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  En Puntos de vista | Jaime Colomina hoy 

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TOLEDO Y SUS FANTASMAS
(LEYENDAS)

Jaime COLOMINA TORNER (Ilustraciones: Eva Maqueda)


 

 

                                Alfonso en el Palacio de Galiana 

 

El abuelo y sus nietos continúan asomados a la balconada del Miradero.     Después de oír la historia de Galiana los niños guardan silencio.  

      -¿ Os ha gustado?, pregunta él.  

- Sí, sí, responden los pequeños.  

- Pues hay otra historia. También ocurrió en aquel bello paraje y su palacio.  

 Hace muchos años, un frío día de enero del año 1072, llegó a Toledo triste, roto, casi hundido, el ex rey de León Alfonso. Había sido derrotado en Golpejera por su hermano Sancho II, rey de Castilla. Este príncipe ambicioso pretendió unir en un solo reino las tierras que su padre, el gran Fernando I había repartido, al morir, entre sus cinco hijos : León para Alfonso, Galicia para García, Zamora para Urraca, Toro para Teresa y Castilla para Sancho.  

 Este guerreó contra los demás y los fue sometiendo, menos a Urraca, pues su ciudad de Zamora resistió y en el sitio que le puso perdió Sancho la vida, asesinado a traición por Bellido Dolfos en octubre de este mismo año.  

García y Alfonso fueron encarcelados, pero pronto libertados al interceder la poderosa abadía de Cluny, mas con la condición de que debían emigrar al destierro. Ambos se dirigieron con escasa servidumbre a las taifas musulmanas del sur: el primero a la de Sevilla y el segundo a la de Toledo, con cuyo monarca Al-Mamún se relacionaba Alfonso desde hacía tiempo.  

Al- Mamún acogió con benevolencia y hasta suntuosidad al príncipe cristiano. Por simpatía personal y también por interés político, pues intuía que en el futuro volvería a reinar.  

Y así ocurrió. Muerto su hermano, retornaba Alfonso con la anuencia de Al-Mamún, a su reino, acabando por reunir bajo su corona todas las tierras que su padre repartió entre los hermanos. Lo mismo que intentó sin lograrlo  Sancho II.  

Mientras Al- Mamún reinó en Toledo – convertida por su mecenazgo en emporio de las letras y las artes -  Alfonso no sólo respetó las fronteras del reino sino ayudó a dilatarlo hacia el sur. Pero el gran Al-Mamún murió en 1075, sucediéndole su nieto Al- Qadir, inepto e inmoral. Y los toledanos – musulmanes, judíos y mozárabes- que añoraban los felices años del anterior monarca, pidieron al rey castellano-leonés  que derrocara al tirano.  

Y así Alfonso VI se decidió a sitiar la ciudad, por todos considerada inexpugnable, conquistándola el 25 de mayo de 1085.  

 Mas para ello le sirvió el hecho que os cuento brevemente. Cierto día del tórrido verano, después de comer, Alfonso salió a pasear solo por aquellos jardines, y se echó para dormir detrás de un seto a la sombra de la alameda.  

 Poco después salían varios altos oficiales de la guardia mora, que, sin verle, se sentaron al otro lado del seto para conversar a la sombra. El castellano, que estaba adormilado, abrió de pronto los ojos y los oídos. Aquellos oficiales estaban hablando de las poderosas defensas de Toledo, cuya triple muralla septentrional se oteaba a lo lejos, comunicàndose el secreto para burlar esas defensas.

El cristiano aguzó el oído y captó el secreto.  

De pronto aquellos oficiales se dieron cuenta de que Alfonso estaba detrás y podía haberles oído. Se acercaron; el simuló un sueño profundo. Mas ellos no se fiaron y dijeron en alta voz que iban a verter plomo derretido en su diestra que tenía extendida sobre la hierba, taladrándola. El castellano siguió simulando. Trajeron el plomo en un recipiente de hierro; lo acercaron a la mano. Alfonso sintió horrorizado el calor del metal fundido; pero siguió disimulando sin mover ni un músculo. Entonces le dejaron, convencidos de que estaba profundamente dormido.  

Cuando quedó solo el príncipe sintió un escalofrío de terror en todo su cuerpo, y dio gracias a Dios por haber conservado esa sangre fría y dominio de sí. Se había merecido el título de “rey de la mano horadada”, que le daría la historia.  

 Diez años más tarde para conquistar la ciudad sin sufrir apenas bajas, siguió las consignas del famoso secreto.

 

El Palacio de la Mora enamorada

 

El abuelo con sus dos nietos llega paseando hasta el Miradero. Se asoman a su amplia balconada y aparece ante sus ojos toda la anchurosa vega del Tajo, que se pierde hacia el oriente en las brumas de la lejanía.  

           -¿Qué os parece?  

            -¡Qué grande, abuelo! ¡ Y desde qué lejos viene el río!

              -Sí, viene haciendo meandros por todas estas vegas desde la serranía de Albarracín, donde nace. Ahora viene encauzado; pero yo, siendo joven, he visto toda esta inmensa vega inundada por el río desbordado, antes de construir los pantanos que le regulan. Todos estos campos que veis ahí hace siglos eran un vergel regado por el Tajo. Se llamó “la Huerta del Rey”. Y ese palacio con jardines que contempláis, renovado por la familia Marañón, fue entonces un fastuoso palacio real, árabe primero y luego cristiano. ¿Queréis que os cuente cómo se hizo?  

