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  En Puntos de vista |Yo desvelo  hoy 

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Yo desvelo:

 

 

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18

(MXXII-MLXXXI)

 

MXXII

MXXIII

MXXIV

 

El Espíritu del Universo

se extiende por el Orden

del Mundo. En todo orden

allí se halla, en todo

desorden la voluntad

de Mal se aleja de Él.

No hay orden en el Caos

que rige el Espíritu del

Mal. El mal en el hombre

es el desorden de su espíritu

que lo lleva, en la debilidad,

a alejarse de Él y a desear

el mal que su voluntad

de bien rechaza. Si en esa

pugna vence el bien, se

fortalecerá en mi, si vence

el mal, se debilitará más

y se acercará a su espíritu

de mal. El desorden de

su espíritu lo dañará y

sólo sanará con mi Espíritu

de Bien. 

 

Yo soy la voz del silencio,

el canto de los pájaros y

el de los insectos. Yo soy

el vuelo de las mariposas

y el aire que va de

mi al interior del

hombre. Yo soy esa

nube que se deshace

en su vuelo de agua.

Yo soy la montaña que

se levanta hacia mi

con el poder efímero

de su roca. Yo soy la

flor de primavera que

espera vestida de colores

a sus insectos. Yo soy

el agua que surca la

barca y la que bebe el

sediento. Yo soy lo que

ves, lo que tocas, lo que

miras y admiras y lo

que más deseas. Yo soy

tu bien de eternidad

y el valor de tu miedo.

Yo soy la constelación

de tus estrellas. El

alimento seguro de

tu día y la luz serena

de tu noche. Yo soy

tu sueño y tu vigilia

en la noche de tus

días. Yo soy tu piel

y tu carne y el apetito

de tu espíritu. Yo soy

tu descanso y tu paz

que reconforta las dudas

de tu alma. Yo soy

la risa y la sonrisa que

nacen de ti para mi.

Yo soy el correr de la

gacela y la sombra de

tu árbol. Yo soy la

golondrina que arrancó

una espina de la piel

herida.  Yo soy tu sol

de cada día.

 

No temas cuando se acerque

el tiempo en el que no

cuenta ni el temor ni el

tiempo, ya que no existen

más allá de la vida. En

ese lugar que no es lugar

ni espacio, tampoco cuenta

lo que se ha sido o lo que

se ha conseguido. Allí sólo

se es lo que se es, que no

es, sino existencia del ser

que fue, del ser que fuistes.

Tu esencia no te guarda

sino a ti, lo que has pensado

y sentido y tu voluntad

de acción, sea esta de bien

o de mal. Esa esencia de

tu espíritu, eres tú, es lo que

de ti perdurará en el halo

luminoso de tu alma, que

conserva lo que de ti es

verdadero, único y distinguible

de cualquier otro ser.

MXXV

MXXVI

MXXVII

 

Mis enviados entre los hombres

son numerosos, ellos prestan

a los hijos de la tierra lo

que necesitan. Ellos son los

mensajeros de mi Bien.  Otros

enviados, lo son del Espíritu

del Mal y sólo siembran

dolor y aflicción a su paso

por el hombre. Los  débiles

les seguirán asombrados de

su poder y serán sus esclavos

eternos: Quien sirve al

Mal, a él se ata para siempre.

Quien sigue al Bien, Bien

obtendrá en su eternidad.

 

En la certeza de lo imposible

se halla la esencia de lo

infinito, lo que guarda lo

impensable para el hombre,

lo que posee dentro de sí,

su invisible más cierto y

oculto. Su inconcebible es

su verdad y en esa verdad

se halla todo él, aunque

el hombre no la conciba

con su razón. Cuando la

Luz de la Verdad y del

Bien ilumine la razón del

hijo de la tierra, lo abrirá

a la esencia de su ser y

esa esencia suya, existirá

más allá de el mismo y

su razón dejará su ignorancia

y el hombre sabrá de él

lo que ha de saber: En

ese momento el hombre

decidirá el camino de su

verdad eterna o de su

mentira, que ya no será

de razón, sino de sinrazón.

