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Yo desvelo

 

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7

(CCCLXI - CDXIX)

 

CCCLXI

CCCLXII

CCCLXIII

 

Lo que no existe no

puede existir, luego

toda vida nueva ya

existía en su precedente,

aunque en forma invisible

o preexistente.

En el primer hombre y en

la primera mujer preexistía

toda la humanidad, tanto

la pasada como la actual

y la futura. En sus

células están nuestras

células y somos parte

de ellos y ellos de nosotros.

Lo que existe, existía y

esa existencia celular

lleva incorporada las

instrucciones de la especie

de la que se trate, incluida

la humana. El pasado

es un avance del futuro.

Por ese motivo el hombre

es tan parecido en cualquier

época y se haya sujeto a

similares condicionantes.

El pasado es el presente

y el futuro y están

implícitos en cada ser.

 

Donde no existe el tiempo.

Donde no existe el frío o

el calor.

Donde no existe la noche ni

el día.

Donde no existe lo conocido

ni lo desconocido.

Donde no existe la existencia.

Donde no existen las pasiones

ni los deseos.

Donde no existe lo animado

ni lo inanimado.

Donde no existe lo vivo ni

lo muerto.

Donde no existe el espacio,

ni espacio, ni lugar.

Donde no existe luz ni

sombra.

Donde no existe ni algo ni

nada.

Donde no existe ni una mota

de polvo.

En ese fatídico lugar que no

es lugar ni nada que se le parezca,

en esa nada entre la nada

moran las almas de los

desgraciados que fueron condenados

al silencio de la ignorada.

Ignorados por la eternidad en

una perpetua inexistencia

tan invisible como inútil:

Condenados a no ser ni

siguiera almas condenadas,

sino

sólo un fracaso infinito.

 

Bienaventurados los que

extienden un mensaje,

pues ellos serán oídos

más allá de donde llega

la palabra.

 

 

Bienaventurados los que

creen, pues ellos serán

creídos en sus hechos

y palabras.

 

 

Bienaventurados los que

se atreven a proclamar

un mensaje diferente

a su realidad, pues

ellos se encontrarán

con sus palabras y

en ese encuentro

hallarán su paz.

 

 

Bienaventurados los que

buscan la Verdad, pues

ésta es única y

desinteresada y ellos

la hallarán.

CCCLXIV

CCCLXV

CCCLXVI

Muchos son los desiertos

del corazón humano, más

entre ellos surge el

vergel de la esperanza

que le ofrece no acabarse

nunca en la Gloria

de su Creador.

 

Quien cree en mí,

cree en lo mejor de

sí, y quien no cree

en mí,  ha de buscar

refugio a su maldad

en su propio corazón

atormentado. Su

precario cobijo se

deshará como el

humo al viento.

 

Quien confía en lo

que de mi hallen en él,

no morirá y vivirá

en la Gloria Infinita

más allá del fin

de los tiempos.

CCCLXVI

CCCLXVII

CCCLXVIII

 

Muchos son los hombres

que utilizan sus creencias

para obtener ventajas

sobre los otros hombres.

Ellos imploran al Señor

del Universo para conseguir

predominio. Son iguales

a los siervos de Zoeltebec

que pretenden privilegios

a través de su maldad:

Los que quieran lo que

no pueden tener por

otros medios, no serán

oídos y sus peticiones

se perderán sin querer

ser escuchadas: Sólo

lo justo que nace de

la desolación llegará

a mi Padre.

 

Sólo la oración que nace

en el interior de la

necesidad angustiosa

llega hasta mi Padre

el resto se difumina

como humo al viento.

Así como el alma inmortal

es prisionera de un cuerpo

mortal y corruptible. El

hombre es prisionero de

sus propios deseos y pasiones

de las cuales sólo podrá

liberarse mediante la

intercesión del Espíritu

del Bien que le otorgará

la fortaleza necesaria

para vencerlos. Y pueda

presentarse libre y limpio

a la Gloria de su Creador

CCCLXIX

CCCLXX

CCCLXXI

 
 

Quise que el hombre comprendiese,

por eso vine.

