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Yo desvelo

 

 

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13

(DCCXXIII-DCCLXXXII)

 

DCCXXIII

DCCXXIV

DCCXXV

 

Caballos furiosos hieren

el aire con sus pezuñas.

Su galope es imparable.

Son las fuerzas del mal

desatadas por el hombre.

Recorren la tierra y dejan

un rastro putrefacto.

Sólo quedará lo que merezca

quedar, el resto será devorado

por las fieras. El horror

es el rey y el dolor

su príncipe heredero:

Hombre, únete al bien

y no dejes que nada

te separe de él y él te

salvará.

 

Corto es el tiempo del

hombre y larga su eternidad.

Largo es el camino con

dolor y corto el placentero.

Así es la vida del hombre.

Donde no hay tiempo

ni distancia, el que

fue hombre en su vida

no la añorará, ya que

en ella abunda la lucha

absurda de la especie

por sobreponerse unos a otros.

Allí esa lucha continua

no existe, pues es el reino

de la paz, allí no hay

rencillas, ni dolor ni

sufrimiento, ya que son

cuestiones humanas. Sí

existe el gozo supremo

ante la presencia del

Creador para las almas

que acceden a Él.

resto de almas habrán

de purificarse hasta borrar

sus faltas terrenales y ser

aceptados en su Presencia.

 

 

En el mundo de lo real

y tangible para el hombre

hay dolor, sufrimiento,

desesperación, alegría y

felicidad. En el más allá

la realidad del hombre no

cuenta. Allí no hay dolor

y las almas sienten de forma

distinta a lo conocido,

tampoco hay sufrimiento, ni

desesperación, alegría o placer.

En el mundo intangible y

fuera de la realidad humana,

nada de lo humano es.

Los espíritus errantes buscan

un camino en la nada, una

luz que les señale su fin de

eternidad. Otras almas se

unen y funden entre sí por

haberse encontrado. Otras

muchas buscan su lugar de

eternidad y unas pocas

ascienden hasta el Creador

de lo Imposible. Esas almas

saben que han llegado y que

su camino ha llegado a su

fin. Otras almas esperan

que les llegue su Luz de

eternidad. Allí no hay tiempo,

ni espacio. Unas pocas almas

malditas han accedido al

Mal, su agonía es atroz.

Sólo Él, y ellas, pueden salvarse,

si ellas renuncian al Mal,

y se entregan al Bien.

 

DCCXXVI

DCCXXVII

DCCXXVIII

 

La vida es energía vital, por

esa fuerza o energía, lo seres

vivos, incluido el hombre, realizan

sus funciones. Esa misteriosa, para

el hombre, energía vital desaparece

con la muerte del ser, al transformarse

en otra sustancia y disolverse

sus elementos esenciales y repartirse

por la tierra. Los elementos

quedan ahí, pero sin la

cohesión que los unió, son materia

nada más. El hombre como

ser vivo, realiza funciones guiados

por el instinto. Entre esas

funciones se halla la

reproductiva, y aunque a

diferencia de los demás seres

el hombre sepa que va a

morir, no le importa, aún

así, el tener hijos, los

cuales morirán como él,

ya que su instinto así

se lo impone. El hombre tiene

hijos que a su vez dejarán

de ser. Esa condena a nacer

y en consecuencia a morir

no es razonada, ya que el

instinto supera a la razón

e incluso al sentimiento

al condenar a seres que

no han pedido nacer, a

morir por la propia

perpetuación de la especie.

Seres que en su inocencia

ignoran su final. Seres

tan amados, como condenados.

Pero el hombre no es sólo

un ser vivo más, no es sólo

un animal más inteligente

que el resto, sino que está

dotado de alma que no

muere con él, esa alma,

ese espíritu lo acompañará

en vida y continuará

después en su trascendencia

eterna: Eso salva al hombre

de su irracionalidad vital.

 

Una nube venenosa cubrió

la tierra, su ponzoña se

extendió por tierra y mares

y a su abrigo la vida

dejaba de ser. Como vino

se fue y dejó un rastro

de desolación, muerte

y soledad. El silencio

sustituyó a los sonidos

de la vida y sólo se oía

el sonido de las aguas y

el rumor del viento

en las resecas hojas, al

trueno y a la lluvia

en su golpear tierras y aguas.