El hombre elige.

 

El hombre lleva en su

etéreo su inconmensurabilidad,

y en esa inconmensurabilidad

se halla su eterno, su esencia.

Todo hombre ha de saber

que posee un espíritu y

una imagen única y que ese

espíritu, esa alma, es eterna

e incorruptible y que

sobrevivirá a su materia

y que puede y debe elegir

su camino tanto en

vida, como en existencia

más allá y fuera de ella:

Quien a mi se acerca,

a mi me tiene, quien

de mi se aleja, también

me lleva.

MXXVIII

MXXIX

MXXX

 

El que ve lo invisible, ve.

El que oye lo inaudible, oye.

El que ve en su enemigo

a su amigo, ve. El que

ve en el otro desconocido

a un hermano, ve. El que

se une en el sentir del

que padece, siente y ve.

El que oye mi palabra

en su corazón, oye. El

que me ve y oye en los

demás, ve y oye. El que

no quiere verme ni

oírme, no me verá y no

me oirá, pues su corazón

permanece cerrado, sólo

a él verá y escuchará y

en él se acabará su

sentir.

Quien escucha mi palabra

y la guarda en su corazón,

me lleva en sí y yo estoy

en él. Mi palabra soy yo

y yo soy mi palabra. Quien

oye mi palabra y deja que

no prenda en él, me lleva

en sí, pero no me gana, ya

que no quiere ser de mi.

Yo estoy en el oído, en

la vista, en el corazón

y en la razón del que

quiera tenerme. Yo soy

la razón de su razón. Su

única razón. La razón

de su vida y la vida

de su razón.

 

En el desierto estéril del

corazón del incrédulo, late

la ignorancia de su razón

que le impedirá ver lo

que no ve, oír lo que

escucha y captar con su

mano lo intangible que

siente cerca del espíritu

de su razón. Ese lugar

estéril sólo fructificará

en la medida que actúe

de acuerdo al bien y

a su verdad, aunque

ese bien y verdad no

sean sino suyos, sólo

hay un Bien y una

 Verdad y si la busca

y actúa conforme a ellos,

aunque sean suyos, serán

míos.

 

MXXXI

MXXXII

MXXXIII

 

Caminan solos los hombres

en la oscuridad de sus almas,

tropiezan y caen y vuelven

a emprender su camino

de ignorancia hacia la nada

de su vacío. Se creen solos

entre los demás hombres y que

nadie ya cuida de ellos.

Abrumados por sus obligaciones

el camino se les hace largo

y atroz, nadie los libera

de su pesadas cargas. Continúan,

como las aguas que bajan,

cada vez más lentos y cansados.

Ellos no saben, ya que se

niegan a saberlo, que yo estoy

con ellos, que yo les acompaño

en su camino, que yo los

alzo cuando caen, que yo

enjugo las lágrimas secas

de su corazón dolorido. Que

yo sujeto sus cargas para

aliviarlos, que yo les muestro

el camino y que yo los

guío hacia mi, donde no

hay ignorancia ni vacío, sino

conocimiento de saber y plenitud

eterna, bondad y amor infinito,

Luz de la Verdad Única.

 

No hay verdades distintas,

sino una sola de la que

parten, como los rayos de

una luz, las demás,

que son derivadas de la Única

Verdad. Quien siga cualquiera

de los caminos de verdad

hasta su origen único,

llegará a mi. Quien

no me alcance ni me

llegue en su búsqueda,

es porque no ha llegado

a su origen y se ha quedado

en el camino del saber.

Para llegar a la Única

Verdad, habrá de caminar

sin temor, oír lo que no

se escucha y ver más allá

de lo que se ve. El corazón

del caminante habrá de

rebosar de amor y los

obstáculos del camino no

han de detener ni desviar

su sendero de Luz.

El vértigo de la Verdad

Única paraliza al hijo

de la tierra. La incertidumbre

de su cierto, inmoviliza

al hombre en el temor

de su ignorancia y no

camina por su sendero

de luz. Su saber se pierde

en el vacío de su imposible:

Quien no se atraiga a su

verdad, no llegará a la

Verdad.

