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Yo desvelo

 

 

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11

(DCII - DCLXII)

 

DCII

DCIII

DCIV

 

En el Universo invisible

donde moran los espíritus,

las almas afines llegarán a

encontrarse. Su unió será

indivisible y formarán un

solo espíritu en dos imágenes

distintas. Una y otra se

fundirán en un abrazo

eterno en presencia del

Espíritu del Bien y del Amor

Infinito. Los espíritus que

no lo deseen, permanecerán

igual y ambos, los unidos

y los que no, si son de

Bien y Verdad, se unirán

ante la Suprema Presencia

del Creador de lo Creado.

 

Si tu logras ser tu, serás

diferente y los demás

hombres distinguirán

tu diferencia, que ellos

también poseían y que

prefirieron perder. Los

demás hombres te admirarán

y te colmarán de honores

sólo por ser tú, por no

dejar perder tu cualidad

única, esa que te señala

como ser distinto y por

ello valioso y verdadero.

Tú eres de verdad y tu

eres verdad, en ti no

hay artificio y todo en

ti es natural. A ti va

dirigido mi mensaje, al

hombre que ha decidido

ser como es y no una

copia de otros que a su

vez son imitación de

otros, remedos de hombres,

y caricaturas de ellos

mismos. Caminos sin fin

que se pierden entre la

niebla. Seres sin identidad,

hombres sin conciencia de

quienes son, que se han

extraviado en la corriente

humana y van al mar

de la duda.

 

Lo que vive existe y

lo que existe es, todo

lo que vive y existe ha

de cumplir con su función

primordial: La piedra existe

y ha de ser piedra. El mar

existe y ha de ser agua. El

Universo existe y ha de ser

como es. El hombre vive

y existe y ha de cumplir

ambas funciones. La sociedad

de los hombres pretende

sustituir con sus poderes

e influencias sobre el

hombre, cualquier otro

mandato que no sea el

suyo y el de sus leyes.

Más el hijo de la tierra

está sujeto a otras  fuerzas

y poderes, fuerzas y poderes

que el hombre lleva en sí

y donde el poder de otros

hombres nada ha de hacer,

ya que nada puede contra

ellos. El hijo de la tierra

es también hijo de lo

infinito de lo eterno y

allí, en el Reino del Espíritu

nada son vida, ni siquiera

la palabra del hombre, ya

que vida y muerte nada cuentan

más allá de aquí, y el hombre

está destinado al infinito de lo

eterno.

 

 

DCV

DCVI

DCVII

 

El hombre sabe lo que ha

de saber y sabrá lo que habrá

de saber. Las dudas del

hombre no son dudas, sino

sus propios límites de saber.

Hay un saber que no es

de inteligencia, sino de

sentimiento, de corazón.

Ese saber que no proviene

del intelecto sino del

instinto genético o de su

espíritu, es un saber que

no contempla la duda,

ya que lo que sabe es

instruido o sentido, no

pensado o razonado. De

ese saber proviene la fe

y la esperanza y también

la ilusión. Quien sobrepone

un conocimiento a un saber

instintivo o heredado, llega

a la duda y esa duda azotará

su razón y lo llevará a sus

límites y si persiste en su

perniciosa actitud puede

llevarle al desvarío de la

locura: El hombre no debe

luchar contra él, ya que

siempre perderá.

 

Hay dos inteligencias en el

hombre, la inteligencia de

la razón y la inteligencia de

su espíritu, ambas deben

evitar su confrontación, ya

que se debilitarían en la

disputa y la duda sería la

vencedora. Esa duda lo

inmovilizaría en su actitud

y sería incapaz de tomar una

decisión ya que no sabría

hacia qué lado habría de

hallar su verdad. El hombre

debe dejar actuar sus inteligencias

y no tratar de inclinarse hacia

una u otra. Si obra con buena

voluntad, el Espíritu del Bien

y de Verdad le mostrará

el camino que debe seguir.

El hombre no debe dejar que

el mismo lo engañe y no

engañarse a si mismo, sino que

ha de confiar en su espíritu de

verdad y ser fiel a sí mismo.

