¡Recomienda esta página a tus amigos!
cortesia de miarroba.com

En Puntos de vista | José Ángel García  hoy 

redacción
webmaster

Pequeñas Historias

José Ángel García

 

 

Demasiadas prisas

 

De correprisas había andado todo el día y con igual premura se metió también en la cama por ganarle minutos a la noche para un descanso que, sin embargo, no había sido capaz de conseguir. La propia excitación del día en alianza con el fuerte viento que durante las primeras horas entre sábanas hiciera restallar casi de continuo la lona del toldo de la ventana y provocara el desasosegante vibrar de sus cristales le habían llevado a conciliar tarde y mal un sueño a cada nada roto por tiempos de inquieta, agitada duermevela, de modo que cuando, una vez más tras tantas anteriores, alcanzó con la mano el despertador para ver la hora y constató en la fosforescencia de su esfera que faltaban menos de veinte minutos para que la alarma dictara el momento de levantarse, decidió no prolongar más una tortura tan si sentido y abandonar las sábanas de modo similar, recordó, a lo que le había acontecido también la mañana precedente.

Ya en la cocina, en tanto colocaba al fuego el habitual cazo con agua, echó un vistazo por la ventana. Entre una bruma calma y los primeros rayos de un sol indolente, la madrugada se le antojó extrañamente idéntica a la veinticuatro horas antes vivida, como gemelos le habían parecido también un rato antes, en el cuarto de baño, a los experimentados la mañana anterior, el reflejo en el espejo de sus gestos ante el lavabo y la nada grata aspereza de la toalla. Claro que tampoco hubiera sido capaz - se dijo – de distinguir de la de ayer la rebanada de pan que, ya dorada, acababa de saltar del tostador, ni de diferenciar el recién notado aroma del té del entonces percibido. Pero cuando, tras colocar taza y plato en la pequeña barra de la encimera y, siguiendo su inveterada costumbre de antes de comenzar a desayunar, abrió la puerta de la vivienda, tomó el ascensor hasta el portal y, tras abrir el buzón y tomar de él el periódico leyó en su primera plana unos titulares que de inmediato reconoció como ya leídos, no le cupo duda alguna de que sus propias prisas, el despertador o, vaya usted a saber el porqué, la propia vida, le iban a jugar la mala pasada de obligarle a revivir una jornada que, además, como muy bien sabía, no iba a ser nada fácil de soportar precisamente.

 

Fado

Ha regresado a la ciudad de la que tanto tiempo atrás huyera para rastrear en ella el perfume de ausencias de la única mujer a la que nunca debería haber renunciado. Para perseguir la memoria de la sola a la que quizá amó de veras. Y ha descubierto que la memoria es, apenas, un ayer que se desplaza: Terreiro do Paço, Café Martinho da Arcada, rua dos Douradores, rua da Prata, rua dos Franqueiros… Lisboa duerme aún embozada en la suave persistencia de un lloviznar tan leve que apenas él mismo se sabe, que hasta él mismo se duda. Como duda él, a su vez, de si existieron aquella noche aquella cerveza y aquella copa de oporto en aquel local de Portas Largas - ¿al final de la Travessa de Quemada? – donde ella, inútilmente, intentó, una vez más, que se aprendiera la letra entera de aquella canción de la que jamás logró retener más que la frase inicial y el estribillo; o de la verdad de aquel momento, más tarde, en que sus manos entrelazadas se estremecieron a la par sobre el velador de aquel extraño bar-convivio, pocas calles más allá, si primero casi desierto, luego gradualmente ocupado hasta casi llenarse por una clientela que también poco a poco, como a desgana, fue animándose a pasar del simple escuchar al trenzar el brasileiro son que, con más buena intención que acierto, destrozaban los cuatro componentes del mal afinado conjunto inopinadamente aparecido en el estradillo del fondo. De lo que no duda, de lo que no ha dudado nunca, es de que, si alguna vez amó a alguien, fue a ella, y de que lo hizo con un amor que, al no llegar a cumplirse, jamás podrá ajarse… Como ama también, sigue amando a esta ciudad como tan sólo quien no ha nacido en ella pueda amarla; esta ciudad a la que hoy ha regresado para confirmar en sus calles el valor inmarcesible de lo que no nunca tuvo, y constatar, cual otras veces, cómo en ocasiones el vivir es vivir contra uno mismo. Esta ciudad a la que ha vuelto para comprobar que su nombre sólo llegó a existir de verdad cuando ella lo pronunciaba; para comprender que su destino será seguir buscándola para poder decirle aquella palabra que aquella noche, sin entonces darse cuenta, encontrara, pero que no llegó a pronunciar; para perseguir por el dédalo de su amanecida el hilo imposible de lo para siempre perdido. Esta ciudad a la que acaba de retornar y en cuyo húmedo pavimento su silueta, a la luz de la farola bajo la que por un instante se ha detenido, proyecta en sombra el eco de un mínimo, pequeño, casi doméstico fado de andar por casa, de andar por vida.