-Sí, sí, abuelo.  

          -Se hizo por amor. Gobernaba la región toledana en la época de los árabes un walí que representaba  al emir de Córdoba. Pero se sublevó independizando Toledo de Córdoba, como harían otros después. (En realidad, de los 374 años de dominio musulmán, durante 165 Toledo fue más o menos independiente) Se llamaba Alfaharí ( otros lo llaman Galafre). Y buscaba apoyo en otros reyezuelos vecinos, como Abenzaide o Bradamante, de Guadalajara.  

Tenía una hija hermosísima. Su nombre Galiana. El padre la adoraba. Y para hacerla más feliz le erigió ese palacio en la vega del Tajo con bellos jardines. Su propósito era casarla con el   gobernador de Guadalajara, joven, inteligente y fuerte. Pero respetaba la libertad de la princesa que no sentía amor por él. 

 Para que se conocieran mejor y llegaran a enamorarse, el padre organizó una gran fiesta en

aquel hermoso paraje, invitando al príncipe de La Alcarria. 

Pero antes de la misma llegó desde Francia con una embajada del rey cristiano, que se llamaba Pipino el Breve, su hijo el príncipe Carlos. Este, con el tiempo sería el famoso Carlomagno, emperador.   El príncipe cristiano, en cuanto vio a Galiana, quedó hechizado por su extraordinaria belleza; pero también la princesa mora por la gallardía y donaire del francés. Muy pronto conoció el padre estos amores, lo que vino a complicar sus planes. El no quería romper con su correligionario de Guadalajara, que le apoyaba; pero tampoco desairar al poderoso reino cristiano de Francia, que tanto podría valerle. 

Entonces, de acuerdo con los usos caballerescos y el consejo de los ulemas, quiso dejar la suerte en manos de Dios. Ambos príncipes lucharían en un duelo a muerte por Galiana. Ellos, valientes los dos, aceptaron la propuesta.

Se dispuso el campo del honor rodeado por muchedumbre de toledanos. Presidía el espectáculo de amor y muerte en un palco el rey, con sus cortesanos y la princesa. Galafre invocaba a Allah; su hija al Dios cristiano, el de su amante.  

Los dos príncipes, revestidos con sus potentes armaduras, sobre briosos corceles, esperan la señal de añafiles y atabales para lanzarse a la lucha, la lanza en ristre. Cuando suena la señal, salen disparados los caballos, el choque de las lanzas contra las recias armaduras es brutal y estrepitoso; pero ambos mantienen el equilibrio, y en medio de la gran polvareda se revuelven y chocan nuevamente. Una de las lanzas salta hecha pedazos, y el otro contendiente espera con gentileza a ver a su adversario armado de nuevo. Sigue el combate cada vez más recio; la princesa  apenas puede verlos, pues la polvareda los oculta. Ella, pálida, siente latir con fuerza su corazón.  

Muy pronto, se eleva de la muchedumbre que rodea el campo un gran clamor:  “¡Muerto es el caballero!” Todos en el palco se ponen de pie mirando a la nube de polvo en el campo. Galiana, sentada, se cubre el rostro con las manos. “¿Quién será?”  

Mas cuando abre los ojos, ve acercarse, herido y maltrecho, pero ¡vivo! a su  amado Carlos, que ofrenda al rey su espada victoriosa tinta con la sangre del musulmán; y con voz entrecortada y viril pide su real anuencia para convertir en su esposa a su bella y arrebolada hija, que le mira sonriendo y llorando a la vez.  

Pasado un tiempo, Galiana, ya cristiana, bautizada por el obispo mozárabe de la ciudad, se pondría en camino junto a Carlos, con un gran cortejo y muchos presentes, hacia la lejana corte francesa. Allí se celebraría la boda con el príncipe, muy pronto rey y emperador.  

                   Y así, “como su esposa feliz,

                   allá en su tierra cristiana

                   esta bella toledana,

                   Mora de la morería,

                   Reina cristiana sería...

                   Reina no, Emperatriz.” 

 

La bella Salomé y el duque 

 

Salomé, la hija del rico judío, era un arquetipo de belleza.

 Sus grandes ojos negros de largas pestañas y llenos de luz; sus rojos y sonrientes labios; los negros rizos de su abundosa cabellera; su talle perfecto; sus andares y ademanes graciosos; su voz melodiosa y acariciadora..., y tantas otras gracias, que a los ojos del duque de Sandoval la con- vertían en la más hermosa mujer de Toledo.  

Y en realidad, era única, no había otra igual. Y el aristócrata toledano se enamoró locamente de la bella sefardí.  

Y comenzaron sus problemas: en su familia, en el círculo de la nobleza, en el pueblo de Toledo. Hasta sus oídos llegó el mote insultante y popular: “D. Diego de Sandoval, el Judío”.  

Corría el siglo XIV, casi en vísperas del primer “pogrom” toledano del año 1391, en que ardió la Judería. Que un miembro de la nobleza se enamore perdidamente de una hebrea, la cual, además, no le correspondía, era un insulto a la ciudad. El duque lo sabía, pero despreciaba la contradicción y habladurías, los enojos familiares, el desvío de los nobles, las burlas de la plebe.  

 Salomé era su ídolo, el que él adoraba. Creía haberla enamorado, pero últimamente la encontraba fría y despectiva. ¿Por qué?  

