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Yo desvelo

 

 

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10

(DXLII - DCI

 

DXLII

DXLIII

DXLIV

 

Él no acusa,

Él no daña,

Él no reclama,

Él no juzga,

Él no ataca,

Él no exige,

Él no se venga,

Él no condena.

Él ama,

Él perdona,

Él acepta,

Él cura,

Él da.

Él se ofrece al

hijo de la tierra

para fortalecer

su voluntad de

Bien y su anhelo

de Verdad: Él

ilumina con su

Luz la oscuridad

del hombre y la

llena de Bondad

eterna.

Quien no cree, no

halla consuelo en sus

horas amargas. Sólo

el olvido aliviará

sus males y curará

sus heridas. El que

cree no necesita el

consuelo del tiempo

que olvida, ya que

su esperanza en

el más allá y en

la Providencia le

permitirá afrontar

su desdicha y

apurar hasta el

fondo su ración de

hiel, porque Él así

lo quiere: Su aflicción

lo elevará y su abatimiento

se disolverá.

 

En el más allá, nada

hay más lejano. En el

más allá se halla todo

lo que falta en el mundo.

En el más allá nada

falta ni nada sobra. En

el más allá los espíritus

afines se encuentran. En

el más allá reina la

armonía de las almas

libres. En el más allá

se recogen todos los

pensamientos y sensaciones

humanas desde su

nacimiento, hasta su

muerte. En el más

allá se halla el ser

humano entero en todo

su tiempo vital. En el

más allá no hay temor

ni ambición, deseo ni

dolor. En el más allá

nos hallamos los hombres

donde la Creación del mundo.

En el más allá se halla

la plenitud humana. En

el más allá no hay tiempo

ni espacio. En el más

allá se halla Él,

el Creador de Todo

lo Posible y de lo

Imposible: En el

más allá Todo se sabe y

nada se ignora.

 

DXLV

DXLVI

DXLVII

 

Nada de lo que el

hombre piensa, siente o

hace, se pierde. Todo

lo humano queda recogido

en el Libro Invisible

del más allá, el Libro

donde las almas se

refugian en busca de

su yo. La maldad

y la bondad humana

quedan consignadas

de forma indeleble. La

voluntad de mal o de

bien y su expresión terrena.

Los espíritus irán desnudos

ante los demás espíritus

y todo se sabrá. No habrá

intención oculta que no

se sepa y los propios

espíritus se juzgarán

a sí mismos ante los

demás. La vergüenza del

mal los avergonzará y

el bien los liberará con

su mayor peso en la

balanza: No hay bondad

ni maldad pura, excepto

la Bondad del Hijo del

Hombre, de María y la

del Creador, que son

Absolutas, y la absoluta

maldad del Espíritu

del Mal que seduce

y esclaviza a los que se

valen de él.

 

En el origen del origen,

en el principio del principio,

antes que la nada fuese

la nada, estaba Él.

Antes del inicio del

inicio, cuando el vacío

se apoderaba del Universo,

estaba Él. Antes de la

existencia, estaba Él.

Él es lo primero, lo

primigenio y antes de

Él estaba sólo Él y

después de Él, seguirá

Él, ya que Él no

tiene inicio ni final:

Él es el Ser Supremo

y Único del que parte

lo demás.

El hombre ha de mirar

fuera de él para hallar

lo más valioso de sí.

Más allá del hombre

me hallará, y en mi

se hallará a sí mismo:

Yo soy él cuando cree

en mi y él es yo

cuando ayuda a los

que así lo necesitan.

 

DXLVIII

DXLIX

DL

 

Nada acerca más

al hombre a Él,

que cuando el

hombre ayuda al

hombre.

 

No hay vida sin cuerpo,

el espíritu existe sin

un cuerpo que lo sustente,

más no vive, ya que

el espíritu no es materia,

sino inmateria y no

puede vivir por sí mismo

independiente de un

soporte físico humano.

El no vivir permite no

morir y lo que no muere

es eterno: Una vez

que acabe la vida,

comienza la existencia continua.

 

En el mundo de la materia

existe la inmateria, en

el mundo de la inmateria,

no existe la materia.

El mundo de la inmateria

no acaba, no sufre

desgaste y la palabra

siempre, es su definición,

ya que existe desde siempre

y siempre existirá.