 

Demasiado

 

Sonó el despertador y saltó de la cama. La noche se le había ido en un sueño y se comprobó descansado y en forma. Mientras se calentaba el agua para el té gozó de una ducha rápida que aumentó aún más su sensación de bienestar. Las rebanadas de pan saltaron del tostador sin quemarse y el recomendado nuevo aceite resultó exquisito. Se vistió con calma en tanto la radio desgranaba un boletín informativo que – más tarde lo recordaría – no incluyó ninguna noticia bélica ni de catástrofe, siniestro o amenaza. Sin prisa, al fin y al cabo tenía el día libre, decidió, en vez de bajar directamente al garaje, salir primero a comprar el periódico. Ya en el descansillo coincidió, como casi siempre, con el vecino de al lado, constatando con asombro cómo, por primera vez en mucho tiempo, un claro y alegre “buenos días” sustituyó en la respuesta a su saludo al ininteligible bufido de costumbre, sorpresa continuada al escuchar, mientras descendían en el ascensor, su comentario sobre lo bonancible de la temperatura en sustitución de sus habituales mudez y mirada gacha. Ya en la calle se despidieron con el mutuo deseo de una feliz jornada.

Y en verdad que se presentaba agradable. Tanto como lo fue también escuchar, en vez de su hosco “buenas” de cada mañana, el afable “hola, ¿qué hay?” acompañado de sonrisa del quiosquero al ofrecerle el diario. Entró en el garaje, puso en marcha el coche y salió de nuevo al exterior. La circulación era fluida y en su ruta al centro apenas hubo de pararse en un par de semáforos en tanto gozaba la audición de la Sonata número dos de Brahms – vaya, precisamente su favorita – en la emisión de Radio Clásica… Empezó a considerar lo extraño que resultaba que todo, absolutamente todo, estuviera resultando tan satisfactorio, tan viento en popa, incluso el normalmente impensable aparcar a la primera justo a la puerta de la entidad de ahorro a la que se dirigía. Pero cuando - tras entrar en el vestíbulo de operaciones, ser atendido de inmediato por el empleado del primer mostrador al contarse menos clientes ante mesas y ventanillas que bancarios dispuestos a prestarles sus servicios y, como resultado de ello, haber despachado en tiempo récord su gestión – tornó a la calle y comprobó que, prendida al limpiaparabrisas de su vehículo, en vez de la lógica sanción por haber estacionado en zona azul sin el correspondiente ticket, había una cortés nota que, de parte del ayuntamiento, se limitaba a indicarle lo ilegal de su omisión y pedirle por favor que no reincidiera, tuvo ya la total, completa convicción de que algo insano, totalmente antinatural, estaba sucediendo… No pudo aguantarlo. Temblándole las piernas se apresuró a ocupar su puesto ante el volante y reemprender, acelerado, el camino de vuelta a casa. En cuanto llegara, se dijo, desconectaría el teléfono, apagaría el móvil (que por cierto, no había sonado una sola vez en todo el tiempo) bajaría las persianas y se metería en la cama para todo el resto de la jornada. Seguro – se animó – que cuando al día siguiente se levantara, todo habría, afortunadamente, recuperado el tranquilizante problemático discurrir de un día normal.