Conocía muy bien su casa y su reja cubierta de blancos jacintos en el corazón de la Judería, en la calleja, que hasta hoy, llevaría  el nombre de los Jacintos. Se acercaba al anochecer arrogante y a la vez suplicante. Y con el poeta, ante la ventana cerrada, desde la calle clamaba:  

“Muchos me critican, mas no los escucho – Ven, gacela, y los humillaré - ¡El destino los consuma, la muerte los apaciente! – Ven, gacela, comienza a recrearme – y sáciame con el néctar de tus labios”

(Ha-sirah  I, pg. 367)   Y también: 

“Graciosa gacela, con tu belleza me has cautivado, - con crueldad me has encarcelado en tu  prisión.- Desde que la separación se interpone entre nosotros – no he encontrado una figura comparable a tu hermo- sura.-  Me alimento de rojas manzanas cuyo aroma es como el de tu rostro y tu boca – Tienen la misma forma de tus pechos y el color – del rubí que asoma en tus mejillas” (pg. 440). 

 Pero ella, esquiva, o no le contestaba o lo hacía también con  el poeta:  

“Con falaz cortesía, boca halagadora y hablar tierno – engañarme quieres y aplacarme: –mi  corazón robar pretendes con lisonjas; - hermoso te finges y no lo eres. -  Sonriendo te acercas con corazón perverso – cual la arcilla a la plata recubriendo” (pg. 73) 

Esta noche de luna está el duque llamando con el pomo de su daga a la ventana entre la reja y los albos jacintos. Se filtra la luz del interior, se escucha la risa argentina de su amada. Pero no le abren. ¿Acaso se mofa y ríe de él también ella? Blande con rabia el puñal y golpea con fuerza.

Sólo el eco de sus golpes en la noche y el reír hiriente de la hebrea  más allá de los jacintos.

La luna apaga sus amarillentos rayos y el callejón y la Judería son ya tiniebla pura. De pronto un estrépito, un grito, y del pecho del duque que se desploma brota a borbotones la sangre. Arrastra al caer un manojo de jacintos, que cubren con su albura el bermejo manantial.

                                    ¿Quién lo hizo? ¿Cómo? ¿Por qué?        

                                     “Cuando el día amaneció

                                    todos preguntan quién

                                    al duque anoche mató.

                                   Unos dicen que fue él.

                                   Otros: No, que el diablo fue.

                                   Y otros, castigo de Dios”

                              

¿Un ectoplasma en la catedral?

 

Los hombres tenemos sombra. Me refiero a la física, no a la “buena o mala sombra”, que también.

Pero algunos edificios y ciudades, sobre todo las históricas, tienen fantasmas. Algo así como una sombra que vienen arrastrando por el sendero de la historia.

La sombra que hacemos los hombres y los árboles y cualquier cuerpo opaco es un eclipse parcial de la luz, con sus leyes propias y su explicación científica propia.

Los fantasmas de las viejas ciudades unos se explican, otros no. (Ni falta que hace, pues así la fantasía y el corazón se recrean, sueñan y re-crean toda esa farándula onírica).

Intentaré en estos recuadros cazar algún que otro fantasma toledano. Pero algunos son vivientes ; se dirían “muertos que gozan de buena salud”.


Hace algún tiempo corrió un rumor. Por la girola catedralicia, capilla de Gil de Albornoz, de
Santiago, el Transparente, se escuchaban algunas noches voces psicodélicas, y como si flotaran blancos ectoplasmas.

Fue un rumor. No pudo ser comprobado. Dicen algunos que aúllan los perros cuando olfatean una muerte próxima; como aúllan los lobos las noches de luna llena fijos sus ojos en su blanca desnudez. Dicen...

De cualquier modo, no me sorprendería que alguien pudiera captar fenómenos para- normales en nuestra vieja catedral. La prensa desveló hace años que en el palacio de Linares de Madrid se producían. Y hace más tiempo parece que también en ciertos edificios madrileños que habían sido checas durante la guerra civil: gritos misteriosos y apagados, vagas imágenes terroríficas.

Un joven argentino fue invitado por una familia amiga a pasar con ellos unos días en su finca de campo. El primer día, después de cenar, le asignaron una amplia habitación para que la ocupase. Se acostó, despertándose a las pocas horas sobresaltado. La puerta se había abierto, apareciendo en el dintel un hombre alto, enlutado, con los brazos abiertos. El lo creyó una broma de mal gusto y le increpó para que le dejara dormir. A la mañana siguiente, en el desayuno, relató el caso a sus anfitriones.

“¡Luego era cierto!” exclamaron éstos.
Cuando meses antes compraron la masía no tomaron en serio ciertos rumores sobre raros fenómenos que en ella ocurrían a veces. Efectivamente, en la habitación que ocupó el joven se había cometido un crimen muchos años antes.

Un psicólogo podría explicarlo así : es sabido que nuestro cerebro emite ondas, especialmente cuando está sobreexcitado por una emoción. Ondas que no podemos aún controlar técnicamente: ni su difusión espacial, ni su impacto y conservación en paredes y muros. Como sí controlamos las ondas emitidas por los radiotransmisores electrónicos de sonidos o imágenes: la radio, la televisión, etc. Y, como en la Naturaleza ninguna energía se aniquila, quizá esas ondas se conservan, como las electrónicas en la película preparada, y quizá algún cerebro hipersensible las pueda evocar, como hacen nuestros aparatos con las ondas hertzianas y las impresiones electrónicas.

¿Se explicarían así ciertos fantasmas de edificios y ciudades con mucha historia?