No hay hombre superior

o inferior a otro hombre

a los ojos que Todo

lo Contemplan. Sólo el

hombre diferencia a unos

de otros según sus preferencias

o actitud y siempre al

juzgar a otros hombres

procura situarse por

encima de ellos. El

hombre en su erróneo

juicio no se guía de

su razón, sino de su

soberbia y esa vanidad

le hace creer que él es

más que otro o menos que

ese otro, según valore lo

que ese otro posea o el

cree que posee: Todo

hombre en cuanto hombre

es portador de un espíritu

único y propio y eso lo

hace ser singular y

diferente a cualquier otro.

Su alma inmortal y

su elección lo acercará o

alejará de la única Gloria

Eterna, lo demás son quimeras

humanas.

DCVIII

DCIX

DCX

 

Más debe valorar el hombre

el saber natural o adquirido

de otro hombre, que su poder

o riqueza y mucho más aún

su bondad, ya que esta

cualidad lo acerca al Bien

y otras cualidades no. Ante

la bondad, el hombre se

siente agradecido de serlo

y reconoce que aún le

falta camino que recorrer

en su propia vida, ya

que la vida del hijo de

la tierra debe ser la

aspiración al Bien y para

ello ha de prescindir del

amor hacia él y su exceso

debe verterlo en los demás:

Mientras más améis a

mis criaturas, más os

amaré a vosotros.

 

Quien pisa las aguas

cenagosas del mal,

se mancha con su

fango y aunque se

lave, su olor le

acompañará mientras

viva, ya que el mal

penetra hasta los

cimientos del alma

y no es fácil de

erradicar. Sólo su

abandono y olvido,

de cuerpo y espíritu,

lavará lo encenagado

y lo volverá como era

antes de entrar en

esas malolientes

ciénagas: Quien se

baña en las aguas

puras del Bien, se

lava y limpia de

las miasmas del mal

y podrá así presentarse

ante Él.

 

No hay veneno sin su

antídoto, ni mal que

no tenga cura. Lo difícil

es conocer su sanación

y aplicarla como se

debe. El hijo de la

tierra podrá sanar su

alma enferma por el

mal, si conoce y aplica

su remedio. Este remedio

lo posee en sí mismo y

para que aflore ha de

recuperar la fe en sí

mismo y en la esperanza

de existencia eterna. Esa

fe y esa esperanza llenarán

su vacío y recuperará

su salud perdida.

DCXI

DCXII

DCXIII

 

La barca del hombre está

hecha de restos y retazos

de otras muchas naves.

A esto se le unen los

propios suyos y así se

forma una embarcación

distinta y lista para surcar

las aguas tranquilas o

turbulentas de su vida.

Cada trozo de madera

lleva impresa su historia

y esta no es otra que

la de la Humanidad

entera que porta cada

hombre. Aunque su propio

orgullo y soberbia le

arrastrarán a cometer

los mismos errores que

otros antes que él

cometieron y que él sabía

antes de cometerlos que

lo eran. Su olvido está

inspirado por el soplo

del Mal y su acierto

por el Espíritu del Bien

que inspirará sus pasos

hacia la Verdad.

 

Desde que nace hasta

que muere el hombre

es ignorancia con deseo

de saber, ese deseo por

conocer lo que ignora, le

permite avanzar en su

estrecho sendero de Luz.

El hombre sólo con sus

cualidades, nunca llegará

a conocer la Verdad, ya

que su límite le impiden

sobrepasarlo y la Verdad

se halla más allá de él

y de su inteligencia. Sólo

puede saber el hombre

a través de la fe y la

esperanza, fe en lo que

ha sido dicho para él

y esperanza en lo venidero

más allá de su propia

mortalidad. Confiar en lo

dicho para él, es creer con

los ojos cerrados y con la

vista abierta del espíritu

que ve más allá de su

propia inteligencia.

Hijo de la tierra mira

tus manos vacías después

de dedicarte a tu trabajo,

a tu familia y amigos,

mírate, tus manos son

lo que eres, lo que cuando

llegue el momento habrás

de presentar. Aún estás

a tiempo de llenarlas, para

ello debes mirarte con los

ojos que miran el alma y

mirar a tu alrededor con

los ojos de la vista. En

tu interior te descubrirás

a ti mismo y fuera verás

a los demás, los muchos

necesitados a los que

debes socorrer: Lo que le

hagas a mis criaturas,

me lo haces a mi y así

será puesto en tu balanza

de eternidad. Lo que

ayudes, serás ayudado y lo

que dañes, serás dañado: Ayuda

y te ayudarás.