 

El titiritero

 

Para Amparo y Jorge, Mari Carmen
y Ángel, propiciadores de sueños.

En la plaza está. Va a actuar. En aras del diestro juego al aire de sus manos, dominadoras de la fantasía que un día escogieran por sendero, herederas de la tradición de siglos en la que el hábil danzar de muñeca o dedos convierte al muñeco, al títere, al pelele – a la simple madera, pasta, tela o papel que los conforman – en algo más allá y al par más acá de quien los maneja, va, demiurgo, a transmutar en latiente esa para cualquier otro inerte materia de sus marionetas (de guante, de funda, de manga, marotte o de teclado, de varillas o hilos, qué más da) insuflándoles el palpitar – y en él, el alma – del existir hasta conseguir que el aire en gracia de sus movimientos defina el espacio mismo, el milagro mismo de la vida.

En la plaza está. Va a actuar. Bajo el disfraz, bajo las idas y venidas de sus personajes van a tornar a existir otra vez, un día más, inmortales, imperecederos, en agazapada connivencia, faramalla gozosa, titiritaina mucho más afinada de lo que a primera vista pudiera parecer, la lejana y milenaria tradición india de Vidushaka y el más próximo travesear de Guignol, el fascinante juego de sombras engendrador de historias que un día naciera en las Islas de la Sonda, la ritual ceremonia de la wayang golek o la wayang keroutyll javanesas, las marionetas que en su Banquete citara Jenofonte y el soy no soy del Pulcinella italiano; las heroicas aventuras del Karagöz turco (que los tunecinos nombran Karaguz y los argelinos Harakushe) las épicas andanzas de la opera dei puppi siciliana, los encontronazos de capa y espada del Toone bruselense, el burlón aquí estoy yo provocador de Punch y el mismísimo Chupagrifos – estacazo y tentetieso – cuyas andanzas tantas veces siguieran sus infantiles ojos, embebidos en emoción y asombro, en el conquense Parque de San Julián de sus primeros correteos y que tal vez fuera quien – aunque en aquel entonces no se diera cuenta de ello – sembrase en su interior, dulce semilla ya para siempre, la ráfaga de locura que iba a acabar llevándole a entregarse al mágico juego del gesto y la pirueta, al arte de buscarle no ya los cinco sino los mil pies inéditos al mágico, fascinante gato – broma, gala, espacio, viaje, trecho - del títere, a convertirse ya para siempre en adicto al puente o el castelet, a embocar la senda del pelele y el fantoche; aquel Chupagrifos que… Mas silencio: el espectáculo va a comenzar…

 

El álbum

 

Su infancia había sido una muñeca cabezona, un aro alabeado y el aroma de las primeras flores por la primavera. Su juventud, un vestido de percal barato, la alegría de un puñado de mañanas de verano de la mano de su amor por la ribera del río y un manojo de esperanzas de futuro. Su madurez, la dura brega diaria para sacar adelante los chicos y la casa. Su ayer más inmediato el doloroso desgarro de la desaparición más sentida, la de su compañero de tantos años y tantos afanes. Su presente, una malla de instantes sobre la que trenzar la resta de las fuerzas con la adición de los olvidos sobre el cañamazo de los recuerdos todavía no desvanecidos y de las viejas fotos familiares, si rememorados aquéllos en el desvelo de tantas noches, revisadas éstas una y otra vez en la rutina de cada jornada, rota tan sólo por las punzadas de los achaques, las prefijadas visitas de su hija y las esporádicas de sus nietos.

