como otros son

las voluntad indescifrable

de mi Padre y el

hombre ha de acatarla.

CDXXXVIII

CDXXXIX

CDXL

 

Los bienes del hombre

no son los terrenos,

ya que ellos se

quedarán en la tierra

a la que pertenecen.

Los verdaderos bienes

del hombre se guardan

en el corazón de su

espíritu y ellos son

los que le hacen grato

a mis ojos.

 

Los que buscan

consuelo, en mi

lo hallarán. Los

que buscan su

camino, en mi

lo hallarán. Los

perdidos, en mi

se hallarán. Los

olvidados, en mi

serán recordados.  Los

desposeídos, a mi

me tendrán. Los

apagados, mi luz

los iluminará. Los

melancólicos, en mi

se esperanzarán. Los

vacíos, en mi se

llenarán. Los que

sufren, en mi se

confortarán, los

moribundos, en mi

vivirán siempre. Los

desgraciados, en mi

hallarán Gracia eterna. Los

rotos por la vida,

en mi se compondrán. Los

derrotados, en mi

hallarán su victoria. Los

muertos de corazón, en

mi hallarán vida. Los

desamparados, en mi

hallarán amparo. Los

abandonados, en mi

hallarán su refugio. Los

tristes, en mi hallarán

la alegría de sus corazones.

 

El hombre no puede

imaginarse el infinito,

no puede imaginarse,

la nada, tampoco

puede imaginarse

a Él, el Señor de

todo lo creado. Lo

que excede de los

límites de la razón

humana, sobrepasa

su imaginación y

el hijo de la

tierra se ve obligado

a ceñirse a su propia

esperanza de fe, único

refugio de su duda.

CDXLI

CDXLII

CDXLIII

 

El hombre lleva en

sí a los que le precedieron,

por lo que nunca está

solo. Igual mis apóstoles

llevaron y extendieron

mis enseñanzas que

no eran sino las de

mi Padre. Esas

enseñanzas pasaron

de unos a otros y

perviven en quienes

las creen y están

adornados por la fe

del Espíritu Santo.

Mi Iglesia porta

la llama incombustible

de mis palabras o lo

que es lo mismo, de

la Verdad revelada

por mí:  Qué los

distintos senderos

que se te ofrecen, no

te distraigan del

camino verdadero y

único. Ninguno

que crea en mí,

conocerá la soledad

angustiosa del espíritu.

 

Quien no cree en

mi madre María,

no cree en mí.

Mi madre fue

siempre pura y su

pureza y bondad le

hizo ascender sin

la impureza de la

muerte. Ella no

conoció la corrupción

de la carne ni la

del espíritu, ya que

fue pura de cuerpo

y alma hasta mi

Padre.

 

 

Cuando el hombre

se vuelve fiera,

pierde su condición

humana y se aleja

de mí. En ese

momento deja de

ser hombre y se

convierte en un ser

movido por el odio,

el rencor, la soberbia,

la ambición o la

desesperación. Aunque

de sus hechos responda

como hombre, no lo es,

ya que no lo guía su

razón, sino sus más bajos

y crueles instintos. Es en

esos momentos hijo del

Espíritu del Mal y hasta que

no renuncie a él, no

volverá a ser hombre.

CDXLIV

CDXLV

CDXLVI

 

Y el quiso que la

vida llenase el mar,

la tierra y el aire,

y que su Gloria

perdurase entre los

hombres. Ordenó el

orden del Universo

para servir a la

vida y que ésta

se maravillase de

lo hecho: Quien no

lo ve, morirá ciego.

 

Si al hombre no le

asombra el día y

la noche y su

matemática cadencia,

ha de admirarse del

Sol que alumbra su

tiniebla y calienta

su cuerpo. Y si aún

toda esa maravilla

le parece común, y

las estrellas y planetas

son para él puntos

en el cielo, habrá de

admirarse de su propia

vida, aunque no

comprenda lo que le

rodea, y si su vida

no es nada para él,

ha de reconocer que

más allá de ella le

espera el saber de sus

dudas.

 

Cuando hayas de

seguirme, lo sabrás.

Detrás de tu última

puerta me hallarás,

tu vida es una

parte libre de mi

y te pertenece y me

pertenece, pues también

es una parte libre

de  ti: No por

buscarme me hallarás,

sino cuando sea

el momento, y en

ese instante tu

duda, ya no será. Y

aunque andes de

espaldas, mi Luz

te guiará y nunca

más extraviarás tu

camino hacia mí.