DLI

DLII

DLIII

 

Igual que las venas

de los ríos llevan  su

agua por todo el

cuerpo de la tierra

para nutrirla y

apagar su sed, mi

palabra se extenderá

por la tierra como

agua vivificadora y

apagará y saciará

la sed de saber que

consume al hombre

desde su creación: Mi

palabra será el agua

del conocimiento y del

consejo para el hombre

ausente de mi. Quien

me bebe, sabrá.

No pierden al hombre

sus virtudes y buenas

obras, sino sus debilidades

y ambiciones. De lo bueno

hacia el hombre, se derivará

bien y del mal que se

le ocasione, producirá mal.

El mal al hijo de la

tierra por obra de otro

igual, causará daños

inútiles, ya que todo

esfuerzo negativo o

malvado es inútil

en sí, y cualquier esfuerzo

a favor del hombre, será

grato para Él y válido

para su hacedor.

 

Hombres sin humanidad

van entre los humanos.

Se confunden entre ellos

ya que es difícil distinguirlos.

Una profunda maldad

les hace distintos a los

demás: Ellos no aman, su

indiferencia hacia el

necesitado no lo hace

grato a los ojos de Quien

Todo lo Ve. Esos hombres

pueden ser injustos o

crueles con sus hermanos

y no percibir el dolor

ajeno causado por ellos.

Su corazón está seco como

los sarmientos de la vid

antes de reverdecer, pero

igual que la vid, pueden

florecer de nuevo y dar

dulces frutos sin son regados

por el agua del Bien y

beben sus raíces de esa

Verdad única.

 

DLIV

DLV

DLVI

 

Él siempre escucha

al corazón que sangra,

la voz dolorosa del

sufriente llega hasta

El Que Todo lo Sufre,

Él escucha en el silencio

los gemidos del hijo de

la tierra. Él toma sus

lágrimas, sean húmedas

o secas, y las guarda para

sí. Lo que parece mal

al hijo de la tierra, no

lo es y lo que le parece

bien, puede que no lo sea:

Él es el Bien Supremo y

su obrar supera el saber

del hombre.

 

Los hijos de Caín abaten

con furia sus espadas

sobre las cabezas de sus

enemigos. Los hijos de

Caín se han enseñoreado

de la tierra y la sangre

tiñe los campos y aguas.

Los hijos de Caín son los

herederos del Mal y ellos

no poseerán la tierra, sólo

la herirán con su saña

maldita.

 

Nada apiada al malvado

cuando realiza su mal,

ni los gritos, lamentos o

lloros de sus víctimas.

Ellos hacen de sus oídos

muros de piedra y de sus

ojos no se les escapa un

gesto de bondad. Son los

instrumentos elegidos por

el Espíritu del Mal y nada

les aparta de él. En el

mal no hay risas ni

alegría, sólo el silencio

eficaz de la destrucción:

El silencio es el sonido

del Mal cuando finaliza

su daño. Sólo queda el

silencio y la pena de los

sobrevivientes a él. El

Mal parece alejarse, pero

sigue ahí, cerca del hombre,

dentro de él.

 

DLVII

DLVIII

DLIX

 

El mal es la quiebra del

orden del Universo. El mal

perturba la exactitud del

bien y altera lo interno

de los seres. El mal es

el desafío de lo armónico,

es la ruptura de lo unido,

la nota discordante sin

otro objeto que la destrucción.

Su fin es el caos del

Universo en el que todos

sus seres poseen su razón

de existir, es la pérdida

de la confianza y el triunfo

de la duda. La única ley

que acata el mal es la

destrucción continua.

 

La voz oscura del

Mal se oirá en la

tierra. Es la insidia

pérfida del que trata

de rebajar al hombre

a su más baja expresión.

Su voz es la voz de

las torcidas razones

que hacen dudar al

hombre de su espíritu

eterno. El Mal dice:

Tú, hombre, eres el

fruto indeseado o no

de la fornicación y por

ello tu origen es tan

impuro como tú. Tus

hijos al conocer

su origen te despreciarán

y ellos a su vez

serán despreciados

por sus hijos. Nada en

el origen del hombre

señala o indica su

vocación de bien o su

instinto de eternidad.

Sin embargo así es

y el hombre, es capaz

de elevarse por encima

de sus necesidades humanas

en busca de la fe de su

espíritu en el Espíritu

Puro.

 

¡Oh hijos de Zoetelbec!