DCXIV

DCXV

DCXVI

 

Muchas son las obligaciones

del hijo de la tierra y ha

todas ha de atender: A

su trabajo, a su pueblo,

a su familia, amigos y

conocidos, a las leyes de

su territorio y a las leyes

de donde vaya. Estas

obligaciones con ser muchas

no bastan, ya que aún

le quedaría por cumplir

las obligaciones para con el

mismo y con su fe y estas

son igual de importantes

que las demás y más aún.

Le quedarían también las

obligaciones con los necesitados,

ya que como tales hay que

tomarlas. De todas las

obligaciones del hijo de la

tierra no debe dejar al

olvido las que  se debe a él

en cuanto ser sujeto a

voluntad de elección y ha de

procurar que no le abandone

su voluntad de bien y

afianzar la fe y esperanza

de su espíritu en su

trascendencia inmaterial

y eterna.

 

El hombre persigue el

infinito de lo eterno porque

es infinito en su eterno.

Nada del hombre muere

excepto su vida que se

acaba. Su materia pervivirá

en forma distinta. Su agua

continuará y sus minerales

se incorporarán a la tierra.

En el agua, en la tierra

y en el aire, el hombre

permanecerá diseminado.

De él beberán, de él

respirarán y de él comerán

en las plantas o animales

que se alimentarán de él.

Su espíritu, su alma que es

lo inmaterial que porta

desde su concepción, es

materia inaprensible e

infinita. A ella se agregan

sus pensamientos, su inteligencia

y todo cuanto contiene su mente

que no es materia corruptible,

sino incorrupta y etérea. Esa

sustancia en forma de energía

luminosa es cuanto es, ha sido

y será el hombre, y su ser

es infinito en su eternidad:

El ser forma parte del

Infinito de Él, el Ser

Supremo.

 

 

Cuando el espíritu del

hombre se une a su

espíritu de eternidad y

forma uno solo, el hombre

se transforma en un ser

distinto y único y al

mismo tiempo igual

al que era: Su palabra

será oída y entendida.

Su aliento exhalará

perfume a flores en

primavera. Su cuerpo

se deslizará por la

tierra sin esfuerzo y

sus pasos no pesarán

en el aire y no dejarán

huellas en la tierra.

Su figura emitirá una

tenue claridad que

alegrará a los hombre

en lo más profundo de

sus corazones. Vuestro

corazón se unirá al suyo

y sus deseos de bien se

transformarán en bondades.

Su pensamiento estará unido

al Que Todo lo Ama y os

comprenderá sin hablar.

Su cuerpo no se fatigará, ni el

dolor lo castigará. El tiempo

detendrá su senectud. Su

palabra aliviará y su contacto

sanará. El Mal nada podrá

contra él ya que el Espíritu

del Bien lo ilumina con su Luz

de eternidad.

 

DCXVII

DCXVIII

DCXIX

 

No por negar el hombre

su alma inmortal, ésta

deja de ser y existir en

vida y cuando ésta cesa.

Quien no tiene fe y la

niega, no tiene esperanza

en otra existencia más

allá que la que vive en

la tierra. Ello le hace

encerrarse dentro de los

límites estrictos de la

materia, con lo que limita

su propia inteligencia, a

la que no valora más que

por su utilidad y piensa

que morirá con él. El

hombre que vive conforme

a su mortalidad total

y se cree ausente de espíritu,

desperdicia su vida en

obras y afanes de los que

ninguna consecuencia quedará.

Mi palabra resbala por sus

oídos y mis señales son

ignoradas. Ese hombre incrédulo,

habrá de creer en mi Padre

si no quiere negarse a

aceptar el Bien que se le ofrece,

siempre que su vida sea de bien,

sino habrá de aceptar su negación

y sus consecuencias.

 

No porque no creas en la

existencia del más allá,

dejará de existir. El

hombre que no cree, vive

una vida ficticia y teme

enfrentarse a su verdadera

verdad mortal. Su temor

le angustia y se refugia en

la distracción que ofrece

el mundo de los hombres,

para escapar al pensamiento

de una vida sin sentido.