CDXLVII

CDXLVIII

CDXLIX

 

El que me nombre

es un farsante, ya

que mi nombre no

está dicho al hombre

y dan lo ignorado

y secreto, por sabido

y conocido.

Quien oye mi

palabra, queda

prendido de ella

y nada ni nadie

podrá desviarle de

su misión, cuando

sea requerido para ella.

 

Y la vida llenó

la tierra, el agua

y el aire, y de

todas las especies,

sólo a una la

dotó de alma

inmortal, y esa

especie pobló la

tierra y supo

de Él. Y esa

especie quiso ser

superior a Él,

a su Creador y

esa especie será

barrida de la tierra

por El Que Todo lo

Puede, sino abdica

de su inicua soberbia

humana. A esa especie

se le mostró el camino

verdadero y quiso ignorarlo:

Quien merezca salvarse, será

salvado y quien quiera

salvarse, se salvará.

 

CDL

CDLI

CDLII

 

No hay distintas

realidades, sino una

sola realidad que

el hombre interpreta

a su antojo. Lo que

es realidad aquí, no

lo es en otra parte,

y lo que en la Tierra

influye, carece de

valor más allá de

ella. Cada ser posee

su propia y limitada

realidad. Todas esas

pequeñas realidades,

aunque ciertas, no

son nada más allá

de ellas. El hombre

se crea realidades

falsas que cree

verdaderas y su vida

transcurre en una

nube de mentiras, y

aunque esa nube no

la cree él, se ve

obligado a aceptarlas

o a apartarse de los

demás hombres en retiro.

 

La única y cierta

realidad es que el

hombre igual que nace,

muere y en ese

camino ha de saber

encontrar esa única

y cierta realidad que

le muestro. No aceptarla

no la impide y el

transcurrir es imparable

para el hombre. Si

el hombre se eleva

por encima de su

propia mentira hallará

la realidad única y

verdadera que es la suya

y esa realidad lo

acercará a mi, ya

que yo no soy apariencia,

sino  esencia de verdad,

y detrás de esa realidad

suya se halla la

realidad universal

que afecta a todas las

pequeñas realidades de

todos los seres creados,

incluida la del hombre.

Esa realidad Universal

soy yo, el Hijo del

Hombre, que lo espera

junto a mi Padre.

 

No hay antorcha

que ilumine la

profunda oscuridad

del Mal que anida

en algunos hombres.

La maldad humana

se recrea en su daño.

Su soberbia le impide

reconocerse como el

autor de acción maligna

lo cree que ha hecho

lo que debía y que

su obrar es necesario

para él y sus intereses

y por tanto no incurre

en mal, ya que

sus intereses están por

encima de los conceptos

usuales del bien y del

mal. Lo bueno para

él, es bueno y lo

malo para él, es malo.

En su egoísmo no

ve más allá de el

mismo y los demás

sólo son en cuanto a

su interés, sin significar

nada más para él:

Su castigo, si no enmienda

su mal, caerá sobre él.

CDLIII

CDLIV

CDLV

 

No todo el que

puede entender,

entiende. Al que

le falte la voluntad

de creer no querrá

entender y su mente

se cerrará a la Verdad

que no quiere saber.

Sólo el que abra su

corazón a la esperanza

la obtendrá de sí mismo

con la ayuda de

la Luz de la Verdad.

 

Vosotros, los que amáis

las apariencias y procuráis

parecer lo que no sois.

Vosotros os quedaréis sin

nada, toda vuestra

apariencia es sólo eso,

una máscara ante los

demás, y ante vosotros.

Vuestra máscara caerá

y sólo quedará vuestra

verdad, si es que aún

creéis en alguna que

no seáis vosotros y

vuestra perdida vanidad.

 

Lo que debe ser

y no es, queda

fuera del alcance

de la Maldad y

cerca de Él, aunque

no haya causado

mérito ni demérito.

Las fuerzas del Mal

nada podrán contra

lo que podía haber

sido y no fue, debido

a la maldad o

negligencia humana.

Su lugar es la nada

y su espera acabará

cuando el hijo de

la tierra acabe su

existencia: Lo que

no principia, no termina.

 

CDLVI

CDLVII

CDLVIII

 

Cuando el hombre

sobrepase los confines

del Universo que

le atrapa en sus

límites, será libre.

Mientras tanto ha

de soportar sus propias

incertidumbres y vivir

conforme a los usos

que le marcan otros

hombres anteriores

a él. Su propio

peso le aplastará

contra el suelo y

sólo su carga será

liviana cuando siga

mi palabra de Luz

y eternidad.