MXXXIV

MXXXV

MXXXVI

 

No hay victoria sin lucha,

ni camino sin espinas.

No hay nada fácil para

el hijo de la tierra.  Su

lucha es la mía y sus

flaquezas en mi hallarán

su valor.

 

A la indecisa claridad

del amanecer del hombre,

le sucede, la indecisa

oscuridad de su anochecer.

Entre ellos está su día

lleno de luz y sucede

luego su noche, llena

de temor a la oscuridad

y a lo indefinido de sus

sombras. Nada ha de

temer el hombre, yo estoy

siempre en él y con él,

sea en la luz o en la

tiniebla de su noche eterna.

Yo lo guiaré hasta mi y

él sabrá lo que ignora.

Mi Luz será su luz y su

temor se tornará en Gloria

Infinita.

 

Yo soy lo Inexplicable

y sólo sabrá de mi,

quien quiera saber. Yo

soy lo cierto de la sospecha

de la duda. En mi no

hay doblez ni mentira,

yo soy la Verdad de

todo cuanto existe y

existirá: Quien a mi

es, a mi me tiene en

él y quien a mi no es,

me lleva en él.

MXXXVII

MXXXVIII

MXXXIX

 

No hay verdad para el

que no la busque y la

anhele en lo profundo

de su ser. El que la logra,

consigue ver lo que los

otros no ven y sentir

la música del espíritu

en sus corazones, oír la

voz de la verdad es saber.

Quien sabe, me sabe y

me conocerá. No hay duda

ni temor en el que

sabe y me sabe, y su saber

y su verdad es lo mismo

y vienen de mi. Su temor

no será más y su esperanza

le llegará en mi.

 

Nadie obliga al hombre

en su libertad de elección,

sólo su conciencia de bien

o mal, elige y sólo a ella

habrá de responder. Para

que sea fácil al hombre

elegir su camino, le fueron

confiados mis preceptos.

Estas obligaciones que no

lo son, pues se subordinan

a la capacidad de elección

del hombre, son hacia él

mismo y hacia los demás.

Hacia el mismo  habrá de

respetarse y amarse y será

por ello respetado y amado.

No habrá de dañarse a

sabiendas y deberá alejar

el riesgo de herirse o morir

por imprudencia previsible

o por cualquier otra causa.

Deberá cuidar tanto la

salud, limpieza y pureza

de su cuerpo, como de su

alma. Su espíritu deberá

llegar a mi tan puro como

cuando llegó a él, por lo

que deberá preservarlo de

maldad e iniquidad

y si no pudiera evitarlo,

por su debilidad o maldad

de corazón, deberá recuperar

su bien, sin importarle

penurias ni sacrificios

para lograrlo. Para ello

deberá orar o implorar

al Espíritu del Bien y

de la Verdad: Su alma

quedará confortada por

el valor de su bien, su

ruego será escuchado y

su petición será atendida.

 

Para vencer la tristeza

del alma, el hombre

deberá vencer el dolor que

oprime a su espíritu. Ese

dolor, esa angustia, es

proveniente de su falta

de esperanza y de fe en

lo que de mi hay en él

y en los demás: Quien

en mi crea, cree en él,

y quien en mi no crea,

se sentirá solo y abandonado

entre los hombres.

MXL

MXLI

MXLII

 

Son obligaciones del hombre

hacia los demás, las mismas

que hacia sí mismo. Estas

obligaciones no son solo

hacia otros hombres, sino

que incluyen al resto de

seres vivos, de los que el

hombre es su cuidador

y su beneficiario pues

de ellos se sirve para

vivir. Ama la paz y

busca la concordia y

has de saber que el

mal de la venganza

nunca se sacia y su

veneno no distingue

entre vengador ni

ofensor. En el perdón

está el bien y en él

estoy yo. No dañes

por codicia o ambición,

pues en ellos vive el

mal y serás dañado

por él. No hay hombre

más o menos que otro,

ya que para mi, su valor

es eterno.