Sólo sobrevivieron  los

que quiso su suerte y aún

esos se sintieron tan

abandonados, que algunos

se quitaron la vida. La

Voz de lo Eterno se oyó

en la claridad del día

y en las tinieblas de la

noche. El espanto asustó

a los injustos y los justos

se prepararon para sus

últimos momentos. Pero

aún no era la hora para

el fin del hombre y muchas

generaciones llenarían el

mundo de nuevo. Ellos

no caerían en los mismos

hechos que sus antecesores.

El mundo del hijo de la

tierra sanó sus heridas, más

su corazón no recobró su

alegría hasta pasadas varias

generaciones. El Mal fue

mucho y los corazones

tardan en sanar más que

los cuerpos.

En su desierta desolación

brota la angustia de la

tierra. El abrazo mortal

de las tinieblas se ha ceñido

sobre ella. Los pocos hombres

que quedan deambulan

desorientados, no saben a donde

ir. El hedor es insoportable.

Las ciudades y pueblos son

cementerios de hombres y

bestias. De entre los vivos

algunos han perdido la

razón y lloran sin consuelo

su amargura. La soledad

invade el mundo conocido

del hombre. Campos asolados

sin aparente vida se extienden

hasta el horizonte. Pero el

fin del hombre aún no es.

Es tiempo de pensar, de enmendar

viejos caminos y de reconstruir

lo destruido. El hombre herido

y su Creador están más unidos

que nunca. Un nuevo horizonte

se deja entrever entre la pedida

esperanza. La fe del hombre

se afianza en su desgracia:

Ya nada volverá a ser igual

que fue.

DCCXXIX

DCCXXX

DCCXXXI

La fiera humana afila

sus garras para el zarpazo

final. El hombre en su

torpeza se ha aliado al Mal

y la destrucción de lo humano

es su único objetivo. Las

fuerzas del Mal nunca han

sido tan fuertes y numerosas.

Las risas se tornarán llantos

y la salud muerte. Sólo

encontrará el hombre su

salvación en la bondad.

El Bien sin límites del

Espíritu Santo, se derramará

sobre el hijo de la tierra:

Si lo acepta, se salvará,

si no, se perderá.

Una nueva era se acerca

al mundo. El hombre no

debe conocer su momento,

antes de que ésta llegue.

Lo conocido no lo será

y lo desconocido será. Sólo

permanecerá inmutable la

presencia del Bien y del

Mal. El hombre se inclinará

para siempre hacia el Bien

y esa nueva era  será de

paz y felicidad duradera.

Los descendientes recogerán

la cosecha. La semilla del

Bien ha germinado.

 

Lo que hoy es, mañana

no será. En lo igual

de cada día subyace

su distinto. El hombre

de hoy no es el hombre

de ayer, ni será el de

mañana, siendo el mismo

hombre. Lo que  ayer pensaba

el hombre, hoy no lo piensa

y lo que piensa hoy, mañana

cambiará. Quien no creía

ayer, hoy cree y mañana

para él puede ser de esperanza

en la Gloria venidera y

alcanzar el Bien eterno.

De la ignorancia ir hacia

la Verdad única, es ir hacia

Él. Nadie va de la Verdad

a la ignorancia, ya que

Quien Sabe, sabe para siempre.

 

DCCXXXII

DCCXXXIII

DCCXXXIV

 

Los ojos están secos, ya no

les quedan lágrimas. Los

corazones lloran en silencio.

Las entrañas duelen como

si se desgarrasen. La pena

ya no tiene donde refugiarse.

Las cabezas parecen estallar

del dolor acumulado. Las

manos duelen de tanto enterrar

cadáveres. El silencio lo

ocupa todo. Donde antes habían

alegres e insustanciales charlas,

ahora sólo hay silencio y tristeza.

Qué ha sido del hombre, qué

ha sido de la especie preferida

de Él. Dónde quedó su arrogancia,

su desprecio a lo que no

comprendía. El hijo de la

tierra retorcerá su pañuelo

de angustia  y beberá

de su propia desesperación.

La explicación de su culpa

lo llevará por el camino

verdadero. Su verdad hallará

la Verdad y todo será distinto

a como fue.

 

No te lamentes hijo de

la tierra, consuela tu

aflicción pues lo perdido

aquí, no es nada con

lo ganado en el más

allá. Allí tendrás lo

más valioso que aquí

posees: Tu espíritu y el

de tus seres queridos y

la presencia del Bien

Infinito que aquí no

puedes alcanzar, sólo

vislumbrar en su

Grandeza Absoluta.

