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  En Puntos de vista | Jesús Gallardo Ordoño  hoy 

redacción
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Jesús GALLARDO ORDOÑO

 

 

Encontrando una razón para crecer

 

Siempre a la misma hora.
Siempre el mismo asiento; la misma cara, el mismo peinado, la misma belleza y el mismo deseo contenido.
Soy el que mordisqueaba el bono bus al lado de tu asiento, de pie, como si tuviese el placer de sentir tu sabor y acariciar tu piel.
Desde esa posición elevada me atreví alguna vez a acercarme hasta el territorio prohibido, buscando desde las alturas el canal erótico de tus senos, adivinando la lujuria de un cuerpo tan joven y terso, de unas curvas perfectas ocultas tras la ropa encandilada de fantasías eróticas y sexo descontrolado.
Durante el tiempo que utilizaste el autobús soñé con la esperanza de que algún día te girases y te fijases en mí, en un ejercicio utópico que me hacía proyectar sobre la ropa interior todo lo que la mente imaginaba.
Un día, y otro, y otro, hasta que dejaste de acudir a nuestra cita secreta. Te perdí la pista y perdí el norte de una quimera que ya nunca podría producirse. Pero volví a descubrirte en un automóvil que, sin duda, habías adquirido sin saber que con su compra dejabas tras de ti una historia de hombre enamorado. Coincidimos en el mismo semáforo, y como el sino que marcó nuestra nunca declarada relación, te observé desde arriba, fijando ahora mi mirada en tus piernas blanqueadas de pureza.
Desde entonces sufro el día que no nos reunimos los escasos segundos que nos concede la caprichosa lucecita roja, del mismo color que la pasión que siento; y vivo intensamente la jornada que percibo tu llegada y a través del cristal acaricio la idea de tenerte.
La incertidumbre me ha concedido el privilegio de quererte, de echarte de menos, de añorarte, y de respetar tu independencia.
Algún día me bajaré del autobús, me compraré un coche, te seguiré y te diré que te quiero como nunca antes amé a nadie, y te miraré a los ojos para conocer tu respuesta, antes incluso de escuchar de tus labios lo que ansío cada noche.
Lástima que sólo tenga doce años, y me queden algunos para poder hacer realidad una ilusión que no comparto con nadie, porque nadie lo entendería.
¿Quién me dice que no puedo quererte?
¿Quién conoce la verdad de un corazón que busca otro compañero?

 

En un instante

 

Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños. Los padres de esos mocosos eran muy agradables, siempre me gustaba recibir su encargo para atenderlos. A los niños se les notaba felices, protagonistas de una vida tranquila, con padres jóvenes, encantados de cuidarles. Una vez dormidos sonó la puerta, me acerqué a la mirilla y descubrí a un policía. Sin abrir me informó del accidente mortal, del final de un cuento y el principio de un infierno para aquellos niños. En la penumbra de la alcoba les observé y decidí dejarles dormir su última noche antes de confesarles lo ocurrido.

 

Cosas de niños

 

¿Dónde está el perro? Busco debajo de las mesas, detrás de los muebles. Pasa el tiempo. Pienso en sus costumbres más comunes y empiezo a ponerme muy nerviosa. La angustia empieza a apoderarse de mi ánimo; corro de un lugar a otro, levanto la voz, me detengo, grito. Estoy a punto de llorar. En ese instante escucho un ladrido humano, de niña pequeña. Giro a mí alrededor. Debajo de la cortina veo a ese animal de peluche, junto a los pequeños pies de la niña a la que cuido. Hoy le diré a su madre que me busco otro trabajo.

 

El olvido de los años

 

No consigo recordar nada. Ni el nombre de mi mujer, ni los años que tengo, ni el sonido del amor, ni los ruidos de la juventud, ni la música de jazz. Sólo sé que tuve una vida, de la que formaron parte muchas personas; algunas me visitan y parecen conocerme o al menos eso afirman, pero al poco de marcharse ya no recuerdo sus caras. En el recuerdo sobrevive la figura de ese cuento de la infancia que me contaba mi madre; todavía rememoro su varita mágica, su facilidad para volar y su vestido de brillantes, pero no consigo saber de quién se trataba.

 


Descubierto

 

Más de una vez he recordado aquella ocasión en que mi padre me encontró bajo la mesa camilla dando cuenta, con un buen cuchillo y una hogaza de pan, del jamón de la matanza. No olvido el castigo, pero tampoco he perdido el sabor a gloria de aquel divino cochino.

 

El miedo

 

Por fin puede deshacerme de ese pesado. Los niños me esperaban. Me sorprendió el silencio de la alcoba y encontrar las luces apagadas. Creí que se trataba de una broma, y quise participar de ese juego infantil. Pasaron unos segundos antes de observar abierta la ventana. Una ráfaga gélida recorrió mi espalda cuando caí en la cuenta de que aquel vendedor de enciclopedias que me entretuvo en realidad no quería venderme nada. Grité de forma desaforada, inhumana; a punto estuve de saltar al vacío y sacrificarme por la torpeza cometida. Entonces salieron bajo las camas asustados, compungidos. Les perdoné, pero el frío seguía todavía en mi cuerpo.

 

En defensa propia

 

Caíste a plomo. De un único golpe acabe con tu soberbia. Te observaba en el suelo, derrotado, ajeno a la realidad de lo que pasaba; tus ojos mostraban la sorpresa y las dudas de no comprender lo que ocurría. No sé cómo pasó, pero resultó inevitable. Tanto tiempo aguantando tus insultos, tus golpes caprichosos, tus palabras llenas de rencor. No puedo seguir soportando tantas ofensas y palizas a tu antojo. Al menos yo si avisaré a los servicios de emergencia, para que salven tu vida, pues la mía ya no corre peligro.

 

El hechizo

 

No consigo recordar qué es un "hada", ni el tiempo que llevo intentando quedar finalista en ese concurso de relatos de la radio. A veces pienso que los demonios mueven los hilos del nigromante francino, empeñado en añadirle a la pócima elementos propios de las ondas para evitar mi triunfo. Espero que el sueño reparador me devuelva la magia de los cuentos y al despertar haya vencido la barrera draconiana de la Ser, siempre acechando en el dial a sus víctimas. Sólo entonces venceré la resistencia de los escolares escribanos, empeñados en arrebatarme la gloria; necesito un encantamiento apropiado para vencerles a todos.

 

Desenlace

 

Después de lo ocurrido me esperaban llorando. Les dije que no pasaba nada, que su padre ya no nos molestaría. Me abrazaron con sus pequeños brazos invadidos por un temblor inusual. Notaba los latidos de sus corazones en mi pecho, a punto de estallarles por el miedo que albergaban. Juntos, nos tumbamos en la cama, y así permanecimos hasta que ellos se durmieron. Tras notarles descansados abandoné el refugio de la oscuridad de aquella habitación y me dirigí al teléfono. La policía me escuchó en silencio, anotó la dirección y me prometieron llegar cuanto antes; nunca más nos volvería a maltratar.

 

Delicada

 

Cómo si ella hubiese adivinado mi pensamiento avanzó sobre sus tacones de dieciocho centímetros y su vestido de Prada. Se colocó delante de mi cuerpo, encogido delante de aquel armario. Su aroma inundó mi espacio justo cuando se agachó para comprobar como llevaba el arreglo para el que me había llamado su marido. Me indicó con la mano, en un gesto delicado, que me apartará. Levantó la cintura, me obsequió su mirada fría y soltó una tremenda patada con aquellos finos zapatos al armatoste de madera, desarmándolo. Me pagó sin decir una palabra.