Los hombres no quisieron oírme,

sólo querían mi ayuda para

aliviar sus dolores. Aunque me

oían, sus mentes no recibían

mi mensaje, pues su voluntad

era reacia a lo nuevo. Las

creencias antiguas les bastaban

en su ignorancia. Sólo unos

pocos quisieron abrirme sus

corazones y mentes y en ellos

germinaron mis palabras.

Muchas de mis palabras se

olvidaron y perdieron y otras

se ocultaron. Muchos no

entendían el sentido de mis

palabras, y las malinterpretaban.

Lo dicho por mi no les

importaba, sólo querían ver

mis señales. Cuando me fui

el hombre siguió sumido

en su ignorancia, más

mis semillas dieron frutos

que llenaron la tierra. 

 

No hay vida sin muerte

ni muerte sin vida para

el hijo de la tierra.

Igual que la semilla

duerme en la tierra hasta

su momento de germinar,

la vida del hombre duerme

hasta que llega su momento

de despertar a la vida

de la tierra. Una vez

cumplido su curso, vuelve

a su origen terreno. Su

alma regresa a su lugar,

intacta en los niños

y purificada en los demás

por sus obras y sentimientos

o por purificar de sus culpas

hasta ser admitida en

su origen inmortal.

El paraíso terrenal para

el hombre es su inocencia.

Su pérdida conlleva la

expulsión de lo ideal.

Nadie que no recupere

la inocencia de su

infancia, podrá regresar

a él. El Paraíso terrenal

es una forma única de

ver y sentir la vida y

no importa el lugar o

la circunstancia en la

que se esté: Es la

ausencia de malicia

y de la maldad que

lleva consigo. Tu

paraíso está en ti y

de su pérdida nace

el hombre o la mujer

que eres. Quien no me

busque con esa misma

inocencia, no me verá. 

 

CCCLXXII

CCCLXXIII

CCCLXXIV

 
 

La Verdad no es para

guardarla para sí, sino

para compartirla con

quien la acepte. La

Verdad avanza despacio

en el corazón de los

hombres, pero una vez

llegada a él, no lo

abandona. La Mentira

avanza rápida, más

al final sucumbe a

la Luz y descubre

su maldad oculta.

Dos son las misiones del

hombre: Buscar la Verdad

y proclamarla a los que

la buscan, una vez hallada

ésta. Para que su camino

sea más fácil debe buscar

en mi palabra, pues en

ella se halla lo que el

hombre busca. Fuera de

mi no hay salvación.

Fuera de mi todo es

oscuridad y mentira y

quien sigue el camino

de la mentira se perderá.

Muchos profetas no son

sino Zoeltebec o enviados

suyos plenos de palabras engañosas.

 

Dos son los corazones

puros: El corazón de

la inocencia que no

conoce la maldad dentro

de sí, y el corazón del

hombre que sí la conoce

y la rechaza al reconocerla

dentro de sí. Es mayor

el mérito de quien la

rechaza, pues lucha contra

sí mismo, ya que su

maldad está dentro de él.

Quien se vence a sí mismo,

se acerca a mi y la fuerza

de su victoria estará

guardada por el Espíritu Santo

que la presentará a mi Padre.

 

 

CCCLXXV

CCCLXXVI

CCCLXXVII

 

Cuando supieron de mi

muerte, muchos de mis

discípulos y seguidores

dejaron de creer en mi.

Incluso mis apóstoles,

a los que elegí para

extender mi doctrina

dudaron de mi.

Mi muerte me igualó,

a sus ojos, a los demás

hombres y se preguntaron

¿Sí es como nosotros,

a qué adorarlo y seguirlo?

Ellos me eran

necesarios y para vencer

su desilusión sobre el

Hijo del Hombre, me

aparecí a ellos en otra

apariencia y les hablé

sobre lo que esperaba de

ellos. Desde ese momento

dejaron de dudar y de

temer por sus creencias.

Mi nueva fue extendida

por el mundo y los

hombres supieron de la

existencia de lo

Inconmensurable y de

lo que de ellos se

esperaba para ganar

la vida eterna:

La Verdad fue dicha.

 

Muchos conocen la Verdad

más  pocos la siguen en

sus dificultades para

acercarse a mi. Y yo os

digo: Quien no se venza,

no vencerá a su enemigo.