El hombre no camina

solo en la oscuridad,

siempre lleva en él una

Luz que le indica su

camino de verdad y

salvación. Esa Luz

es el Espíritu Santo,

guía de los desesperados,

de los afligidos, de los

quebrados por la vida,

de los sufrientes y de

los dañados. A todos

ellos conforta y les

da esperanza en su

desesperanza.

DCCXXXV

DCCXXXVI

DCCXXXVII

 

En una humanidad

condenada a muerte

generación tras generación,

el hombre sigue negándose

a ver la realidad de su

vida, la cual pende de la

casualidad, la naturaleza

o su propia intención. El

hombre vive como si creyese

que lo hará para siempre

y se niega a mirar la

evidencia de su realidad:

La vida es una y termina

con la muerte. Sin prestar

atención a lo perdurable

en él y que nunca morirá:

Su espíritu, al que acechan

sus enemigos, es lo único de

él que quedará para siempre

y a lo que presta menos interés

que a lo vivo que morirá para

siempre. Si el hombre no procura

salvarse, no se salvará. Si el hombre

no reconoce la evidencia de su

realidad, vivirá y morirá en

el engaño.

 

Todo lo humano se deshará

como sal en el agua y lo no

humano tendrá su misma suerte.

Hombre, no te afanes por perseguir

fantasías, pues aunque no lo sean

igual será su fin. El día ya no

será y la noche no será igual. Lo

conocido será desconocido. Las

estrellas se apagarán una a una y

el espacio se parará. El firmamento

dejará de ser azul para el hijo

de la tierra, y la oscuridad perpetua

llenará el alma del mundo. La

vida será un lejano recuerdo para

lo que no recuerda, y la nada

extenderá su abrazo infinito

hacia lo que hay. Lo que es,

dejará de ser, y todo volverá

a su estado primigenio: Lo

que principia, acaba y lo que

acaba, volverá a su principio.

Todo es un estado pasajero,

excepto Él y las almas a Él

unidas. Sólo lo que no vive,

no morirá, sólo lo que no

existe, no dejará de existir.

Apártate de mi lado,  Oh peregrino

de la injusticia, de la maldad

y del horror. Vete lejos de mi

a donde no te alcancen ni mi

vista ni mi pensamiento. Deja

libre el camino del bien. Deja

que vaya por él sin salirme

de su lado, hasta llegar hasta Él.

DCCXXXVIII

DCCXXXIX

DCCXL

 

Sólo el que quiere salvarse,

se salvará. Sólo el que

quiere creer, creerá. Sólo

el que quiera amar, amará.

Sólo el que quiera luchar

contra sus fuerzas negativas

y sus debilidades, luchará.

Sólo el que quiera saber,

sabrá. Sólo el que quiera

hacer el bien, lo hará.

Sólo el que quiera conocer

al Ser Único, lo conocerá.

Sólo el que quiera vencerse,

se vencerá. Sólo el que

quiera ganarme, me ganará.

 

Todo lo que principia

acaba, excepto lo

inconmensurable del Ser

Infinito. El Principio del

Principio es eterno en su

misma esencia. Su materia

no lo es y su sustancia

es su propio ser. Él

es el Todo ante la Nada.

Lo eterno ante lo finito.

La sustancia ante la

inconsistencia. La Bondad

ante la Maldad. El

Orden ante el Caos. Lo

que vive ante lo eterno y

no precisa morir.  Lo

que crea y no es creado.

Lo que existe por sí y sin

inicio en su principio ni

fin en su existencia. Todo

lo que existe es Él y Todo

lo que no existe. Sin Él

nada es posible y con Él

Todo lo es. Lo que es, es

con Él: Todo es Él y Nada

es Él. Él es el Todo y la

Nada.

 

Quien guía la mano

del artista. Quien

guía la palabra del

orador. Quien guía el

pensamiento del filósofo.

Quien guía la escritura

del poeta. Quien guía

la inteligencia matemática.

Quien guía el buen juicio.

Quien guía el instinto

de la madre y el del

niño. Quien guía la

voz que canta o el

corazón que siente.

Quien guía la música.

Quien guía la inventiva.

Quien guía la imaginación.

Quien guía la lógica en el

pensamiento y en el

comportamiento. Quien

guía el camino del amor.

Quien guía los instintos

o la maduración de las

flores. Quien guía a los

insectos, aves o peces en

sus rumbos invisibles.

Quien guía al hombre

en su labor. Quien enseña

a mar lo que se ama.