Tal vez. Pero puede haber otros fantasmas.


UN MÁRTIR ASETEADO 

El abuelo se recostó en un peñasco entre retamas y tomillos. Exhalaba de cuando en cuando el humo de su pipa color de ébano con incrustaciones plateadas.

A su izquierda el pecosillo y pelirrojo Juli, el nieto más pequeño, seis años y medio; a su derecha el más juicioso Toñi, de once años.

Los tres miran silenciosos la ciudad, allá abajo, detrás del río.

         - Abuelo, ¿qué es aquello? 

         -¿Qué va a ser? ... Toledo.

         -¡ Ya lo sé!, protesta Juli. Digo ¡aquello!. Y con el dedo apunta hacia algo.

El abuelo se agacha y, cerrando un ojo, mira con el otro en la dirección del dedito.

          - Ah, eso es la iglesita mozárabe de san Sebastián.

          - ¿Moza...qué?, preguntan al unísono los dos hermanitos.

          - Mozárabe... Pero no os explico qué es eso. Otro día lo haré.

          -¡Yo quiero que me lo expliques, abuelo!, grita Juli enfadado.

          -¡ Calla y no interrumpas al abuelito!, le amonesta Toñi.

El pequeño se aparta un poco refunfuñando, saca su tirachinas y comienza a tirarles a unos pájaros imaginarios en los matorrales.

       -Mirad, se acaba de celebrar la fiesta de san Sebastián. Este era un brillante oficial de la Legión romana. Hace mucho tiempo; cuando alboreaba el siglo IV. Pero era un cristiano oculto, pues se perseguía a  los cristianos, sobre todo, militares. Cuando fue denunciado, confesó abiertamente su fe; y al no renunciar a ella, le condenaron a morir asaeteado con flechas. Ocurría en Roma. Le ataron y dispararon varias flechas contra su cuerpo desnudo, dejándole por muerto. A la noche santa Irene y otros cristianos fueron a recoger su cadáver, pero vieron que ese cuerpo ensangrentado aún estaba vivo. Se lo llevaron y lo curaron hasta restablecerse de nuevo. Meses más tarde, ya curado, se presentó Sebastián a su jefe, el emperador Maximiano para proclamar su fe. Este, que le creía muerto, quedó estupefacto. Pero, estallando en cólera, le hizo flagelar hasta morir.

        - ¿Sólo porque era cristiano? preguntó Toñi.

        -Sí, ocurrió también por entonces aquí en Toledo con santa Leocadia. Y ha ocurrido después no hace mucho.                                                        

Fijaos ahora a la derecha en esa otra iglesita, también mozárabe, en aquel jardín. Es san Lucas (Julito se ha reincorporado ya atraído por la historia de san Sebastián)

Os  voy a contar una historia también antigua, aunque no tanto. Es del siglo XV o XVI. Los vecinos de aquel barrio que rodea la iglesia acostumbraban cada sábado al atardecer a reunirse para cantar la Salve a la Virgen titulada de la Esperanza, que ahí está. Una mujer enferma lo organizaba todo, y tocaba la esquila para convocar al vecindario. No tenía hijos, pero sí un sobrino huérfano, que había adoptado. Diego su nombre. Al morir la tía heredó todo. Mas, siendo joven y un tanto díscolo, no cumplió el encargo que le hizo de continuar esa práctica de convocar al vecindario. Y al poco tiempo la piadosa costumbre se desvaneció.

Pero no mucho después un vecino que pasaba por ahí al anochecer de un sábado vio iluminadas las ventanas del templo cerrado, y, acercándose al jardín, escuchó voces melodiosas cantando la Salve. Divulgó el hecho y al sábado siguiente fueron varios los que vieron y oyeron. Compren- dieron entonces que los ángeles venían a tributar a su Reina el honor que ellos no le daban. Buscaron a Diego y le afearon su conducta. 

El muchacho, que era bueno, se arrepintió sinceramente, y desde entonces hasta que murió años más tarde fomentó celosamente esa tradición mariana. Tanto que ni conocemos su apellido. El que le dio Toledo fue “de la Salve”

 

LA PROCESIÓN DE ESPECTROS 


 

Era 24 de abril de 1521. Cielo plomizo. En una plaza de Villalar, cerca de Tordesillas, se alza un rústico cadalso. Van a ejecutar a tres comuneros vencidos en la batalla de ayer.

Con el hacha, tinta aún de la sangre del primero, descabeza el verdugo a los otros dos.

Son el caballero toledano Juan de Padilla, el segoviano Juan Bravo y el salmantino Francisco Mal-     donado.                     

El juicio había sido sumarísimo y de dudosa legalidad. Padilla iba herido en una pierna y, ya vencido y desarmado, un caballero de Toro – Ulloa su nombre – le ensangrentó vilmente el rostro con su estoque. El temple del toledano asomó en las últimas palabras que dirigió a sus compañeros de suplicio: “Ayer fue día de pelear como caballeros, hoy lo es de morir como cristianos”  

Villalar era el último y trágico capítulo de una revuelta popular iniciada en Toledo pocos años antes, y extendida desde aquí por ambas Castillas y Andalucía. Con escasa ayuda de la nobleza, aunque sí de parte de la burguesía y del clero. ¿Causas? Unos justifican el levantamiento, otros no. No podemos entrar aquí en ello. Pero las Juntas comuneras funcionaron mal (intrigas, traiciones); y al final salvó el honor, perdiendo la vida, un pequeño grupo de caballeros.