 

Más  allá del tiempo y del espacio

cuando no eran ni tiempo

ni espacio, más allá del desierto

de la nada, cuando no existía

lo existente y ni siquiera la

nada existía, era yo. Yo

soy El Todo de lo que existe

y de lo que no. En mi todo

se halla y Todo soy yo. Mire

donde mire el hombre, estoy

yo y si no es capaz de verme

y sentirme, su ceguera y su

insensibilidad son mayores

que él: Son ciegos de alma,

son ciegos de espíritu, son

ciegos de corazón, son ciegos

de ignorancia, son ciegos de

maldad, son ciegos de

incredulidad, son ciegos de

fe y de esperanza. Su

ceguera es el vacío de su

desolación y en ella no hay

nada, ni siquiera indiferencia.

Conmigo el desierto de la

soledad del hombre, florece

como un jardín bien cuidado.

Conmigo la inquietud del

hombre, ante el azar de

su vida, se diluye ante

mi esperanza de eternidad.

Conmigo la desesperanza

del dolor, sucumbe ante

la seguridad de mi Gloria.

Conmigo no hay temor.

Yo soy el valor del hombre

que en mi cree.

MXLIII

MXLIV

MXLV

 

Quien vence su duda y

su incredulidad, a mi me

tiene en él hasta su

eternidad. Yo soy el

Valor de su duda, y la

Luz de su ignorancia que

abrirá y mostrará al

incrédulo, el saber de mi

Verdad. Conmigo no hay

angustia, ni tiniebla, ni

miedo, yo soy el Valor

del hombre indeciso,

la Luz y la Verdad eternas.

Yo soy la Certeza

Infinita del Saber.

 

Y yo digo: No llegará

a mi quien no mire

la bondad de su alma,

ya que yo estoy en ella

para él. No llegará a

mi quien no siga la

voz de la bondad de

su alma, pues es mi

voz. No llegará a mi

quien se niegue a

verme en cuanto le

rodea, pues yo estoy

ahí y él ha de verme

si mira con la bondad

de sus ojos. No llegará

a mi el ciego de

corazón que se niegue

a sentirme en él, y

en lo que hay. No llegará

a mi el soberbio y

orgulloso que no vea a

su igual, a su hermano

y no distinga el bien que

posee. No llegará a mi

el vacío de corazón que

no quiera distinguir

su mal de su bien.  No

llegará a mi quien no

perdone como yo le

perdono. No llegará

a mi quien se deje

arrastrar por el mal

y no se oponga a él

con la fuerza de su

bien. No llegará a

mi el que no busque

lo mejor de sí en

su corazón y lo aplique

en los demás. No

llegará a mi el que

dañe con intención a

su hermano o lo que

de mi hay en él. No

llegará a mi quien no

sufra con el sufrir de

su hermano y no trate

de aliviarlo. No llegará

a mi quien no ame

mi obra como yo lo

amo a él. No llegará

a mi quien no se

entregue a su bien y

no se aparte de su

mal. No llegará a mi

quien desoiga  mi voz

cuando le llegue. No

llegará a mi quien

no me ame más

que me tema. No

llegará a mi quien

no me busque sin

considerar nada más

que mi Presencia por

encima de lo demás

 

Las almas que se unen

no se separan nunca.

Y emprenden juntas

su camino de eternidad.

Mientras el pensamiento

piense en el ausente, éste

estará con él. Sólo

quien es abandonado

en el recuerdo, sigue

solo su camino más

allá de su vida: Quien

de verdad te ame,

te esperará en el más

allá. En la entrada

de su bien se hallará

el tuyo.

MXLVI

MXLVII

MXLVIII

 

No llores en exceso

a tus muertos, hijo

de la tierra, ellos

sólo se han adelantado

a ti y tú los seguirás

cuando llegue tu

momento y sea

reclamada tu alma.

Tus muertos existen

más allá de tu

vida y de lo que

conoces. Ellos te

esperarán en sus

espíritus para unirse

al tuyo y mostrarte

el camino de la

Verdad Eterna. Su

Noche será tu Noche

y su Luz será la

tuya.