 

Solo

 

Llegué hasta el final de la habitación y estaba solo. Nadie me había acompañado en fecha tan señalada. Desde hacía mucho tiempo me sentía abandonado, triste y muy abatido por la actitud de mis amigos.
Me senté en el suelo. Me abracé las rodillas y comencé a llorar tímidamente, en silencio.
Miré las paredes vacías y traspasé su solidez con mis sueños y fantasías. Un ruido leve despejó mi concentración. Me levanté buscando su origen y me encontré delante de la puerta de la única habitación de la casa. La abrí y dentro se encontraban aquellos que esperaba hacía un momento. Gritaron, lanzaron felicitaciones al aire, pero ya era tarde.
Les di la espalda. Escapé, y detrás se quedó una calma densa, impropia de tanta gente reunida. Tenía el mejor de los regalos posibles..., la soledad.

 

Mi plato preferido

 

-Gracias por volver a preparar mi plato preferido. Sin embargo, te recuerdo que no creo que sirva para que volvamos a estar juntos. Aquella bofetada, y tus insultos pueden más que el pecado de la gula. Siempre cocinaste muy bien, lo reconozco, pero también fuiste muy descuidado con nuestra relación. Lo siento, pero sólo quiero que me digas cuando recogerás a los niños.
La línea de teléfono se cargó de la tensión habitual antes de llenarse, de nuevo, de palabras gruesas y frases rencorosas.
De repente dejó de apetecerme aquel guiso que tanto me gustaba.

 

Elecciones

 

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones, pues siempre pasaba lo mismo cuando encendía la mecha y el acero escupía la pólvora hacía el mar. Las piedras del castillo retumbaron de nuevo, y la gente supo que habían pasado cuatro años. En unos días empezaría la campaña electoral, y con ella las mentiras habituales y las promesas repetidas e incumplidas. Pero ocurrió lo inesperado: el Alcalde se acercó a lo alto de la torre y anunció su retirada. Después de 32 años las caras de los vecinos hablaban por sí solas. En el aire flotaba la pregunta, ¿y ahora qué?

 

Un ataque inesperado

 

El detenido porfiaba con la Guardia Civil mientras era esposado. Aseguraba haber sido amenazado, pero los restos de sangre canina en sus encías le delataban. El perro era asistido en la acera; gemía ante los cuidados de los sanitarios recién llegados. Su mirada suplicante acusaba al salvaje humano, que alegaba legítima defensa. La benemérita se llevaba al agresor a la espera de la decisión del juez para dictar una orden de alejamiento. La turba dictaba su inapelable sentencia en favor de un cachorro que solo quería jugar con su vecino.

 

Por el camino

 

 Tú has tomado la decisión. De ti dependen las consecuencias. Recuerda que dejas muchas cosas detrás: un hijo, una esposa y muchas ilusiones. Cumple tu sueño. Esperaremos mientras recorres el camino, pero cuando regreses hablaremos de lo nuestro. Espero que el Apóstol te enseñe a madurar. Y si no lo consigues, es mejor que te quedes en Santiago.

 

La presa

 

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, a pesar de haberla cosido con hilo de bramante. La niña me miraba inquieta, con gesto de pocos amigos. Observé aquel reptil de trapo orgulloso. Lo dejé junto a los otros animales creados de mis manos y esperé para venderlos.
La niña continuaba irritada, escondida detrás de su entrecejo. Supuse que le gustaba mi facilidad para crear una fauna completa de la nada. Entonces comenzó a berrear y a llamar a su madre.
-Mamá, mamá. Ese señor le ha dado de comer a la serpiente mi muñeca.
Supe entonces el motivo del exceso de tamaño que tanto me había sorprendido.

 

Bien dotado

 

Verdaderamente una sorpresa”.
No entendía el deseo de colocar esa frase en su lápida. En sus 60 años de vida mi hermano fue incapaz de sentar la cabeza y formar una familia. Estamos llegando al cementerio y me parece ridículo que hayamos aceptado colocar eso en su reposo eterno.
El coche fúnebre se detiene ante el gentío que tenemos delante. Todas son mujeres llorando; de diferentes edades y condiciones sociales. Y lamentan la marcha de un hombre desconocido para mí hasta ahora. Ahora comprendo que ese epitafio se refiere a una parte de su cuerpo.
 

 

Atropello

 

¿Le habéis visto?, dijo alguien justo cuando nos incorporábamos a la autovía.
Todos nos miramos con ojos acusadores. Quise hablar, pero no me dejaron. Gritaban. Se aconsejaban unos a otros parar en el arcén, coger el primer cambio de sentido, frenar, acelerar. El monovolumen se movía de un lado a otro. El conductor giraba la cabeza y renegaba de todo y de todos. Mi madre le insultaba a él. Mi hermana lloraba de pena. Por fin me hice oír para decirles que había visto al perro correr detrás de la pelota y esquivarnos; habíamos atropellado un balón de reglamento.
 

 

Amor mecánico

 


Sigo detrás del cristal, decidido a abordarte a la salida y decirte lo mucho que te quiero. Desde hace unos meses permanezco en este mismo lugar y observo lo bien que realizas el trabajo. Me gusta tu forma de mirarme, con esos ojos tan brillantes, y tu vestido, aunque sea el mismo de todos los días. Me sorprende tu capacidad para estar siempre en el mismo sitio y tus movimientos repetidos y constantes. Hoy vuelven a cerrar el comercio y tú vuelves a quedarte dentro. Tampoco hoy podremos conocernos, pues el mismo que apaga tu interruptor apaga el mío.
 

 

Felicidad

 

Felicidad es el beso de un niño, la caricia de una madre, el despertar del adolescente, la sinceridad de una mirada, una palabra cariñosa y un abrazo de amor compartido.
Felicidad se escribe con letras generosas, para sumarse a frases optimistas y alegrar corazones solitarios.
Felicidad somos nosotros si queremos encontrarla.

 

La locura de un loco

 

Estoy fatigado de soñar; agotado de escapar de mis temores. Sufro cuando tu mano se posa en mi espalda y temo girar la cabeza para evitar el dolor de mirarte. Eres la pesadilla que me sigue a todas partes, la puerta que odio traspasar, el fuego que quema los rescoldos de mis miedos.
Todas las noches esperas agazapado en las sombras hasta que el sueño me vence, y acudes en la penumbra a mortificarme; cuando el cansancio triunfa te apoderas de un cuerpo rendido y me haces daño hasta sangrarme.
No sé porqué te tengo a mi lado, ni el motivo de cuidarte, ni tan siquiera la razón de ese sentimiento de aprecio que me produces. Eres un ser diáfano, ambiguo, extraño, y sin embargo conocido. Tu rostro me recuerda un pasado feliz lleno de momentos inolvidables, empañados por un cuchillo manchado de la pena de un asesinato cruel e innecesario.
Hoy comprendo que nunca debí hacerte daño; te quería, pero no soportaba que otros hombres te miraran. En los escasos metros de mi celda vuelvo a esconderme de la imagen de un espejo que me enseña el rostro de aquel ser depravado que espera detrás del cristal para devolverme el mal que te hice...
Los ojos no aguantan más, los músculos se relajan, la vista se adormece. En el último instante le veo salir del espejo, a aquél que te quitó la vida, y que ahora quiere hacer lo mismo conmigo para enviarme a ese mundo oscuro donde mueres; para pedirte perdón..., y para protegerte de las miradas lascivas de otros ho
mbres.

 

La piscina

 

-De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable, para que los niños nos dejen en paz un rato.
- Por favor, date prisa, te espero en la habitación. No puedo esperar por más tiempo.
- Enseguida, ten paciencia. Déjame coger aire para inflarla. No me beses tanto... esa mano.
- No puedo evitarlo. Te deseo. ¿Por cierto, no tienes el inflador automático?
- Se perdió. Debe estar en el trastero.
Los niños aparecen de repente, gritando, regañando entre ellos y tirándose de los pelos.
- La piscina tendremos que dejarla para otro día.
- La piscina y lo demás. Voy a comprar el periódico.