El hombre que cree, al contrario

del incrédulo, no teme aceptar

la muerte, ya que es un tránsito

obligado a una existencia

completa. No le preocupa

la muerte, ya que para él

no existe como tal, sino

como una continuación

de eternidad y una

posibilidad de Gloria

eterna cerca del Creador.

El incrédulo es incapaz

de vivir una vida plena,

ya que la muerte acecha

para arrebatársela y la

inquietud por ello lo

acobarda mientras vive:

Quien cree en mi,

no temerá ni en vida

ni en muerte.

 

Quien no cree, puede

no creer por distintos

motivos. Porque no ha

conocido ninguna

posibilidad para creer o

porque se ha negado a

conocerla al no admitirla.

Sea por el motivo dicho

o porque su razón no cree

lo que no ve, ni siente,

el hombre ha de poseer

una conciencia que le

avise del mal cometido

y su necesidad de

corregirlo o de no volver

a dañar o cometer mal.

El que no posea esa

conciencia de corrección no

le afectará el mal que

ocasione y si hace algún

bien, será para obtener algún

beneficio, no por deseo de

bondad. Quien no tiene

conciencia, no vive, está

muerto entre los vivos y

sólo puede fingir que

siente dolor ante el daño

de los otros. Su alma está

vacía y no puede creer en

nada ni nadie que no sea

él.

DCXX

DCXXI

DCXXII

 

Ellos han nacido así

y no pueden evitarlo.

El Espíritu del Mal

se apoderó de su

conciencia en su

concepción y al no

distinguir el bien del

mal en su corazón,

aunque sí en su inteligencia,

los hacen ser presa fácil

de la Maldad. Su vida

es la tortura de no

sentir y el fingimiento

de representarlo de continuo.

A su muerte serán llevados

ante El Que Todo lo

Puede y ellos elegirán

en espíritu, si se quedan

con el Bien Absoluto o

con el Mal Eterno.

 

Lo que existe es lo que hay

y lo que no hay, lo que

se ve y lo que no se ve,

lo que amamos y lo que no.

Lo que existe es para ti

y lo que existe y percibes

o crees que existe, también.

Lo que piensas o imaginas,

existe o puede existir.

Lo probable existe tanto

como lo improbable. Lo real

no es menos cierto que lo

irreal o aparente. Las formas

no son nada, ya que de

nada dependen. No ves, ni

sientes, ni percibes lo que hay,

sino una minúscula parte

de ello. En tu propia limitación

está tu grandeza, hijo de la

tierra, ya que eres capaz

de ver lo que no ves, creer

lo que sientes y percibir lo

que está fuera de ti. Esa

cualidad te hace único

y grato a los ojos del que

te creó, antes, mucho antes

de lo que te imaginas. En

ti hombre está el Todo y

está la Nada, eres lo real

y el absurdo, lo poco

y lo mucho. Lo que es

capaz de amar y lo

que no. Lo perdido

y lo hallado. Lo que está

aquí y fuera de aquí. Tú

hombre eres lo más cercano

y lo más lejano. Eres como

el rizo del agua y una

ola inmensa. En tu pequeñez

está tu grandeza, y en tu

bondad tu quimera, tu

ilusión de ser más allá

de ti. En tu fe se halla

tu esperanza y nada de

lo que existe para ti podrá

defraudarte, ya que es lo

que anhelas desde que

llegaste. En ti todo pasará

rápido y también lento,

pasará y no pasará y se

quedará para siempre en

tu eternidad. Amas el

silencio y la luz, la

oscuridad y la algarabía.

Amas lo que odias y

odias lo que amas. En

tu contradicción está tu

grandeza y de ella no

podrás salir, sino es para

glorificar la grandeza de

la Gloria, tan aparente como

real y tan llena como vacía:

Todo es como tú crees que sea.

 

En la razón de lo absurdo

radica lo absurdo de la

razón cuando no tiene

uso de ella quien debería

tenerla. El absurdo de

la razón se contagia entre

los que no usan la razón

de forma usual, sino para

justificar su absurdo de vida

o su vida de absurdo: La

razón es parte de la

inteligencia y ha de usarse

con la coherencia que

justifica su nombre.