Quien no se entregue,

no recibirá ningún fruto

pues su árbol se secará.

Sólo el que beba de mi agua

apagará su sed y sólo el

que coma de mi cuerpo

y beba de mi sangre

sabrá de mi y de

la Gloria eterna que

le ofrezco.

Sólo las almas del bien

y los espíritus de la bondad

se aceptarán en la eternidad.

Los cuerpos de los hijos de

la tierra volverán a ella:

Invoca al Espíritu del Bien

y de la Verdad y Él te

iluminará y te mostrará

lo que de mi hay en ti.

CCCLXXVIII

CCCLXXIX

CCCLXXX

Sólo los hijos del Mal

se niegan a aceptar

mi Verdad y huyen

de mi palabra. Sólo

su voluntad de bien

puede acercarlos a mi,

para ello deben renunciar

a Zoeltebec. Con la

ayuda del Espíritu Santo

recobrarán su voluntad

de bien y el camino

de la Verdad.

 

La batalla nunca cesará,

el hijo del hombre porta

el bien y el mal y esa

lucha continua le acompaña

durante su vida. Su voluntad

de bien debe vencer a su

espíritu de maldad para

alcanzar la Bondad Suprema,

para ello debe buscar la

ayuda del Espíritu Santo

con esta invocación:

Espíritu Santo acude a mi

y no me abandones nunca.

Fortalece mi brazo para

vencer a mi enemigo más

poderoso y sutil. Hazme

merecedor de tu Bien y

de tu Verdad para que

pueda alcanzarlo.

 

 

La fuerza del Espíritu vence

las leyes de la materia y

lo que no parece posible

lo es. La energía intrínseca

de la materia no se pierde

y la energía de nuestra

materia se une a nuestro

espíritu y forma un cuerpo

inmaterial pleno de luz y

energía. Ese cuerpo conserva

la imagen aunque no la

materia original de la que

se formó, que se une a la

tierra y en ella se fundirá.

La materia se queda en

la materia y la energía

se une al espíritu en

un alma inmortal,

intangible e imperecedera:

No hay más vida para

el hombre que la que

emana de él y de

su espíritu.

 

CCCLXXXI

CCCLXXXII

CCCLXXXIII

 
 

No hay misterio para quien

lo conoce, ni mentira para

el que conoce la verdad.

Para ocultar el vacío de su

ignorancia el hombre se protege

con el misterio. La imaginación

trata de vislumbrar lo oculto

a la inteligencia, más el no

saber y el no conocer hace

supersticioso al hombre. Los

misterios no son sino verdades

ignoradas: Sólo la fe

mitiga la ignorancia del

hijo de la tierra. No hay

misterios, sino ignorancia.

Sólo el hombre es culpable

de su ignorancia al no querer

aceptar mi mensaje de luz

y amor.

 

Como sarmientos retorcidos

así se retuercen las almas

de los condenados ante los

suplicios eternos. Ellas aún

podrán salvarse si lo imploran

y se arrepienten de sus maldades

y reniegan de Zoeltebec, el

inspirador de su maldad.

Si piden su perdón serán

perdonados por El que Todo

lo Puede.

 

Quien de mí come

no querrá otro alimento.

Y quien de mi bebe

no buscará otra fuente

para su sed.

Si aplacas tu hambre

y tu sed con mi alimento,

no precisarás otro y

serás saciado hasta

la eternidad.

 

 

CCCLXXXIV

CCCLXXXV

CCCLXXXVI

 
 

Padre mío, tú que me oyes

porque quieres oírme en tu

Gracia Soberana, escucha

mi súplica: Sea tu nombre

innombrable por los blasfemos

y demás hijos del Mal.

Cuida de tus desvalidas criaturas

y conduce a tu Reino Inmortal

a lo que así lo merezcan.

Perdona sus faltas y protégeles

del Mal.

 

Padre mío que estás en todo,

cuida de tus criaturas en la

Tierra como cuando ya no

estén en ella. Llévalas a tu

Reino. Perdona sus faltas,

y líbralos del Mal.