 

Stand by

 

Subí dispuesto a todo. Llamé a la puerta. Escuché. Nada. Por fin abrieron. Su dedo pulso el botón de “Stand by” y acabé mi aventura.

 

Sexo inesperado

 



La sorprendo y me lanzo sobre ella. Le recuerdo su promesa.
-Cariño, de hoy no pasa.
Ella se retira y caigo como un fardo en el suelo. Las chinas del terreno se me clavan en la carne desnuda, despojado como me encuentro de banales vestimentas.
Me incorporo y dirijo la mirada hacia ese lugar que tanto nos condiciona a los varones. Ella me acompaña y percibo en sus ojos la lascivia del momento.
-Cielo… -comienza a balbucear entrecortada…
No la dejo acabar. Me tumbo boca arriba, mostrándome imponente.
Estalla en una carcajada que duele más que una puñalada. Decido dejarla, en ese instante y para siempre.
 

 

La obra

 

-No puedo aguantar más en este sitio Y no es por el calor, sino por el olor a sudor de los obreros.

La cuadrilla escuchaba a la pareja entre golpes y paletadas de yeso, cruzándose miradas cómplices.        

-Pero Cari, si corre el aire. Están abiertas las ventanas.

-¡Me da igual!, y menos me importa que les siente mal. Si quieres que les vigile necesito aire fresco a mí alrededor.

-Imposible, mi vida. ¿Cómo se lo tomarían?

-¿Imposible? ¡Ya sabes donde encontrarme! Llámame cuando acaben.

            Cuando se dieron cuenta, los que se iban eran los operarios, hartos de tantas tonterías.

 

Mi madre

 

La veo ahí tumbada y recuerdo tantos momentos especiales que las lágrimas afloran, sin quererlo, desde lo profundo del alma. Siento que se me escapa la sangre de las venas, y escupo por la garganta el dolor de una vida que se acaba.

La recuerdo sonriendo, con sus ojos chispeantes pendientes de mi infancia; y su presencia permanente, siempre atenta y cariñosa, siempre dispuesta a ayudarme. Es mi madre, es quien más me ha querido. Es ella, sólo ella; y nadie puede suplantarla. La veo delante, detrás, cerca y lejos, silenciosa, sonriendo, llorosa, viviendo, y ahora muerta, tranquila.

 

El reencuentro

 

La vuelta a la antigua casa le devuelve una época olvidada. En la entrada encuentra un trozo de plástico que identifica a pesar de los años transcurridos. Piensa en el tiempo que llevará allí tirado. Se sienta a su lado, lo recoge con cuidado y se deja invadir por la nostalgia. Lo que queda de un juguete roto son los mejores recuerdos y un pasado que nunca quiere olvidarse.

 

Cocina creativa

 

Creería que le encanta mi afición sino fuera porque ocurre lo mismo cada día. Sabe que no me gusta que entre en la cocina recién llegado del trabajo para saborear los platos que con tanto esmero le preparo. Odio esas maneras…, y su manía de abrazarme por la espalda…, y su olor a aceite y a sudor…, y sus ganas de hacerlo. ¡Me niego! No obedece. ¡Le pego! Me pide perdón en un susurro y me desmorono ante sus ganas de amarme encima de esos platos de alta cocina de autor. No sé que hacer hasta que llega, sólo me entretiene cocinar para él.

 

Una declaración de amor

 

Una mano en tu mirada, un abrazo deseado, un beso rescatado de tus labios y un gesto que te pertenece sin saber que yo te lo he prestado.

 

Enamorado de una ilusión

 

Faltaban pocos minutos para el estreno y me retenía entre bambalinas, con el traje manchado por la grasa de sus manos. Le expliqué que se trataba de un trabajo, que todo era fingido en el mundo de la farándula. ¿Mentira?, susurró con los labios empapados por las lágrimas, acabo de ver al príncipe ahí fuera confesándote su amor eterno. Ensayaba, le dije, justo cuando la seguridad del teatro se lo llevaba esposado. La representación se retraso el tiempo necesario para vestirme. Nunca más volví a verle, pero creo que realmente estaba enamorado de mi personaje.

 

En el desierto

 

-De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable.

Lo dijo sin emoción, como el que no siente lo que dice, dejándose llevar de la tensión del momento.

Llevamos dos horas andando por el desierto, sin agua, sin sombras, deseosos de llegar al punto de destino, el mismo al que nos tenía que haber acercado el cuatro por cuatro de la agencia de turismo. El calor es asfixiante y a algunos miembros de la expedición empieza a hacerles efecto.


Lo peor es que se ha quedado en bañador. A ver como le convencemos para continuar caminando.

 

Premonición

 

Abandonó las pinturas y observó, por un instante, su ilustración. La dejó sobre la mesa y salió al jardín a jugar con su hermano pequeño, que esperaba su llegada para lanzarle el balón. Sujetó la pelota con la mano antes de colgarla en el aire por delante de su cabeza; al caer le propinó una patada certera y golpeó el rostro de Miriam con estruendo, ampliado por su grito desgarrado. El padre atendió su hemorragia nasal y regañó al benjamín de la casa. Sobre la mesa quedaba un dibujo sin acabar de una niña con la cara llena de sangre.

 

Toda una vida

 

Aquel hombre pasaba su tiempo entre los gatos que acudían a diario al patio de su casa, acostumbrados a su presencia. Escondida tras los visillos de la ventana su madre se tragaba la pena del hijo vacío de lucidez; desde pequeño sólo jugaba con el manojo de llaves que siempre le acompañaba, inmerso en su mundo lejano y abstraído de la realidad. Una lágrima recorrió la mejilla de aquella mujer, ajada por el tiempo y el sufrimiento, al ver a uno de los animales dejarse acariciar por el muchacho. Él se giró y sonrió complacido por la paciencia de su madre.

 

 

 

Susto inoportuno

 

-Verdaderamente una delicia para los sentidos y un pecado para el cuerpo.

Las palabras resonaron en el vacío de aquella habitación y provocaron el pánico en los amantes, que acababan de desprenderse de sus ropas, que ha modo de lecho acogían el desenfreno de dos enamorados.

Se levantaron del suelo mientras al chico se le bajaba el ánimo, segundos antes dispuesto a cualquier cosa. Los dos se abrazaron asustados, temiendo que fueran objeto de una desgracia anunciada.

De las sombras de aquel edificio casi derruido aparecieron los dos mejores colegas del muchacho. Soltaron una tremenda carcajada, casi del tamaño del puñetazo que recibieron de su amigo.

 

La musa

 

No les digo por donde saqué a la abuelita porque seguro que no reeditarán el cuento y me culparán de su desaparición. No pueden retenerme sin avisar a mi representante. La respuesta de aquel energúmeno fue sacudirme una hostia reglamentaria, con la intención de convencerme.

En ese instante supe que tenía que cambiar el final del cuento, para que se adaptase a la realidad. Ellos buscaban a la abuela y yo debía mantenerla escondida para saber lo que pasaría. La inspiración nunca me había acompañado; menos mal que era capaz de escribir sobre lo que pasaba. Estaba en marcha una nueva aventura de mis personajes, aunque esta vez me hubiese costado dos molares.

 

El funcionario

 

- Le repito que tiene que volver a coger número.
El hombre me miraba con su rostro demacrado por la falta de luz natural.
-Perdone –le dije-. No pretendo discutir con usted, sólo le pido un sello en este impreso, pues su compañero, el de aquella ventanilla, insiste en que es necesario.
-Las reglas las ponemos nosotros, ¡Coja el numerito!
Introduje el brazo por el hueco de la ventanilla y enganche su pechera con rabia. Su cara reaccionó, pareció recuperar la vida en un instante.
-Está bien, está bien –repitió antes de estampar el tampón en el jodido papel.
Y volvió a quedarse solo y triste.

