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  En Puntos de vista | Gonzalo Almenara hoy 

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UN GATO EN EL TEJADO


 

Hojas manuscritas encontradas en agosto de 1988 en una buhardilla de la Plaza Mayor de Madrid, de un inquilino de unos sesenta y cinco años, que desapareció sin más, tres meses antes, dejando todas sus cosas allí.

                                                                                                        Gonzalo Almenara.


    

 

 

 

                          

VIEJO MANUAL DE UN TUAREG 

 

Los desiertos tienen mares de estrellas,  y dunas que son como nubes,  que pasan despacito. Al desierto no se llega, se acaba en él, se naufraga, y nos diluye siempre en la lejanía, como ocurre con los recuerdos,  que se hacen líquidos, y el tiempo  termina siendo,  la última imagen. En el desierto el vacío entra  como el aire, y se queda, suspendido,  en un globo,  hasta difuminarte.  En el desierto no se puede desear o esperar, salvo que se quiera enloquecer, como los que intentan dejar su huella en la arena del desierto.  En el desierto los sentimientos son puros e indiferentes, de supervivencia, ideal para personas con el alma cargada; si no se abandonan y desaparecen.  En el desierto no se puede sentir  miedo, sólo pánico, porque sólo existimos nosotros en el desierto. En el desierto, según pasamos,  terminamos sintiendo todo, al agrandarse los sentidos y  transformarnos  en paisaje lunar.   En el desierto no puedes hacer caso a los espejismos, porque una decepción, al límite del horizonte,  suele ser mortal. En el desierto tu voz tiende al  rezo o al  disparo,  según hablas, como en  la soledad sórdida del preso en su celda.  Lo que tienes es todo  y nada en el desierto, que siempre empieza y acaba contigo,  en el mismo punto donde estás tú, que te evaporas al  menor despiste.   Para no perderse en el desierto -  en el desierto no hay caminos, sólo astros-,   es imprescindible  mantenerse  siempre a la distancia adecuada  de uno  y de lo otro- cada  cual tiene la suya - en medio de la tormenta.   Si te equivocas, la medusa del  corazón se encoge en un puño. En el desierto, se quiere o se odia,  siempre en   perspectiva. La estabilidad en el desierto se logra planeando, como un ave, entre dos capas de aire, con el vértigo del equilibrista cosquilleando el alma: si se sube demasiado,  o se baja lo suficiente, te desbaratas.    Es absurdo echar la vista atrás en el desierto, porque ya es arena a cada paso, y según vas,  lo que va viniendo,   te contiene la respiración. Y te mueves como un astronauta, sin rastro alguno.  Cuando no se tienen alternativas juega el destino, y en el desierto no hay dudas. Los pálpitos pasan a ser  mensajes.  El desierto es la paz del espíritu, si se acepta, en un ir y venir monótono de lunas y soles.  No se puede sentir pena de uno mismo en el desierto, porque la pena se hace contigo.  http://www.elpais.com/articulo/ultima/marcha/elpepiult/20110225elpepiult_2/Tes

Lo sabía, pero lo malo era cuando se desprendía de los huesos, una vez más, y   no podía evitar desvanecerse según doblaba  una  esquina, o pasaba de calle. Y el sentido de todo se perdía, él  aterido,   traspasado de  relente, hacia la transparencia,  desesperado por  volver, como cuando se muere el amor y todo se apaga de vida, y sólo soportas  darle de comer miguitas   a los pájaros,  atizar

 las brasas de un  fuego, o ver en carrusel campos y ciudades asomado a la ventana de un tren.  Cuando se encontraba así  le urgía escudriñar  la línea entre el mar y el cielo, atento al tono por el que regresas, como quien busca una nota, y si no,   hallar   un espacio abierto donde la vista vague  lo más lejos posible, como  sedante.  Complicada es la vida de los que cambian de estado, sin ancla.  

Para llegar al desierto hay que partirse el corazón a trocitos, como cuando se corta una lombriz para pescar y se queda cada uno de ellos  ciego  y culebreando.    No es necesario que sea a la vez, vale  con que se vayan muriendo,   con el falso vacío  de   la  amputación,  como cuando nos sentimos culpables de cosas que apenas recordamos.  Para que ocurra esto,  es necesario verse tal cual, sin simulaciones interesadas o imágenes trucadas.  

Cuando el desierto arde en llamas, sólo  queda rezar y cambiar de rumbo. El desierto suele ser un buen  sitio para encontrar a Dios, sin alternativas.  El desierto es  refugio,  condena y  liberación si se llega a saber  que hay  desiertos al borde de precipicios.  Al fin y al cabo,  los desiertos no dejan de estar  colgados del cielo. Del desierto sólo se puede caer al infierno más próximo. Y saber esto te hace ser un tuareg.   

Y es que la impotencia que da el desierto le dimensionaba a  apenas un punto, difuso, que sólo podía pedir socorro, sin alas.  Los demás, felices rascacielos de humo,  seguros en su sueño, él a la intemperie, con el esqueleto  al desnudo, recorriendo la fría noche todas las estancias.  Como ya no se miraba, sabía, eso sí, que al menos era el mismo, parpadeando, bien poco en el mejor de los casos. Pero también había aprendido a aceptar lo que es, en la humildad que da lo inevitable.  Pero hoy no había sido un buen día.

En el desierto nunca se llega a saber, sólo se intuye en el mejor de los casos con absoluta certeza, y el desierto se hace túnel, que vamos como vinimos, sólo con  la fe del enamorado, y la desolación propia del desamor, cuando cada bocanada de aire duele. Peregrinaje hacia la luz, de partos sucesivos.

La sensibilidad suele producir  grandes sufrimientos, y en el desierto el espíritu se afina tanto, que se quiebra cada dos por tres.  De la ansiedad a la desolación.  Si vuelves, no te hallas, marinero de islas en un sucio bar de Puerto. Y es que los hombres del desierto, en realidad,  recorren archipiélagos en la niebla. Por eso, a veces, apenas se les ve.  

Todo viajero en el desierto sabe que hay que mantenerse alerta por las arenas movedizas; te subsumen y  nunca sales del desierto. Y que el desierto se queda sin  oxígeno  durante las tormentas 

 de arena,   y  debes  contener el aliento, para no aspirar desierto. Y por supuesto,  que hay que extremar las precauciones  por sus espíritus, que a la más mínima,  te dejan  varado  y,  a la deriva. 