Vosotros sois conscientes

de vuestra impureza y

de la imperfección de

vuestros deseos y sentimientos,

vosotros sois los verdaderos

hijos del Mal, fruto de

la fornicación como

lo son los demás animales

que se gruían del instinto

de la especie. Para vosotros

nada hay más allá de

vosotros mismos, excepto

la satisfacción de vuestras

apetencias más rastreras.

Vosotros os creéis los

seguidores supremos de la

realidad y despreciáis a

los que siendo como vosotros,

se creen portadores de más.

Vosotros sois los hijos

de la fornicación y jamás

podréis significar más de lo

que sois, ya que así lo

queréis. El hombre es

mucho más de los creéis

ser, ya que su vida es

antesala de eternidad

de Bien o de Mal.

DLX

DLXI

DLXII

 

 

Quien se cree más que

los demás, no es más

ni menos, es un igual,

un hermano de sus

semejantes, sujeto al

mismo origen y fin.

Su soberbia le hace

ser presa del engaño

y aunque los otros

hombres finjan ante él,

lo desprecian tanto

como son despreciados

por él. Su vanidad

y orgullo le harán creer

que es, no sólo diferente

a los demás, sino mejor

que ellos y eso lo apartará

del camino de su perfección

humana y lo acercará

al camino de su maldad

humana.

 

 

 

La debilidad del hombre

es su mayor falta, ya

que es incapaz de vencerse

y superar su propia flaqueza.

Su debilidad no lo perderá,

ya que su espíritu de bondad

es superior al de su maldad.

No obstante, mientras mayor

sea su debilidad ante sí

mismo, más le costará

hallar su camino de fe

y esperanza. El mundo

debilita al hombre y

su propia naturaleza no

ayuda a su fortaleza,

sólo su voluntad de bien

le hará superarse y seguir

la luz que ilumine su

conciencia de Bien y de

amor y no entregarse

a la oscuridad que envuelve

las conciencias perdidas:

Quien es fuerte ante sí,

es fuerte ante los demás

y su palabra es escuchada,

y su gesto imitado y

seguido su camino.

 

 

 

No hay maldad en la

debilidad, sino sólo flaqueza

y vencimiento. El Mal

busca el camino más

fácil y tienta las fuerzas

de voluntad remisas.

Sé reacio al halago

del Mal y huye de la

ocasión de Mal que se

te ofrezca: El Mal sólo

quiere tu mal y sus

adornos no deben vencerte.

Cada vez que superes una

ocasión de Mal, te harás

más fuerte y tu fortaleza

será guía de otros tan

débiles y escasos como tú.

El Mal buscará en

otras conciencias debilitadas

y en otras voluntades perdidas

y se alejará de ti.

 

 

DLXIII

DLXIV

DLXV

 

El hombre se cree poderoso

en su ignorancia ya que

sólo roza el saber como

las alas de una mariposa

la flor y ya cree conocer

la flor. El hombre en su

torcida vanidad cree que

todo saber proviene de él

y que el mismo posee

la llave que le abrirá

las puertas de su dicha.

Nada más falso, el único

saber del hombre es el

de su experiencia y ese

corto saber es tan mudable

como él. El único

conocimiento de hombre

le viene desde fuera de

él, sin conocer su causa,

ni origen ni su finalidad,

sólo lo utiliza y no se

pregunta en su soberbia

el por qué de su saber

ni a donde le llevará y

si es conocimiento del

Bien o del Mal: Nada

de lo que sepáis es

gratuito o inocente y os

exigirá dedicarle vuestra

vida a su perfección.

 

Si la Luz te ilumina,

no huyas, es la Luz

del Bien que te señala

el camino de la bondad

que debe seguir para

alcanzar tu eternidad.

La Luz del Bien sólo

alumbra a los elegidos

por el Espíritu de Bien

para que ayuden a los

demás hombres en su

lucha contra las tinieblas

de su oscuridad.

DLXVI

DLXVII

DLXVIII

 

Los hombres de Bien están

entre nosotros y no se

significan, actúan con la

humildad y silencio y

quien sabe de ellos, sabe

de sus bienes.

 

Así como el Mal se

detiene ante el Bien,

no hay obstáculo capaz

de detener el Bien, ya

que es la fuerza más

poderosa, la fuerza que

vence al desorden y al

caos y vuelve a imponer

su paz en el Universo:

La cadencia del Bien

es imparable y su quietud

nunca es duradera  ante

el Mal.

 

Él está en ti y más allá

de ti, está en los demás y

está más allá de lo que hay.