 

 

El enemigo del diablo

-Más tarde o más temprano se sabrá la verdad –comentó Hilario en un susurro casi inaudible, pero suficiente para que el silencio se apoderase de la estancia.
Todos le miraron sorprendidos. Después de lo vivido nadie podía creerse que el cura confesase.
-Señor Hilario –se atrevió a señalar Carmela con el cuerpo aún

frío de su hija sobre el lecho- ¿Cómo es posible que crea que el demonio es el causante de la muerte de esta niña?
Un frío helado sacudió la habitación y el espejo se desprendió de su alcayata para estrellarse contra el suelo.
Don Hilario recogió sus instrumentos y se marchó. El exorcismo había resultado.

 

Locura

 

Los acompañantes de mi novia sabían que todo era real. Se mostraban pálidos, hieráticos. Delante del cadáver agujereado a balazos maldecían la mala suerte de cruzarse en mi camino.

No comprendía nada, y menos que el revolver estuviese en mí poder Levanté el arma y apunté a la cabeza del más alto, que adivinó lo que estaba a punto de hacer. Como poseído por un poder omnisciente disparé dos veces; los cuerpos de los extraños cayeron como fardos.

Observé los párpados lagrimosos de Ana justo antes de levantarme la tapa de los sesos. La pesadilla la perseguiría para siempre.

 

Enamorado

 

Volví a mirarla desde el quicio de la puerta antes de perderla de vista para siempre. Guardaría en la memoria el aroma de su cuerpo, la fragilidad de sus manos y el brillo de sus ojos. Estaba seguro que ese recuerdo tardaría en abandonarme. Acababa de entregarle un paquete de la empresa para la que trabajaba. Como si hubiese estado esperando mi llegada, abrió recién pulsado el timbre, vigilada por su marido. Lloraba y su fragancia llenó el descansillo. Firmó el recibo de acuse y no dijo nada. ¡Es curioso como el amor surge en el sitio más inesperado!

 

El descubrimiento

 

Acudí a la Sala de Préstamos sin imaginar que en esa ocasión todo sería distinto.

Sobre la mesa encontré un pergamino amarillento. Escuché un silbido extraño debajo de la mesa. Las luces se apagaron. Cuando recuperaron su intensidad hallé a un pequeño duende guardando el equilibrio sobre aquella piel tintada y abierta. Recorría con su cuerpo cada línea, y me invitaba, sin palabras, a leerlas. En ese texto descubrí la magia que encierran los libros y el secreto de sus historias. Regresó la oscuridad, y después la luz, y con ella la normalidad, aunque para mí nada sería lo mismo.

 

Sin ella

 

            - Seguro que no te arrepientes, cariño. Por fin estaremos juntos, sin tu madre.

            La suegra había quedado aparcada en el pequeño apartamento, mientras el “niño” y su novia se corrían una juerga. La habían convencido para que se quedase; en realidad buscaban un nido apropiado donde culminar las vacaciones con un buen revolcón.

            No esperaban, sin embargo, hacerlo en la habitación de un hotel de mala muerte, sin ventanas, con una atmósfera ausente de glamour y llena de suciedad.

- Lo siento, mi amor –le dijo mientras se desprendía de los pantalones-. No podía permitirme otra cosa.

            Ella le dejo plantado, en calzoncillos, sin saber donde esconder el tamaño de su deseo.

 

La amante

 

- No, de ninguna manera puedo perdonarte. Desaparece de mi vista. No insistas en ello. Debiste haberlo pensado antes de destrozar nuestras vidas. Te juro que no esperaba que hicieras lo que acabas de confesarme: te borro de mi vida para siempre.
- Lo siento –se atrevió a balbucear.
- Haberlo pensado antes –sentenció la mujer mientras con la mano le empujaba fuera de la casa-. ¡Vete con ella! ¡Que te siga aguantando como todos estos años! En mi cama ya no hay sitio para ti. ¡Vuelve con tu mujer!
Y de un portazo decidió comenzar una nueva vida.

 

El tiempo

 

El destino elige a sus víctimas.
La fortuna casi impide lo inevitable, pero en el último instante la vida renuncia a su derecho a elegir.
Sabemos lo que pasará y no somos capaces de hacer nada. Cada instante ocurre lo mismo; queremos sujetar el presente cuando, de repente, ya se ha convertido en pasado y confiamos en el futuro antes de comprobar que volvemos a ser espectadores de un momento fugaz, que muere y resucita en una danza macabra que acerca el final inevitable del tiempo.
Cada segundo nace y se va sin darnos cuenta, siempre lo mismo.

 

Otra broma del abuelo

 

 

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito. La insistencia acabó por convencer a mi abuela de la necesidad de desterrarle a la buhardilla. Ayer volví a subir y desempolvé del olvido la cara oculta que escondía, como una ventana abierta al mundo. Su gesto lo decía todo, al igual que la mueca irónica por ser capaz de alterar de los nervios a la mujer que amó en vida y observó durante muchos años alterarse por el movimiento insistente del espejo. Me guiño el ojo muerto y los dos sonreímos por la travesura del abuelo.

 

 

Llegada y despedida

 

Con él en brazos, tan pequeño e indefenso, te veo tumbada en el paritorio, dichosa de sentirte madre y esposa complaciente. Sus ojos son como los tuyos, al igual que su piel, tersa, suave y blanca, como los pecados inocentes. Todavía veo tu cara satisfecha y los esfuerzos para darle la vida; y ese regate a trompicones del destino para arrebatarte la tuya. Escarbo en mis recuerdos para contarle algún día como eras, tras marcharte sin siquiera conocerle, ahogada en la sangre del hijo que pariste.

 

 

La fotografía

 

Era yo, sentado en la silla de paja, mezclado con la bruma de una mañana de abril. Conmigo, mis padres, mis abuelos maternos, y el perro que tanto me asustaba. Recuerdo ese instante como si el tiempo se hubiese detenido, y descubro entre la niebla de la fotografía el rostro de una niña del pueblo, convertida con el paso de los años en mi esposa. Me guardo este papel amarillento, lo único que queda de esas personas que se fueron despacio, poco a poco, para dejarme solo y viejo. Quiero encontrarlos de nuevo. Les echo tanto de menos…

 

Moción de censura

 

No podrán detenerle. En la pared, atados por una cadena, los miembros de la oposición, sabedores de su destino. Detrás de la mecha, el primer edil, con los ojos inyectados en sangre y un arma de fuego en la mano, manteniéndonos a raya. A escasos metros los familiares de los sentenciados, solicitando clemencia. Y en el cielo un sol aplomado, pendiente de una forma muy especial de hacer política. En un segundo se oyó el estampido que terminó con la moción de censura, que nunca podría llegar a votarse. Otro disparo confirmó la dimisión forzosa del improvisado artillero.

 

Mi padre

¿Cómo se llamaba? Ni siquiera recuerdo su cara. Hace tanto tiempo... Recibo sus pertenencias personales y sólo tengo una vaga imagen de su existencia. Era mi padre, de acuerdo, pero nos abandonó enseguida, y mi madre nunca quiso hablar de aquel hombre.

-Lo siento, no las quiero.

Firmo el albarán y tiro a la basura lo peor de mi pasado.

 

Las abejas

 

Temí que los niños pudiesen verse atacados. Ninguno se había dado cuenta del picotazo de la abeja, seguida por otras muchas, procedentes de una colmena cercana. Grité a los niños para que cerrasen la puerta. Con sus caritas pegadas al cristal me observaban asustados. Yo arrastraba la pierna acribillada por los bichos mientras intentaba defenderme con las manos. Cuando ya llegaba al centro tropecé en las escaleras y quedé indefensa, rendida. Los chicos salieron agitando sus chaquetas. Los insectos huyeron y nosotros nos abrazamos. Al igual que en el final de Hitchcock acababa bien la pesadilla.