No se puede tomar el sol en el desierto, ni tampoco no sentirse pequeño. Otra cosa sería ridícula.  El hombre del desierto se aferra siempre a una idea cada vez para no volatilizarse. Y como cuando se sufre mucho el sufrimiento, al final,  gusta o repele de forma radical, el tuareg pasa a ser un  prófugo y el desierto un laberinto de fronteras invisibles.  

En el desierto se puede ser feliz y desgraciado a un tiempo, y todo el tiempo, por lo que  nunca se puede construir nada consistente. Continua  paradoja del personaje fronterizo.  Pero de vez en cuando el viajero alcanza algún oasis en su rumbo, en forma de isla con palmeras, como una nube que pasa, y entonces la  risa humedece sus labios,  la risa que, como todo buen tuareg sabe de antiguo,  ahuyenta la mala suerte, y espanta a los espíritus de los pozos sin fondo.   Y por cualquier cosa entonces se carcajea, en un torrente de risas que  ahuecan el aire, con peso, de los oasis.

Pero el desierto también tiene, como cualquier otro sitio,  sus pequeñas maldiciones.  Una de ellas es que los oasis son barridos por el viento. El  buen tuareg debe conocerlo, para no quedar atrapado en ninguno de sus  espejismos.  Por eso,  desde niño,  aprenden a saber renunciar a lo que se muere.  El  tuareg cuenta en  cicatrices sus infiernos y sus oasis perdidos, por lo que también sabe muy bien que,  las cosas a lo lejos,  las hace insignificantes  en su lugar.

El Siroco  es una serpiente de viento, lengua de fuego, que quema y  lleva al mar, como quien vuelve al útero  materno, protegido y ausente,  en una galaxia de  estrellas lechosas, como lágrimas de San Lorenzo.  El Siroco te sopla el corazón, para que susurre y  aletee como un colibrí. Lo malo es que el Siroco enajena si no te dejas llevar como un cuerpo que flota. Nacer es siempre difícil, es  la  primera renuncia en nuestro equipaje de ausencias.  Los nómadas deben aprender a guardar  los  equilibrios entre cargas y fuerzas, si no quieren perecer ahogados.

Los límites del desierto caen en  cataratas.   Cuenta la tradición que antes,  el desierto,  era un vergel donde campaban animales de todas las especies. Se siente  si vamos ensimismados, como otros nos sentirán,   superpuestos en  las  hojas de un  libro.  El arpa del alma del beduino vibra con la brisa de los espíritus, por eso siempre lleva un papelillo mil veces  arrugado  con las palabras: eres tú, escrito en tifinagh, su lenguaje ancestral.  Por si se embriaga con el  néctar de dátil,  o   le secuestra el viento negro que lo  oscurece todo, y no se acuerda. 

Sin embargo,   cada noche frente al fuego,  el nómada peregrina:  del sorbito de té que le trae lo que alguna vez existió en su vida;  al  sorbito de olvido,  que le rescata de  vuelta a la  llanura;  y así una y otra vez  para evitar contratiempos, ya que  en el desierto los recuerdos se van, o se hacen sólidos y pesados. Por ello es imprescindible  seguir el rito y   tirar el último poso  para poder andar ligero al día siguiente.

Desde pequeño  le habían gustado  los espacios abiertos, como también quedarse absorto en la cama,  observando  el  universo del  polvo en suspensión,  con la  claridad, en el aire de su cuarto. O el vértigo de la  bandada de golondrinas  que pasaban como una exhalación  al mirar por la ventana,  que  volvían mil veces y  se entrecruzaban de milagro, arriba,  y debajo de un  azul inmutable .  O entretenerse en seguir  con el dedo las trayectoria  lenta  y rápida de las gotas resbalando sobre el vidrio al llover.  O echar de vez en cuando un vistazo a las nubes,  por si le figuraban algo, o le daban  alguna sorpresa. Volar cometas le dotó de otra perspectiva de si mismo.

Hay personas que vuelan. Un Tuareg adiestrado es capaz  entornando los ojos  de ver  muy  por encima de su  altura más allá:  útil para prever lo que  pudiera venir. También, a ratos, de escuchar la música del desierto, que  lo  hace hogar, similar al canto de una madre en la lejanía.  Puede entonces  percibir el fluir de las energías de su entorno como corrientes marinas.  Cuándo veáis a alguien rozar con la yema de los dedos  al pasar  las paredes que pasa,  es que lleva un Tuareg en el  alma. Sin ninguna duda. 

De pequeño, en Tokabaow, donde las montañas de Nofousa, cuando los  Kel Tademekket acampaban por  aquel entonces,    su padre le dijo , mientras dibujaba con una ramita  las  aves que iba viendo,  y que copiaba  cientos de veces   en el viaje:   Kankanel, el  corazón del beduino es ambicioso, y elige siempre el  horizonte .  Por eso se va  haciendo aire, según se aleja.   Es su naturaleza.  Y la de su camello. Para esos pobres pájaros que ves,  el último árbol.  Recuerda que los hilos que  te atrapan para  no partir,  son  de la tierra de las líneas   de  mi dibujo. Y arrastrando la suela,  lo borró. 

El caminante es  persona de grades pasiones más que de  pequeñas alegrías, como  cualquier enamorado. Y los sueños  son  nubes en la tórrida llanura del Sahel,  donde es  difícil sentirse vivo. De titanes sería  querer atravesarlo sin un

 motivo poderoso;  suicida perder la orientación.  Risas de agua  tenían   las muchachas del poblado, risas de agua  que humedecían  sus pies infantiles al corretear felices  entre las   palmeras, allá cada vez más  lejos, en el sol  y la sal, triste y alegre. http://www.youtube.com/watch?v=OIvTMA1te0w

Los desiertos de sal  se forman evaporando océanos.  Dentro quedan petrificados multitud de animales mitológicos, gordas ballenas y crustáceos que quisieron esconderse.  Los desiertos de sal al sol  son estiletes de fuego, y en las noches un laberinto de estrellas.  El nómada de la sal suele sorprenderse de lo que ve  hasta acabar ciego,  en mitad de la nada, como  en cualquier otro  desierto.

Es conocido que los Tuareg en ruta,  y demás tribus del desierto,  con apenas  un puñado de dátiles pueden resistir todo un día. Y  eso es porque el Tuareg cuando va,  se va  alimentando  de las energías del aire.  Las va chupando  como  chupa  la  pulpa de las raíces a su paso  en épocas de sequía.  Nada más hay que ver  como brillan al llegar  para darse cuenta.

