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  En Puntos de vista | Gonzalo Almenara hoy 

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UN GATO EN EL TEJADO

Gonzalo ALMENARA
 

                                                               VER: VIEJO MANUAL DE UN TUAREG

 

Gatos y palomas

I

En Toledo, deberíamos tener gatos alados para cazar palomas al vuelo. Pero lo más próximo que se me ocurre es el caso de un amigo que posee gatos en los tejados de su casa para espantar a las palomas, es decir, gatos anti-aéreos. Gatos que siempre son ellos mismos, generación tras generación, no como nosotros que mutamos y evolucionamos hacia no se sabe dónde. Ellos allí siempre, nosotros hacia ninguna parte. Lo más seguro es que, para los gatos, somos algo así como  extraterrestres. Indiferentes salvo cuando nos fijamos en su presencia, a ras de suelo, para bien o para mal, pero siempre con cierto grado de envidia ante una existencia mucho más interesante. Para los gatos no debemos morir nunca, tal es nuestra parafernalia de hipocresía mortuoria, sólo nos vaporizamos y ya está.

Cierta temporada pusieron en edificios de Toledo dispositivos de ultrasonidos para ahuyentar palomas. Ellas se acostumbraron al poco tiempo, pero los vecinos de las inmediaciones se sintieron cada vez más raros. La última iniciativa que tenemos en este sentido ha sido la de colocar cepos en los huecos de las paredes donde los pájaros pueden entrar pero no salir. Luego, atrapados en las manos del personal del servicio de limpieza urbana, son destinados como alimentos a aves rapaces en conservación o vete tú a saber, o para los gatos que las utilizan para generar más gato, de los que se esconden, con el rabo tieso, en los agujeros e inundan los patios abandonados a su suerte.

Yo, una vez, viviendo en una casita por encima del Puente de San Martín, al otro lado del río, heredé un conejo de nombre Lolita. Tal apelativo al citado roedor me fue impuesto como parte del legado, que coste. Era un alojamiento que compartían generación tras generación periodistas que pasaban por aquí, a una media de tres cada dos años camino de Madrid, y al conejo, en forma de gazapo, se lo regaló alguien al inquilino al que sustituí por aquella época. Pero con el tiempo ese bicho insignificante se había convertido en un auténtico monstruo. Era enorme. Cuando bostezaba tirado en un patio de parras que había y se le veían los paletas, era escalofriante. Yo, todos los días lo alimentaba, cosa que no era fácil teniendo en cuenta la vida que llevábamos, por si acaso. Pero lo más extraño de todo era su comportamiento.

Como se había criado más sólo que la una creía firmemente que era un gato, únicos animales que circulaban por allí. Se subía como quería al tejado de la casa y perseguía a los felinos queriendo jugar con ellos. Estos alucinaban viendo a aquel enorme conejo blanco haciéndoles carantoñas y por lo general reculaban acobardados sin comprender nada. Cuando tenía visitas,  y les hacía contemplar las enormes lunas llenas por encima de la casa, y se encontraban de repente con la inconfundible figura orejuda de un enorme conejo recortada en el horizonte sobre el tejado, no podían dar crédito a sus ojos, lo que me hacía aparecer a mí como un personaje singular al ser propietario de tal excentricidad, no teniendo, por supuesto,  nada que ver. Era bueno para convencer a  chicas psicodélicas, pero bastante malo para mi imagen social. La historia del conejo acabó unas vacaciones de verano cuando, al irnos todos, alguien seguramente lo convirtió en condumio.