Quien guía la fe y la

esperanza. Quien guía la

bondad, la caridad, la

piedad o la amistad. Quien

guía el valor de bien. Una

mano guía todo lo conocido

y lo que no lo es. Esa mano

es la de Él, el Guía

Invisible del Mundo.

 

DCCXLI

DCCXLII

DCCXLIII

 

Nada está quieto.

Todo está en continuo

movimiento y variación.

Cada momento es distinto

y cada distinto tiene

su momento. No existen

dos instantes iguales.

Todo tiene su momento

y ese momento es y

no es otro. Sólo la

voluntad humana

puede cambiar su

momento al elegir

en uno y otro sentido:

La elección del hombre

prevalece en su cotidiano,

no en su esencia de

eternidad.

 

 

Rosa de Jericó, quien se

atrevió a robar vuestro

perfume. Quién, mientras

dormías, tomó tus sueños

y los enredó en los suyos.

Quién quiso robar tu alma

inmortal y hacerla suya.

Quién fue el que no se

conformó con tu vida y

quiso unirte a su ejército

infernal mientras tu

alma vagaba sin dueño.

Aunque sea poderoso, su

poder se deshará, como la

niebla en el viento, cuando

lo hiera la Luz de la Verdad.

Sólo entonces sabrá que ya

no es el que creía ser, sino

uno más entre los que

no quisieron ser sino aliento

del Mal y alimento de su

perdición maldita.

 

Hombre, no te dejes arrebatar

tu esencia de divinidad, tu

imperecedero, por quien tiene

el poder de las tinieblas.

El Mal hastía a los malvados,

a su voluntad débil no

le permite alejarse de él.

Aléjate del Insaciable de Maldad

que siempre busca el momento

más débil de lo humano y

busca tu fortaleza en el Espíritu

del Bien que lo alejará de ti.

El Mal querrá herirte para

siempre y alejarte de la

bondad que llevas en ti:

Sana tu maldad encomendándote

al Bien y tu herida ya no será.

DCCXLIV

DCCXLV

DCCXLVI

 

La sombra espesa de la

Tiniebla del Mal, oscurece

la razón de Bien y apaga

su Luz de Bondad. Los

poderosos enemigos del Bien

claman en la oscuridad de

la eterna noche por sus

víctimas a las que reclaman

para sí. Sólo el rayo de

Luz de la Esperanza Eterna

vencerá su viscosidad tenebrosa.

A Él deberán acudir las

almas vencidas de los

desgraciados si quieren salirse

de su influjo pernicioso.

Los hijos del mal verán

abrirse ante ellos los dominios

del Espíritu del Mal que los

engullirá para fortalecerse con

sus almas perdidas. Sólo oirán

estas almas los gritos de terror

de los que las preceden, antes

de perderse para siempre en

el camino sin retorno de

la oscuridad tenebrosa del Mal.

Donde no llega la mano

del hombre, llega el Que

Todo lo Puede. Aunque

mucho de tu mal y de

tu bien provengan del

hombre, es sólo lo que

atañe a tu bien o a tu

mal pasajero, ya que

el hombre no llega más

allá de el mismo y de

su influencia sobre otros

hombres sobre ti.  En el

hijo de la tierra todo

es y deja de ser, sólo

Él es de siempre y

para siempre y lo que

de Él venga ha de ser

bienvenido, ya que sólo

bien proviene del Bien.

 

El mal gusta de disfrazarse

de bien y usar la mentira

como si de verdad se tratara.

Si el mal se presentase con

su verdadero rostro, el hombre

huiría o se apartaría de su

lado, ya que el natural

del hijo de la tierra es

inclinarse hacia el bien,

con lo que no conseguiría

adeptos para su maldad.

El disimulo, la mentira

y el engaño son sus armas

para no presentarse tal cual

es. Al mal, la verdad es

lo que más odia y evita,

aunque no duda en usarla

como arma de engaño

presentándola mezclada

con la mentira, para

hacer creer que todo lo

que propone, dice o hace

es cierto y verdad y debe

ser así tratado: Las

víctimas del mal son

inocentes en su debilidad

de espíritu y deben apartarse

cuando saben de su mal,

si continúan en su maldad,

serán tratados por El Que

Puede Hacerlo como malditos.

 

DCCXLVII

DCCXLVIII

DCCXLIX

 

El hombre vive entre

lo visible y lo invisible,

entre lo real y lo imaginario.

Entre el sueño y la vigilia.

El hombre teme lo invisible

ya que, aunque no es capaz

de distinguir sus formas,

conoce de su existencia.