Se sabe que en el largo itinerario que va de Duchla a Kufra,  donde según cuenta la tradición se encuentra  el mítico oasis perdido de Zerzura, custodiado por un pájaro blanco , algunos nómadas, a ratos,   sufren  un peculiar  estado de gracia, llamado tawhid,  por el que  se llegan a sentir  nada,   en la nada,     de tanto  camino -  se dice  pero es leyenda   que en esos momentos  flotan- ,  y a partir de ahí se comportan como si guardasen  un secreto   inexplicable, que los eleva, por lo que son tratados como    hombres sabios por  el común de los pobladores de Gilf Kebir, que  en general  tratan con    gran respeto   a los nómadas de  las grandes rutas.  En apariencia son   felices y  muy desgraciados,  a la vez,  con   la  mirada propia  de los que  se hallan  siempre a medio camino,  y que ya no  viven,   viajan por la vida.   Almas errantes.

La rabia es el último  recurso cuando faltan las fuerzas, para no ser vencido.   Sin espíritu de lucha, el tuareg muere como tuareg,  y resulta un ser  patético.   Pero debe  tener cuidado de que la rabia  no le llegue a los huesos, porque emprendería una huida ciega, mortal en el desierto.   El hombre del desierto no suele tener miedo, ya que se considera insignificante,  en la enormidad, si cree, eso sí.  Si no,  la angustia le haría un hueco  insoportable.   En el espacio sentirse en todo momento, de una manera u otra,  es imprescindible,  como contener la imaginación.  Los tuareg  viven  muchas veces, al renacer tras cada sufrimiento mortal, cosa común en  páramos inhóspitos.  Con tantas vidas, todo se ve de forma diferente. 

La duda no es posible en el desierto, porque entonces el desierto te atrapa en una cárcel. ¡Pobre del que no camine con pasos seguros!. Los nómadas achacan siempre  la indecisión al diablo, que los confunde, para hacerles perder  la orientación, y con ella su destino y su propia vida.  Existe un dicho, como amuleto,  antes de iniciar cualquier  viaje por el desierto:  Si no te acompaña Alá,  seguro que lo hace el diablo, murmuran entre dientes.  En  algunas tribus del norte también  suelen repetir  a los más jóvenes:  el ojo del mal siempre ve torcido, para que no se confundan y  vayan por  la buena dirección.  El dramatismo del nómada aumenta porque está convencido de que su vagar errático, no sólo es mortal, sino que también será eterno.  

En la cordillera del Atlas se dice que existe un hombre que vive en una cueva, al que llaman Al-Hakim, por su asombrosa  capacidad de transformar en simples y sencillas  las cosas más complejas,  que embarullan la mente de los demás humanos, les hacen perder confianza,  y quedar prisioneros, durante mucho tiempo, a veces toda la vida,  en una confusión profunda, como  un torbellino hacia lo más negro de ellos mismos.  Al Hakim es difícil de encontrar, no porque se esconda, sino porque vive en un lugar recóndito sin nombre  y de difícil acceso.  En ese páramo seco y duro, es improbable encontrar a  alguien a quien preguntar, por lo que hay que utilizar el instinto muchas veces, y éste, no siempre acierta.

Si el peregrino se topa con él  al fin, lo más común es que  tras el saludo,  pase a narrarle  lo mucho pasado hasta  llegar,  tratando de favorecer su interés. Al Hakin suele, en contra de toda lógica, perder pronto la paciencia, y si el visitante tarda mucho en callar, se da la vuelta y se  va,  sin más,  entretenido en el deambular tozudo de un escarabajo, o absorto en vislumbrar un ave, por su canto, en una chumbera, como si  oyese llover.  Cuando el viajero  entonces reclama su atención  algo enfadado,  le mira  sin ver, con mucha calma, y musita: todavía no has llegado, y se marcha sin más.  Suele ser  su primera lección.  Es evidente que le disgusta esperar  por esperar.

Algunos, tras ese primer encuentro, vuelven más desolados aún a su lugares de origen,  donde son recibidos como casos perdidos, y  acababan sus días ensimismados. Otros, tal vez los más desesperados, se quedan cerca, alimentándose de frutas silvestres, leche de cabra  e insectos,  con la esperanza  de que en algún momento el ermitaño distraído les preste algo de atención.  Y cuando por fin lo hace, no por mucho rato, o así lo parece, se dan cuenta, asombrados,  de que ya no necesitan  preguntarle nada, y entonces regresan felices a sus casas,  vertiendo alabanzas de aquel hombre sabio. 

Los Tuareg sienten una atracción muy  especial hacia los abismos  por lo que no se acercan a ellos. Dudan si  podrán  evitar  ser  arrastrados   por sus poderosas fuerzas magnéticas.  Por eso, en situaciones de peligro, sólo confían en sus camellos,  que nada más verse al borde del precipicio se van sin pensárselo dos veces.  En ciertos desiertos, los abismos abundan tanto que es como andar por un campo de minas. Cuando a algún  nómada se le ocurre subir a lo más alto no-se-sabe-porqué, a veces ocurre, el resto de la caravana siempre teme lo peor, y  si no regresa   creen que se lo han llevado los  ángeles o los demonios, según  el carácter del ausente.  Durante  tiempo,  distintos viajeros juran y perjuran  verlos, difusos y parpadeantes,   al entornar los ojos en las horas centrales del día,  cuando el aire tiembla, como bestias  o  ángeles, al pasar,  y siempre suscitan en el oyente ansioso,  el escalofrío.

En el desierto se cree que el espíritu de los pájaros,  cuando mueren, sigue volando.  Suspiros de aire que  atraviesan  espacios  transparentes, porque esa es su condición inmutable.  Si no se espera nada, todo es una sorpresa. Por eso cualquier cosa que pasa en el desierto - que no daría una palabra-,  deja una profunda huella, y es recordada  con la viveza  de lo que acaba de ocurrir.  Si no se espera nada, se tiene todo- están convencidos los hombres del desierto-, y por ello, en el vacío absoluto se sienten afortunados.

Hay que  saber que en estos espacios desolados y desérticos es frecuente que aparezcan ciertos caminantes solitarios  al atardecer, como de la tierra.   Ellos se muestran contentos cuando llegan, y también  cuando se van.  Suelen ser muy vivaces,  simpáticos  y parlanchines. Las mujeres del poblado  se sienten arrobadas por ellos, lo que causa problemas, sobre todo si  tañen el oud con maestría.  Ellas no pueden parar de reírse,  en especial si utilizan la pluma del águila, como si las hicieran cosquillas dentro, con aquella música.  