En el caso de Lulú, debo de confesar que fui yo el culpable. Residía por aquel entonces en la Plaza de las Tendillas, y una amiga me regaló un cachorrito de gato negro hembra. Por aquel entonces echaban por televisión un anuncio muy popular de perfume cuya frase más famosa era la chica de labios carnosos que decía: ¿Lulú? ¡C´est moi!. Y claro, como una revelación, le puse ese nombre, del cual tuve que arrepentirme más de una vez. La gatita en cuestión era una delicia. Yo vacilaba a menudo cada vez que pasaba por debajo de mi casa, en el ir y venir de todos los días, sobre todo si iba acompañado, y llamaba ¡Lulú!, y al instante aparecía por los hierros del balcón una cabecita negra que no paraba de maullar hasta que me perdía de vista. Esta era la parte positiva. La negativa venía cuando, ya siendo adolescente, como todas ellas, empezó a sentir el deseo en el cuerpo de vivir aventuras y tener experiencias nuevas. Entonces, se escapaba por los tejados, bajaba por las casas abandonadas y se perdía de vista. Y era cuando yo tenía que, a las tantas de la noche, con toda la responsabilidad de un padre preocupado y jodido, bajar a la calle y buscar a esa chica descarriada que llevaba veinticuatro horas sin aparecer por casa. Y claro, a las doce o la una, andar por ahí voceando el nombre de Lulú, siempre es sospechoso. Logré encontrarla siempre, ya sea debajo de un coche o al otro lado de una ventana ajena. Entonces saltaba sobre mí como quien le vsalva de un enorme peligro y claro, como suele ocurrir en estos casos, siempre la perdonaba. Pero el espectáculo que di a los viandantes que, durante aquella temporada, día sí día no, asistieron a semejante espectáculo, me hizo perder muchos puntos en el vecindario. Lulú fue envenenada una noche y todavía me siento culpable por ello.

No hay imagen más triste, si tienes espíritu de paloma, claro, que ver un gato ufano con una de ellas en las fauces andando deprisa hacia su comedor. Y tampoco existe otra más satisfactoria, si tus sentimientos son felinos, que la misma escena, porque es difícil para un ser terrestre, por mucho que salte, cazar a un pájaro, que es, en el aire, casi un soplo. Conozco muchos entre nosotros que son gatos, dispuestos siempre a hacer suyo todo lo que le rodea, y también palomas, con las ideas y los deseos por encima de los tejados. La verdad que, en este Toledo nuestro, por suerte o por desgracia, abundan ambas especies, como también los lobos, chacales, gorriones y jilgueros, por sólo citar otras. Todos conviviendo, desde hace siglos, como pueden en estas murallas. Según su abundancia, por épocas, marcan el carácter de la ciudad. De todas formas, lo que no sabe el gato cazador, es que nunca logrará, de verdad, atrapar a ninguna paloma por mucho que lo intente. Como mucho tendrá su cadáver, ya que ella, en realidad, está, y estará siempre, revoloteando a la altura de las nubes.

 

II

 

Mi primer recuerdo de Toledo, fue hace ya mucho tiempo, tal vez no hace tanto, pero como sabéis, el tiempo se relativiza según su uso. Si estuviésemos todos, ahora aquí, y al salir por la puerta nos encontrásemos, como a esa persona que según dicen, va por el Triángulo de las Bermudas de la  M-30 y después, sin explicación alguna, aparece en un barrio de Guayaquil, y si no acaba en un manicomio de Guayaquil, coge el primer avión y vuelve, y nadie le cree, y encima su mujer, ante sus explicaciones confusas, no le deja entrar en casa, por  tomarla por imbécil, y que termina confesando, al final, que se encontró a una antigua novia, y perdió la cabeza, y que no recuerda nada, porque estaba borracho, porque sería la explicación más sencilla, y con ello hacerse perdonar, y volver por fin al hogar. Bueno, si nos pasase eso, a buen seguro, que nuestro tiempo o la sensación del tiempo que tendríamos, que a fin de cuentas es el único que importa, correría mucho más lento. Esos dos o tres días de una realidad diferente, se convertirían, en el reloj interior que todos tenemos dentro, en siete u ocho meses, todo dependiendo del grado de tedio que soportemos en nuestras vidas.

Cuando se dice que Toledo es una ciudad sin tiempo tal vez se quiera expresar que,  por la conservación de su patrimonio, aquí parece que el tiempo se ha detenido, aunque más bien da la sensación que,   gracias a la magnífica dedicación de nuestros políticos que a Toledo, el tiempo, se le acabó,  es decir, que está irremisiblemente muerta de futuro. Y a mí me parece sin embargo  que llevo siglos entre estas murallas que te rodean siempre. Es un fenómeno raro,  porque  son ya bastante años haciendo siempre  lo mismo, lo que en teoría, debería haberme hecho  perder la memoria y, por tanto, que la vida se me pasase como  en un santiamén. ¡Anda, ya he llegado a los 50! ¡Pues no me he enterado!.