Él es la esencia de la sustancia

y la misma sustancia y también

su forma y apariencia. En Él

todo está contenido, y nada

existe sin Él. Él es el Todo

y la Nada, nada hay sin Él

y nada existe sin Él: Quien

se aparta de  Él o lo niega, se

aparta de sí mismo y se niega

a el mismo. Sin Él nada existe.

Todo tiene su razón de ser y Él

es la Razón Suprema de Todo

cuanto existe. Él es al vida

y su fin y la existencia y su

eternidad.

 

DLXIX

DLXX

DLXXI

 

Lo eterno del hombre

convive con su efímero,

uno y otro son inseparables

mientras los adorna

la vida, después cada

uno sigue su camino,

uno la eternidad y otro

la destrucción y la

transformación en parte

del Universo: La vida

se acaba y la existencia

continúa por separado,

el espíritu en su eternidad

y la materia en la suya,

ambas sin vida que las

alumbre.

 

El Padre de Bondad nos

acoge a todos los seres ya

que Él es nuestro Creador,

es decir, el responsable

de nuestra vida y de

nuestra existencia y sin

Él nada habría y nada

sería.

Lo que está por ser,

ya es en otra forma.

Esa forma ha de cambiar

y recibir la vida para

ser un ser vivo. Lo

inerte seguirá a la

forma viva y la forma

viva seguirá a la

forma inerte. La

sangre de la vida

es el agua y sin ella

todo es inerte.

DLXXII

DLXXIII

DLXXIV

 

No se te dio la vida para

que la vivieras con temor.

Quien teme, no vive y

el hombre vive por si y

no por los demás hombres,

por lo que no debes temerlos.

Tampoco debe temer a la

muerte, aunque no debe

buscarla, ni para sí ni

para otros, ya que la

muerte es el fin de la

vida y ésta es regalo

del Creador y no debe

malgastarse: Vive con

valor, esfuerzo y dedicación

al bien en los demás

y vivirás una vida plena

y conforme a ella.

 

El mal no afecta a los

demás seres, sólo atañe al

hombre al poseer conciencia

de ello. Ningún otro ser

de la Creación sabe

distinguir el mal del

bien. Esta cualidad lo

hacer ser vulnerable a

las fuerzas negativas del

Universo y al Espíritu

del Mal que las sostiene.

En la ayuda del hombre

hay fuerzas poderosas, las

más poderosas que existen

y sólo es vencido si su

debilidad le hacer engañarse

sobre sus fuerzas y se

entrega sin oponer resistencia

de su voluntad de bien.

Esta voluntad de bien está

cimentada en el Espíritu

del Bien, el más poderoso

Espíritu del Universo.

Hay hombres que buscan

el Espíritu del Mal para

obtener ventajas sobre otros

hombres. Estos hombres han

hecho su elección y sólo los

salvará su arrepentimiento

y enmienda total.

 

Quien mucho espera del

hombre, se decepcionará ya

que el hombre está lleno

de límites reales y ficticios.

Quien mucho espera de Él

será satisfecho ya que Él

es Todo y no posee nada

que pueda contenerlo o

limitarlo en la inmensidad

de su Bien.

DLXXV

DLXXVI

DLXXVII

 

Muchas son las voces que

lo buscan, y todas esas

voces que parecen perderse,

en sus lamentos y plegarias,

lo hallarán y ningún lamento

y ninguna plegaria se perderá,

Él atenderá a los necesitados

y ninguno llorará ni orará

al vacío: Él los recibirá

en su Presencia y ellos serán

hartos de su hambre de

consuelo y amor. Quien sufre

en su vida, será consolado

en su eterna existencia.

 

Quien me busca ha de

mirar con los ojos de su

interior y hablarme con la

voz de su corazón y

oírme con el oído de

su espíritu. Sólo así

me verá, le oiré y él

me escuchará. Quien me

busque en el infinito

de lo eterno, no me

hallará, pues yo estoy

más allá de allí, estoy

en él, si el quiere saber

de mi, y no estoy sí

él no quiere que esté.

 

Yo no me oculto del

hijo de la tierra, ya

que se que me necesita.

Cuando el hombre quiere

saber de mi, sabe y

cuando el hombre quiere

ignorarme, no me halla:

Yo estoy cerca y lejos

del hombre, según sus

deseos y su voluntad

de bien.

DLXXVIII

DLXXIX

DLXXX

 

Conmigo el hijo de la

tierra poseerá esperanza.