El mal que le sorprende

es el que no ve, aunque

lo presienta. También el

bien suele permanecer

oculto a sus ojos, aunque

esté cercano a él. La vida

toda del espíritu  es invisible

a los ojos humanos, no

así el corazón de la fe

que es capaz de sentirlo.

La suerte del hombre es

invisible y nadie es capaz

de vislumbrarla. Nadie

conoce lo que le espera y

pocos son capaces de imaginar

su futuro, aunque no

resulte así en su momento.

El hombre escarba en su

pasado en busca de su

futuro y éste no está ahí,

sino en los pliegues secretos

de su destino, este destino

es inalcanzable e inacabable

para el hijo de la tierra.

 

El hombre no deja de

ser, sino de vivir cuando

acaba su vida. Su existencia

continúa más allá de

las estrellas y más allá

del mismo tiempo: Su

existencia es eterna.

Todo lo humano es

cierto, pero tan cierto

es como dejará de ser.

Lo humano se deja en

la vida humana y lo

que queda, es su esencia

verdadera que no es

sustancia ni materia,

sino su único y valioso

que el hombre lleva

en sí.

DCCL

DCCLI

DCCLII

 

El mal gusta de parecer

bien, para disimular sus

intenciones. Hay un solo

mal que adquiere mil

formas diferentes y un

solo bien que en ocasiones

prefiere ocultarse para

evitar ser atacado en

su bondad. Uno  otro

habitan en el corazón

del hijo de la tierra

y solo su voluntad de

bien o de mal, los hará

florecer.

Lo distinto y lo opuesto,

se necesitan para equilibrar

la balanza del Bien y del

Mal. Si sólo existiese un

poder sin sombra de duda,

no existiría la perfección

ni la imperfección y el

ser humano carecería de

mérito en su paso por

la vida.

 

En la esencia de la

sustancia se halla lo

que no es sustancia,

sino que carece de ella.

La sustancia de la esencia

no es sustancia de materia

sino que es inmateria, es

insustancia, esa es el

alma de la materia.

Cuando esa esencia de la

sustancia se activa por

la vida, aparece el ser

vivo, si no es latente

en su esencia y no

vive ni muere, es la

materia inanimada.

 

DCCLIII

DCCLIV

DCCLV

 

Dos son los momentos

del hijo de la tierra:

Cuando es y cuando

deja de ser. Esos

momentos son iguales

en todo ser vivo. De

lo vivo nace lo vivo y

de lo vivo nace lo

que deja de vivir.

Sólo lo no vivo

permanece inmutable

aunque su forma se

cambie por el paso

del tiempo. La vida

surgió de la Vida y la

muerte es su consecuencia

necesaria para su

continuidad en su

existencia eterna para

el hombre. Los demás

seres nacen y mueren

y se continúan en sus

descendientes y afines

de su especie. Sólo

la primera vida surgió

cuando y como Él

quiso. Ese paso del no

ser al ser que vuelve

al no ser, es obra del

Que Todo lo Puede, como

es obra suya Todo lo

que hay y existe y lo

que no hay o no existe.

 

Lo que vive, vive y

existe hasta que deja

de vivir y en su

consecuencia de existir,

excepto el hijo de la

tierra que vive y existe

y cuando deja de vivir

continua existiendo

fuera de su materia

original y en un estado

distinto: El estado de

espíritu, porque Él así

lo quiso.

Igual que el pan

que comiste ya no

sacia tu hambre y

el agua que bebiste

no calma tu sed, las

palabras antiguas no

te valen, ya que se

han consumido a

sí mismas, y necesitas

nuevas palabras para

tu alimento espiritual.

Para el hijo de la

tierra no todo está

aún dicho y poco es

sabido. Lo nuevo es

nuevo para lo joven

y para lo viejo: Toma

tu pan y tu agua y

escucha mi palabra

que, aunque te parezca

nueva, es tan antigua

como el hombre ya que

para él fue dicha desde

el principio: Quien

desdeña mi voz, me

desdeña a mi y no

sabrá de la esperanza

de la fe.

DCCLVI

DCCLVII

DCCLVIII

 

De la Nada surgió el

Todo y todo volverá

a la nada. No quedará

rastro de lo que fue,

ni de lo que quiso

ser. El hijo de la

tierra se deshará

entre los restos de

su maldad y el

Universo será sin él

más solitario, más

oscuro y triste en

su grandeza. Sus

atormentados y livianos

espíritus ocuparán

su lugar donde no

hay lugar, espacio ni

tiempo: Lo que se inicia,

acaba.