 

No comete daño quien

no lo quiere, sino el

que lo desea y ejecuta,

y aunque no lo hiciera

y sólo lo desease, seguiría

siendo en intención, por

lo que de él, aunque

no cometido, si lo realizó

en su corazón y de él

habrá de arrepentirse

para su perdón. El que

no quiere daño aunque

lo cause, no responderá

de él, ya que su corazón

no quiso hacerlo, y en

su propia torpeza lleva

su castigo.

Igual que el daño

acosa al hombre

hasta su destrucción,

el bien lo ampara

hasta su salvación.

Hay quienes sólo ven

daño y quienes

sólo ven bienes, aunque

ambos, el bien y el

mal, coexisten y es

potestad del hombre

elegir o rechazar uno

u otro. La mayoría

camina por el camino

de la indiferencia,

camino que les lleva

al olvido eterno.

CDLIX

CDLX

CDLXI

 

Señor ilumíname con

la Luz de tu bondad

y sabiduría para que

no yerre el camino

hacia ti.

 

Muchos son los que

lloran y pocos los

consolados, esos serán

mis preferidos para

recibir lo que les faltó.

Yo soy el padre

de los huérfanos de

afecto y en mi hallarán

el calor de su frío,

la sangre de su corazón

y el alimento de su

espíritu.

 

Yo soy el Principio del

principio y el Fin del

fin. Si estás a mi

lado, ningún mal

podrá contra ti.

El Espíritu Santo

te dará su fuerza

de convicción y de

poder y el Mal no

podrá acceder a ti.

Igual que las flores

del campo florecen

y se marchitan a

su tiempo, para

de nuevo volver a

florecer en el tiempo

propicio, tu florecerás

en mi aunque te

marchites y se acabe

tu vida en la tierra,

tú florecerás en mi

para siempre.

 

CDLXII

CDLXIII

CDLXIV

 

Él detuvo el gran

torbellino y del remolino

inmenso hizo surgir el orden

y todo ocupó su lugar.

En Él, todo es infinito

y sus medidas no existen

pues no son medibles.

Todo Él es inconmensurable

y Él es la misma medida

del tiempo y del orden del

Universo. Él es el pastor

de la Creación y la misma

 Creación no sería sin Él.

Más allá de Él la nada

se retuerce en la infinita

angustia de su soledad.

No habría espacio sin Él

y toda luz y toda energía

proviene de Él. Sin Él

no habría nada ni nada

acaecería.

 

Si seres humanos nacidos

de la misma madre y del

mismo padre son diferentes

y hasta opuestos en sus

deseos y razones y aún

en su físico, no ha de

extrañar que hombres

distintos e iguales, nacidos

de otros hombres y mujeres

siendo por ellos hermanos

de especie, sean capaces

de odiarse y atacarse

con saña y crueldad por

sus motivos opuestos y

sus cambiantes pareceres e

ignoren sus muchos pareceres

y la coincidencia de sus

fines y origen.  Estos hombres

tendrán su momento de

paz y llegarán a soportar

sus diferencias y similitudes

y se verán impedidos ha

unirse en una causa

común que a todos ellos

afectará. En ese momento

estaré al lado de ellos y

ellos sabrán de mi.

 

Más alta que la montaña

más alta, más profunda

que la  más profunda sima,

así es la conciencia de los

hombres. Ellos pueden

elevarse o hundirse según

actúen. En su obrar se

halla su salvación o su

perdición.

CDLXV

CDLXVI

CDLXVII

 

Más hermoso que el azul

del cielo, más suave e

íntimo que el olor de

la vida temprana. Más

dulce que la miel de

los campos de Jericó.

Más melodioso que el

canto del ruiseñor matutino.

Más suave que una piel

recién nacida, así es

lo que espera a los sentidos

del alma de los elegidos

ante la presencia de Él.

 

Mis palabras no son para

todos, sólo son dichas

para el que quiera

escucharlas. En los que

no quieran oírlas, resbalarán

en sus oídos hasta

perderse en la maraña

de sus vacíos pensamientos.

Mis palabras son para

quien las necesita, para

el que anhela saciar

su sed con ellas y llenar

su alma para no precisar

más alimento que ellas

para su espíritu. No

deben pronunciarse ante

mentes vacías o vacuas,

ante gentes preocupadas

por sus ganancias o su

medro, sino ante los

que buscan algo más

dentro de sí y sólo

hallan la zozobra de

su aliento perdido

en la oscuridad de sus

mentes. A ellos me dirijo

y a ellos me doy

y digo: Quien acoja

mis palabras, me

acoge a mi y nunca

le faltará la luz

de la esperanza eterna.