 

Muchos son los pesares del

hijo de la tierra y pocas

sus alegrías. Aunque él

tiene reservada la mayor

gloria si cree. Su fe le

llevará a la Gloria junto

al Todopoderoso y su Bien

no tendrá merma.

Señor del Universo y Padre

de lo creado, escucha la

súplica de tus criaturas

los hijos de la tierra:

Ellos necesitan de tu

Soberana Presencia y

de tu Bondad Infinita.

Ellos viven en la penumbra

y necesitan de tu Luz

y de tu Verdad Eterna.

Necesitan de la guía

del Espíritu Santo de

María y del Hijo del

Hombre para acceder

a tu Presencia y al

Amor Eterno

de tu Gloria

 

CCCLXXXVII

CCCLXXXVIII

CCCLXXXIX

 

Lo que se espera de ti

es que tu fe sea más

poderosa que tu duda

y que sigas mi camino

en tu corazón con la

fuerza del Espíritu de

la Verdad que alienta

tu espíritu.

Aunque no quieras acercarte

a Él y la certeza de tu

duda te lleve a su renuncia,

Él seguirá a tu lado y

cuando veas su Luz no

dudarás en seguirla.

 

Señor, Señor apiádate de

los indefensos hombres que

tanto te ofenden. Señor

dales las fuerzas para vencer

al Espíritu del Mal que

quiere arrebatarles de tu

lado. Señor muéstrales

tu camino luminoso

para que salgan de las

sombras tenebrosas.

 

CCCXC

CCCXCI

CCCXCII

 

Los aliados de la muerte

son espíritus de la bruma.

Ellos causan el dolor de

su Maldad en los hijos

de la tierra: Hay dolor,

más no hay muerte, hay

ausencia, más no abandono,

hay pérdida, más sólo

aquí en los encarnados.

Si los que mueren fueron

amados en vida, lo serán

en la Eternidad. Y si no

lo fueron, lo serán en

deuda a su amargura

por el que Todo lo Ama.

 

 

Si el hombre en su duda

no posee ninguna fe en

la existencia eterna y en

que pueda existir un Creador

de todo, y sólo es capaz de

creer en lo que ve y toca.

Eses hombre incrédulo, incapaz

de ir más allá de si mismo

y de lo cercano, debe mirar

el firmamento en una clara

noche estrellada. Una infinidad

de estrellas le dirán de su

pequeñez y de su insignificancia

y de que hay un Ser Superior

capaz de ordenar ese mundo,

tan descomunal para el hombre

que es incapaz de comprenderlo

o asumirlo. Cuando ese hombre

en su contemplación sienta

el vértigo de lo imposible,

sabrá que no está solo,

que nunca lo ha estado y

nunca lo estará. Él pertenece

al Universo y el Universo

le pertenece y cuando se sienta

uno y todo, comprenderá lo

indescifrable de su ser y su unión

más allá de lo que la armonía

de su unión le ofrece, en ese

momento sabrá de lo eterno

y que lo eterno siempre ha

sabido de él. Ese Eterno

es su Creador que le espera

más allá de su insignificante

pequeñez. Desde ese instante

creerá y nada ni nadie

podrá apartarlo de lo que

siente en lo más profundo

de su ser. Su espíritu está

presto para su unión con

el Universo más allá de

su razón.

 

La fe no se pierde

es la razón de la

duda y la duda de

la razón lo que la

distrae y dispersa.

Pero la fe sigue ahí,

presta a creer lo que

no ve, no sabe y no

comprende. Esa fe es

el instrumento más

valioso que la Gracia

del Espíritu Santo

deposita en nuestra

alma.

CCCXCIII

CCCXCIV

CCCXCV

 

En la nada no hay nada

ni siguiera un poco de algo,

un algo de ilusión, de esperanza.

En la nada sólo hay vacío.

Es un hueco aterrador,

un gigantesco agujero negro

donde se hunden vida y consuelo

arrastrados por el torbellino de la muerte.

En la nada ni siguiera hay muerte.

 

Si el hombre ve las estrellas

es porque necesita verlas

ya que los órganos y sentidos

del hombre están adaptados

a sus necesidades. Y si necesita

verlas es porque en ellas está

la constancia de la Infinitud

de su Creador. Quien mire

al Cielo a de creer y si

no es capaz de ello es porque

su mente se distrae en detalles

insignificantes y trata así

de huir de la Verdad Universal

que se presenta ante sus ojos.