Sin  corazón, la  realidad pierde bastante fondo, entonces se tiende a ocupar todo el espacio de la superficie para compensar, buscando la consistencia desesperadamente. Por eso, los del poblado sabían que no era bueno que ninguno de aquellos visitantes permaneciese más de lo necesario en el lugar. Eran de viento, y como el viento deberían pasar por sus vidas. ¡Calla mujer, calla, que sopla el viento!. Y sólo se escuchaba entonces el viento al salir por la puerta.

  http://www.youtube.com/watch?v=ic5VxM6qI2w&feature=fvwrel

Las madres uigures, en las noches de luna llena, alrededor del fuego, desde hace siglos, vienen alertando a los jóvenes,  que parten en las largas caravanas en ruta al gran desierto de Taklimakán, sobre el riesgo de hacer parada  en el oasis de Loulan. Cuando hablan de ello  los ojos de esas mujeres emiten un brillo extraño,  salvaje, avivado por las llamas. Suelen escupir de vez en cuando  a los rescoldos al rojo vivo,  para expulsar lo que pueda quedar de sus palabras. Hablan desde su interior más profundo,  tanto que, en ocasiones,  sólo ellas se pueden entender.

Según cuentan,  el bello oasis de Loulan es lo más parecido a un espejismo en el desierto, pero es verdad, con un extraño lago al  levante, que desaparece, para volver a parecer  en su poniente, y a menudo en otro lugar distinto.  Sus aguas son transparentes, y sus dátiles los más dulces  de todo  Kashgaria con diferencia.  Pero sus habitantes, en apariencia dichosos, con  aspecto envidiable en aquel vergel, siempre afanosos, cuando están solos, a menudo se sumergen en  negros pensamientos y murmuran cosas raras. Y es que no pueden evitar que el desierto se haga con ellos, ávida lengua de arena, al salir y cuando el sol cae sobre el horizonte, por lo que siempre se encuentran  huyendo de su propia desolación. ¡Nacieron sin corazón!- exclamó  la vieja Kazaj, cubriéndose aún más con la manta. Por eso se aferran a sus canciones de amor, para sentir el amor que no sienten, y siguen a pie juntillas sus repetidos ritos ancestrales, para que todo esté en su sitio.

Sus mujeres son muy hermosas- continuó Kazaj-, delicadas, y  de una pureza  extraordinaria, que arrebata la pasión de cualquier hombre. Si duermes con una de ellas,  su esencia te embriaga y se apodera de ti, y deseas tenerla siempre a tu lado, con la frescura del paraíso.  Pero no pueden  hacerte  feliz- añadió Shabnami, mirando a un joven-  porque al no tener  corazón, si se entregan,  dejan de ser ellas, y no son nada, y eso les resulta insoportable, como hijas de la tierra que son, así que dominan al enamorado hasta hacerlo suyo por completo. Su goce exquisito termina siendo  cantos de sirena, recordad el dicho pastun:  la araña quiere mucho a la mosca- sentenció Dilnaz. Tienen miedo- farfulló para sí Shabnami-, las pobres, tienen miedo- repitió titubeante como si traicionase una ley muy antigua,  y compartida, siempre escondida, dentro- son niñas. Y siempre con ellas es una guerra hasta el fin, nada te atrapa más  que lo que se odia y se ama a la vez- apostilló rascándose el torso.  Por eso escogen a los de mejor corazón- siguió Kazaj, a su aire-, porque no lo tienen,  levantándose  mientras se sacudía la falda.  Esa noche los muchachos soñaron, que de madrugada rescataban princesas perdidas, como polillas al candil, en el desierto.

Es frecuente encontrar  ciudades abandonadas, reales o no,  en el desierto, donde  el sopor cae a plomo, con sólo insectos entre las piedras. Borrosas en la lejanía, saliendo de la  arena. Suspendidas entre aquí y allá, según nos  vamos acercando, y ya dentro, en un pasado detenido y denso, desmoronándose poquito a poco. Dicen que las ciudades perdidas están pobladas de recuerdos, y suelen entristecer a los viajeros que se cobijan en ellas, por lo que lo mejor es no quedarse demasiado, y seguir sin mirar atrás con el mejor ánimo.  En el caso ocasional de algún antiguo habitante que regrese, pasados los años,  pueden resultar hasta peligrosas, al quedarse sin fuerzas  para seguir adelante.

En un extremo del desierto de Namibia, donde grandes dunas rojas se comen la sabana, se encuentra Luderitz, antaño floreciente gracias a sus ricas minas de diamantes, al sur de la llamada  Costa de los Esqueletos, en la que corrientes llevan a la playa restos de barcos y  animales marinos  secándose al sol. Un día, los diamantes se acabaron, y los que allí moraban  huyeron a otras latitudes para no volver jamás. Unos lograron salir adelante, otros dejaron más de lo que se llevaron y no pudieron sobrevivir, y un puñado de ellos  nunca  se fueron, a pesar de estar tan lejos,  suspendidos en el aire,  como el polvo  que se levanta en el  camino. Nunca debes dejar  que el pasado te atrape, le dijo el jefe de la etnia ovambo a su hijo sonriente, si no puedes luchar, corre, corre como si te persiguiese el leopardo. El niño asintió, y al  hacerlo, en la noche cerrada, sólo se le vieron los ojos.

Estar siempre de paso, resulta incómodo, a medio camino siempre  de lo que se deja y lo que no  llega, y al final se termina muy cansado. Por  eso los viejos nómadas, llegado un momento, apenas se mueven.  Pero eso es sólo apariencia. La verdad es que ellos siguen viajando por las antiguas rutas, cantando en los campamentos, y besando a las jóvenes cada vez que tienen que partir.  Esa es la razón  por la que muchas veces miran sin ver. ¡Abuelo, qué estoy aquí! ¡Ay, que estarías pensando, que ni siquiera te has dado cuenta!. Y el anciano sonríe sorprendido reconociéndole de repente, como si se topase con él en una estación,  hacia algún destino, sin esperarlo.

 http://www.youtube.com/watch?v=TQKB8bZN5NU&feature=related

Al cambiar de rumbo  la vida cambia de sentido. Saber esto es importante para no quedarse en tierra de nadie- le dijo el viejo rabino Rav Kaduri, a su discípulo Moshé, en la Yeshiváh de la gran Sinagoga de Theodotos, en Jebús-.  Ten en cuenta que, aunque el  camino te dirija al mismo sitio, si no es el tuyo, serás siempre un vagabundo, un vagabundo sin dirección. Consulta los viejos escritos de nuestro pueblo -dijo señalando con el dedo  la imponente biblioteca que les rodeaba- Todo está ahí.  Ahora- bajó el tono- si la fuerza de muchas pequeñas cosas distintas  te llevan, como el viento que  lleva, o si te llaman con poderosa voz, no  dudes, es tu destino. Si no lo aceptas  te alejarás poco a poco de ti y te perderás.  ¡Y, Ah!,  cuando termines, y los dejes otra vez en su sitio, no te olvides de barrer el suelo de arena- y salió de la estancia a grandes zancadas de sus largas piernas, desgarbado  y huesudo, mesándose la barba, como si le esperasen, con urgencia, en algún otro  lugar.