Yo soy de los hambrientos

y de los sedientos, no de

los satisfechos.

 

Yo no vine para

tranquilizar al hombre

en su duda existencial,

vine para sembrar una

semilla de fe y de

esperanza. Vine para

abrir las oscuridades

de la mente a la luz

y que la duda que

mortifica y anula la

fe y la esperanza, se

disipase como la niebla

ante la fuerza de los

rayos del sol. Vine

para transformar duda

en fe, y muerte en

vida y angustia en

esperanza. Y que el

hombre supiera que

estaré con él en su

desolación, en su

desesperación y en su

más perdida desesperanza

y soledad de espíritu:

Mi camino queda abierto

sólo queda seguirlo.

CDLXVIII

CDLXIX

CDLXX

 

Qué es la angustia

de la soledad ante

la muerte de un ser

querido. Esa angustia

y esa soledad supera

la propia, para después

unirse a ella y causar

el apagamiento del

espíritu. Para salir

de ese estado de

desdicha profunda,

sólo cabe la oración

a quien siempre la

recibe de los que lo

precisan. El Espíritu

Santo aliviará la pena

de la pérdida y la

soledad se tornará en

compañía: Quien crea

a pesar de su daño, se

salvará.

 

Me entregué al hombre,

al hijo de la tierra

perdido y sin rumbo,

y le di mi mano para

que me siguiera, le

di mi sangre para que

saciara su sed y le

di mi carne para que

no volviese a tener

hambre, hambre o sed

de Verdad, de amor o

de saber. Yo soy el

guía del hombre, el

que señala su camino

y le ayuda cuando

se extravía. Yo soy

la luciérnaga en el

corazón del hombre.

La mano que lo alza

cuando cae y la luz

que alumbra su desdicha.

Su destino de luz

en la oscuridad de

su noche de tinieblas.

Yo soy la alegría de

su risa y las lágrimas

de su llanto. Conmigo

no hay temor ni pena:

Yo soy el que siempre

has esperado más allá

de ti.

 

Aunque los caminos a la

Verdad sean varios, sólo

hay una Verdad y el resto

de las certezas son derivadas

de ella. Aunque el hombre

ha tratado de llegar a la

Verdad él sólo no puede

acceder a su puerta, han

de mostrarle el camino

de ella y descubrir sus

maravillas. Esa puerta

es la entrada al Infinito

de la Gloria Eterna y

está vedado a los que

no lleven la pureza en

su corazón y el amor

a la Verdad en sus ojos

del alma. Y la bondad

que portan les abrirá lo

cerrado a otros y

para ellos alumbrará

la Luz eterna en Gracia

eterna al portador de

bondad y pureza de

corazón.

CDLXXI

CDLXXII

CDLXXIII

 

No es afortunado el

hombre porque Él está

con él, sino su riqueza

es una prueba, una dura

prueba de su bondad

para con los demás hombres.

Pocos son los afortunados

capaces de gastar en los

demás, al contrario, suelen

procurar acrecentar sus

bienes hasta donde pueden,

sin importarles las desdichas

que le rodean. En esos

casos su riqueza es una

maldición tanto para

ellos como para los demás,

ello no alcanzarán el

Bien entorpecidos por sus

bienes, y los demás no

conocerán la ayuda de

quien puede ayudarlos.

En esos casos su fortuna

es la mayor desgracia,

ya que les cerrará el

camino hacia la

única y verdadera

posesión: La Gloria

eterna. A quien más

se le da, más se le

pedirá.

 

No porque poseas

alimentos en abundancia,

podrás comer más de

lo que quepa en tu

estómago, ya que si

así lo haces sufrirás

el mal a tu exceso.

No porque poseas bienes

en abundancia  podrás

disfrutarlos, ya que

los límites del hombre

lo impedirán. Así quien

no reparte su sobrante,

no podrá aprovecharlo

para sí y sufrirá las

consecuencias de su egoísmo

necio, cuando llegue

el momento de llevar

las manos llenas de

bondades, amor y buenas

obras para los otros

hombres, él llevará

sus manos vacías

y presentará su vergüenza

ante Quien Todo lo

Puede.

La riqueza del hombre

no es sólo su fortuna,

sino los dones que poseen

que lo diferencian de los

demás hombres. Esa

riqueza ha de compartirla

con los otros hombres, ya

que para ese fin le fue

concedida. Si no lo

hiciera, no cumpliría

con los propios dones

concedidos y se consumirían

en su egoísmo estéril: A

quien se le da, más

se le exigirá.