Pero esa mañana se había levantado distinta, sintiéndose otra. Tal vez fuera la luz del sol, tan brillante que casi le cegó al subir la persiana. O el inesperado aroma a lilas que, llegado de no se sabe dónde, se coló con ella, al abrir la ventana, en la habitación. El caso es que se sintió fuerte, nueva, cual mágicamente rejuvenecida. Y los prodigios continuaron: ni la leche rebosó del cazo al calentarla ni el sucedáneo le hizo añorar el sabor del buen café que tanto siempre le gustara y tanto había en los últimos tiempos echado en falta. Ni siquiera le temblaron en demasía las manos al alzar taza y plato. Arrebujada en la toquilla, se acomodó luego en el sofá del saloncito y retomó el viejo álbum. También su repaso iba a ser diferente al de cualquier otro día. El paso de sus hojas no le provocó ni el habitual recuento de ausencias ni el acostumbrado rosario de nostalgias; por el contrario, cada instantánea fue un puente para la más vívida recuperación de lo sentido – gozado, peleado, sufrido – en cada uno de los momentos en ellas perpetuados, en un sorprendente recobrar paso a paso toda su existencia, acogida al discurrir del más fluido, cómodo, casi involuntario dejarse llevar.

Con el volver de la última página le invadió la más placentera, confortable sensación de calma y paz en mucho tiempo experimentada. Cerró los ojos. Cuando esa tarde su hija, en su semanal visita, entró en la estancia, aún iluminaba su rostro, pese a la frialdad que ya se iba apoderando del resto de su cuerpo, la honda sensación de calidez de la más total, absoluta, gozosa serenidad.

 

El “todo terreno”

 

Más que brillante, era eficaz. No fallaba. Cumplía. Llevaba a cabo cuanto le encargaban sin protestar y correctamente y lo hacía con naturalidad y sin especiales alharacas, de modo que cada vez sus jefes habían ido confiando más en él hasta convertirle en el habitual destinatario de la mayor parte de las tareas a realizar, especialmente si eran difíciles o complicadas o requerían unos conocimientos o una habilidad de la que los demás (de cierto o por puro escaqueo) se presumía que carecían. Era, en el argot de su profesión, un perfecto “todo terreno”.

Siempre se sintió orgulloso del apelativo. Le gustaba su trabajo y le complacía hacerlo bien por el puro placer de constatar la bondad del resultado final; por el mero hecho de ponerse, una y otra vez, a prueba y salir airoso, no por el aplauso, que nunca había buscado en demasía ni le había importado gran cosa, ni desde luego por otra ambición que la de alcanzar la pura satisfacción del reto vencido y la obra bien hecha. Eso era lo que contaba. Tampoco aquella tarde, tras que su mujer se hubiese quejado por enésima vez de que la acostumbrada llamada de última hora y de corre prisas cercenara nuevamente sus planes y de que el más pequeño de sus hijos, con toda la sagaz inocencia de sus diez años, le espetase un rotundo “pero papá, tú ¿eres tonto o qué?”, llegó a preguntarse no ya el porqué sus compañeros hacían dos donde él cuatro por el mismo sueldo, ni la razón de que sus superiores, confiando tanto en él, no hubiesen pasado nunca del “sabía que lo harías bien” a complementar la frase con algún que otro reconocimiento menos inmaterial, sino, ni siquiera, por qué se sentía obligado aún – ahora que se iba haciendo mayor y sus fuerzas no eran ya las de antes – a forzar tanto el acelerador para llegar donde los demás no llegaban y para asumir riesgos que nadie más estaba dispuesto a correr. Quizá, no obstante, hubiese llegado algún día a plantearse tales cuestiones si el infarto no le hubiese alcanzado tan de lleno a mitad del primer tramo de escalera.

Al funeral fue bastante gente y en el entierro hubo la cantidad correcta de flores, incluida la impecable corona enviada por la empresa cuyos responsables locales no dejaron de comentar en todo momento, de manera unánimemente elogiosa, su consumada condición de perfecto “todo terreno”.

 

Rosa

 