La maldad y la ignorancia

del hombre, le impiden

que pueda evitar su

funesto destino. La destrucción

acecha entre los hilos

de la maldad. El hijo

de la tierra habrá de

cortar esos hilos que le

atraen hacia el Mal.

La suerte del hijo de

la tierra está en sus

manos y sus manos

decidirán su destino.

 

Lo más preciado para el

hombre, no será más que

humo ente los dedos del

tiempo. Todos sus bienes,

todas sus posesiones, todo

su poder y toda su persona,

no son más que niebla

presta a disgregarse ante

el viento del destino.

La suerte del hombre es

tan variable como el

vuelo del vencejo. Lo

que sube o baja, quedará

al mismo nivel y lo

ficticio perderá su lugar

de honor entre la mentira.

La verdad reinará fuerte,

y el mayor privilegio

del hombre será el de

ser creído, y será creído

porque creerá, y su fe

le dará la fuerza de

la Verdad que no se

Acaba y de la Esperanza

que no se Disipa.

 

DCCLIX

DCCLX

DCCLXI

Cuando el hombre llegue

a armonizar su mundo

interior y exterior, llegará

a su armonía y a su

bienestar. En el equilibrio

de sus fuerzas se halla

el secreto de su salud

y de su fuerza, tanto

física como de su razón:

Toda enfermedad o carencia

no es sino desequilibrio,

recuperarlo es su remedio.

Escucha tu interior, él te

habla con palabras que vienen

del corazón. Oye tu voz

solitaria, la que no quieres

oír, la que apartas de ti

para no seguir sus dictados.

El hombre que se oye a si

mismo y se acepta en su

debilidad y en su fortaleza se

acerca a él mismo y se

acerca a mi. No sólo yo

hablo al hombre sino el

Espíritu del Mal también,

el vierte veneno y maldad

en sus oídos, incluso cuando

duerme y no puede

defenderse de su influjo

maligno, más el hijo de

la tierra posee recursos y

fortaleza suficientes en su

interior para apartar de si

el influjo del Mal, su conciencia

de Bien lo ayudará en su

lucha constante y le hará

salir victorioso: Oye y sigue

lo que debas oír y seguir y

aparta de tu lado lo que debas

rechazar y alejar de ti.

 

Muchos son los males

que el hombre causa

y pocos son los males

por lo que responde.

Aunque parezca que

el mal es impune,

no es así, ya que

el hombre no ha

de responder ante

otros hombres, sino

ante sí mismo y ante

El Que Todo lo Sabe.

El hijo de la tierra

en su soberbia humana

pretende el control

de todo lo humano,

control que no consigue,

ya que lo humano se

guarda de mostrar su

verdadera cara ante

otros hombres y usa

la mentira y el engaño

para ocultarse y ocultar

sus hechos de maldad.

La justicia de los hombres

es un remedo de lo que

debería ser, no de lo que

es, ya que para el hombre

la justicia es inalcanzable,

tanto, como la verdad a

la que aspira en su

ignorancia continua.

 

DCCLXII

DCCLXIII

DCCLXIV

 

Ella es la fresca pureza

del rocío. El aleteo

del ruiseñor en la noche.

El aire cálido de una

noche de verano.

El copo de nieve que se

funde en tu mano.

El azahar y la rosa

que perfuma tu paso.

Un suspiro, o un sueño

interrumpido, un vacío

que se llena de espacio.

Un encuentro celebrado,

una sonrisa, una risa

un beso y un abrazo.

El resurgir de las flores

en primavera y el

blanco de una nube

que se quiebra en

pedazos de cielo.

Ella es la luz y el color

y el calor que apaga

el frío y el miedo

y nos envuelve con

su aire cálido e

invisible en la noche

asustada del hombre.

 

Él quiso alegrar al hombre

y le dio la risa. Él quiso

asombrar al hombre y le

dio la vida. Él quiso hacer

pensar al hombre y le regaló

la muerte. Él quiso que el

hombre soñase y le regaló

la imaginación. Él quiso

que el hombre lo conociese

y le regaló la música.

Él quiso que el hombre

supiera de la belleza

y le regaló el mundo.

Él quiso que no estuviera

sólo y le dio el amor.

Él quiso darle esperanza

y le dio la fe. Él quiso

mostrarle su camino y le

dio su Luz cercana.