 

Lo cotidiano distrae al hombre

y le impide tomar conciencia

plena de sí mismo. Al mismo

tiempo lo cotidiano muestra al

hombre su realidad más cercana

y le ayuda a sortear las flaquezas

de su espíritu. Lo cotidiano da

fuerzas para seguir y vencer

la desesperación y al mismo

tiempo lima las armas para

luchar contra esa misma

desesperación ya que lo

cotidiano se inicia y acaba

en sí mismo. El hombre

debe saber combinar ambas

energías y que una no prevalezca

sobre la otra, ya que cuerpo

y espíritu van juntos y son

inseparables del ser. 

 

CCCXCVI

CCCXCVII

CCCXCVIII

 
 

Igual que el hombre se

beneficia de la bondad

humana y se perjudica

con su maldad. Su

beneficio, si acepta los

dones del Espíritu Santo,

será inconmensurable y eterno

y su perjuicio, si acepta

al Espíritu de la Maldad,

será del mismo modo

inconmensurable y eterno:

El hombre elige.

 

El enemigo del hombre es fuerte

aunque su aliando lo es aún

más. No hay maldad que venza

en el tiempo, su victoria es

la del instante y su perjuicio,

aunque parezca duradero,

es tan amargo como efímero

En su perpetua insatisfacción

el mal nunca consigue su

propósito, ya que el hombre

es indestructible y si lo ataca

el mal es porque su aliado

es el Espíritu eterno del Bien

al que jamás el Mal podrá

vencer. El Mal deberá retirarse

a su morada de sombras eternas

para no ser deslumbrado por la

Luz emanante del Bien y

de la Verdad, y desde la

oscuridad sabrá de su derrota

perpetua.

 

Los amantes de la materia

quieren hurtar al hijo de

la tierra su espiritualidad.

Los amantes de la materia

son aliados de la tierra y

sólo aceptan lo que de ella

proviene. Niega lo que no

pueden tocar, ver, oler, oír

o saborear. Los hijos de la

materia no puede percibir

fuera de sus sentidos lo

que hay más allá.  Ante

su carencia, optan por negar

a lo que no alcanzan. Los

hijos de la materia no saben

que son instrumentos del

Espíritu del Mal que los usa

para que nieguen lo que ellos

mismos poseen y que ignoren

lo que los distingue de los

demás seres. El Espíritu

del Mal oscurece su raciocinio

y les ofrece pequeñas satisfacciones

para su halago momentáneo:

Los amantes de la materia

habrán de buscar en ellos

y reencontrase con su espíritu,

ya que será lo único que les

quede. El Espíritu es la única

propiedad humana no humana.

 

 

CCCXCIX

CD

                  CDI

 

Igual que  la semilla

surge del árbol y forma

parte independiente de él,

ya que conserva en sí los

caracteres del árbol no

siendo éste, el hijo del

hombre y mujer posee

su independencia como

ser distinto y conserva las

características heredadas

de su padre que lo

hacen  igual y distinto

a un tiempo. Ser hijo

es condición indispensable

para nacer  y para morir

pues quien no nace, no

puede morir ya que

carece de vida. Igual

que no hay ser humano

sin vida, no hay espíritu

que no viva en el hombre,

ya que fuera de él es

un espíritu sin vida ni

muerte. Un espíritu eterno

que conservaría las

características de cuando

era un espíritu vivo

albergado en un hombre.

Todo lo que vemos lo

anima el Espíritu de

la Creación, tenga o no

vida.

 

El espíritu forma parte

intrínseca de la vida del

hombre, ya que sin él sólo

sería materia y no se

distinguiría del resto de los

seres vivos. Pero el espíritu

del hombre, mientras vive

es un espíritu vivo, un

espíritu unido a la materia

hasta que la materia muere.

El espíritu no nace, por lo

que no muere, pero vive en

el hombre y con él permanece

desde su inicio a la vida

hasta su término. Es la

esencia misma del

hombre, lo que lo hace distinto

y único, igual y eterno,

pues a todo hombre adorna

un único espíritu, único

y distinto a cualquier otro.