 

Desprecia tu miedo

de soledad. Nadie

está solo y sólo es

un engaño de tu

mente para debilitar

tu espíritu de bien.

Tú llevas en ti

la esperanza de eternidad

albergas un alma

inmortal y única.

No temas peregrino del tiempo,

tu tiempo no se acaba en

tu tiempo, continúa en esencia

de existencia más allá de él,

en eternidad: Lo que es

de la tierra, en ella queda,

lo que no es de ella, retorna

a su origen, principio y fin

de lo existente.

MXLIX

ML

MLI

 

Sólo el que cree

y el que sabe,

pueden tener

conciencia plena

de sí. Quien no

cree, no sabe y

caminará perdido

por cualquier senda

que elija. Ellos

ignorarán lo más

importante sobre

ellos y no alcanzarán

a saber fuera de sí.

Su saber siempre será

superficial y cotidiano

y les serán vedados

los bienes de su espíritu.

Vivirán en su ceguera

y sólo abrirán sus

ojos en su momento

de eternidad.

El hombre se ve obligado

a actuar conforme los

demás esperan que lo haga,

sin obrar conforme a

ellos mismos, por lo que

lesionan su camino y

dañan en debilidad

a su espíritu. Ese

acomodarse es una

pérdida para ellos,

aunque no sean capaces

de verlo en la ocasión

del momento: Sé fiel

a tu voluntad de bien

y tu alma se fortalecerá.

 

Nos habla el vacío

de su nada,

de la impotencia

por llenarse y de la obligación

de seguir siendo lo mismo:

El misterio de lo hueco.

 

El vacío es el hueco

de un agujero infinito.

Son las cuencas  sus ojos.

Las cavernas insondables

y los abismos sin fondo

también lo contiene,

y la ausencia de lo que

debía ser y no es.

En ese vacío está todo

lo que no es, es la inexistencia

de lo posible, el vacío

de la indiferencia y el

desconsuelo inconsolable

que llena de nada el

corazón del sufriente:

Sólo yo llenaré ese vacío,

sólo tu llenarás tu vacío

en mi. Ven a mi y tu

vacío no será más.

 

MLII

MLIII

MLIV

 

Conmigo está el saber,

en mi no hay sino

Verdad y los misterios

de lo oculto de mi

huyen, pues yo soy la

Luz que descubre la

ignorancia y desvela

cualquier misterio.

La oscuridad se acaba

y la doblez de lo real

y lo imaginado, no son

sino uno. El Mal no

tiene donde ocultarse

y huye de mi, pues

yo soy y estoy en el

Bien, ya que Todo en

mi lo es.  Quien ame

el bien a mi me ama,

y quien no ame el

bien, a mi no me

ama, aún así yo

estaré en él para

liberarlo del Mal y que

acepte su bien y su

Verdad  ya que en

ellos estoy yo y él

en mi.

 

En lo que se dice

sin decir, en lo que

se nombra sin nombrar.

En lo que se imagina

sin ver. En lo ignorado

que se sabe. En la voz

de lo silencioso. En la

palabra de la Verdad, ya

que la Verdad no es palabra,

sino verdad. En lo imposible

hecho cierto. En lo inmóvil

en movimiento.  En el

misterio revelado de lo

oculto. En la sombra del

deseo dentro de todo bien. En

lo que se ve y se siente sin

motivo. En lo que se percibe

sin sentir. En el corazón

de la indiferencia y en el

vacío del odio irracional.

En la ingravidez de la nada

hecha sustancia. En el

espíritu impoluto que se

sustrae a la materia. En

el alma asustada del

condenado. En la más

solitaria soledad del

desgraciado en su pesar.

Estoy.

 

Yo soy la certeza de

lo inimaginable para

el hombre. La razón

de su ser y de su

existencia. Su primero

y su último. Su verdad

única. Su esencia de

eternidad. Su más allá

de él. Su antes y su

después. Su misterio

desvelado: Su explicación

a su inexplicable.