Hay gente que sólo puede ser comprendida por otros como ellos, o absolutamente diferentes. En conjunto, unos pocos. Por lo que no tienen más remedio que disimular para seguir viviendo con la aparente normalidad del actor. No envejecen, aunque su cuerpo se marchite con los años, lo que les  sume en una continua contradicción y espanto.  Cuando son felices, eso sí, son la felicidad, y cuando sufren, acaban en el infierno más profundo, y todos con ellos, porque engullen, en un remolino negro, toda la realidad a su alrededor en su desgracia. En el desierto  hay muchos, aunque no  lo parece.

A la hora de elegir a los compañeros de viaje el nómada debe ser  sensato, y  mostrar cuidado.  Los hay que por poco que hagan hacen que nunca llegues a ningún lado, y otros que se quedan a mitad de camino, y debes dejarlos, olvidándote de ellos,  entonces ya absolutamente solo.  Muchos  llevan una pena a cuestas, que a veces se hace muy grande y pesada, y siguen  a duras penas, encorvados,  absortos en el pisar de sus cabalgaduras, y otras veces más  pequeña, como una molestia que no se va nunca, y que a menudo les hacer tener un humor  de mil demonios. Como nunca logran desprenderse de ella del todo, por mucho que caminen, son apropiados para  travesías ingratas, a las que no ponen muchas objeciones, pero tampoco  ningún entusiasmo.  Buenos para llevar  sal en las largas caravanas del  Teneré, donde apenas se gana,  al no tener casi nada que perder.

Cada muchos años, lluvias torrenciales en Queensland,  forman repentinos brazos de agua que en vez de ir al mar, serpentean solitarios y sinuosos cientos de kilómetros en sentido contrario, a través  del  desierto  más tórrido,  a ninguna parte,  para  acabar  extendiéndose en una fina  lámina trasparente y quieta, en medio de  una sábana  de sal  blanquísima, como un ojo azul  inmóvil,  muy lejos de cualquier océano, en el  corazón de aquel páramo.  Con el tiempo, el agua se va haciendo cada vez más salada, y luego se evapora.  Allí van a parar miles de peces arrastrados por la corriente, y terminan atrapados en un espejo. 

Nadie sabe cómo ni por qué, desde  tan lejos, pero cuando después de muchos meses la lengua de agua llega por fin al lago fantasma Eyre, miles de pelícanos de todas las  costas emprenden el vuelo al unísono, como si  todo ese tiempo hubieran estado esperándolo, y juntos, en grandes bandadas, se adentran en el desierto durante días hasta llegar agotados a aquel infierno de calor y peces. Y allí crían.  Mientras, otros miles de ellos, que se quedaron, también lo hacen, alimentándose en vertederos, de restos de las fábricas de conservas, o de la morralla, siguiendo la estela de los  barcos de pesca, al atardecer. Cuando vuelven, no hay quien los distinga.

Un curioso personaje me comentó en una ocasión mientras bebíamos el cuarto pastis en un ennegrecido bar de Marsella,  que de joven  alguien le esperaba, y sin embargo al pasar, en un día  azul claro siguió  bajando por la rue Saint-Pierre, henchido de brisa, hasta el puerto.  Ya libre, desolado y errante.  Desde entonces la recordaba entre trago y trago, como una isla. En el desierto el tuareg se encuentra en un continuo cruce de caminos, al no haber ninguno,  y  decide a cada paso a donde va.

http://www.youtube.com/watch?v=gHxi-HSgNPc&feature=related

Los nómadas, con el tiempo,  se convierten en auténticos expertos en captar todo tipo de atmósferas. Así pueden percibir fácilmente -gracias a una especial sensibilización en ciertas partes de su cuerpo, como por ejemplo la fina piel detrás de la orejas o en las sienes-, sin información añadida,  no sólo ya que en éste o aquel paraje hubo tal o cual batalla, al notar esa suave triste soledad vacía que lo ocupa todo, si no incluso, la oscura y densa que gravita en las casas de los muertos.  ¿Y qué decir de la  luz blanca brillante que chispea en el aire  de donde nace la vida?. Para ellos es fácil. Por eso en cierto momento del amanecer y del atardecer, suelen mostrar alguna inquietud. Ellos no lo dicen, pero se ponen en guardia, y rezan.

Rezan en esos dos o tres  minutos, cuando la claridad  vence a la oscuridad antes de salir el Sol, e inmediatamente después de ponerse, antes de entrar las sombras, momentos en que todo queda suspendido, en esencia, como una holografía.   Los  gitanos del Sacromonte con ángel, es decir, los que pueden bailar y cantar con el aire que baila con ellos, se suelen acostar al rayar el alba, y nunca salen hasta que no sale la luna. En esos instantes transparentes, se le pone una pena dentro,  como si llevasen una caravana fantasma de carretas con alas en la sangre. Si les pilla mirando a la Alhambra, dejan de estar aquí en el tiempo.

http://www.youtube.com/watch?v=rmAENOBm1lI&feature=related

A mí lo que de verdad me apasiona en la mujer es descubrir lo que yo llamo: su jardín secreto , esa forma de ser que sólo conocen algunos pocos amantes, donde ella es realmente ella, libre en su naturaleza, todo lo que puede serlo, y que según va, va ocultando cada vez más,  porque es incompatible con lo que desea,  para sentirse como le gusta sentirse, en el mundo,  y que sólo se despierta con el aullido del lobo,  para volver a esconderse en cuanto le importas algo,  escribió Aaron Hansen, en una terraza sobre la Aker Brygge, en Oslo, como siempre solo, esperando la primavera.