Si Rosa hubiera nacido en la Edad Media lo más probable es que hubiese muerto como consecuencia de la inicial debilidad de su cuerpo o de la dolencia que afectó a su cerebro en la primera infancia, pero, si por un milagro cualquiera, hubiera superado ambas, lo más probable es que hubiera sido una campesina o una lavandera o incluso – cuestión de cuna – una dama más, puede que no muy despierta pero sin excesivos problemas para desenvolverse en el mundo que le había tocado vivir. Mas como Rosa fue parida a mediados del siglo XX se encontró con un universo para cuya feroz competitividad y nivel de exigencia la enfermedad que iba a sufrir le privaría de los necesarios recursos. Y así, a pesar de que - en tiempos en los que lo que hoy llamamos integración no era ni siquiera un esbozo en la mente de la mayor parte de los educadores, menos aún de los legisladores – sus padres, en la medida que sus conocimientos y su voluntad, en lucha, también, con sus temores, se lo permitieron, fueron proporcionándole medios para desarrollar sus capacidades físicas e intelectuales (su saber leer y escribir aunque no comprender temas complejos la hubiese colocado bastante por encima de la media en el antes aludido medioevo) otras carencias en cambio le vetaron siempre el ejercicio de buena parte de las posibilidades que, con sus lógicos problemas para ejercerlas pero también con sus logros y goces, iban disfrutando el resto de sus compatriotas.

De haber nacido treinta años después Rosa lo hubiera tenido mejor. Habría acudido con el resto de chicas y chicos de su edad a la escuela y, con fortuna – que aún dista mucho el hecho de estar generalizado – podría quizá hasta haberse integrado en el mercado laboral en un centro especial de empleo o, tal vez, en alguno de los puestos que la administración viene ofertando en sus organismos para personas como ella, aunque todavía lo tendría difícil para ejercer plenamente, por ejemplo, su vida sexual o para obtener un generalizado respeto a sus decisiones. Sin embargo, Rosa no se queja. Sigue, eso sí, suspirando por no haber podido tener hijos (y pidiendo cada cumpleaños un muñeco nuevo para añadir a su colección) pero también se divierte sacándole unos compases a la armónica que en su día le regaló su padre o charlando con sus compañeras y compañeros del centro ocupacional y espera con impaciencia la próxima excursión que va a realizar con ellos. Eso sí, a Rosa no le gustaría volver a escuchar que, como en el anterior viaje de vacaciones, nadie, al paso del grupo, les llame subnormales.

 

El baúl

 

Durante años había venido demorando el regreso a la casa. Por desidia, solía decir, aunque bien sabía – últimamente estaba adquiriendo la peligrosa costumbre de ser sincero consigo mismo – que en el fondo la causa era el miedo; el temor a recuperar un pasado que le enfrentara a la verdad de los demasiados cambios experimentados, de las excesivas diferencias constatables entre el niño que una vez fuera y el adulto tan de vuelta ya de tantas cosas en el que la vida le había ido convirtiendo. Y si no hubiera sido por la ineludible obligación de arreglar personalmente y sobre el terreno los papeles de la complicada herencia de su tío es muy probable que hubiera seguido sin hacerlo.

Chirrió la llave al girar en el oxidado alvéolo de la cerradura. Lo hizo también a continuación la propia hoja al mal bornear sobre sus goznes… La oscuridad reinaba en el vestíbulo y el interruptor – sin duda estaba cortada la corriente – no respondió al accionarlo. La claridad proporcionada por la abertura de la entrada resultaba sin embargo suficiente para cruzarlo y a su través llegar al corredor principal. Una vez en él avanzó, casi tanteando, hasta alcanzar, ya prácticamente en su final, la puerta de su antigua alcoba. La abrió.

En contraste con la fuerte penumbra del pasillo la claridad que se filtraba por las rendijas de la desvencijada persiana le permitió distinguir, primero de una forma vaga, bien pronto, en cuanto sus ojos se acostumbraron al cambio de luminosidad, con bastante definición, su interior: la cama de gastado cabecero metálico y – la recordó de inmediato – drapeada colcha de toda la vida. Junto a ella seguían también la presuntuosa mesilla de falsa caoba, el sólido armario, la pequeña butaca de cretona… Aún dudó, parado en el umbral, antes de entrar y acercarse a la ventana para, tras alzar la estera, abrirla de par en par permitiendo la plena entrada de la luz solar con la que, de inmediato, se coló a su vez la brisa y, en ella caballero, el intenso aroma mixtura de mar y prado que ya le asaltara esa misma mañana al acercarse a la población. Y entonces lo vio, en su rincón de siempre: el viejo baúl, el cofre de todos sus tesoros, el guardador de todos sus infantiles arcanos.