Lo que ha de decirse,

se dirá, lo que ha

de oírse, se oirá, y

lo que ha de saberse,

se sabrá. El hijo de

la tierra sabrá a qué

atenerse sin duda

alguna y si él elige

el camino de la duda

o el de quien prefiere

ignorar lo evidente o el

camino del que acepta

la certeza de la Verdad

que se le ofrece, es sólo

su elección y su facultad

soberana lo decidirá en

uno y otro camino. La

Verdad es una e igual

llegará a todos.

 CDII

CDIII

CDIV

 

El hombre no viene al

mundo, pues ya estaba en

la tierra, desde antes de

nacer, en sus ancestros.

El hombre conoce la vida

para mejorar su condición.

Cuando el hombre alcanza

su punto mayor de bondad

muere, pues ya ha cumplido

su ciclo y nada ha de

atarle a la tierra. Su

alma conocerá la Verdad

pues ya está preparado

para afrontarla y aceptarla

y la Verdad lo aceptará a él.

El camino hacia la máxima

bondad es la vida y en

su recorrido se van dejando

a un lado las maldades

que aprisionan al Espíritu.

Los que no renuncian al

Mal en su recorrido, y

prefieren e Reino de la

Oscuridad, a él irán.

 

Sólo hay una verdad

para el hombre: la muerte.

Esa verdad única y a la

que todos accederán, es el

paso a la otra verdad, la

Verdad Suprema de la

eternidad, donde a los

espíritus del Bien les serán

abiertas las puertas de la

Gloria junto al Creador

de lo creado y a los

espíritus del Mal les

llevará a la presencia de

Zoeltebec, el Espíritu

del Mal, eterno e indescifrable

para los espíritus puros y

consecuente con ellos para

sus espíritus afines.

Cuando el hombre muere

sólo le queda su espíritu

que igual que cuando

vivía es único. Sólo

se vive y se muere una

vez y el cuerpo se

destruye una vez se

retira de él la vida.

La vida del más allá

no es una vida como

se entiende por el hombre,

la que vive entre los

suyos, sino una contemplación

del infinito del que se

forma parte. Unos espíritus

irán a su Creador

y con Él permanecerán

y otros preferirán el Reino

Eterno de las Sombras: La

elección es del hombre.

CDV

CDVI

CDVII

 

Nadie nace otra vez

ni nadie se reencarna

ni se reencarnará. Sólo

fue privilegio de María

mi madre y de mí.

Por Gracia de mi Padre

el Señor de la Creación.

Cuando volví a la tierra

lo hice en una forma

distinta y no fui reconocido

por los míos. Así supe

de ellos y ellos no de mi

hasta que quise ser reconocido

y les hablé: Ellos me creyeron

y creyeron mis palabras.

Las Escrituras y las palabras

de los profetas se cumplieron

en mi.

 

Los muertos no resucitarán

ya que lo único muerto

son los cuerpos, sus

espíritus permanecerán vivos

en su lugar que no es

lugar, ya que no ocupa

espacio. Los cuerpos

necesitan de espacio y

en la tierra ya no lo

habrá, por lo que nadie

recuperará cuerpo y espíritu:

Nadie vivirá de nuevo. La

vida es única. 

El espíritu del hijo de

la tierra conserva su

imagen, más no su

envoltura terrenal. Esa

imagen es vaporosa y

no es la última del

cuerpo, sino la que

prefiera el hijo de la

tierra del transcurso

de su tiempo vital.

CDVIII

CDIX

CDX

 

Sabe de mi el que me

busca dentro de sí. Yo

estoy en el interior del

hombre, pues cuando

vine al mundo dejé

mis palabras y señales

para el hombre que los

lleve en su corazón. El

que quiere oírme me oye

y quien no quiere es tan

sordo como una piedra

del arroyo, y tan ciego

como una luz apagada.

Cuando vuelva por

tercera vez al hombre,

no será motivo de

alegría, pues será la

Señal del principio

del fin para el hijo

de la tierra. Ya sólo

quedará arrepentirse y

buscar el Bien. Será

tiempo de oración continua

y mi Padre las escuchará

pues yo las elevaré al

lugar y momento de su

Gloria.