 ¿Por qué? Yo creo que es porque Toledo tiene la especial cualidad de enlazarte con el tiempo real, el del Cosmos, el del Espíritu. No soy en absoluto la misma persona que cuando llegué aquí, muchas cosas se han transformado dentro de mí en estos años, muchas de forma radical, lo que  hace que,  haciendo siempre lo mismo, haya sido  una especie de viajero de mi propio yo. Aquí, en Toledo, esto ocurre. Al final, el tiempo se ablanda, se diluye, se licúa como un elixir que corre en un hilillo hacia atrás al tratar de acordarnos de algo.   Toledo, ciudad sin tiempo, donde llegado a un punto, se pierde la memoria, y sólo queda un recuerdo sin fronteras, como en una imagen continua de un sólo fotograma donde está toda nuestra existencia.

Mi primera imagen de Toledo fue hace muchísimo tiempo, cuando vine a hacerle una visita. Ya sabéis, comer, comprar mazapán y coger el tren de vuelta a Madrid, después de machacarme cuesta arriba, cuesta abajo, haciendo los comentarios usuales: ¡Muy bonita ciudad, lo malo son las cuestas!. Y aquello de: ¡Las calles son tan estrechas, que parece imposible que pasen los coches!, con el corazón en la garganta (cosas que, aunque se muerda la lengua, siempre se terminan soltando. Como cuando se para el tren y se dice: ¡a este tren se le ha pinchado una rueda!, por ejemplo). Hubo algo, sin embargo, que casualmente fue la última visión antes de coger el tren, que me sobrecogió bastante. Era principios de invierno y, al mirar hacia atrás, contemplé como un trozo de niebla lechosa bajaba suave, sin ninguna prisa, blanda, hacia el río, cubriendo poco a poco el puente de Alcántara. Recuerdo que aquella escena, era tan irreal, que solo pude decir: ¡No es posible que esto exista! Y se me quedó clavada para siempre.

Luego, más tarde, después de algún tiempo viviendo aquí, comprendí, que esa irrealidad era el pan de todos los días, sólo había que darse una vuelta. Cuando acepté    venirme a trabajar (pensando en quedarme sólo tres meses, por probar), la primera imagen que me apareció,  cuando caminaba para hacer unas compras en el Corte Inglés de  la Gran Vía, rodeado de coches, luces y gentes por todas partes, fue la de un sueño (como cuando vemos, en los escaparates de las agencias de viajes, el póster de una solitaria isla verde, con cinco palmeritas, una pequeña playa blanca, todo rodeado de un océano purísimo y tropical, de no se sabe donde, y te reconforta, tú aquí, yendo a la oficina, después de comer, que es más duro, con la manchita de grasa escondida detrás de la corbata, que por lo menos, eso exista en la Tierra, ¿y quién sabe?). Cuando comentaba que me venía, nadie en realidad llegaba a explicárselo. Toledo, ciudad de militares y curas. Toledo, pequeña ciudad de provincias. Toledo, mazapán y damasquino.

Aún hoy, la gente de fuera que me conoce, no se lo puede explicar, pero llevo muchos años sin apenas salir del Casco. Pequeño punto en un mapa, de un país intermedio del continente europeo, uno de los cinco, que junto al mar, forman nuestro mundo, que apenas significa nada si nos alejamos un poco hacia las costelaciones planetarias (para cualquiera de los lados). Toledo, para algunos, entre los que me incluyo, con el tiempo, como aquel póster, termina siendo una isla para náufragos.

Vienen llevados por la marea de sus vidas, al borde de las olas, con cicatrices blancas al costado, y moluscos pegados a las piernas. Manchados de alquitrán, y cordeles deshilachados enredados en sus muñecas, de antiguos barcos hundidos, hace siglos. Y aquí, encuentran su sentido, y la dimensión exacta, que les aproxima a su propia imagen.