 

 

CDLXXIV

CDLXXV

CDLXXVI

 

Nada es más valioso

en el hombre que

el afán por acercarse

a Él. Sólo con querer

acercarse, ya se acerca

y sus faltas quedarán

limpias y su corazón

purificado. Para aproximarse

al Señor del Universo,

debe orar con la fuerza

y la pasión del necesitado

de auxilio. A través

del Espíritu Santo, María

o yo, el Hijo del Hombre,

la oración sentida y

angustiada llegará hasta Él

y Él atenderá la súplica

necesaria.

 

La vida no ha sido

creada para sufrir,

ni para mortificarse por

propias o ajenas culpas,

la vida está creada,

para que se maravillen

los seres vivos de ellos

mismos y de lo que

les rodea. La vida

es más bien que mal

y más disfrute que

dolor, aunque existen

el mal y el daño

y nos hagan sentir

su presencia.

 

Alégrate por ti, ya

que puedes hacerlo,

y prepárate para

cuando se acabe

tu tiempo en este,

tu maravilloso mundo

terrenal.

 

Si lo terreno no

fuese valioso,

ningún ser

procrearía, ya que

no desearían que

sus descendientes sufrieran,

y el planeta

Tierra carecería de

vida continua.

 

Si os agrada lo que hacéis

y os sentís gratificados por ello,

no tiene mérito, pero si lo

que hacéis, no queréis hacerlo

porque os resulta desagradable

o excesivo, por su trabajo o

molestia, y no obtenéis por

ello ninguna gratificación,

eso sí es meritorio, ya que

por ello os vencéis a vosotros,

vencéis vuestros temores y vuestros

escrúpulos y sois capaces de

purificaros por vosotros mismos.

Vuestra recompensa será cierta

y os elevaréis por encima

de los demás hombres en bondad

y sacrificio. 

CDLXXVII

CDLXXVIII

CDLXXIX

 

A ti peregrino de Luz

que incansable recorres

los rincones del mundo

y combates la oscuridad

de los hombres con tu

Rayo de Verdad y

esperaza eterna.

 

Mi agua no es la que va

y viene, mi agua es

la que permanece en mi,

la que me conoce desde

que nací.

Mi agua sabe de mis

células, las recorre una

a una y conoce lo que

les falta o sobra.

Mi agua sabe de mis

pensamientos. Sabe

de mis flaquezas y de

mis fortalezas.

Mi agua soy yo.

Cuando falte, mi agua

se incorporará al mundo,

el que la bebe, sabrá de mi.

Y yo sabré de él.

Mientras permanezca mi agua,

aquí permaneceré.

 

Mis ojos vieron girar el mundo

en un torbellino de estrellas.

Vi  nacer la Tierra  y a

todos sus seres, sin saber

a donde iban. También giraban

en un Universo en movimiento

continuo fuerzas universales

antagónicas que pugnaban

por expresarse. Los choques

eran continuos entre planetas,

cometas, satélites, planetoides

y estrellas que, como el Sol,

brillan con luz propia y

con sus rayos templan

la frialdad de las sombras

perpetuas. Y de todos los

mundos elegí la Tierra para

darme a conocer, y al hombre

como testigo de mi Verdad.

Antes de eso, Él ordenó el

caos y cada mundo supo

de su camino en el Universo.

 

CDLXXX

CDLXXXI

CDLXXXII

 

En el espacio sereno

donde no tiemblan

al viento las hojas

del árbol, allí perdidas

en la inmensidad

de sus culpas, vagan

sin rumbo las almas

de los desesperados.

Buscan un lugar al

que asirse y sólo

hallan frío y soledad

eternas. Mi Padre

las rescatará cuando

llegue su momento

de perdón.

 

Voces de luz guiarán

a las almas perdidas

de los desesperados

que equivocaron su

camino. Así llegarán

junto a mi Padre

que perdonará sus

culpas y les prestará

su aliento de Espíritu

de Bondad Infinita.

 

Roncas son las voces

de los que gimen

en la oscuridad

de la noche eterna.

Serán escuchadas por

el que puede oírlas

y les liberará de su

angustia desolada.

 

Los peregrinos de luz

recorren los espacios

tenebrosos de las sombras

iluminando las almas

perdidas en la oscuridad

de la noche eterna.

Y las guiarán hasta

El que Todo lo Puede:

Su Luz será su salvación.

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