No dudes de Él porque

Él no es duda, Él es

La Certeza Absoluta, Él

es lo Cierto de lo que

parte cualquier otro

cierto. La duda guarda

la mentira dentro de

ella. No hay duda en

lo Más Cierto de lo

cierto.

DCCLXV

DCCLXVI

DCCLXVII

 

El hijo de la tierra

conoce su inevitable

destino y aún así

pretende engañarse

así mismo e ignorarlo.

Aunque no se recuerde

el destino del hombre

es implacable y él

recordará al hombre

que dejará de vivir,

se engañe o no. Al

hijo de la tierra no

le sirve el huir de lo

que ha de acontecer, ya

que así está dispuesto

desde su nacimiento y

aún antes, desde que

fue engendrado.

 

Siempre que el hombre

avanza retrocede de

nuevo, con lo que su

camino ha de volver

ha recorrerse mil veces

y otras tantas ha de

regresar a su origen. Sólo

el que no vuelve su

vista a lo que deja

atrás, avanza y mientras

más se aleje de lo que

lo sujetaba, más

horizontes nuevos descubrirá:

El pasado ha de ser ayuda

y experiencia, no lastre

que retrase o anule el

futuro. Sólo quien venza

su pasado, descubrirá su

futuro.

 

Nazareno, me llaman unos

porque soy de Nazaret.

Galileo, me dicen otros

porque soy de Galilea.

Pero no, no soy de

Nazaret, ni de Belen,

ni de Galilea. Soy

de vuestros corazones

y en vosotros me hallo.

Soy de la tierra en que

nací y de la que no

nací, soy de toda la

tierra y de sus mares y

de sus cielos. Yo soy

del Universo Todo y todo

en mi se halla: Quien

me ama, me lleva en

sí. Yo soy Él y Él es yo.

DCCLXVIII

DCCLXIX

DCCLXX

 

Silencio, sólo silencio

oye el que me habla,

pero si me habla con

el corazón, con él

habrá de escucharme.

Yo soy el silencio del

que escucha con sus

oídos y la voz del que

escucha con su alma.

Mi voz resuena en el

interior del que quiere

escucharme, por el aire

oirá lo que va por

el aire, no la voz

del Que Todo lo Oye.

 

Yo soy la Luz y la vida.

Yo soy el cuidado y el

amor a las criaturas. Yo

soy la Verdad y la Bondad.

En mi no se haya doblez

ni mal alguno. Lo que no

proviene de mi, proviene

del Halo Oscuro del Mal:

Dolor, sufrimiento y muerte

de allí proceden. Más el

dolor, el sufrimiento y la

muerte no vencen a lo

que no puede morir. Esa

es la victoria eterna del

Bien Eterno: El espíritu

es inmortal por la Gracia

del Que Todo lo Puede.

 

La Presencia de lo eterno

rodea y llena la materia

y la inmateria. Lo que

no está en materia, está

en inmateria, lo que

existe es, en una u otra

forma. Está lo que está

y ocupa un espacio visible,

y lo que ocupa lo invisible

y no necesita ningún

espacio. Lo invisible es

Todo lo que no es visible,

allí se halla la

inmateria que en sí es

indestructible, eterna en

su esencia inmanente.

DCCLXXI

DCCLXXII

DCCLXXIII

 

Aunque los hijos de la

tierra viajen en la misma

nave y la muchedumbre

llene las calles. Al separarse

de sus ataduras de la

tierra y disgregarse la

multitud, cada hombre

escoge un camino distinto.

Hay tantos caminos como

hombres y cada uno posee

el suyo que es único e

irrepetible. No hay dos

vidas iguales, como no hay

dos destinos iguales.

Tu camino sólo lo

recorrerás tú.

 

Es privilegio del poder

el imponerse. Sin esa

imposición no habría poder.

Todo poder terreno se basa

en la fuerza y en la

coacción que ella representa.

El único y verdadero poder,

no implica coacción ni

subordinación a nada

humano, ya que Él sólo

implica Bien y Él no

obliga, ya que el hombre

dispone de su voluntad

para acatarlo y de su

conciencia de Bien para

seguirlo: El Bien no

obliga, a de seguirse con

el corazón y el espíritu

de bondad.