Conmigo el hombre no

conocerá el desaliento.

Conmigo el hombre no

padecerá soledad.

Conmigo el hombre

mitigará su dolor.

Conmigo el hombre

vencerá su angustia.

Conmigo el hombre

vencerá su temor mortal.

Conmigo el hombre

será pleno.

Conmigo el hombre

conocerá la paz de

cuerpo y espíritu.

Conmigo el hombre

sabrá la razón de su

existir.

Conmigo el hombre

no padecerá hambre

ni sed de mi.

Para estar conmigo

el hombre necesita

de su fe y de su

voluntad de bien.

 

No he elegido a sabios

ni a doctos conocedores,

sino a hombres como

tú, hombres sencillos

y tan llenos de faltas

como tú. Ellos te harán

llegar mi voz y tú

lo entenderás sin necesidad

de que te explique nada

pues mis palabras son

fáciles y son para todos.

No debes temer ni el

sonido ni el contenido

de mi voz, ya que

no son para dañarte,

sino para saciarte y que

alcances el Bien: Ellos

son como tú y debes

tratarlos como a ti.

 

Sólo el Mal persistente

más allá de la vida es

capaz de alejarse de mi.

El aliado del Mal, incapaz

de renunciar a él más

allá de su vida, no

conocerá la paz y su

existencia será maldita

mientras no renuncie

al Espíritu de Maldad

y a su propia condición

de mal: Su arrepentimiento

lo salvará.

DLXXXI

DLXXXII

DLXXXIII

 

El infierno para el espíritu

es no estar en la Presencia

de Él, sino en la Presencia

del Espíritu del Mal. El

sufrimiento por esta ausencia

es tal, que ningún espíritu

puede soportarlo y sólo

cabe renunciar a Zoeltebec

y arrepentirse de su elección:

Él los acogerá si así hacen.

 

La oscuridad tenebrosa

de las tinieblas eternas

se abren para los seguidores

y aliados del Mal, cuando

llega su muerte. Lo peor

es ver la maloliente y

débil Luz del Mal delante

de ellos y sin poder

evitarla. El dolor

intenso provocado por la

ausencia del Espíritu del

Bien, resulta insoportable

para ellos. Fuera de allí

resplandece la Gloria

Infinita del Bien y

la Luz del Amor y la

Bondad. Su privación

resulta atroz y la idea

del Mal eterno y su

presencia oscurece los

espíritus de dolor y

angustia. La Gloria

Infinita del Creador

les ofrece el perdón

si renuncian al Mal

y aborrecen de Zoeltebec

por toda la eternidad:

El Bien acoge a los

arrepentidos, antiguos

hijos de la tierra.

 

En la montaña oscura

reina la tristeza incalculable,

la angustia opresiva del

Mal se esparce por todas

partes. No queda un resquicio

de esperanza y la hiel del

desencanto es derramada

a raudales. El dolor de los

condenados a padecer no es

el dolor conocido antes, sino

la más profunda desesperación.

Su intensidad no cede, sino

que aumenta hasta lo máximo

soportable y aún más. No

queda sino gemir con los

gemidos de las almas perdidas.

No hay lloros ni lágrimas

de piedad, nada parece querer

a nada y la soledad absoluta

se recrea en la angustia total.

Pasar a la Luz requiere una

gran fuerza, ya que debe

abstraerse de su sufrimiento

extremo y entregarse a lo

que recuerde del Bien que

conoció. Su entrega debe ser

absoluta, sin duda alguna, sólo

así logrará alejar el mal

de su alma atormentada: Si

lo logra, su alma será acogida

y el Mal se apartará de su lado.

 

DLXXXIV

DLXXXV

DLXXXVI

 

Cada hombre posee cualidades

únicas que lo adornan y

distinguen de los demás

hombres: Unos tienen en

sí el don de sanar. Otro,

el de distinguir las plantas

y sus propiedades. El don

de otro será su oratoria

y el de otro su capacidad

de razonar y hacerse entender.

Otro es adornado por la

fuerza física o por su fuerza

espiritual. Otro es capaz de

trabajar sin casi descanso y

otro sólo puede pensar en

su desdicha. Así hasta cualquier

ser humano. Todo hombre

ha de tratar de buscar no

tanto su igualdad, sino su

diferencia, ya que este es

el don que lo hará ser uno

entre los demás. Renunciar

a su diferencia es no

aceptar las cualidades para

integrarse en el rebaño del

que deber ser quizás, su pastor

renunciar a ti es renegar

de lo que se te ha concedido

por Él.