Se aproximó reverente. Acuclillado ante él corrió el cerrojillo y levantó la tapa. La nube de polvo que al hacerlo se alzó de su interior y le hizo toser le serviría también, a posteriori, de perfecta excusa para las dos lágrimas que casi de inmediato resbalaron por sus mejillas al comprobar su total, absoluto, inaguantablemente doloroso vacío.

 

El cuestionario

 

Los cuestionarios son los cuestionarios… Si no los rechazas, terminas liado. Pero él siempre tuvo tendencia a dejarse enredar, así que, ahí estaba, bien temprano, ante el ordenador, intentando afrontar la larga serie de preguntas que, sin sentido alguno, saltaban de la pura impertinencia a la banalidad más absoluta para arribar de pronto, cual la que ahora mismo se traía entre teclas - ¿qué es para usted el amor? – a la pura imposibilidad de respuesta.

Pensó, lo primero, en echar mano de citas. Al fin y al cabo ser persona de letras había sido precisamente la causa de haber recibido el demandante envío… “desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo…” sería bueno – caviló – tener la galanura de un Lope para contestar; o de un Manrique para poder decir aquello de “es amor fuerza tan fuerte que fuerza toda razón”, aunque mucho se temía que más que del amor hablaban ambos del enamoramiento… Comenzó a notar que – siempre hombre más de anécdotas que de universales – el tema le desbordaba. Imprudente sin embargo, decidió arriesgarse a contestar. El amor – escribió – bien pudiera ser la sangre misma de la vida… La frase, a todas luces retórica, no le convenció. La borró de inmediato y reinició la tarea: el amor es esa gracia que en un gesto, en un encuentro, en tal vez, también, ¿por qué no?, una despedida, en una caricia, en la generosidad de quienes, pese a todo, se regalan a los demás, nos mantiene en la cuerda floja de la esperanza… Más que saber – prosiguió – qué es el amor, sé que está en esas mínimas cosas, en esos pequeños gestos, que hacen que le burlemos el cuerpo a la desesperación, chispas de verdad entre la niebla que, como el gallo de José Ángel Valente – bien, después de todo las citas iban a acabar siendo inevitables – rompen “a ciegas el escuadrón compacto de las sombras”.

Tampoco – se autoaplaudió - le estaba quedando tan mal… Seleccionó el texto para pasarlo a archivo pero antes de llegar a completar la acción escuchó la voz de su mujer desde la cama reclamándole. Al levantarse para acudir perdió tontamente el equilibrio y, para no caer, buscó apoyo sin cuidar dónde… el tirón dado al cordón desenchufó la clavija de la alimentación y de inmediato el tan trabajado texto pasó al mundo de la nada. En otro momento algo así le hubiera descompuesto. Hoy, en cambio, no hizo sino hacer aflorar a sus labios una sonrisa que no dejó de crecer en tanto avanzaba por el pasillo hacia la alcoba desde la que, más insinuante aún si cabe, acaba de reiterarse la llamada.

 

El coleccionista

Ya desde muy pequeño le había gustado acumular. Recoger lo que fuera: cromos, chapas de botellas, sellos, banderines, postales, cajas de cerillas.., cualquier cosa. Lo importante no era realmente lo elegido sino el hecho mismo de irlo acopiando, de almacenarlo. Prueba de ello es que nunca le atrajeran ni la catalogación ni la exhibición de lo reunido. Era sobre todo la emoción de iniciar el atesoro aunque luego las colecciones se le fueran quedando truncas y olvidadas, abandonada la penúltima ante el espejeo seductor de la recién iniciada, sin llegar jamás a centrarse en ninguna de cuantas un día sí y otro también comenzara a la contra de lo escaso de su peculio, de la disponibilidad de espacio de su cuarto y de la clara oposición en sus tiempos de infante y adolescente de su madre, harta de remover pilas de cajas y de pelear, plumero en ristre, con tal avalancha de toda laya y condición.