Suying reunió como siempre a todas las candidatas en el salón rojo. Las había  altas y fornidas, seguramente  de la región de Shantan,  buenas para llevar una casa  y tener muchos hijos. Elegantes y dulces chicas  de Yuntan, con sus largos cuellos, capricho de señores, que las pasean por Shirtum.  Y vivaces mujercitas de Hongshi, muy femeninas y poco fiables,  que volvían locos a sus enamorados,  o se entregaban a hombres sin corazón.  ¡Debéis saber que  no es fácil pertenecer a la gran casa de Shainmen!,  les dijo con voz estridente y sin expresión alguna, como requería  su alta posición  en el burdel.  Y se hizo el silencio, sólo roto por el tic-tac del reloj de la  pared martilleándole las sienes. Esa mañana se había levantado con dolor de cabeza.

En el desierto hace muchísimo calor, y bastante frío. Estas temperaturas extremas, todos los días, tienen  que imprimir por lógica un  carácter peculiar a los habitantes del desierto, que van del delirio, cuando la cabeza se les va, al recogimiento interior. Algunos de ellos no pueden volver de la enajenación, y se entregan a ella aún acurrucados en sus mantas por  las noches. Se sienten unos elegidos en su estado febril,  y eso les pierde. En el desierto no existen los atajos, con no equivocarse de camino,  poniendo los cinco sentidos en ello, ya es bastante, y a veces ni siquiera es suficiente, porque las fuerzas fallan, y se acaba como esos ciclistas que suben y  bajan varias montañas,  y terminan tambaleándose sin dirección.  En Écija, Sevilla, los veranos son tan sofocantes, que en ciertos momentos de la tarde el alma se escapa, y vuela entre las palomas.

Cuando el desierto quiere atraparte, sopla y sopla sin parar, y entonces lo mejor es quedarse  quieto  y esperar a que pase. Si no pasa, a muchos los vuelve rematadamente locos, y los fagocita.  Son cosas que pasan. Y miró el horizonte como una amenaza, allí rodeado de pinos vencidos por la Tramontana, en aquella isla que  navegaba según ciertos cronistas del medievo.  La gaviota desde el Cabo de Favaritx que pasó a su lado, con las alas extendidas, le observó menos de un segundo,  plantado al borde del acantilado, para ella, sin hacer nada.

http://www.jstor.org/discover/10.2307/40809212?uid=3737952&uid=2129&uid=2&uid=70&uid=4&sid=21100871529461

Hay gente que parece que tiene la mala suerte de nacer, y a partir de ahí todos son naufragios, no se sabe bien por qué. Eso mismo le pasó a Joseph Masen desde la más tierna infancia a la adolescencia, y de allí hasta el final, que le anunciaron un día gris en el Boston Medical Center, cuando el doctor Carson, le dijo sin tono que su vida se acababa para siempre. Lo último que hizo en su desgracia antes de desaparecer, fue lanzar una botella con un mensaje a las gruesas aguas del Charles, también grises, con una media sonrisa,  que encontró casualmente Reginaldo da Silva, cartero jubilado de Sao Miguel, en las Azores,  años después, mientras daba su habitual paseo matutino por la playa de Populo. Ponía: aquí estoy.  Reginaldo, al leerlo, sintió  una suave vibración en todas sus células,  al darse cuenta de que era el mensaje de alguien que ya no estaba.

Alexander Maslov trataba de calmar su tormenta interior, tocando la Rapsodia Húngara de Liszt con rabia, todo el tiempo, perdido  en su pequeño apartamento de Moscú,  intentando encontrar una salida, desesperadamente. Al tiempo que según rayaba el día,   Benba Cering,  monje de Drepung,  emitía de nuevo  sonidos guturales con  su  larga trompa sobre el valle que se extendía más allá de su mirada, buscando en los tonos,  una  llave.  Tenían mártir al vecindario, al estar un poco sordos. Cuando  los echaron por fin, y ante su sorpresa, podían escuchar incluso  un suave susurro de voces  por todas partes.

En  una iglesia abandonada de Halberstadt, en Alemania, desde el 5 de septiembre de 2001, se está ejecutado la obra del compositor John Cage, titulada: organ2/ASLSP, ante un numeroso público silencioso e insimismado. En julio de 2011, un acorde compuesto por un la, un do y un fa sostenido, sustituyeron al  compuesto por un sol sostenido y un si tocado desde el 2 de febrero de 2003.  Las teclas del órgano son mantenidas con pesos. Ya no hay reservas para los cambios  de 2064 y 2222,  y hay solicitudes  para el final, en 2639.   La primera parte, entre 2001 y 2003, se componía de un largo silencio.

El nómada conoce al peso de cada cosa de la vida, y va soltando lastre según avanza, para llegar. Es una técnica depuradísima, que si no afronta adecuadamente, termina con él.  También conoce el sofisticado arte de las distancias, y que cada qué  tiene la suya. Si no se respeta siempre se pierde, algo, mucho,  o todo, como quien se aleja  hasta en el recuerdo, porque cualquier posibilidad es imposible. Y de los tiempos, para cargar y descargar las fuerzas para lograr su objetivo, cada vez que sea necesario. Alfredo Cifuentes, de pequeño, percibía la separación de sus padres como unas tijeras abiertas, en las que cada una de las hojas era o su papá o su mamá, según el caso, antes cerradas,  dormidas sobre un mantel, o junto a dedales, bobinas de colores  y alfileres. Toda su vida estuvo cerrando tijeras  olvidadas abiertas para quitarse el miedo de encima.

Cuando Lewis Stewart dio su primer paso sobre el desierto de la Luna, sintió la misma emoción que a los cinco años,  entrando en la brillante y enorme burbuja  transparente que era entonces la vida, que se metía dentro, al salir de casa, y no pudo evitar dar un  salto enorme, según control, causado por  la poca  gravedad de aquel satélite, como si lo hiciese sobre un gran charco después de un día de lluvia. Ello le restó puntos para la siguiente misión en el espacio, al escuchar a su madre gritar: ¡Cuántas veces te he  dicho que no hagas eso, que siempre te mojas los pies!.