Uno de los arrivistas comuneros fue el ambicioso y violento obispo de Zamora Antonio de Acuña. Se presentó en Toledo con hombres y armas y comandó algunas escaramuzas contra los realistas.

Y el Viernes Santo de 1521, en mitad del imponente Oficio de Tinieblas de la antigua liturgia, un tropel de gentes lo introdujo en la catedral, interrumpiéndolo todo, y sentándole en la Sede como nuevo arzobispo de Toledo. Fue un sacrilegio.

 Es verdad que Toledo estaba ya sin arzobispo. Había muerto en Alemania, desnucán -dose al caer de su caballo mientras se divertía cazando, el veinteañero cardenal de Croy. Su nom bramiento para Toledo había sido una ofensa a esta ciudad del joven e inexperto príncipe Carlos, presionado en Flandes por su consejero señor de Chièvres, tío del imberbe cardenal. Cosas que ocurrían en la paganizada corte pontificia de Leon X. Por supuesto el flamenco arzobispo, en  tres años de “gobierno”no llegó a pisar Toledo.  

 Esta y otras tropelías regias, como los abusivos impuestos, el grave daño a la pujante industria textil castellana, la entrega de cargos a extranjeros, etc. motivaron en parte la rebelión.

El obispo Acuña fue encarcelado en Simancas después de Villalar. Cinco años más tarde sería ahorcado.  

Poco después de su muerte circuló entre los toledanos una noticia. Acuña y los suyos se  aparecían algunas noches por las naves catedralicias. Un viajero imprudente quiso comprobarlo. Se ocultó una tarde en un confesionario de la capilla de san Ildefonso enfrente del Transparente. A su hora todas las puertas se cerraron y la catedral quedó oscura y silente. El quedó adormecido.  

Pero antes del amanecer, una mano invisible le tocó despertándole. Entonces vio luces parpadeantes que avanzaban hacia la girola y oyó el ruido de cadenas arrastrándose y el tono lúgu-bre de una salmodia.  

Al poco rato quedó horrorizado. Se acercaba lentamente una procesión de espectros. Delante un esqueleto con mitra y revestido, el báculo en la diestra, la espada al cinto y una soga al cuello. Le seguía una multitud fantasmagórica, con vestiduras ensangrentadas, algunos decapitados, llevando candelas o antorchas encendidas y arrastrando cepos. Pasaron ante sus ojos entonando tristemente los salmos del Oficio de Tinieblas profanado. Como una penitencia de ultratumba.  

No mucho después encendió la aurora las altas vidrieras, se abrieron las puertas y comenzó la misa de alba. El viajero salió de su escondite pálido y enfebrecido, se acercó a comulgar. Luego buscó a un sacerdote para relatarle la terrorífica visión. Y seguidamente su corazón dejó de latir.

 

UN ROSTRO DE MUJER EN LA PENUMBRA

 

El abuelo, calado con su boina y la negra cachimba entre los dientes, entra con su nieto Toñi en la calle de san Ildefonso. A su izquierda el portal número 8.  

            - Mira, abuelo, ese árbol que asoma por encima del tapial.             

            - Sí, es un laurel. Plantado, según parece, por los hermanos Bécquer,  Valeriano y Gustavo, que aquí vivieron algún tiempo, como recuerda esta lápida. Fue en 1869...¿Sabes quiénes eran?  

            - Algo nos ha contado el profesor de literatura.

            - Eran sevillanos. Valeriano fue un artista, maestro del dibujo. Gustavo también, pero, sobre todo, fue un gran poeta en prosa y en verso... Vamos caminando y, mientras te lo cuento, pasaremos por la escena de uno de sus bellos relatos.  

En su primer viaje a Toledo quiso tomar apuntes del imponente claustro ajardinado, gótico isabelino, de san Juan de los Reyes. A la dorada luz del crepúsculo, sentado en una piedra, iba     trasladando al blanco papel, con el carboncillo, arcos lobulados, cenefas, molduras, grutescos... del solitario y afiligranado claustro.

Una tarde, camino de san Juan, pasando por una calle silenciosa de portales blasonados y humildes viviendas mudéjares, se corrió un poco el visillo de una ventana, y le pareció ver unos bellos ojos azules y un mechón de oro en la frente. Fue algo fugaz, pues al instante se ocultó la imagen tras los visillos. Sin embargo, ese rostro fugitivo quedó en su imaginación.

Volvióse a Madrid, y meses más tarde tornó a Toledo. Lo que entonces vino a sucederle fue ya aquí, pues acabamos de llegar a la plaza de Santo Domingo el Real, una de las más románticas de la ciudad. Ahí tienes dos placas que recuerdan a Bécquer : una de 1915 y otra más moderna, 1954. Allá al fondo otra dedicatoria al gran historiador Ortega y Munilla.  

Nada de esto vio Gustavo cuando estuvo aquí, donde estamos nosotros, contemplando extasiado la plaza: sus altos muros conventuales, la alegre espadaña con sus tañidos de plata, el tono verdinegro de los místicos cipreses y ese bellísimo porche de cuatro columnas graníticas sobre altos basamentos, coronadas por altos capiteles dóricos, sosteniendo un airoso tejado. Al fondo la hermosa portada renacentista del templo con sus columnas de piedra y hornacinas hoy vacías, enmarcando una noble puerta, bajo cornisa o cenefa, coronándolo todo en la clave del arco el escudo castellanoleonés.  