DCXXIII

DCXXIV

DCXXV

 

Si los demás no piensan

en lo que debería de

pensar, has de pensar en

los demás, ya que no

puedes pensar por ellos:

El pensamiento es individual

e indestructible y tan

libre como el aire.

 

Quien teme a la Verdad

no la afronta en su

razón, ni en su corazón

y no llega a conocerla,

sino cuando llega su

momento de Verdad. En

ese instante ya no habrá

nada que temer, pues su

espíritu dejará su cuerpo

y conocerá lo que cada

hombre ha de conocer: Su

momento de Verdad habrá

llegado.

 

Se explica la no vida

con la vida, lo ilógico

con lo lógico, lo irracional

con lo racional, lo

irrazonable con lo razonable,

la sinrazón con la razón.

Todo es explicable cuando

se desea comprenderlo y

nada se explica, ni se

comprende cuando no se

desea. El hombre sólo

entiende lo que desea

entender, lo que no desea

obstruye su razón y oscurece

su entendimiento. No sólo vive

quien vive, sino todo aquel

que existe en la vida mientras

esta es. La vida une a todo

lo vivo con lazos e hilos invisibles.

La muerte, al contrario, separa lo

vivo de lo que no, aunque una

a lo que vive hasta el

infinito de la eternidad.

 

DCXXVI

DCXXVII

DCXXVIII

 

Cuando las palabras se

unan en tu mente sin

causa ni motivo para

ello, escúchalas peregrino

de luz algo quieren que

sepas de lo mucho que

ignoras. Oye pero ten

cuidado, pueden ser

palabras sabias, palabras

eternas o palabras engañosas

que te lleven al error:

Lo que nace en ti, no

siempre es tuyo. El mundo

de las palabras del silencio,

está plagado de

miedos, engaños y

verdades. A ti toca

distinguirlos.

 

 

Dos son las palabras del

hombre: La que viene

de fuera y la de su

interior. La palabra de

los demás hombres es en

beneficio de ellos y la

suya, es beneficio suyo.

Sólo la palabra de fuera

que llega para ayudar es

digna de escucharse e incluso

de seguirse, más no suele

ser así y el hombre usa la

palabra como entretenimiento

o engaño a los demás.

La palabra de uno tampoco

ha de seguirse siempre, ya

que aunque la voz interior no

suele ser engañosa, a veces

se equivoca y lleva al error

o ir contra las normas

de los hombres, lo que ocasiona

perjuicios que deben ser evitados:

El hombre sólo ha de seguir

la voz de su conciencia de

bien, ya que esta no le ocasionará

mal alguno. Cuando hable tu

bien, escúchalo. Cuando hable tu

mal, ignóralo.

 

Cuando la noche eterna

cierra los ojos del hombre,

un nuevo día comienza

para él. Un día lleno

de Luz y promesas esperadas.

Su paso por la tierra

ha sido obligado para

dar éste. Allí le espera

al hombre la razón

de su fe y el fin de

su esperanza. La certeza

a su duda y el principio

sin final, el principio

continuo de su existencia

más allá de su vida.

El paso es inevitable y

nada es más cierto. El

que lo disimula, se miente

a sí mismo y auque no

hay disimulo en la existencia

eterna, si lo hay en la

vida, más esa mentira

no engaña sino a los que

desean engañarse o ser

engañados: Cuando acaba

la vida, se inicia la

existencia incorpórea.

DCXXIX

DCXXX

DCXXXI

 

Rasga el velo de tu

tiniebla y ábrete a

la luz que nunca cesa,

la Luz que mana de

la existencia eterna

para guía de la bondad.

El hombre que no

cree, no será capaz

de rasgar su velo de

oscuridad y habrá de

esperar a que llegue

su momento de Luz

y se le señale su

camino, para ello ha

debido de ser tan

bueno con los demás

como consigo mismo

incluso más. Sólo así

verá iluminarse su

tiniebla con luz de

eternidad.

 

No te olvides de los

que amastes y se fueron

más allá de la vida,

pues ellos no se olvidan

de ti. Ellos te confortan

en la soledad de tu

angustia y te ayudan

en tu paz de espíritu.

Ellos saben que un día

irás a ellos y las

almas sentirán el

gozo de su compañía

anhelada.