MLV

MLVI

MLVII

 

El hombre teme lo

que conoce y lo que

no, lo que sabe y

lo que sospecha. Teme

al propio hombre y

se teme a sí mismo

y a su debilidad. Teme

lo que ve y lo que

percibe. Teme a su

momento final y teme

perder lo que posee.

Teme por los suyos y

por cualquier cambio

que pueda empeorar

su situación. Teme

perder su salud y sus

bienes. No teme el

incrédulo a lo que no

conoce, a lo que ignora,

porque quiere ignorarlo,

no teme y no ama,

sólo ignora, y con el

peso de su ignorancia

arrastra a su alma

a un camino de

incertidumbre y

desasosiego: Quien

no quiera creer

en mi, no obtendrá

la paz de espíritu en

su momento final

y temerá lo que no

debe temer, pues yo

estoy al final de su

camino. Temerá en

su vida lo que no debe

temer, pues yo estoy en

él y él en mi aunque

quiera ignorarlo: Quien

cree en mi, no teme,

pues está en mi y lejos

de todo temor, ya que

nada podrá contra su

existencia eterna. Yo

soy la Vida y quien en

mi cree, vivirá en mi

eternidad infinita.

 

Yo no digo lo que

el hombre quiere oír

o teme oír, sino lo

que es y no puede

dejar de ser ya que

así ha de ser.

Llegan a mi los lamentos

de los dañados, los suspiros

últimos de los moribundos

y de los gritos de terror

de las almas, indefensas

ante la desdicha, sé de

todos ellos, ya que nada

escapa a mi presencia.

Nada del hombre que

atañe al hijo de la

tierra, me es indiferente.

Todo lo de él me atañe

y me concierne. Nadie

hay dejado de mi mano,

aunque él así lo crea. Yo

estoy en él y con él y

quien me siente en sí,

sabe de mi y en mi

busca la fortaleza en

su desgracia y fuera de

ella.

MLVIII

MLIX

MLX

 

La ignorancia de la fe,

de lo que carecen de ella,

no les impiden el uso

de su razón con la que

llegarán al mismo

razonar que la fe con

su piedad y esperanza,

es decir, a ver lo que

no se ve, oír lo que

no se oye y sentir

la gratitud por lo dado

a quien lo ha dado

en el corazón del alma

del Espíritu del hombre.

Para ese sentir, ver y oír

está dotado todo hijo

humano, pues procede de

mi y en mi no hay

confusión, sino verdad

clara y pura y así ha

de verla quien la busque

en sí y en los demás

con la ayuda del

Espíritu de la Verdad

que en él lleva.

 

Sólo lo humano es

como lo humano, lo

que no es humano no

es como lo humano,

sino distinto y diferente

y el hombre sabe y

conoce que lo que no

procede de él, no es

de él e incluso lo

que procede de él,

es de otra procedencia

que no es él. Si la

razón humana no es

capaz, por la oscuridad

de su ignorancia, de

entenderlo es porque

no quiere hacerlo y

prefiere no cambiar

su ignorancia por verdad.

A los que no les alumbra

la luz de su corazón,

les alumbra la luz de su

razón, ambas luces llevan

a mi y, quien las apaga

sólo verá oscuridad, aunque

lleven mi Luz en sí.

MLXI

MLXII

MLXIII

 

En el corazón del espíritu

desesperado, en la agonía

de su tribulación, en la

pena más onda de su

alma, si el hombre

mira dentro de él, me

verá y sentirá mi

presencia que será la

Luz que ilumine su

desesperanza y lo conduzca

hacia la esperanza de

su camino hacia  mi.

Mi espíritu de amor

eterno le dará la

fuerza que precisa y

en mi hallará el

consuelo de lo inevitable,

siempre que su debilidad,

ante su pérdida, no le

haga renegar  de mi en

él  y se aparte  de su

Luz de Verdad, que es

la mía, y se refugie

en su tiniebla.