De pronto el joven Bécquer vio una blanca mano asomando por una alta ventana que hacía un gesto ¿de saludo? ¿a quién? A él, sin duda, pues sólo él estaba en la plaza. Un instante solamente, pero esa fugaz visión impactó también su fantasía.

Volvió otras veces. El último día esa puerta de la iglesia estaba abierta y vio entrar gente al interior iluminado. También él se introdujo. Alguien le dijo que se estaba celebrando la toma de hábito de una novicia. La iglesia no estaba muy llena y él pudo acercarse un poco al presbiterio.  

Allí los sacerdotes revestidos y la comunidad de monjitas rodeaban a la novicia, ahí de pie y de espaldas al público. La cubría blanca y exótica vestidura nupcial. La cabeza ceñida con blancas rosas, cubierta con un velo transparente que dejaba ver el oro de su cabellera sobre los hombros, arracadas, collares, pulseras...  

La ceremonia estaba ya avanzada. Era el momento en que la abadesa  se acercaba a la novicia arrodillada, despojándola de las rosas, del velo, de las joyas, del vestido de novia y revistiéndola con el tosco hábito monacal. Pero antes, con secos tijeretazos, hizo rodar al suelo la exuberante y rubia cabellera de la joven.   

El corazón del joven poeta se estremeció, cuando la novicia, postrada en el suelo, hubo de oír los fúnebres versos del “de profundis”, que proclamaban su muerte para el mundo, y recibir sobre su cuerpo la blanca nevada de las flores que arrojaban sus hermanas.  

Al salir escuchó Bécquer a una mujer : “Dios le conceda en el claustro la felicidad que el mundo le negó”  

        -¿La conocía Vd.?        

        - Sí, era huérfana y sola. Niña pobre y buena; y un alma buena le ha pagado la dote.  

Gustavo recordó entonces el fugaz rostro de la joven rubia en la ventana, la blanca mano que le saludaba ¿o llamaba?... ¿Tendría también los ojos azules esta rubia novicia?  

 Bécquer se volvió a Madrid con el corazón empapado de melancolía, e inmortalizó en su cuaderno, bajo el título “Tres fechas”, este su fantasmal paso por Toledo, ese rostro de mujer en la penumbra, a esta “mujer que pudo ser y no fue”.

 

EL VELO Y LA DAGA

 

 La visigótica basílica de santa Leocadia se doraba a la luz del ocaso, mientras oreaba sus jardines la brisa del cercano río, que  a su vera se desliza salmodiando.  

 Estaba, efectivamente, en la zona donde se sitúa hoy la basílica del Cristo de la Vega. Aparte de otras referencias históricas, se sabe que en 1972 apareció allí un fragmento de mármol con una inscripción en letras visigóticas: una fecha clara DCXLVII (año 648 de la Era hispánica, o sea, el 610 de la Era cristiana) y parte de la palabra “requiescat”  

 El concilio XVII de Toledo (a. 694) comienza: “Habiéndose reunido (los prelados) en la iglesia de la gloriosa virgen y testigo de Cristo santa Leocadia, situada en el suburbio de Toledo, donde descansa su cuerpo”.  

Aquella tarde del milagro, alrededor del 9 de diciembre, había bajado desde la ciudad hasta la iglesia y el sepulcro un solemne cortejo procesional. A la cabeza, el arzobispo san Ildefonso y el rey Recesvinto, precedidos por la Cruz y el estandarte regio. Detrás, el clero revestido, los monjes, la nobleza cortesana y el pueblo de Toledo.  

 Tuvo que ser en los primeros años del pontificado de Ildefonso, que empezó en diciembre del 658.  

Pocos años antes, el 656, el concilio X de Toledo, a instancias, sin duda, de Ildefonso, entonces todavía abad del monasterio Agaliense, cercano a la ciudad, promovió y unificó la fiesta litúrgica de Santa María – “santa María de la O” – en toda la península. También por entonces su famoso libro sobre la perfecta virginidad de María y sus grandezas era conocido en toda España.  

Y el Cielo quiso premiarle visiblemente.  

Entrados todos en la gran basílica, que había cobijado a varios concilios nacionales, se acerca el arzobispo al altar, junto al sepulcro de la santa doncella. De pronto la pesada losa comienza a levantarse ante el  general estupor. Ildefonso y el rey van a postrarse ante el sepulcro, y todos pueden ver la blanca figura de santa Leocadia, vestida de celestes tules, que a todos mira y sonríe.

Luego dice al arzobispo: “Gracias a Dios. Mi Señora vive gracias a la vida de Ildefonso”.  

Este ase con la izquierda un borde del celestial vestido y el rey le pone en la diestra su áurea daga. Pero al intentar cortarlo se apaga entre sus manos. Y todo volvió a ser igual.  

El poeta toledano José de Valdivielso lo narraba así hacia el año 1600.  

“Apenas la capilla con acento – acorde, empezó de Leocadia hermosa – la misa santa, que compuso atento – Ildefonso a la virgen venturosa...- levantóse la piedra con espanto...Estremecidos miran de repente – del sepulcro salir...- la toledana niña en cuerpo y alma – que le dice: Por ti vive mi Señora – la alma virgen que al gran Rey recrea, - por ti su honra, oh Ildefonso, vive- y  en la Tierra y el Cielo la recibe”   Mística escena que recoge, entre otros, el pintor Orrente  en un lienzo de la sacristía catedralicia.  