Yo soy el agua de tu

río, el grano de tu

pan y la carne de tu

cuerpo. Y lo mío me

llevaré cuando llegue

su momento. Me

llevaré tu agua, tu

grano y tu carne y a

otros saciará y alimentará.

Más lo tuyo que

eres tú, ese, se quedará

contigo para siempre.

DCXXXII

DCXXXIII

DCXXXIV

 

Tu agua va en una

gota que se desliza por

la corriente de un

arroyo violento, baja

hasta el llano y se

aplaca su furia. Se

vuelve manso y riega

la tierra de sus orillas.

Tu agua es la misma y

ya no es igual, ha perdido

el ímpetu de su inicio.

Tu agua va en mi río

con otras muchas y siguen

mi cauce sin extraviarse.

Una gota es poco en sí,

pero muchas forman un río.

Aunque tu gota forma agua,

sigue siendo la misma y si

la separas o la bebes, verás

que eres tú. Tu gota es única

y como única será tratada.

Tu agua siempre pervivirá

aunque llegue al mar o a

un lago, o auque se evapore

y vuelva a caer. Siempre será

la misma agua.

 

Mira a los hijos de la

tierra, parecen hormigas

presurosas que siguen el

camino trazado. Otros

parecen hormigas exploradoras

y se salen de los transitados

caminos. Unos y otros van

afanosos en busca de su

alimento. Las poblaciones

parecen gigantescos hormigueros.

Los hijos de la tierra

entretenidos con sus afanes

e igual que las hormigas, no

miran al cielo. Sus miradas

rara vez se levantan y se

 pierden en el azul o se

entretienen en observar

la forma cambiante de

las nubes. Todo su mundo

parece reducirse a lo cercano,

a lo inmediato y se olvidan,

o no quieren pensar que hay

un más allá que deberán

conocer, y que sus vidas no

son tan simples o complicadas

como creen, sino algo más y

distinto que lo ordinario. La

vida del hombre está dada

pera su continuidad, y para

la búsqueda de la luz de

su espíritu.

 

No temas la losa del

olvido por quienes serán

olvidados. Tú, lo que eres

tú, no podrás ser olvidado

porque siempre estarás, en

la tierra, en el agua, y

en el aire en otra forma.

Y con la forma de tu

espíritu que no ha variado

ni variará nunca, estarás

en tu lugar merecido.

DCXXXV

DCXXXVI

DCXXXVII

 

Las almas de los condenados

se retuercen como las llamas

de una hoguera movida

por el viento. Buscan y no

hallan sino soledad, vacío,

horror y desesperación. No

sienten dolor pues no pueden

sentirlo. Sienten la angustia

de las fuerzas oscuras que

las empujan y las doblan

y aplastan. Son oscuras, son

casi tan oscuras como la

tenebrosa tiniebla que las

rodea. El cerco es opresivo

y fuerzas malignas impiden

escapar. Es un inmenso

agujero negro que gira

vertiginoso sobre sí mismo.

Su atracción es enorme y

su influjo, en un descomunal

torbellino de maldad, lleva

al centro mismo del

horror del Mal. No es  posible

huir, evadirse de su fuerza.

Sólo queda sobreponerse al

Mal y a su poder e implorar

al Señor del Universo piedad

y perdón: Sólo así podrán

salir del lugar donde mora

el Espíritu del Mal eterno

y las almas perdidas por él

y entregadas a él.

 

La luz oscura del Mal

emana hacia las almas

de los perdidos y las tiñe

de tinieblas. El torbellino

del Mal que todo lo engulle

las arrastra de forma implacable

hacia el centro de la oscuridad

eterna. Las almas tratan

de evitar ser absorbidas

por su fuerza maldita, pero

es inútil resistir su poderosa

atracción: Su salvación sólo

está en ellas y en el Que

Todo lo Puede.

En la luz oscura del Mal

late el corazón de su

espíritu: El corazón de Zoeltebec.

Allí se retuercen las almas,

condenadas a su presencia

eterna, en el más absoluto

desamparo. Su soledad es total

y cada alma sufre por ella

sin importarle las demás. Una

vez llegados al Espíritu del

Mal, se integran en éste y

forman parte de la negrura

del Mal y de lo incierto de

lo cierto.