El final de los estudios y el comienzo de la etapa laboral, los avatares primero del noviazgo, luego de la vida conyugal parecieron, si no eliminar su pasión, al menos ir dándola de lado como mera afición infantil apagada por el propio devenir de la vida. Pero nadie había contado con el volcánico desarrollo de fascículos y coleccionables. Dueño ya de sus propios destinos, con entradas económicas más que aceptables y un piso amplio a su total disposición, la cotidiana oferta resultó tentación demasiado fuerte. Reapareció el antiguo gusanillo, vuelto el quiosco de debajo de su casa foco de atracción irresistible. Series de obras maestras de la Literatura que jamás leería, métodos de idiomas que nunca estudiaría, videos y deuvedés, discos compactos de música clásica o de canciones somalíes, surtidos de soldaditos de plomo, maquetas de automóviles o barcos, dedales, muñecas, plumas estilográficas, canicas, manuales para aprender a bordar, a hacer punto de cruz o a arreglar grifos, reproducciones en miniatura de los más famosos cuartos de baño del mundo… Su mujer era comprensiva (y de tanto en tanto, sin que se diera cuenta, iba haciendo desaparecer buena parte de lo por su cónyuge adquirido) y sus hijos se limitaban a algún que otro chascarrillo sin mala intención.

Pero aquella mañana iba a ser la de su personal caída camino de Damasco. Cuando, tras haber reclamado la nueva entrega de “Las más atractivas cucarachas del Universo” y el último número de “Aprenda a maquetar su propio periódico bajo la dirección de Miguel Ángel Ortega” alargó la mano para hojear  el número inicial de “Familias del Mundo” y se encontró de pronto contemplando en la portada el colectivo retrato de la suya propia, suegra, perro y novio de la chica incluidos, comprendió de golpe que aquello se le había ido definitivamente de las manos y el entorno se le convirtió en incierta, hostil e inaguantable nebulosa.

El shock fue fuerte pero, por fortuna, no fatal. Aunque lenta, su recuperación – dicen los especialistas – llegará a ser total.      

 

Dios
 

La jornada había transcurrido como tantas y tantas – ni mejor ni peor – de los últimos tiempos, pero cuando llegó a casa, cerró tras de sí la puerta, penetró en el ominoso silencio del salón y, tras quitarse la chaqueta, se dejó caer en el sofá frente al televisor, la pequeña opresión en el pecho y el sabor levemente amargo de la saliva al fondo de la garganta que imperceptible pero continuadamente le habían venido acompañando a largo de toda la tarde acentuaron su presencia y los que en principio había tomado tan sólo por síntomas de su por esos días tan habitual sensación indefinida de cansancio se tornaron de pronto desatada marea de angustia. Y descubrió cómo, sin causa concreta alguna que parezca justificarlo, hay días que la tristeza te va creciendo a bajo piel, a dentro alma, como una hierba maligna que poco a poco te va emponzoñando la sangre hasta trastocar en dolor, desesperación y aroma a muerte su misma esencia de vida.

De repente – no la había sentido aproximarse – notó a su lado la presencia silenciosa de su perra que cuidadosa, diríase que delicadamente, fue acortando la mínima distancia que aún les separaba. No le olisqueó cual otras veces; se limitó a permanecer quieta, pegada a él, el calor de su cuerpo claramente perceptible a través de la tela el pantalón. Después, como en una escena a cámara lenta, acercó la cabeza hasta apoyarla en sus rodillas. El hombre bajó la mirada para encontrar otra anhelante alzada a su encuentro. Instintivamente alargó la mano para la caricia pero no llegó a concluir la acción; el desánimo la hizo caer, sin llegar a alcanzar su objetivo, sobre la colchoneta. Fue entonces cuando el animal, siempre despacio, alzó su pata izquierda hasta colocar la almohadillada aunque áspera pezuña sobre los abandonados dedos de su amo.

Ni uno ni otro se movieron en un buen rato. Nada parecía hacerlo tampoco. Gradualmente fue sintiendo disminuir la presión en el pecho, desaparecer el gusto acerbo de la saliva en la boca. Un observador atento quizá hubiera percibido la mínima lágrima que le resbaló mejilla abajo. Fue cuando comprendió que hay ocasiones en las que Dios marcha a cuatro patas, menea la cola y tiene húmedo el hocico.