Era el preludio de la mayor gracia que había de recibir el 18 de diciembre del 665, ya en la antigua basílica de santa María, dentro de la actual catedral.  

Ahora es la Virgen misma la que desciende en la noche y le impone una celestial casulla mientras dice...(pero que sea el gran Calderón de la Barca, cuyo centenario se celebra este año, quien lo diga en poéticas estrofas)  

  “Ildefonso, de esta suerte- agradecida me juzgo- a tu devoción y celo. – Con real aparato y triunfo- vengo a premiar de mi mano- de mi pureza el estudio; - este vestido en quien es – todo el sol un astro oscuro- recibe, porque en mi fiesta- salgas galán, que procuro, - como dama celebrada, - que te vistas a mi gusto”  

Ecos de la fiesta de san Ildefonso, que se celebra el  23 de enero. Cual bellos fantasmas de la inagotable Toledo.

 

PUENTE HUNDIDO Y AHORA A FLOTE

 

 - ¿No estás cansado?, preguntó el abuelo al inquieto Juli, que correteaba por el carril peatonal del moderno puente de la Cava, mientras por la calzada del mismo, a metro y medio, pasaban velozmente los vehículos. Había llegado hasta allí con sus dos nietos en un largo y fatigoso paseo.

                - Cuéntanos algo, abuelo.            

                - Si te estás quieto, os contaré desde aquí una bonita historia. Pero antes mirad qué grandiosa vista: allí los lienzos de la muralla suroeste, abajo los restos del llamado “baño de la Cava”...  

               -Por qué, abuelito?  

              - Ya os explicaré otro día por qué se llama así...Más arriba esos edificios renovados, que antes fueron un gran convento y mucho antes fastuoso palacio real. Hacia la derecha la esbelta silueta de San Juan de los Reyes, más abajo torres almenadas, fortificación de ese puente mara- villoso; detrás del mismo aquel despeñadero, que llaman “roca Tarpeya”( un día os diré por qué), y el tajo hondo de márgenes escarpados, que encauza  al caudaloso río. Por encima a la izquierda esos edificios que asoman : el museo de Victorio Macho, la Escuela de Artes y Oficios y al fondo el airoso conjunto de las Cortes de Castilla- La Mancha, antiguo convento de Gilitos o de San Gil.; a la derecha, santa María de la Cabeza, allá al fondo el Parador, y difuminado en la lejanía el macizo de la Peña del Moro...¿Os dais cuenta?  

                 -   Sí, sí.  

                 -  Pero yo quiero contaros una historia sobre ese puente.

                    

 En la segunda mitad del siglo XIV gobernaba Castilla desde Toledo el rey Don Pedro, llamado por unos “el Justiciero” y por otros “el Cruel”. Tenía hermanastros, uno llamado Enrique. Siempre estaban de pelea. De las locuras y caprichos de Don Pedro estaban hartos sus súbditos y también su esposa, doña Blanca, humillada y casi encarcelada. Una de sus maldades fue atraer con engaños desde Francia a dos hermanos – para ajusticiarlos- del obispo Don Pedro Tenorio, que entrará en nuestra historia.  

  Un día estalló la guerra abierta entre los dos hermanastros. Intervinieron otros reinos de España y del extranjero. En el castillo de Montiel ambos hermanos combatieron cuerpo a cuerpo. En un momento Enrique quedó debajo y Pedro iba a apuñalarlo; pero un caballero francés, de la escolta del primero, intervino violentamente e hizo que fuera Enrique quien matara a su hermano. Y al parecer dijo: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.  

 Así terminó aquel cruel y caprichoso monarca. Pero la guerra civil había desolado parte de Castilla con destrucciones y muerte. Una de las víctimas aquí en Toledo fue ese puente, el primitivo, menos suntuoso, que los combates casi destruyeron.  

 Poco después de la muerte del rey vino a Toledo como arzobispo Don Pedro Tenorio, respetado por el nuevo rey Enrique II. Este fundó la Capilla de Reyes Nuevos de la catedral en 1374. El arzobispo, entre otras virtudes, tuvo la de ser un gran constructor. “Pontífice y pontonero”. Hizo construir el llamado “puente del arzobispo”, junto al cual surgiría esa villa jareña. También el claustro bajo de la catedral y otras edificaciones, y con ellas, reconstruyó y mejoró ese puente que veis.  

 Encomendó la obra a maese Juan, afamado alarife. Llevó mucho tiempo, y poco antes de inaugurarlo vio  la esposa a su marido triste y nervioso. Consiguió arrancarle el motivo : que había hecho mal los cálculos y sin las cimbras que lo sostienen el arco restaurado se vendrá abajo, y con ello se hundirá su honra. Pero ella le animó a confiar en Dios.  

 Aquella noche otoñal era tormentosa. Los relámpagos encendían de cuando en cuando la oscura y fantasmal ciudad. La mujer se levantó sigilosa. Ocultó entre sus ropas yesca y un recipiente con pez y sebo, salió de su casa en el callejón del Alarife y, cruzando la colación de Santo Tomé, descendió por la Judería mayor hasta asomarse por aquellas alturas sobre el puente.  

 Descendió con coraje y fatiga, iluminada por los relámpagos. Ya junto al puente, trepó por el maderamen para untarle de pez y sebo cuanto más pudo. Hizo fuego con la yesca  y prendió las maderas. 