 

El hombre debe bajar la

cuesta de su soberbia y

volver a ser el que es.

Su soberbia nubla su entendimiento

y se cree merecedor de lo

que posee, sin considerar que

todo en él es dado para

darlo, quiera o no, ya que

no dependen de él la entrega,

sino de Quien Todo lo Dispone:

Todo lo de la tierra, se

queda en ella y lo que

no pertenece a ella, vuelve

a su origen.

El mal es la ausencia

del bien, ya que si hubiera

bien, ya no sería mal,

sino una mezcla de ambos

y ambos son como el

agua y el aceite cada

uno ocupa su lugar y

su mezcla es una unión

imposible.

DLXXXVII

DLXXXVIII

DLXXXIX

 

Todo lo que forma parte

del infinito de lo eterno,

es a su vez infinito y

eterno. Todo lo existente,

existirá para siempre y

el hombre no es ninguna

excepción. La forma de

lo existente variará, más

la existencia perdurará por

la eternidad, tanto para

lo vivo como para la materia

inerte: Lo que es, será y

lo que fue, es.

 

No cesará de brotar

el manantial de mi

palabra, y de quien el

beba no tendrá jamás

sed. Mi agua se

extenderá pura y fresca

por la tierra y no

sólo limpiará el cuerpo,

de los hombres, sino

también sus corazones.

Su sangre recorrerá sus

cuerpos con la alegría

del que sabe de la vida

eterna y que jamás

morirá.

 

No he venido para entristecer,

sino para alegrar. No he

venido al hombre para

prometer, sino a dar. No he

venido a crear temor de

vida o muerte, sino ha

liberar de él. No he

venido a angustiar al

hombre con una doctrina

imposible, sino a mostrarle

su camino de Verdad. No

he venido para que el

hombre huya del Mal,

sino para que lo venza

con el Bien. No he

venido para que el

hombre tema a su

Creador, sino para que

lo ame como se ama

al padre bienhechor. No

he venido a mandar o

dirigir, sino a dar a

conocer al hombre su

existencia eterna. No

he venido para dejarlo

solo, sino para acompañarlo

en su vida con el Espíritu

Santo, con mi madre y mi

Padre eterno. No he venido a

acusar, sino a perdonar.

No he venido para que

el hombre odie o se dañe

a sí o a los demás, sino

para que sepa de su mismo

origen y final y se acepten

y se traten como yo los

he tratado. No he venido

para alterar el mundo,

sino para que sepan a donde

van los hombres de buena

voluntad. No he venido a

recibir, sino a dar palabras

y hechos de eternidad: Si

me escuchas, serás escuchado.

Si me crees, serás creído.

Si me amas, serás amado.

No es tiempo de dudar, sino

de creer. Mi voz es la del

corazón de los hombres de

bien, a ellos hablo y a ellos

escucho.

 

DXC

DXCI

DXCII

 

Aunque a veces la maldad

cree tocar las estrellas y

la bondad parezca arrastrarse

por el lodo, ambas son

apreciaciones distantes de

la realidad, ya que ni

una ni otra dejan de

verse con ojos humanos

y esos ojos están cargados

de maledicencia,  sospecha,

temor, y bajas intenciones

diversas. Lo único válido

del hombre es su espíritu

y eso no lo distingue el

ojo humano. El hombre sólo

ve lo que quiere ver y sus

ojos parecen cegarse a la

realidad que no quiere ver.

La maldad crece donde

haya su propicio y la bondad

debe alejarse de ella para no

torcer sus raíces.

 

Nadie que busque sabiduría

en la tierra la hallará de

ningún hombre, ya que no

ha nacido ningún hombre

sabio. Si cree hallar saber

verá que no lo es, sólo

son conocimientos acumulados

a lo largo de la vida o la

historia de los hombres. La

única sabiduría, el único

saber es el de la Verdad,

y esa Verdad se le ha ofrecido

al hombre que no la rechace,

al hombre que sepa aceptarla

en su espíritu temeroso.

Mucho teme el hombre perder

sus privilegios y los perderá.

Nada en la vida queda, ni

siquiera el recuerdo fugaz del

que antes fue. Lo único que

el hombre no perderá, será

su espíritu, su alma inmortal

guardará todo lo que fue, lo

que es y lo que será, y lo

llevará ante El que puede

Verla. Su Presencia es el

mayor privilegio para el

hombre que fue.