 

Todo poder humano es

tan falible como falso,

ya que no está basado

en la razón, sino en

la coacción, la fuerza

del miedo y la fuerza

contra el que se le

opone. El único poder

humano que es digno

de ser considerado como

tal, es el que se basa

en la razón y en la

aplicación de la bondad

inherente del hijo de

la tierra. El verdadero

poder no está en la

tierra, sino cuando el

hombre deja su vida y

comienza su existencia

en la Verdad. Ese

Poder infinito y eterno, es poder

de Amor y de Luz y poder

de Bien y de Verdad, es

el Poder Supremo infalible

y cierto y ningún humano

dejará de conocerlo.

 

DCCLXXIV

DCCLXXV

DCCLXXVI

 

No por morar el hombre

en un gran palacio, aumenta

su estatura y no por usar

ropajes finos, mejora en sus

modales. Tampoco aumentan

ni su inteligencia ni su

cordura, por leer a filósofos,

literatos y hombres de ciencia.

No será el hombre más

rico, en su verdadera riqueza,

por poseer muchos bienes

materiales. No será el

hombre más sabio, por

ir entre ellos y repetir

sus ideas. Ni tendrá fe

por querer tenerla. La fe

es un regalo que otorga

el Espíritu del Bien a

los hijos de la tierra que

son poseedores de la pureza

de corazón y de la inocencia

de un niño. Ellos, son

los preferidos de Él y

ellos serán los primeros

en su Presencia.

 

El hombre se anula

 a sí mismo con la

mediocridad de lo

cotidiano. En la rutina

de su diario, niega su

propia capacidad de ser

y pensar en su propia

sustancia inmortal,

abstraído con su inmediato.

El hombre ha de sobreponerse

a lo accesorio e ir hacia

su fundamento: El bien

durante su vida y acercarse

a la Verdad de eternidad.

Muchos son los caminos

del bien y todos están

abiertos al hombre que

quiera transitarlos. Quien

se niega a caminar

por su bien se niega a

ver la Verdad, más la

Verdad lo verá a él. Si

no enmienda su andar

no será grato al hombre,

ni al Que Todo lo

Ama: El bien es obligado

al hombre.

DCCLXXVII

DCCLXXVIII

DCCLXXIX

 

Quien desprecia su conciencia

e ignora sus indicaciones,

deprecia a su propio

espíritu de bien y el camino

que debe seguir. El no

querer oír la voz del bien

que lleva dentro de sí, lo

llevará a seguir la voz

silenciosa y poderosa del

Mal, que agazapado en

su interior espera su

oportunidad de triunfo

de sus torcidas intenciones.

Quien se rinde a su

mal, se hace servidor

del Mal y de su Tenebroso

Espíritu de Maldad. Sólo

la voluntad de bien, con

la ayuda del Espíritu

de Bondad, recuperará

el camino que debe

seguir y cumplir lo que

debe cumplir en su

preludio de eternidad.

 

Más allá de la cortina

de humo de la realidad

cotidiana, se halla la

realidad del sueño y

la realidad de lo

imaginario, y más allá

aún se encuentra la

verdadera lucidez de

conciencia eterna, la

claridad de la mente

que descubre su camino

de verdad entre las

brumas de la engañosa

realidad. Seguir ese

camino hará distinto

entre los hombres al

que lo siga: Será más

bueno, más sabio y

caminará despierto

en un mundo dormido.

Sólo el hombre que ayuda

a su hermano, más allá

de su propio límite de

razón, me hallará a mi.

En la bondad la razón

no cuenta, la bondad no

es fruto de la inteligencia,

sino del corazón señalado

por su Espíritu de Bien.

DCCLXXX

DCCLXXXI

DCCLXXXII

 

Sólo el hombre capaz

de vencer su mal,

hallará su bien y quien

así obre, encontrará

a su igual en un

mundo distinto, donde

el egoísmo encierra a

los hombres en una

invisible prisión, cuyos

muros habrán de derribar

para hallar su yo de

bondad, anticipo de

su yo verdadero, de

su alma inmortal y

de su eternidad

victoriosa de bien.

 

Más allá del espejismo

de la vida, se halla

la certeza de la muerte,

y más allá de ella,

se halla la certeza

absoluta, la que

acerca al espíritu,

que ha dejado el

cuerpo que lo albergó,

a su propio límite

que es ilimitado y

eterno: Sus límite es

y será, lo Ilimitado.

La sensación de eternidad

nace de la esperanza y

ésta, a su vez, proviene

de la fe, que ilumina

las sombras más apagadas

del espíritu del hijo

de la tierra y le señala

el único camino posible

de acercarse al Bien

Supremo: La bondad

de cuerpo y espíritu.

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