 

Quien elige el camino de

la Verdad, la hallará y

quien elige el camino de

la ignorancia o de su verdad,

también lo hallará, más

este camino no le llevará

a parte alguna, ya que se

acaba en sí mismo. El

camino de la Verdad conduce

hasta el Principio y el camino

de la ignorancia lleva al

fin, sin conocimiento de la

propia realidad que es

hurtada por la realidad

aparente del mundo.

Cuando el hombre  puede

pensar, piensa y ese

pensamiento lo acerca y

lo aleja de mi, pues se

contraponen la lógica de su

razón y la esperanza de

sus deseos. Cuando ambas

se unen, el hombre cree

y al creer se hace mejor

y se acerca a la sabiduría

de la tierra, a la ciencia

de lo creado, y en ese

conocimiento se haya la

base de la vida y la razón

última de su existencia.

CDXI

CDXII

CDXIII

 

Cuando el hombre implora

al Señor del Universo

debe hacerlo con sus

propias palabras y no

con palabras de otros,

pues la de los otros no

serán escuchadas y las

suyas sí, si salen del

corazón desesperado del

hombre.

 

El que va contra sí,

pierde su paz de

espíritu. Para recuperarla

debe de confiar en lo que es

por encima de sus propios

errores o faltas. Su culpa

no debe empujarle a ir

contra sí mismo, sino

a perfeccionarse para superar

su propia debilidad.

 

Muchas bellas palabras

que surgen de la esencia

del alma, se las lleva

la neblina del olvido

que envuelve el viento

inconstante del recuerdo.

Esas palabras giran

incontroladas por los

resquicios de la razón

hasta hallar su espacio

en en que depositarse y

formar parte indeleble

del espíritu de quien

las recibió.

 

CDXIV

CDXV

CDXVI

 

Tú peregrino de luz

que tanteas en la

oscuridad de tu mente

en busca de la senda

luminosa del camino

a la Verdad. Tú que

buscas la claridad de

tu alma entre las

tinieblas de tu ser.

Tú la hallarás y podrás

seguirla desde la claridad

engañosa de las palabras

hasta la Luz cierta del

Bien y la Verdad.  Allí

estaré yo que te espero

desde que emprendiste

tu áspero camino.

 

El hijo de la tierra

siempre ha tratado

de hablar con

lo que presentía, eso

lo hizo grato a los

ojos del que Puede.

Quien cree goza de la

palabra del Creador y su

pensamiento se acerca

al infinito, pues allí

se dirige lo que piensa

el hombre. En ese infinito

se halla todo ya que

Todo él es Verdad y su

dicha al  hallarla no

tendrá límites. La

Verdad se recrea en la

posesión de lo inconmensurable

y en la Bondad de lo

eterno y primigenio.

CDXVII

CDXVIII

CDXIX

 

Cuando el hombre se vuelve

ángel, muere, ya que el

Creador lo reclama para sí

en su Gloria interminable.

Quien persiste hasta el

fin de su tiempo en su

maldad, queda apartado

de la presencia del Bien

y de su Gloria inmanente.

Sólo los espíritus puros

gozan de la Presencia del

Infinito.

Dentro del hombre hay

un ángel y un demonio:

El hombre elige.

Sólo hay vida verdadera

y está más allá de ésta.

Vive el hombre en un sueño

provocado por el mismo

en un deseo de realidad

a la que nunca alcanza.

El hijo de la tierra es

prisionero de su propia

comedia y no logra evadirse

de su prisión hasta que

muere. En ese momento

su comedia acaba y empieza

su realidad intangible, la

que no quiso o no pudo

afrontar mientras vivía.

Muchos son los hombres

que emplean su tiempo

en conseguir bienes materiales,

sin dedicar ni un minuto

a lo que más debería

importarles: Su espíritu, su

bienestar espiritual. Estos

hombres aún ignoran que la

felicidad no está en poseer,

sino en no necesitar porque

no lo desea: Dedica tiempo

a tu espíritu y él te

fortalecerá.

 

                                                                                                     ^       

    pulsar 1,2,3,4,5,6,8,9,10,11,12,13,14,15,16,17y18