Siempre he creído, que los seres humanos no somos los mismos en cualquier parte. Que existen lugares donde nuestros, vamos a llamarlo biorritmos, energía o vitalidad, (como se quiera), son mayores. Que cada uno de nosotros tenemos nuestro lugar, o lugares, en los que es más fácil alcanzar esos deseos, que se te quedan siempre dentro;  esos propósitos, que normalmente permanecen pegados a la almohada, cuando te levantas al día siguiente, después de robarle todo el tiempo que puedes al despertador (¡cinco minutos más, que me da tiempo! Si me pongo la misma camisa, gano tres minutos!, ¡si no me cambio de pantalones, dos! Y así. Sobre todo si amanece nublado). Es como si, hasta ese momento, se estuviese navegando sobre las líneas marcadas en un mapa náutico y sólo se descubre el mar, al caer al agua. Entonces, el pasado, se convierte en un cangrejo negro, en forma de corazón, que te sale, lento y triste, por la garganta, llena de espuma.

Y es que Toledo, ciudad con unos cuantos miles de habitantes, es una isla para el espíritu. Si un día cualquiera, al mirar hacia arriba, viésemos a un monje budista, calvo él, en actitud de rezo en cualquier terraza, botella de butano flotando en un mar de tejados, soltando de vez en cuando un ¡Ohmm! gutural  para sintonizar con el más allá, nos sorprendería menos, que un broker de Manhattan, con cartera y teléfono móvil, por la calle ancha.  Igual pasaría si sobre el fondo azul de su cielo se siluetease a un grupo de flamencos rosas atravesando el aire, aleteando hacia África, por ejemplo. Y también Toledo  es una ratonera.

 

III

 

Lo primero que hice, la primera noche al llegar, fue salir a dar una vuelta. Y no se me ocurrió otra cosa que hacerlo por la Judería. A los diez minutos, ya me encontraba absolutamente perdido. Pasaba de una calle que se retorcía, a otra que hacía lo mismo, para al final, volver sobre mis propios pasos, al comprobar que no tenía salida, y vuelta a empezar, todo en la más absoluta oscuridad. Recuerdo que, en una de las ocasiones, me encontré con un muchacho apoyado en una esquina. Nos saludamos cortésmente, y seguí en la seguridad de encontrar el camino de vuelta de aquel laberinto. Mi sorpresa vino cuando, a los veinte minutos, me topé con el mismo chaval ¡yo juraría que en otra esquina! ¡Nunca lo sabré! Me volvió a saludar, con algún retintín, y le repetí el saludo, ya con cierto pánico.

 Y es que en Toledo, lo mismo se crece para adentro, como te vuelves loco. Si vives en el Casco, salvo que busques las vistas, nunca llegas a ver el horizonte, como en una caja de pruebas para roedores. Esto, con el tiempo, a unos trastorna, y Toledo se convierte en un pequeño manicomio de personas que no pueden salir de sí mismas (personas yo-yó, porque yo, porque yo, porque yo), y, a otros, les sirve de puerta de acceso a un mundo que les transforma, hasta dejarlos transparentes. Y es que aquí, llegado un momento, te das cuenta que el culto a la razón, muy común en Nueva York, hace al hombre poderosamente tonto, como peces de colores en un acuario.

Así, con la torpeza del marinero en tierra, poco a poco, con los hilos que te sujetaban antes, rompiéndose en cada paso, pasas de ser un náufrago a un cautivo. Más allá de las murallas, ya no está el mar, se lleva anclado en los párpados. Al cerrar los ojos, tu propio barco abandona el puerto, en silencio, para navegar, lento, hacia la oscuridad. Al abrirlos, las constelaciones te caen encima, desgranadas en el vacío. En ese momento, piensas, que Madrid, para visitar bien, pero no para quedarte a vivir mucho tiempo.

Y es que son iguales de altas las murallas de Toledo para entrar como para salir. Peñascosa pesadumbre que te atrapa (o, lo que es lo mismo, en Toledo, uno llega llorando y se va llorando, según el dicho).

(En esta capital de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, llena de funcionarios que intentan aparcar, después de las procesiones, por la cera, las calles chirrían. Esto hace que los viandantes se miren los zapatos incómodos al escuchar el crujir de sus propios pasos, pero nadie se ríe, y terminan caminando con la actitud del muñeco articulado).

En Toledo, somos siempre los mismos, en todas partes, lo que produce cierta confusión. Recuerdo que hace ya muchos años, al coger el autobús que iba a Madrid, en el andén coincidimos con la mirada otro chaval, en aquel entonces, y yo. Y, como alguna vez ocurre, no se sabe porqué, la mantuvimos unos segundos, ambos seguro, pensando que nos conocíamos, vete tú a saber de qué. Y, por si las moscas, nos intercambiamos un saludo cortés y distante, por si acaso, ya se sabe, por el que dirán.