 

El suicidio

 

¡Cómo me has decepcionado!

Acabaste por rendirte.

El tiempo acostumbra a situar a cada uno en su sitio, pero en tu caso concreto se trata de una lamentable equivocación.

Has optado por marcharte sin pensar en las consecuencias; dejas muchas dudas sin resolver.

No has arreglado nada por descerrajarte un tiro en la cabeza, únicamente prolongar la agonía de aquellos que esperaban tu ayuda. El suicidio no es una salida; sólo es un atajo de los cobardes. De haberlo adivinado, yo misma habría apretado el gatillo. ¡No merecías otra cosa!

 

El serenatero

 

El serenatero gustaba de enseñar equilibrio a las cabras cada tarde, antes de dedicarse a su trabajo.
Cuando las estrellas aparecían en el cielo se cargaba con las llaves de los sueños de los hombres, dejaba la montaña, y abría las esperanzas de muchos desgraciados.
Las cabras esperaban su regreso, cansadas de mantenerse tanto tiempo sobre una sola pata o en extrañas composturas.
Ayer el sereno no volvió; se quedó encerrado detrás de la cancela de su propia vida. Le encontraron tumbado, con una sospechosa sonrisa en los labios. Y las cabras supieron que las clases habían terminado.
ían terminado.

 

El primer amor

 

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando. De todos modos, ya había decidido dejar de serlo. ¿Para qué? Los chicos que me gustan nunca se fijan en mí. Ahora quiero convertirme en otra cosa; elijo ser Campanilla, para escaparme volando de la clase. Chasqueo los dedos y abro los ojos. ¡Nada! Desde mi pupitre siento todavía la presencia de ese pesado. Giro la cabeza muy seria y le lanzo una mirada como a veces he visto hacerlo a mi madre. Me regala un beso y me parece que me gusta. Creo que me lo voy a pedir como novio hasta mañana.

 

El premio

 

-Yo te llevaré un ventilador que sea capaz de llevarse las palabras que escribes para ese concurso en el que nunca te premian.
Colgó el teléfono y subió los ocho escalones con su promesa en la mano.
Me quedé mirando aquel instrumento del demonio y la furia de sus brazos articulados girando a frenético ritmo.
De repente, las letras vibraron y comenzaron a despegarse de la protección del blanco del papel antes de desprenderse por completo.
Mejor –pensé-, de ese modo no podrán ignorarme
Cogí el papel vacío de ilusiones de la mesa y me olvidé del jurado para si
empre.

 

El ataque de los zombies

 

-Te prometí que siempre estaríamos juntos –lo dijo convencido de la decisión tomada, sin remordimientos.

-Por favor –le suplicó ella, contagiada al ser alcanzada por un zombi- Ya noto los efectos en la sangre. ¡Vete! ¡Huye!

La turba infectada llegó hasta ellos sin control. De repente se detuvieron ante la pasividad de la pareja; los muertos vivientes parecían sorprendidos. El cabecilla se fijo en los ojos de la joven y supo que ya era como ellos. El otro se dejó morder en la garganta, sin soltar la mano de su chica, contento porque había cumplido su palabra…

 

Candidus

 

Una tarde me asomé a la ventana y lo vi. El cielo se tornó naranja, las nubes de color terrizo; los reflejos de la vida sobre el mar flotaban como sujetos por una mano celestial. Observé el final de la línea de la tierra, por donde se escapaba el último rayo de sol. El horizonte me pareció un descubrimiento nunca antes advertido. La humedad tenía su propia tonalidad, el aroma de la tarde invadía los pulmones, y los juegos secretos de la marea anunciaban el final de la jornada. Bañada por el Egeo parecía un cuento jamás escrito. Era Creta, la cándida isla de tierra blanca, que siempre me acompaña, desde aquel día, almacenada para la eternidad en mi memoria.

 

Hace muchos años

 

Imagen embocada en el paladar.

Orgullo de la tierra encerrado en la botella, y gotas como sangre de aceituna toledana, cayendo en aquella rebanada de la cocina de mi abuela. Y el aceite escondido entre la miga.

Un recuerdo nunca perdido; un sabor de infancia que siempre me acompaña.

 

La boda

 

 

Nos divertíamos en los jardines a la espera de la ceremonia.

Faltaban muy pocas horas para la boda. Familiares y amigos de los contrayentes disfrutábamos de una velada repleta de emociones.

Una discusión subida de tono estalló de forma inesperada en la casa y enfrío la fiesta en el jardín.

El novio cruzó delante de nosotros cegado por la ira y lanzando juramentos irreproducibles: su prometida se despedía, entre caricias, arrullos y besos apasionados, de la hermana del ofendido.

Supimos de inmediato que los esponsales quedaban anulados.

Por suerte había triunfado el amor, aunque no el que se esperaba.

 

Homicidio

 

Miro por la ventana el modo en que se pierde la esperanza.

Escucho la radio y tiemblo por los nuevos tiempos. Esa voz enlatada anuncia el final de una era.
Mis manos se llenan de pesetas y el corazón revierte de melancolía.

Lo hemos intentado. ¡Nada!

Luchamos sin las armas adecuadas. ¡Para nada!

Lanzo al aire las monedas y observo su caída desgarrada al vacío de la calle.

Desparraman su agonía al golpear, ya inertes, la dureza del asfalto.

Me giro y acaricio el nuevo billete de veinte euros.

Cierro la ventana.

Sonrío.

Quizás nunca más tenga que alentar otro crimen parecido.

 

 

Amor de madre

 

Prefiero a mi peluche que a mamá, siempre pendiente de que me lave los dientes, ordene la ropa o me tome la leche.

Mi muñeco de trapo nunca me reprocha lo que hago; ni se enfada, ni me grita, ni me castiga.

Pasamos juntos mucho tiempo. Nos conocemos desde siempre. Mi hermano pequeño también tiene un osito marrón que le persigue por toda la casa. A veces nos juntamos los cuatro y jugamos al escondite, y entonces mamá nos regaña por el escándalo que armamos.

Por la noche, sin embargo, necesito ese beso de mi madre para dormirme tranquilo, a pesar de los celos del muñeco.

 

Aracnofobia

 

Odiaba las arañas, pero hallarla allí debajo, en ese momento, no le causó mayor temor. Dejó caer la piedra derrotada, pero satisfecha por desechar la idea de descalabrar a ese aprovechado. Nunca creyó que a ella pudiese sucederle. Pensó en la conversación con el hombre que se alejaba por la senda, y comenzó a llorar. El amor de su vida le había confesado su infidelidad. Las lágrimas se desprendieron de su cuerpo, abandonándola también; cayeron sobre el arácnido y provocaron su huida, justo cuando se disponía a ascender por la bota de la víctima. Ni siquiera el bicho se quedaba a su lado. Estaba completamente sola…

 

Durante el recreo

 

Volví a caerme de bruces sobre el mismo charco. Todos se giraron y me miraron sorprendidos, justo antes de estallar en carcajadas. Me levanté y de una patada en el suelo les salpiqué. Esa acción desencadenó una batalla de agua y barro. Intenté detenerlos, ¿qué dirían sus madres? Los niños ya no me veían como una profesora, ni siquiera yo misma. Acabamos empapados y manchados de barro, pero lo pasamos genial. Las caras de los alumnos merecían la pena. El Director no lo entendió, pero ganamos las niñas, y el dolor de la pierna desapareció.

 

El purgatorio

 

Descanso en la soledad de la celda agobiado por el resentimiento. Nadie quiere mezclarse conmigo; todos me muestran su desprecio. ¡Merezco el mismo destino que mi familia perdida!