La velocidad en el desierto se basa en una cierta relación  entre  reflexión e impulso. Sólo por la primera, se hacen los viajes interminables, y por el segundo, se termina en cualquier oasis demasiado tiempo, al fallar las fuerzas, hasta ver el desierto como una muralla, y eso  en el mejor de los casos. Un impulso en la dirección errónea suele acabar en tragedia, sin poder seguir, ni volver. Por ello es esencial en las caravanas que se aplique la una y lo otro,  en la proporción correcta, para el buen fin  buscado.

Hay, de los que se quedan atrapados en un espejismo del camino. Ocurre cuando ya no se puede más de tanto desierto, al no poseer  las cualidades  para sobrevivir al erial.  Cuando pasa, no hay forma de hacerlos salir, al darse ellos mismos  la razón, y no haber peor ciego que el que no quiere ver. Y ahí se quedan mientras dura,  en un oasis  que se deshace, y ellos con él. Se les puede vislumbrar algo en la siguiente ensoñación, mudos, y con los típicos ojos de los  peces muertos, a pleno sol, cuando el agua se evapora. Pero suelen  durar poco, ya que en realidad  no existen.

Todo tuareg, como cualquier indio, sabe que la tierra respira, igual que siente dolor, frío o se ríe, ya que es de ella. En el desierto de Namibia hay miles de extrañas calvas circulares de entre 2 y 12 metros de diámetro.  En el interior  la hierba no crece, pero muchas de ellas están rodeadas de una vegetación más alta. El biólogo de la Universidad Estatal de Florida, Walter Tschinkel, ha descubierto mediante una serie de fotos espaciales, que  las más pequeñas están una media de 24 años, mientras que las más grandes, pueden llegar hasta los 75. Los numerosos científicos que en el tiempo  han intentado dar alguna explicación  han vuelto, todos, con las manos vacías.  Los himbas no lo ven como algo extraordinario, porque para ellos extraordinario es todo lo que les rodea desde que abren los ojos. 

Los sufís dando vueltas de peonza, como planetas que giran en el espacio,  tratan de encontrar un punto fijo,  que les lleve más allá de donde están. Los estilizados masais, pegando saltos, lo más alto que pueden, sobre el mismo sitio,  poder  abandonarlo,  un instante. Rechonchos budas estáticos pueblan toda Asia, en actitud de paz, sin apenas respirar, viajando. Y en la tarde de Castilla La Vieja, una mujer sola en una iglesia, desgrana monótonamente un rosario, para lograr salir de allí con la levedad del pétalo.

http://www.youtube.com/watch?v=cGfDcsrFOE8

El que viaja en la vida conoce, perfectamente,  que en el fondo de los pozos sin fondo sólo hay monstruos. Y quien se deja caer, va a pasar muchos desiertos antes de volver  al principio, de nuevo. Y que al primer despiste,  regresa, como  el macho  al agujero de la araña hembra, antes de ser devorado. La única posibilidad es alejarse rápido a sotavento, sin maldecir ni  lamentarse,  o fiarse de la falsa  calma  del  ojo del huracán. No es fácil ser un tuareg.

Las águilas arpía son padres comprometidos. Hasta que la  cría tiene cuatro meses permanece en el alto nido, y es alimentada, delicadamente, por uno o por  otro, con monos que  apresan con sus potentes garras, no en las proximidades, los cuales saltan de rama en rama alegres y despreocupados, sino los que están más lejos. Después, durante  un largo tiempo, vuela  y se posa  cada vez en un lugar diferente de  la selva tropical, quieta, sólo memorizando  lo que le rodea, como si le fuese la vida en ello, con sus grandes ojos, sobre todo a los monos, mientras sus padres siguen yendo y viniendo afanosos llenándole el buche. Y ya, en la última fase, atrapa cerca del nido aquellos monos confiados, dejados por sus progenitores, para practicar la caza.  Los más sorprendidos son sus primeros almuerzos, que no se lo explican.

Los nómadas en los primeros viajes suelen ser bastante parlanchines, luego,  se les va metiendo el cansancio, por capas, y se vuelven cada vez más parcos, y al final, terminan hablando con su silencio. ¡Cierra  la boca que te entra el polvo!, espetan a  los jóvenes  al lado, agobiados por la cháchara. Expresión repetida desde tiempos ha.  Por eso a quienes los conocen entonces, les impresiona, porque  parece que no tratan de hacerse querer como ellos.   Existen diferentes teorías sobre este  comportamiento. ¿La más verosímil?, es que es un fenómeno similar al que ocurre cuando uno se está acicalando con el tiempo justo para  una cita.

Esta mañana el perrillo de la vecina del primero de mi bloque, un chucho diminuto, ridículo y feo,  con la fila de dientes de abajo siempre visibles, aún con la boca cerrada, patizambo, y que al mover el rabo, bambolea medio cuerpo de forma deprimente, aulló de forma distinta, no  como otras veces, cuando su dueña, una vieja hecha pasa, sin apenas dientes, con cuatro pelos y muy mal carácter, lo dejaba sólo. No era  el ladrido  seguido de un lamento, que yo conocía,  sino  un continuo quejido con quiebros, parecido al solo de trompeta, o al canto de los árabes a su Dios en el desierto. Al oírlo, yo allí, tres pisos más arriba, en mis cosas, supe, no sé por qué, que ella había muerto.  Al mediodía, otra vecina me lo confirmó, y nos maravillamos de que el bicho lo supiera, ya que se fue al otro mundo en el hospital. Esta tarde, se lo llevó un familiar, y lo vimos en las ventanas alejarse por el patio,  con sus patitas pequeñas, muy rápidas, como un perro cualquiera.

Los que nunca se pueden quedar quietos  han sido siempre una buena  fuente de conflictos, para bien y para mal. Los hombres tranquilos suelen terminar tal lejos de las cosas,  como para lograr verlas  sin poner nada en ello, y eso es una ventaja, y a veces una perdición, porque pueden quedarse solos  sin darse cuenta. Lo que sí existen son los falsos tuareg. Se les reconoce por su perfección:  hacen lo que deben hacer los tuareg en cada momento, y tienden a dar lecciones a los auténticos tuareg de cómo  hacen las cosas los tuareg. Cuando se está con ellos, si embargo, se percibe el vértigo de los que quieren ser y no son, y andan por la fina capa de hielo que soporta el vacío.

Había una vez tres princesitas en un reino muy lejano: Silvia, Sara y Siloé- empezaba siempre a contar Soraya noche tras noche en el dormitorio al final del pasillo- las tres muy hermosas, pero muy distintas. Una tenía los cabellos de color miel, otra del azabache y la última como el sol por la tarde. Un día que se fueron a pasear muy contentas por su reino de Papayá, lleno de flores y cosas bellas, ante su asombro, se encontraron con un mendigo, sólo y desarrapado, sentadito en un banco. Con la piel repleta de sucias llagas, y los dientes roídos y negros. Se quedaron a cierta distancia con los ojos muy abiertos,  nunca habían visto algo así ni de lejos.