DCXXXVIII

DCXXXIX

DCXL

 

No hay vida después

de la vida, sino muerte

y existencia. Lo que existe

después de la vida no tiene

porqué estar vivo, sino que

sólo existe. Su forma varía,

más su esencia se recoge

en su espíritu y su alma

perdurará eterna en los

hijos de la tierra.  En

los animales no hay

alma, ya que ésta es

sólo privilegio humano,

no obstante los animales

son diferentes unos de otros

y son capaces de albergar

sentimientos. Estos sentimientos

positivos no dejan de existir

con ellos, y los negativos

tampoco. Ese casi espíritu

animal no se pierde con

la muerte y aunque no

sea igual al del hombre,

puede unirse con los seres

a los que han amado, sean

animales u hombres: Los

que se  aman se unirán

en espíritu más allá de

su muerte.

 

No porque el hombre

quiera detenerse, se

detiene, ya que donde

está se halla en continuo

movimiento. Movimiento

éste, tan invisible como

inapreciable. El hombre

no porque no quiera pensar,

es capaz de detener su

pensamiento, ya que éste

no parará mientras esté

vivo. En pararse y en no

pensar o pensar, no influye

la voluntad, sino de forma

aparente, ya que tanto

pensamiento como otras

energías se manifiestan

de manera y forma

independiente del propio

hombre que las porta.

Otras energías son plenas

y conscientes del que las

ejecuta, ya que en ellas

predomina y actúa la

voluntad del ejecutante.

De esos actos voluntarios

y propios, el hijo de la

tierra habrá de responder

ante Quien Todo lo Puede.

 

El hombre no vería lo

justo, sino existiera lo

injusto. Hay dos justicias:

La del hijo de la tierra y

la del orden Universal, una

y otra se rigen por principios

distintos. La justicia del

hombre, se aplica con la

mira del hombre y ésta

ha de regirse por leyes

y normas admitidas entre

los hombres. Esta justicia

es tan variable como necesaria

en la convivencia humana.

Esta justicia del hombre es

capaz de contemplar el

mal como acto necesario

de convivencia y admitirlo

como si de bien se tratara.

Pasar actos injustos por

justos es propio de la

confusión del hombre

propiciada por los seguidores

del Espíritu del Mal, los cuales

logran convencer a muchos

de la bondad de su maldad

y que sea admitida como

tal bondad: Los inspiradores

del mal, sufrirán por ello

cuando les llegue su momento

de verdad.

 

DCXLI

DCXLII

DCXLIII

 

La ira nubla el entendimiento

y confunde a la razón. Los

actos guiados por la ira caen

con facilidad en el error. El

error es fruto de la ignorancia

o de la ira descubierta o oculta.

El hijo de la tierra ha de

mitigar su ignorancia y calmar

su ira. También nace el error

de la distracción o de la

desidia o pereza. En todo

error hay consecuencias no

deseadas que el hombre ha

de tratar de mitigar, sino

puede evitarlas. En el error

al no ser movido por una

acción de mal, no es negativo

en sí, y puede derivar en

acción positiva, ya que sólo

el mal causa mal intrínsico

y cierto. El error puede o no

causar mal o daño, aunque

de él se responderá por el daño

o mal causado.

 

Al ser elevado el hombre

entre los hombres, se alimenta

su vanidad y llega a creer

que vale más que otros hombres.

Ese es un error de vanidad

ayudado por su ignorancia:

Todo hombre es igual de

valioso para El que Todo lo

Ama.

La justicia del hombre

contempla el error y lo

castiga como tal. En el

orden Universal ni se

contempla el error, ni

es posible su castigo, ya

que lo deficiente o defectuoso

no es posible, y si surge

o acontece es debido a

influencias o acciones

contrarias al referido

orden Universal: Lo no

humano es como Él

Quiere que sea y lo

humano también.

DCXLIV

DCXLV

DCXLVI

 

Los hombre del Mal son los

hijos del Mal. Ellos caminarían

sobre las brasas encendidas

antes de cambiar sus ideas

o acciones de maldad. El

Mal anida en sus corazones

como el fuego perpetuo que

no se consume y antes de

renunciar a él prefieren

que les acompañe  después

de sus vidas: Ellos verán

cumplidos sus deseos.