DXCIII

DXCIV

DXCV

 

El que soporta lo que

le toque que soportar,

sin renegar ni renunciar

a su fe, vence en la

prueba de adversidad

a que se le somete.

Es en los momentos

amargos, cuando la

amarga copa de hiel

rebosa su borde, cuando

el hombre se prueba

a sí mismo y prueba

su fe en la esperanza

eterna. Esa fe lo

acercará a mi en su

sufrimiento, como todo

inocente que padece se

acerca a mi que padecí

por todos los inocentes

de la tierra.

 

No es la devoción o la

fe por imitación la que

llega a mi, sino la fe por

convencimiento, por la

convicción más allá de

la razón, la inteligencia

o el corazón. La fe que

no se enseña ni se

transmite, sino que se

porta con el espíritu e

inseparable de él.

Quien  se busca en

sustancias, no sólo

no se encontrará,

sino que se perderá

entre los recovecos

de su razón perturbada.

Para buscarse el

hombre, sólo precisa

meditación, silencio

y esperanza de saberse:

Su espíritu le espera,

con él no hay tedio

ni soledad. Cada ser

es una unidad completa

en sí, aunque busque su

igual o distintos para

confirmarse en su ser

único y completo.

DXCVI

DXCVII

DXCVIII

 

En la libertad de la

voluntad de elegir

subyace los Espíritus

del Bien y del Mal.

Los Espíritus presentan

a la conciencia del

hombre su camino:

Uno, abyecto y repugnante,

otro, luminoso y valiente.

La cobardía y la voluntad

de mal se inclinará

por seguir ese camino.

El valor y la esperanza

de bien, el suyo: El

hombre elige y su elección

persistirá en el tiempo

más allá de su momento

y más allá de su vida.

 

No hay sabiduría en el

hombre que no quiebra

en ignorancia. La única

sabiduría está más allá

del hombre y fuera de su

alcance. Mientras siga

la búsqueda del hijo de

la tierra, la sabiduría

huirá de su lado. Sólo

al morir nos llega a todos

el conocimiento de lo

invisible y la verdad de

la Verdad.

 

Muchos son los temores

del hombre. Quien más

posee, más teme. El hijo

de la tierra teme perder

su salud, teme perder

su pequeño o gran poder,

su honra, su honor, a

los seres que ama. Teme

perder su negocio o su

tierra, su medio de vida.

Teme a la pobreza, a

la desdicha y a la

melancolía. Teme perder

sus bienes. Teme por

encima de todo a

la muerte que le

arrebatará su don más

preciado: la vida.

De lo que se carece, o ya

se ha perdido, no se teme

su pérdida, ya que no hay

que perder. Sin embargo el

hombre no teme perder la

fe, la esperanza, errar su

camino, extraviarse entre

la niebla del mal. Más

teme perder sus propiedades

que su espíritu. Parece no

importarle el destino de su

alma cuando le llegue su

momento de libertad eterna,

y ese momento le llegará,

y todo lo demás lo perderá.

 

DXCIX

DC

DCI

 

Un hálito luminoso alumbra

la vida de cada ser. En el

hombre ese hálito es el soplo

de vida que incorpora al

cuerpo su espíritu inmortal.

Y ese soplo es el rayo de

luz invisible que el Espíritu

Santo deposita en cada

recién nacido humano y

ese rayo de luz lo alumbrará

cuando quiera él, y esa

luz lo guiará a través de

sus momentos de oscuridad

y el Espíritu de Luz lo

acompañará cuando lo

requiera: Muchos son los

protectores del hijo de la

tierra. Ningún espíritu

camina solo.

 

Los padres forman el cuerpo

de su hijo, más ningún

padre terreno es capaz de

transmitir nada que no

sea perecedero. Su espíritu

le acompaña desde su

concepción al hijo de la

tierra y ese espíritu no

procede de sus padres, sino

de más allá. Ese espíritu

humano no es de procedencia

humana, sino de Él.

De la vida nace vida,

de la muerte de la vida,

viene muerte para ella.

Vida y muerte van unidas

al ser de forma inseparable

y del origen del que proceden

van hacia el mismo fin del

que procede. Origen y final

son lo mismo para los seres

vivos y el hombre no es

excepción a esta regla universal

y perpetua: Su excepción

es el espíritu que les adorna

de forma única y eterna.

 

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