 Observó cómo las ventoleras avivaban la llama, y comenzó a subir la cuesta, viendo desde arriba las cimbras ardiendo. Rápidamente se encaminó por las oscuras callejas de la Judería hasta su casa en la colación de Santo Tomé. Mas antes de llegar pudo oír el toque a rebato de las campanas de templos cercanos a San Martín. El vecindario acudió, pero ya era tarde.  

       A la mañana siguiente  todos dirían que un rayo incendió las cimbras, hundiendo el puente.  

     -Gracias a Dios – dijo el esposo – que con esta providencia salvó mi honra.  

     -Sí – respondió ella sonriendo – gracias a Dios y ( por lo bajín) a tu mujer.

 

 ¿Un Frankenstein toledano del siglo XIV?

 

 Es conocida la historia de Frankenstein, tantas veces llevada a la pantalla desde 1931.     Quizá nadie como el británico Boris Karloff ha interpretado ese mito en el celuloide.                

Fue la novela de terror de Mary Shelley la que difundió el tema en Europa a principios del siglo XIX. Tema que interesó también al gran poeta Lord Byron, y se relaciona con el mito de “Fausto” del alemán Goethe.  

Argumento:  Un tal doctor Frankenstein, utilizando y componiendo diversos miembros de muertos, reconstruye un homínido monstruoso, vivo pero sin espíritu. El monstruo no tiene nombre y le dan el de su creador. El busca amistad y amor, pero todos le huyen y marginan. (¡El drama de los solitarios y marginados!). Entonces reacciona violentamente contra su creador: mata a su esposa, al hijo e intenta huir de la Humanidad.(¡Como tantos marginados sociales!). Al final, se  encuentra con el doctor  y le asesina.  

El cine actual ha prolongado este tema, devaluado, con los “muertos vivientes” o “zombis”  

Es un mito que viene de la Edad Media (la leyenda judía de “Golem”) y se relaciona con el Prometeo (el hombre rebelado contra los dioses) y con los mitos bíblicos del desafío del hombre contra su Creador (Torre de Babel, desobediencia en el Paraíso terrenal). Pero también puede verse en él la rebelión de la Naturaleza contra la técnica que intenta dominarla, rebeldía que causa tantas tragedias en nuestro mundo supertecnificado.   

Soterradas bajo los jardines del actual paseo del Tránsito quedan quizá restos del antiguo palacio del judío Samuel ha- Leví, Tesorero del rey D. Pedro I y constructor de la hermosa sinagoga del Tránsito. Al morir el judío y poco después el rey esa gran mansión pasaría a ser propiedad de D. Enrique de Aragón, señor de Villena. Ya en el siglo XV el rey Enrique IV lo entregaría a su favorito y servidor D. Pedro Pacheco, duque de Escalona y marqués de Villena. Parece que junto al mismo o en parte del mismo estuvo la verdadera casa que habitó el Greco. Ya en época de Carlos V, otro duque de Escalona  y conde de Benavente, según le llama el duque de Rivas en su “Un castellano leal”, lo mandaría quemar con todos sus tesoros por un lance de honor.  

Cuando la habitaba en el siglo XIV el primer señor de Villena adquirió fama de brujo y hechicero. Se decía que en los lóbregos subterráneos, bajo las bóvedas que se han conservado hasta el siglo XIX, se entregaba a la magia, hacía hechizos y creaba monstruos que se desvanecían. Al- gunas de esas fantasmagóricas criaturas se hacían ver por las callejuelas y adarves de la Judería mayor en las tinieblas nocturnas.  

Si alguna verdad había en ello, sería sólo que D. Enrique era un hombre de talante investigador de los secretos naturales a través de la alquimia (primer balbuceo de la ciencia química) como tantos – incluso miembros del clero – en su tiempo. Poco antes fue famoso el catalán Arnaldo de Vilanova(+ 1319). Buscaban, entre otras cosas, producir “la piedra filosofal”, que convertiría en oro cuanto tocase, y la “panacea” para curar las enfermedades.  

Pero había también otra explicación de esos pregonados fantasmas, duendes o quimeras.  

He dicho que el palacio fue primero la suntuosa mansión de Samuel ha- Leví, tesorero favorito de Pedro I (1350-1369). Este rey, necesitando grandes sumas para su guerra fratricida y sus liviandades, se adueñó del palacio buscando los tesoros de Leví.  

Pero encontró ¡sólo! 160.000 doblas de oro, cuatro mil marcos de plata, y cuantiosos bienes suntuarios. Todo eso le pareció a él poco, y, mandando apresar al judío, lo condujo a Sevilla, donde él estaba entonces, encerrándolo en las atarazanas para arrancarle el secreto de dónde guardaba su  fortuna. Para lograrlo hizo que lo torturaran una y otra vez. Mas él resistió y no obtuvo noticia alguna. Finalmente, víctima de los tormentos, Samuel ha-Leví  moría en el potro.  

Este crimen le granjeó a Pedro el Cruel el odio de la judería toledana, que tanto le había ayudado antes en sus guerras y negocios.  

Según esta versión, sería el espíritu o espectro de Samuel que habría vuelto a Toledo y que como alma en pena o ángel de la muerte se haría presente en los rincones de la Judería, tenebrosos o apenas iluminados por los amarillentos rayos lunares: los Jacintos, Verde, Travesía de la Judería, Cava Alta y Baja, el Arquillo...          

Embrujos y misterios de la Ciudad misteriosa.