El mendigo, en un momento dado, se metió la mano al bolsillo y sacó un mendrugo de pan, lo único que tendría para comer- pensó Sara. Pero en vez de eso, empezó a hacer pequeñas bolitas con la miga, ensalivándolas con la lengua, y lanzándolas a los gorriones haciendo catapulta con sus  ennegrecidos dedos,  que nada más verlas daban saltos para poder cazarlas- carraspeó Soraya-. Y de repente, el mendigo vomitó. Siloé se echó para atrás con repulsión. Sara, la mayor, farfulló sobre  que algo le habría sentado mal, intentando sobreponerse, y Silvia se dio la vuelta. Cuando la miraron, estaba llorando.  Las tres se abrazaron entonces, sintiendo lo mismo.

Por el Mar Muerto abundan todo tipo de mensajes enterrados en la arena, o en los huecos de las rocas. Los pastores hasta los arrancan de las mismas bocas de sus cabras, ya que los extranjeros suelen pagar por ellos mucho más de  lo que sacan por ellas, aunque sin darles  importancia, para no despertar la codicia.  A Ahmed le golpeó uno en plena cara volando en aquel desierto de arbustos y pitas, y tuvo la suerte de atraparlo  antes de que se le escapara, como el que se veía allá  lejos haciendo piruetas  para terminar enganchado a un matorral.  Cuando soplaba el viento racheado en la llanura, y se movían  las ramas en todas direcciones, como algas de un fondo marino, era cuando Ahmed percibía más claramente como era el paso del tiempo,  igual que sus antepasados, con cierto  consuelo y desolación.

Abrió lo que quedaba del viejo papel carcomido dándose la espalda, y como siempre, allí estaban esas extrañas letras, y como no eran muchas pensó que valía poco, pero era más que nada, así que se lo metió en el zurrón con cuidado.  Al volver al poblado se acercó al yacimiento de Thamir, y se lo mostró con otros, al primer extranjero, que los ojeó con indiferencia y que, ante la sorpresa de Ahmed, empezó a leerlo en voz alta. Era la primera vez que ocurría este hecho  singular.  "Más sabe de mí el niño que acaricia un pájaro herido con compasión, que todos los que escriben y hablan de mí, y sólo repiten las palabras de otros hombres". Solo pudo responder: Alá es grande. A partir de entonces, cada vez que  pasaba uno de aquí para allá, en las alturas, sobre la planicie agitada, sentía que debía pertenecer a alguien.

http://www.youtube.com/watch?v=QVC0adz7zaw

Los nómadas suelen ser hospitalarios y generosos, normal entre los que van y vienen, por lo que es bueno que conozcan  con quien están. Ya de  niños sus madres les enseñan que existen esos que quieren lo que necesitan, y los que necesitan lo que quieren, muy diferentes y fáciles de confundir. Y a analizar  universos: el de dentro de sus cabezas, el que anima la carne y las vísceras,  el que anida en sus corazones, y el que los hace ser tuareg, y no ser nada. Cada uno de ellos en diferentes combinaciones.  Por lo que es raro pillarles por sorpresa. Pero es frecuente que  sufran algunas decepciones, al  no tenerlos muy en cuenta con los que se topan.  Actúan así  para no matar la magia de la vida,  ya que sin ella, el desierto se les haría interminable.

También la mayoría de los padres les cuentan que el nómada pasa, según atraviesa más desiertos, por diferentes fases.  Cuando necesita la rabia para seguir, y muchas veces se hace rabia;  cuando ya con la voluntad basta, y cuando sólo le  queda la intención de llegar. Pero  también que en muchas ocasiones, deberá aplicar todo lo que tiene sólo para respirar en medio de las tormentas,  frecuentes en el desierto. Y que así son las cosas. ¡Por que Alá lo quiere!- añaden las madres hasta ese momento calladas. ¡O el diablo!- responden los padres. Y ahí acaba la conversación.

Y los más ancianos, cuando refresca, tratan de hacerles entender, a la menor oportunidad, dibujando con el hueso de sus dedos en el aire, que el objetivo último de cualquier viajero es volver al punto de partida. Y que una vez en el camino,  cuanto más se alejen, más se acercan al principio, ya que es la ruta más corta para regresar a casa, si eres un tuareg, claro, aunque saben que sólo se darán cuenta al sentir, al mirar atrás,  el escalofrío  del prófugo.  "Es como subir una montaña desde el valle, y que una vez arriba vuelves a bajar por el otro lado, para llegar al mismo lugar, pero en distinto sitio"- se explicaba Sadam ante sus jóvenes oyentes absortos en el único diente que le bailaba al hablar.  "En el final está el principio"- repetía tozudamente, pero sabiendo que sólo les valdría para que le diesen la razón en el recuerdo.

En el jardín de Pancho sólo crecían cactus y bellas flores con espinas, allí en Chihuahua, a la luz de la luna y bajo el calor del sol, mientras se oía el ladrido de los coyotes. Pensaba al atardecer, mirando la planicie quieta de yucas y chumberas, y el zumbido de los insectos, en lo que la radio había dicho, que hacía millones de años en la Antártida llegó a haber baobabs y palmeras, ahora seguro congelados muy en el fondo, bajo una enorme masa de hielo, y arriba, sólo el gélido baile del viento danzando furioso, a rachas,  en la nada.  En aquella soledad tan grande en la  que todos parecían solos:  él, los insectos, las plantas, y hasta los coyotes, Pancho sintió el frío del aire tomando cuerpo, como cada noche, y se echó una vieja manta. Sus días repetidos se había convertido con el tiempo  en uno solo, lo que le hacía estar y no estar según pasaban las horas, en un parpadeo lento, cada vez más frecuente.

En su primer viaje, pasado ya su primer oasis, otra vez en ruta, la mayoría de los beduinos entran en un mar de dudas, una encrucijada de caminos perdidos  donde deben decidir entre lo que quieren y lo que dan, entre lo que pueden y lo que deben, entre lo que son y lo que serán,  a cada  paso, lugar magnético de fuerzas y del que sólo se puede salir con la voluntad del timonel  y la fe del peregrino. 


 

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