Desde aquel incidente simplemente respiro, pero en cada bocanada la rabia ahoga las ganas de seguir vivo. Lamento lo que hice, pero no puedo devolverles la existencia, aunque sigo siendo dueño del dolor que me proporciona la valentía para alejar la silla y terminar de una vez por todas. Lo hago, y noto el latigazo de la justicia en el cuello roto, por fin.

 

Despedida

 

Metí mis cosas en la maleta y la cerré. Al salir de la habitación la busqué, aunque supe que nunca la volvería a ver. Al pasar por delante de la cocina me fijé en esos pasteles que hacía mi madre; quedaba uno sobre la bandeja. Lo apreté contra el paladar y desapareció. En el quicio de la puerta eché un último vistazo a aquella casa que me había acogido durante una semana. Ahora tendría que volver a pedirle a mi madre que hiciese más dulces, de esos que tanto les gustaban a las chicas.

 

Explotación

 

- No estoy dispuesta a soportar más calamidades. Pagamos el alquiler; no pueden arrebatarnos la dignidad.
- ¡Si pueden! La casa es suya. Necesitamos este trabajo –replicó en voz baja, con temor de ser escuchado.
- ¿Y qué? –protesté casi a gritos- Vivimos como animales.¡Hace demasiado calor! -sentencié, secándome las gotas de sudor de la frente.
La puerta se abrió. Entró la pareja que compartía con nosotros el suelo de la diminuta habitación transportando su propio colchón. Se acomodaron en silencio, sin regalarnos una sola palabra.
¡En Senegal, por lo menos parecíamos personas!

 

En el talego

 

Esa es la última ocurrencia del que duerme encima de la litera. Hace una semana que ingresé en el talego y ya estoy hasta los huevos de aguantar a gilipollas. Mi compañero de celda es un chirlero de mierda, que se acojona con mirarle. Lleva una semana encerrado y no separa el culo de la pared, por si le colocan los de siempre.
Es una putada que me trincaran, pero dile a los colegitas que no fue culpa de ellos, sino una jodida casualidad, y un despiste del menda por no escuchar las sirenas de la bofia.
¡Tráeme tabaco…

 

¿Drácula?

 

No pienso dejar el castillo hasta que lo haga. Insiste en repetirme que tan solo es un actor, contratado para asustar a los turistas, aunque yo sé que ningún maquillaje puede otorgar tanto realismo. No me importa lo que digan los agentes, empeñados en repetirme frases que no entiendo en esa lengua romance. No puedo volver a España sin una foto con Drácula colgada de mi cuello; pero del verdadero, el del Castillo de Bran. Ya me imagino a mis amigas muertas de envidia cuando les cuente la aventura y les enseñe mis colmillos. Pero… ¿por qué me detienen?

 

El abuelo

 

¿Qué será?, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado.
“No lo sé”, repite mientras mira el suelo hipnotizado.
“Puede ser cualquier cosa”, reflexiona en voz alta sin moverse, como una estatua esculpida de sorpresa.
Un niño pasa corriendo y recoge su `tazo´ sin fijarse en aquel hombre, que queda sin nada que hacer, sin objetivos.
Otra niña le coge entonces su mano para acompañar al abuelo a su casa; se acerca la hora de la cena.

 

Un amigo diferente

 

< No sé que decirte, no conviene que salgas con este frío>. El niño creyó que le habían leído el pensamiento cuando su padre le ofreció el abrigo y la bufanda sin hacer mención a ese asunto. Se extrañó por la despreocupación de los mayores y quiso saber el motivo.
–¿Dejo a mi amigo en casa? Hace frío
–Que haga lo que él quiera, cariño. Decididlo vosotros –sentenció la madre mientras le regalaba un guiño cómplice a su marido.
Los tres salieron de casa, sin saber los adultos si el amigo imaginario de su hijo les acompañaba.
 

 

Fidelidad o libertad

 

No funcionó, y no fue culpa de ninguno de los dos. Ella pensaba que nuestra relación se basaba en la lealtad, y para mi eso de la fidelidad siempre ha supuesto una barrera infranqueable. Le prometí sinceridad a partir de ese momento, pero ella seguía queriendo tenerme en propiedad. Le entregué el anillo y quise ofrecerle un beso de despedida; su reacción fue desproporcionada al golpearme la entrepierna con saña desmedida. Desde el suelo la ví alejarse sin remedio. Por fortuna, me acompañaba mi última conquista, conocida por la noche, explorada y amada hasta el amanecer. ¡Me ayudó a levantarme!

 

El secreto

 

¿Recuerdas su nombre?
Es curioso cómo el tiempo adormece los sentimientos y empaña la memoria. Creímos que era un hombre y sin embargo acabó por casarse con Antonio.
El amor no tiene género ni obligaciones morales. Recuerdo… Fernando, el tímido, como le llamábamos, a pesar de guardar entre las piernas el motivo de sus silencios.
Se han marchado para siempre, a vivir en otro sitio, donde no les juzguen por querer ser felices, ni les señalen con el dedo por maricones.
¡Por Dios…, que todos tenemos secretos!

 

El Teatro

¡Te quiero, como nunca creí que te querría! –declama el artista para poner punto y final a la obra representada.

El telón desciende arropado de silencios. Nada en el patio de butacas; nada en el espacio reservado a los reconocimientos.

Se detiene el tiempo; el temor se apodera de la compañía.

Un instante estancado para siempre; un intervalo de incertidumbre; un desenlace no deseado.

Las miradas entre bambalinas acusan los peores presagios. Nadie se mueve. Las respiraciones se detienen, la turbación invade el ambiente de contrariedad y descalabro. Las manos se buscan

 

entre las tinieblas de la tensión y el pánico a perecer el mismo día del estreno.

Segundos interminables de agonía.

De repente… un aplauso, otro, y otro. Muchos. Decenas de ellos, en una sinfonía atronadora de alivio y alegría. La cortina se levanta y el espectáculo impresiona.

El patio de butacas reconoce, puesto en pie, el trabajo de los cómicos. Las manos, antes ateridas y sudorosas, se mezclan ahora en un armonioso juego de dedos anhelantes de encontrarse. Juntos arrastran los cuerpos hasta la cabecera de la escena. Respiran aliviados. Viven, por fin, el sueño deseado.

¡Qué línea tan escasa separa el triunfo del fracaso!

 

 

De mayor, trapecista

 

Se lanzará desde el trapecio, como tanta otras veces, sin red, con la emoción que genera el riesgo a la caída.

Los ojos del niño estallan de la emoción.

Los redobles de tambores inundan el ambiente de la carpa, salpicado por la tensión de la incertidumbre.

Un amago del protagonista y un suspiro general.; salta sujeto a la barra del columpio, que suelta para hacer otra pirueta y medio salto mortal, antes de agarrarse al segundo trapecio y reventar de aplausos el espacio reservado para el triunfo.

Y el pequeño, que de mayor también quiere ser trapecista, le susurra a su padre su secreto.

 

Delito en el corazón de La Mancha

 

La carne apretada, apelmazada de sabores penetrantes. El color atractivo, protegido por la luz agonizante del verano, colgado del árbol rebosado de apetencia. Un suspiro decidido antes de atreverme a quitarle ese brote ya maduro. La mordida del melocotón robado me supo a aventura, a riesgo y a mi tierra.

 

Lolita

 

Mis problemas de erección no se resolvieron pagando por el amor; le aboné sus honorarios y abandonó la habitación. Solo, abatido y absorbido por las dudas sobre mi masculinidad, caí tendido en la cama, rabioso por no ser capaz de dominar un miembro agonizante.

Pensé en aquella chica del instituto de la que siempre estuve enamorado sin que ella lo supiese. Añoré las sensaciones adolescentes, la sangre enfriada con su mirada, la tensión de su contacto, el olor a lolita. En un instante sentí la fuerza de la virilidad concentrada en unos pocos centímetros.

 

La  niña

 

No, así es el infierno, pues del mismo modo que se pierde la ilusión se marcha para siempre la esperanza.