 

Lo que desees en la tierra

te huirá, lo que desprecies

te seguirá,  lo que signifique

tu mal, te encontrará. Tu

bien de hoy, será tu mal

de mañana y todo mudará

a tu alrededor. Lo que ayer

significó, hoy no será y tu

bien será desgracia más allá

de él. Sólo lo que en mi

se halla permanece y no

conoce el mal ni la

desgracia. En mi no es

mudable lo que es y yo

soy en sí y por sí, la

eternidad del bien está

en mi y yo en ella, ya

que somos lo mismo. Yo

soy el Principio y el Fin

del hijo de la tierra y

de cuanto hay.

Lo que amas en la tierra,

lo amarás más allá de ella,

ya que el amor irá con tu

espíritu y seguirá en ti.

Tu esencia no eres tú,

pero guarda lo que de

ti es valioso y único, te

guarda a ti en tus

pensamientos y sentimientos

y ellos serán parte de

tu eternidad. El poder

del Bien, borrará tu mal.

MLXIV

MLXV

MLXVI

 

El Mal resbalará por

la piel del Bien hasta

perderse en su abismo

infinito. Nada podrá

contra él, ya que no

hay poder más poderoso

que el Bien, ya que todo

él de mi procede y a

mi volverá.

 

 

Nada  ni nadie podrá

evitar mi palabra, ya

que a él llegará  aunque

no quiera oírla. Mi

Palabra soy yo y nadie

podrá contra ella como

nadie puede contra mi.

Yo  soy la Razón Única

del Universo y en mi

está mi palabra. Quien

la niegue, a mi me

niega, y quien la quiera

ignorar, a mi me ignora.

Mi palabra es para ser

oída con el corazón

del espíritu, no con el

oído de la razón.

 

No hay dolor que yo

no alivie, ni mal

que en mi se escude.

No hay maldad que

no se pierda, si así

lo desea su autor.

Yo amo al hombre

en la debilidad de

su mal y en la

minúscula pequeñez

de su intención.

Todo en el hombre

es él, y todo en el

hombre está más

allá de él.

MLXVII

MLXVIII

MLXIX

 

En el origen del hombre

se halla el resultado

de su fin. Nada en el

hijo de la tierra y en

el Universo que lo cobija,

y fuera de él, es fruto

del azar, no hay ni

un solo haz de luz

o partícula de cualquier

materia que no contenga

mi orden absoluto:

Todo lo que hay, de mi

proviene y todo lo

que hay, a mi volverá.

No hay dicha en el

hombre, ni desgracia,

que no acabe, excepto

cuando el hijo de la

tierra deja de serlo

y accede a su eternidad.

 

No hay azar en la

vida del hombre,

sino certeza en el

origen de su origen

y en el fin de su

fin. Sólo la voluntad

de bien o de mal

o de decisión que el

hombre sea capaz,

podrá cambiar para bien

o mal, el curso de su

vida. En su existencia

infinita, sólo el deseo

absoluto de mi bien

podrá ser de él y

él de mi.

 

MLXX

MLXXI

MLXXII

 

En lo imposible

yo soy posible, ya

que en mi todo

es y sin mi nada

es. Yo soy la Verdad

inmutable y eterna

que siempre es, ha

sido y será. Sólo

la voluntad de Bien

y de Verdad hará

al hombre acceder

a ella.

 

Ni el bien ni el mal

tienen límites, sólo

la voluntad de bien

o de mal son capaces

de acotarlos. El bien,

en su origen, proviene

de mi y en su fin

a mi irá. El mal

procede del Espíritu

del Mal y a él va.

Quien se deja arrebatar

por el torbellino de

su maldad, no podrá

frenarlo y se apoderará

de su espíritu inmortal.

Quien sirva a su Espíritu

de Bien, a mi llegará

y nada podrá contra

él.

 

El hijo de la tierra

con su actitud en su

vida, es capaz de

causar dolor y tristeza

tanto a sí, como a los

demás. Esa tristeza

a mi me llega.

El hijo de la tierra

puede provocar, si

así lo desea, alivio

y alegría de vivir

y ser. Y ese sentir

y hacer a mi alma

me alcanza y alegra,

pues para eso fue

creado por mi.