Toda injusticia es una

perturbación de la razón

que debe iluminar cualquier

acción humana. El injusto

causa daño con su acción,

ya que, como El que

 Todo lo Da, debe repartir

a cada cual según le

corresponde: Si así lo hace

actuará como debe, si no

causará daño y mal.

 

Sólo los hombres de Mal

incapaces de mostrar piedad

por sus males causados y

orgullosos de serlo, verán

las tinieblas espesas de la

eternidad del Mal. Ellos

ni se apiadan, ni desean

que se compadezcan de

ellos. Su soberbia de Mal

les llevará al fin que

buscan: Ellos han elegido

y sus deseos de maldad

eterna se cumplirán.

 

DCXLVII

DCXLVIII

DCXLIX

 

Quien no ama al hombre,

no me ama a mi.

Quien desprecia al hombre,

me desprecia a mi.

Quien daña o hace mal

intencionado al hombre,

me lo causa a mi.

Quien abusa del hijo

del hombre en cualquier

modo o sentido, abusa

de mi. Ama al hombre,

tu hermano, y me amarás

a mi. Lo que a ellos hagas

de bueno, me lo haces a mi.

Y de lo bueno que hagas

a otros, yo lo sabré y

el Espíritu Santo te protegerá

contra todo mal.

 

Aunque el Espíritu de Bondad

acompañe a todo hombre,

algunos se apartan de su

Bien y desprecian su compañía

y lo apartan con fiereza de

su lado. Ellos prefieren el

lado oscuro del Mal y a

él se entregan. Para ellos

el hombre no es un hermano,

ni siquiera su semejante

igual a él, sino algo a

utilizar y destruir si le

estorba en su camino o

ambición. Esos hombres

no dudan en su elección

de Mal y dañan al Hijo

del Hombre, y ese mal

y ese daño me lo causan

a mi y a ellos mismos.

Cuando les llegue su momento

de Verdad.

 

Hay dos vidas en el hijo

de la tierra: La vida

externa o de relación con

la naturaleza y los demás

hombres y la vida interior

donde se relaciona con el

mismo. Ambas vidas han

de estar equilibradas y

el hombre ha de saber hallar

a otros hombres y ha de

saber hallarse a sí mismo.

El Espíritu del Bien y de

Bondad acoge a las

dos vidas del hombre y

quien se deja guiar por Él,

llega a Él.

DCLX

DCLXI

DCLXII

 

Durante el sueño del

hombre, su espíritu vaga

libre de su cuerpo y es

capaz de permitir que

otros espíritus se acerquen

a él. También es capaz

de rememorar vidas o

momentos suyos o de

otros hombres. En el

sueño el hombre es más

vulnerable, ya que su

voluntad está debilitada

por el cansancio: Sus

ángeles guardianes velan

por él.

 

Cuando nací a la vida

en la tierra, las estrellas

del firmamento palidecieron

aunque pocos hombres lo

vieron. Una estrella luminosa,

más luminosa que las otras,

señaló el lugar de mi

nacimiento. Aunque

muchos vieron esa estrella

de luz, pocos supieron

entender su mensaje.

Sólo unos pastores y

unos adivinos supieron

lo que se decía en el

firmamento. Ellos sintieron

que un prodigio diferente

a lo conocido acababa de

llegar, y ellos fueron a adorarlo

y a entregarles sus presentes:

Ellos fueron bendecidos por

mi Padre, y ellos vieron lo

que había de ver y supieron

lo que había de saber: Su

Enviado había llegado.

 

Existen dos clases de

espíritus: Los vivos de

los vivos y lo que sólo

existen. Los espíritus

vivos no es que vivan,

ya que no pueden ni

vivir ni morir, sino

son los que habitan en

los hombres mientras

estos son. Una vez que

dejan de ser, su existencia

deja de estar condicionada

por su huesped y van

libres por dimensiones

desconocidas para los

hijos de la tierra.

Mientras los espíritus

habiten en un cuerpo,

dependen de él y de

su voluntad de bien,

de mal o de indiferencia.

Una vez libres de sus

cuerpos se quedan como

son, sin capacidad de

mejorar o empeorar:

Para ellos comienza

su eternidad. Ellos

portan la esencia de los

hombres que habitaron:

Son sus almas inmortales.

 

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