Deja sobre la mesa los papeles de adopción, mientras abraza a su mujer, que sujeta entre los dedos la fotografía de esa niña tan pequeña e indefensa, con los ojos rasgados y el rostro ausente de sonrisa.

Arruga el retrato mientras deja escapar lágrimas de rabia por la noticia recibida. Su pareja la estrecha contra el pecho y le promete que todo se arreglará cuando vuelvan a buscarla. Hasta que eso ocurra la vida se ha convertido en un abismo de tinieblas para ella.

 

Juegos peligrosos

 

La madre perdía los nervios cuando el niño mayor molestaba con insistencia al pequeño, acurrucado en la esquina del sofá, expectante, y con los ojos vendados. El hermano le introducía el dedo en la boca y lo sacaba antes de que la cerrase. Las arcadas de la víctima ocupaban el ambiente. La risa del primogénito se oía en toda la casa, hasta que el pequeño hizo presa con sus mandíbulas apretadas, justo cuando un bofetón adulto impactaba en la mejilla del torturador. El verdugo perdió las ganas de jugar al toparse con su propia medicina.

 

Yo iba para campeón del mundo

 

Jugaba de pequeño con las amigas de mi hermana y nunca me aceptaron.

Le quitaba las muñecas y mis padres criticaban encolerizados una actitud que consideraban equivocada.

Soñaba con pinturas y esperaba acompañar a mi madre de compras; depilarme las piernas y maquillarme la cara.

Quería sentirme los pechos erectos y el cuerpo terso como la leche, despertando la inquietud de los ardores masculinos, género que nunca me aceptó como parte de su universo de machismo, fortaleza y ausencia de sensibilidad.

Crecí cabizbajo y avergonzado, escondiendo mis tendencias y alimentando de temores una adolescencia ambigua y tenebrosa.

Las madres, siempre dispuestas a perdonar y aceptar las “desviaciones” de los hijos acabó aceptando una verdad incuestionable, aunque fuese entre mares de lágrimas y atragantamientos de vergüenza social.

Mi padre rechazó mi mirada, escupió soeces irrepetibles con espuma por su boca, despreciaba lo que representaba y se sentía vejado por un hijo estudioso, cariñoso, educado, nada conflictivo, pero con el error genético de sentirse homosexual. Dejamos de vernos el día que harto de escucharle nos enfrentamos, con mi madre de testigo hasta que no puedo reprimirse y se puso de mi lado. Recogí mis cosas y escapé de aquella cárcel de intolerancia y humillación permanente.

Salía por la puerta, con mi madre llorando como siempre, y con el grito desgarrado de un padre enfurecido, fuera de sí y obtuso de ira:

- No vuelvas. ¡Ya no tengo hijo! Vas a ser el campeón del mundo de los maricones.

Me costó salir adelante, encontrar un trabajo, aceptar una sociedad injusta y cínica, desgarrada de tantas mentiras y engaños mantenidos en el tiempo.

Viví solo, casi escondido de mis sentimientos, sin amigos, y escondiendo a los pocos que encontraba mi homosexualidad para no perderlos.

Atravesé desiertos de personalidad y océanos de desengaño hasta aceptarme tal como era, y defender el derecho a una vida como las demás.

El mundo me pareció distinto cuando las personas empezaron a respetarme.

Hoy vivo en pareja, se llama Pedro, y somos los campeones del mundo de la felicidad. No presumimos de marcas, ni medimos los tiempos; somos seres humanos que han encontrado el camino de la placidez y la serenidad.

Cuando paseamos cogidos de la mano advertimos miradas furtivas de reproche, y gestos de desprecio, pero cada vez son menos los homófobos y más los que aceptan una realidad que significa convivencia y comprensión, los pilares del progreso de los pueblos.

Somos campeones del mundo porque estamos cambiando un planeta que necesita de nuevos retos y mejores horizontes para los hombres y las mujeres.

Campeones del mundo y ganadores de una guerra con demasiadas víctimas

 

El final de la vida

 - Tal vez sea mejor que se quede en casa –replicó, convencido de aconsejar lo mejor para todos.

- Siempre evitas enfrentarte a los problemas –acusó su mujer antes de imponer su criterio- ¡Se viene con nosotros!

- ¡Claro, ya empezamos! – murmulló, antes de calibrar las consecuencias de sus palabras- Si se tratase de mi madre seguro que la dejábamos aquí.

- Vuelves con lo mismo, me tienes harta. Estoy cansada de aguantarte.

- Tú si que repites la misma letanía una y otra vez    .

La levantaron del sofá y la acompañaron a la puerta. Ninguno de los dos advirtió el lagrimal inundado de la anciana.

 

El paso del tiempo

El último puñado de tierra ocultaba la crueldad de un crimen desgarrado. Huí del lugar aturdido, asustado de lo que acababa de hacer. Nadie me comprendería; nadie me perdonaría. Escapé de mis propios miedos sin volver la mirada. Avancé por la senda de la vida con la rémora de aquello que siempre perseguiría a mi conciencia. Tras años de búsqueda decidí regresar al lugar de mis desdichas. Con las mismas manos, cómplices de lo ocurrido, separé la tierra del jardín y recuperé la alianza de mi amada, que me pertenecía.

La miré... como había cambiado.

 

El perro

No aguanto ni un minuto más. Lo siento. Es imposible seguir. Parece mentira que no lo entiendas.

Sinceramente, estoy cansada, agotada de intentarlo.

- He decidido abandonarte –confesaba a su acompañante-, aunque me mires con esos ojos tiernos y lastimeros. Creí que podríamos lograrlo, pero ha sido imposible.

 

No bajes las orejas, ni arrugues el hocico, ni gimas para desarmarme. Te dejo, pero reconoce que te lo has ganado; no soporto esa manía de arañarme el parquet.

¿No haces nada? ¿No ladras?
¡Está bien!


No puedo hacerlo; monta en el coche y haz lo que quieras.

 

 

EL Crédito

Siempre hablabas de lo que haríamos juntos, de los momentos que todavía nos quedaban por vivir. Soñamos tantas cosas que parece mentira que me hagas esto.

Sigues ahí callado, con la mirada perdida, y ausente de ilusión.

- ¡Háblame, por favor! No merece la pena repetirlo, ¿para qué? Tú ya has decidido por los dos. Has tenido que hacerlo. Nos has encadenado a esas letras infinitas, a esa incertidumbre de subidas y bajadas, a esa terrible agonía de final de mes, sin pasado ni futuro, sin salidas. Con el crédito hipotecario has dado un portazo a la esperanza…

 

El deseo

- Seguro que no te arrepientes, cariño. Por fin estaremos juntos, sin tu madre.

La suegra había quedado aparcada en el pequeño apartamento, mientras el “niño” y su novia se corrían una juerga. La habían convencido para que se quedase; en realidad buscaban un nido apropiado donde culminar las vacaciones con un buen revolcón.

No esperaban, sin embargo, hacerlo en la habitación de un hotel de mala muerte, sin ventanas, con una atmósfera ausente de glamour y llena de suciedad.

- Lo siento, mi amor –le dijo mientras se desprendía de los pantalones- No podía permitirme otra cosa.

Ella le dejo plantado, en calzoncillos, sin saber donde esconder el tamaño de su deseo.

 

El desquite

- Vete, si tanto lo deseas. Volverás a por tus cosas, pero no encontrarás nada. Quemaré tu ropa, romperé tus enseres, haré desaparecer tu olor del ambiente, te olvidaré y buscaré un cuerpo que me acepte, una mente que me comprenda y un ser humano que me respete.

Le ofreció sólo desprecio, antes de recibir el dolor que ocasionan las palabras.

- Creí que eras sensible y descubro que no tienes alma. Creí que me querías cuando solo me follabas. Creí que dabas algo y me estabas quitando la vida. Creí en ti y tú no existías.