MLXXIII

MLXXIV

MLXXV

 

Yo estoy en el primero

y en el último de

los seres, ya que todos

de mi provienen. De

todos los seres del Universo,

sólo el hombre es capaz

de sentirme en sí y de

verme y oírme en él

o en los demás: A quien

más se le da, más se

le exigirá.

 

No fue creado el

hombre para sufrir,

sino para gozar y

disfrutar de mis

dones en él y en

los demás: Mis dones

en el hombre son

su bondad y su bien

y su alegría de corazón.

Esos dones no son sólo

para él, sino que debe

repartirlos entre los

necesitados de ellos.

 

En el oscuro callejón

de la duda, deambulan

las almas sin rumbo.

No se miran entre sí

y vagan silenciosas

y apenadas en su

indiferencia perpetua.

Ya ni siquiera

se preguntan que

es lo que hay más

allá de lo que hay,

más allá de su pobre

realidad cotidiana,

sólo vagan angustiadas

 en busca de que les

acoja un imposible

verdadero, en el que

no creen en el corazón

de su ignorancia completa,

vana esperanza nacida

de la desesperación de

su soledad infinita.

Así y todo Él los

acoge en su Bien

de Bondad cuando

quiebren sus dudas hacia

Él.

 

MLXXVI

MLXXVII

MLXXVIII

 

No temas peregrino

de Luz, yo guiaré

tu camino hasta

mi. Y las tinieblas

del mal nada

podrán contra ti.

 

En tu soledad de

fuego las estrellas

brillan para ti

una a una. En

cualquiera de ellas

estoy yo y en todas

ellas. Tu camino no

es de soledad, ya

que yo te guío

desde que nacistes

y  mi mano lleva

la tuya a través

de la ignorancia

de la tiniebla . Mi

Luz no te cegará, ya

que no ciega a quien

me busca, sino conforta

en mi.

 

Más allá de la duda

insoluble de la razón

el hombre busca en

su inteligencia y en

lo que observa, la

respuesta que necesita

para poder explicarse

así mismo y lo

que le rodea. Sólo

es capaz de hallar

más preguntas y menos

respuestas, ya que su

razón aún no alcanza

a comprender lo

que se le niega a

su inteligencia: Habrá

de mirar con ojos de

niño y corazón de bien

y sólo así, se explicará

lo inexplicable.

 

MLXXIX

MLXXX

MLXXXI

 

La inteligencia del hombre

no puede pensar en lo

impensable, ni deducir

lo indeducible, ni decir

lo indecible, sólo a mí

corresponde enseñar al

hijo de la tierra lo que

desconoce, ya que de el

mismo no puede salir

lo que no ha entrado

antes. Sólo así el hombre

conocerá lo desconocido

en él y en lo que le

rodea y podrá pensar

en lo que no podía,

deducir con su razón

a lo que no alcanzaba,

y decir y  hacer lograr

entender lo indecible

para él, antes de ser

dicho por mi.

Cae la tierra a la tierra,

sube el aire al aire y

por él llega el aliento

de los oprimidos, de los

desesperados, de los tristes,

de los olvidados  por  los

demás, de los que no

se recuerdan, de los dolientes,

de los sufrientes y de los

vacuos de corazón. También

llegan las risas, la música

y los parabienes sinceros

de las gentes alegres. A

mi llegan todas las voces

y yo a todas amo y

escucho y con todas estoy:

Con dolor ante el dolor,

y con alegría ante ella.

Mi Luz más alumbra en la

oscuridad de dolor que en

la claridad alegre del día. 

 

El hombre yerra

arrastrado por el

egoísmo de su

ignorancia y la

soberbia de su

corazón. Quien

persiste en su

camino perdido

sólo hallará en

él, el vacío de

la desesperanza de

los que no confían

en su propia fuerza

de bien. El incapaz

de buscar su bien

ha de ayudarse

de la fuerza de

bien del Espíritu

de Bien o del bien

de otros hombres

que le guíen. Quien

renuncia a ellos

por la debilidad

de su espíritu y

por la flaqueza de

su carácter, vencido

por su propia sumisión

al Espíritu de su

mal, habrá de

luchar para vencerse

o será vencido

para siempre.

 

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