 

Desaparición de la escena

 El actor principal declamó el último verso de la obra, casi al mismo tiempo que el público se ponía en pie para aclamar a la compañía.

La primera actriz había desaparecido de la escena. El telón subía y bajaba esperando su regreso. Los comediantes saludaban agradecidos, aunque nerviosos por la ausencia producida. El público aplaudía a rabiar; imaginaba que la protagonista esperaba una ovación más cerrada.

Al poco, el teatro se vaciaba entre murmullos y rumores inventados sobre el paradero de la artista. La policía revisaba todos los rincones. ¡Nada! Acababa de producirse una intriga digna del mejor libreto.

 

Desde fuera

Otra vez con la misma historia. Besos, abrazos y carantoñas antes de la habitual discusión, los insultos y las amenazas. Ya no aguanto estas reuniones familiares para sacar a la luz las vergüenzas más escondidas. Las envidias son la salsa del encuentro, aderezado de un poco de rencor y salpimentado con los soeces comentarios de hermanos, primos, suegros y nueras; adornados todo con los llantos y la sorpresa de los niños más pequeños. Estoy harto de aguantarles, nunca más aceptaré prepararles el catering, por mucho que me paguen.

 

Desfile de carnaval

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando. Como presidente del jurado se creía con derecho a entrar en los camerinos. Le invité a salir y me regaló un guiño lleno de intenciones deshonestas. Sus ojos recorrieron mi cuerpo hasta sentirme casi violada. Avanzó un paso y adiviné en sus intenciones la lascivia de su mente. Entonces grité y le amenacé mientras escapaba por el pasillo hasta el escenario. Aproveché para acabar de disfrazarme. En el desfile aguantamos la mirada; le enseñe mis intenciones. Finalmente gané el concurso gracias al voto de aquel pervertido.

 

Capaz de todo

-Que ella decida si lo merezco –señaló el cuidador, dispuesto a sacrificarse por esa chica.

La pitón descansaba como ausente en el fondo del terrario, emboscada entre la maleza allí dispuesta, salvaguardada de las miradas curiosas y al cuidado de sus huevos.

La muchacha observaba al hombre protegida por los cristales, absorta de la valentía de aquél, capaz de todo por conquistarla. El reptil mostró los dientes de la mandíbula superior y resopló.

-Está bien. Me rindo. Te doy mi teléfono y quedamos.

El triunfador de la cita saco del bolsillo un ratón y lo lanzó a la serpiente.

 

Amigos en el parque

Mantenía su rictus impertérrito y su corazón de piedra sin moverse, con la mirada perdida y manchada de las cagadas insistentes de los pájaros del parque. Sigo viviendo en el mismo banco de siempre, rodeada de cartones de cajas vacías, y los otros, rellenados de vino de mesa barato de supermercado. Somos conocidos desde hace mucho tiempo. Los dos somos prisioneros de nuestras ilusiones: él para que algún día le trasladen a un paraje más transitado; y yo, esperando que llegue mi príncipe azul. Ambos soñamos cosas imposibles.

 

Bajito

Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. A pesar del empeño llegué tarde. Cerraron la puerta y ni siquiera llegaba al timbre. Golpee la madera, pero el ruido en el interior era demasiado bullicioso. Si esperaba, comenzarían las clases y tampoco nadie me oiría. Aunque me daban ganas de llorar me fije en mi pie descalzo y a lo lejos vi solitaria la playera que había perdido. Fui por ella, y gracias a ella, de puntillas, y el brazo muy estirado, llegué hasta el interruptor. Me abrieron, me calcé y deje de cojear; ya empezaban las clases.

 

11-M

Todavía huelo a nitrato cuando recuerdo la Apocalipsis de entonces. Sufro cuando revivo la desesperación de los hijos moribundos, la pérdida de esperanza de las madres, y la pestilencia de la dinamita quemada. Todavía hoy los vagones se tiñen del rojo de la injusticia y se me llena el corazón de la miasma de las víctimas. No puedo escapar de aquel horror, ni perdonar a los que lo provocaron. No quiero arrinconar la pena ni olvidarme de las caras de tantos inocentes. Prefiero luchar por ellos; y cuando dude, aspirar con fuerza el aire de libertad que superó a la tragedia.

 

Alzheimer

El hombre no comprende lo que pasa, ni el revuelo armado a su alrededor. Descansa sobre el césped, aún mojado del rocío. Suspira antes de confirmar que no entiende cómo ha acabado en ese lugar, con la caja rota de las pastillas a su lado.

Su mujer llora mientras le salva de la humedad del jardín.

Sus hijos le cubren con una manta térmica que le devuelva el calor del cuerpo.
El médico certifica la conveniencia de ingresarle.

Él se niega a aceptar que aquellas personas sean parte de su familia; ni siquiera sus nombres le resultas conocidos.

 

                  ¡Que se vaya!

Hasta siempre, y no vuelvas. Todos me miraron. ¿Y qué? Soy el único con el valor suficiente para decirle la verdad. Somos indigentes, no ladrones; pobres, pero honrados.
 

 

                                  El accidente

Ella sigue esperando la llegada de ese hijo pródigo. Nosotros la llamaremos más tarde, cuando volvamos y sepamos como se encuentra el primogénito. Sería terrible que el destino también le arrebatase este hijo; es lo único que la mantiene con vida... ¡Maldita carretera!

 

                             Cambio de opinión

 

Casi sin darle tiempo a reaccionar le cierran la puerta delante del hocico. Se arrulla junto a la puerta para sentir la brisa del exterior arrastrándose por la abertura inferior. Gime mientras olisquea el olor de sus dueños, que se alejan sin remedio del instinto del olfato. De repente, recupera la intensidad de la esencia de sus dueños y la cola inicia un frenético baile, vivo y entusiasmado. El ruido de la llave le hace levantarse y girar sobre sí mismo; de un salto agradece el gesto y gana la libertad perdida.

 

                               Demasiado tarde

¡
Ni una oportunidad más! ¡Vete de una vez!

Ni siquiera gira la cabeza. Recoge su mochila y cierra la puerta.

Suena el timbre. Abro dispuesto a escupirle a la cara la rabia que contengo. Me entrega el llavero, se marcha por la escalera.

Olvida la bolsa en el rellano. La recojo y la introduzco en la casa. Dudo, pero abro la cremallera. En su interior encuentro un ramo de rosas rojas y un mensaje: "¡Perdóname, te quiero!".

Salgo a la escalera y grito su nombre.

Demasiado tarde, ya no puede oírme.


 

La tumba del pintor


La noche cerraba sobre el perfil de Toledo. La luna se ocultaba tras oscuros nubarrones. Él, como un Merlín encantado, estaba allí, junto a la mezquita del Cristo de la Luz. Sus ojos brillaban como ascuas. Me extendió su mano fría y la apreté con fuerza.

- Busco la tumba de un pintor que vino hace muchos años de Grecia –me dijo.

Le señalé la cuesta. Él avanzó con pasos lentos y, antes de perderse en la oscuridad, pude apreciar el fulgor de su mirada...

Sabía que le conocía. Los rasgos de su rostro o la magia de su presencia me obligaron a seguirle. Apenas unos metros adelante se detuvo, giró la cabeza y volvió a fijarse en mi silueta, serpenteando con su mirada acerada de fuego cada centímetro de mi cuerpo. Adiviné en las comisuras de sus labios, como pinceladas de óleo inacabadas, la invitación a acompañarle.

Descubrí en él las líneas alargadas del maestro para reconocer el retrato de Jorge Manuel, su hijo, que buscaba la Iglesia de San Torcuato, donde le había enterrado.

¡Juntos recorrimos Toledo en busca de la nada!                                                                                         Pulsar y actualizar
 

 

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