Bueno, pues volví a verlo meses más tarde en el Rastro. Y, claro, volvimos a saludarnos con exquisita cortesía. Luego, en Zocodover, más de lo mismo. Y, así, durante estos últimos doce años. Yo veía que cuanta más cordialidad le ponía yo al gesto del saludo, él, curiosamente, hacía otro tanto de lo mismo. Ahora, al pasar, ya casi nos abrazamos. Ninguno de los dos sabe nada del otro, ni siquiera su nombre, pero se quiera o no, hemos envejecido juntos, (ahora está un poco más calvo) en esta relación hipócrita.

Toledo no son los toledanos o, por lo menos, no son sólo los toledanos de ahora. Si vives en el Casco, llega un momento, por adherencia al medioambiente (fenómeno parecido a lo que les ocurre a los pobres galápagos de las Islas Galápagos), que el pasado  te transforma más que el presente. Es más poderosa la influencia de la Luna sobre la ciudad, desde el Parador, que lo que te pueda decir tu vecino, que trabaja en el Virgen de la Salud. Te come mucho más el coco andar por los cobertizos que tomarte una copa con los compas, en el último pub de moda. Imprime más carácter hallarse rodeado, durante las veinticuatro horas del día, de este Toledo, tal cual, con sus quinientos años, al menos, siempre alrededor, que tu vida social, aunque tengas antena parabólica.

 Y, eso, sin contar con el subsuelo. Es decir, con este Toledo hueco donde, según metes el azadón, encuentras un hueso. Quien más quien menos sabe que tiene, o puede tener, un inquilino en su casa. ¡Vamos a tirar este tabique para ampliar la cocina y así podemos hacer un office! y ¡ala! entre los escombros, te aparece un desconocido. La abuela dice eso de que seguro que a este lo lapidaron en alguna guerra. El niño, sanguinario, en tono de película de miedo, que ha sido fruto de un crimen familiar. Por, por si las moscas, lo vuelven a poner en su sitio, antes de que aparezcan los de Bellas Artes y tener que compartir el Colacao, con el arqueólogo o el aparejador, de las próximas mañanas.

Cuando vivía en aquella por el Puente de San Martín,  , junto con mis compañeros, todos veníamos de fuera y, por lo tanto, nos interesaba más el último estreno en Madrid que el Toledo a Plena Luz, del aquel entonces. Después de algunos meses, yo no sé si era porque la casa daba al hueco sobre el río, porque teníamos que cruzar de noche por el puente,  o porque nos aburríamos, pero la verdad es que hasta el más ecléctico de nosotros, si se quedaba solo a dormir, al día siguiente, se le podían ver unas ojeras que le llegaban al cerebelo. ¡Oye, no he podido pegar ojo! ¡Notaba como una presencia extraña, de no sé qué, que no te puedo explicar! ¡Fíjate, me puse a rezar, y eso que soy ateo!, argumentaban, con el aspecto que podría tener un caníbal con resaca.

 Es que Toledo, llega un momento,  que se te mete dentro, con todo lo que hay. Desde el Puente de Alcántara al de San Martín. Desde el Cerro del Bú a la Vega. Entonces, te duele. (Como a Guerrero Malagón le dolía. Es un dolor físico, difícilmente explicable para los que, por ejemplo, vienen de Alcázar de San Juan y viven en Las Nieves. Y piensan:  ¡Vamos a dejar nuestra huella, ahora que podemos! Y construyen una Consejería de Agricultura, para que la  Historia y nosotros nos acordemos de sus antepasados). Cuando te ocurre esto, no es raro, en el mismo paquete, junto al Cristo de la Luz y la Mezquita de Tornerías, que se te cuelen algunos intrusos de rondón. La mejor forma de hacerlos salir es pegar un buen grito, de esos que te dejan sin alma, sin nada, como una carcasa, durante unos segundos, para que cabalguen perdidos, los pobres, sobre tu alarido, en el espacio hueco de la ciudad, en la noche. (Por otra parte, también es una buena terapia para tranquilizar histéricos, por lo que es muy recomendable).

Si no, si uno se deja llevar por la vagancia (¡Sí, voy a abrir la ventana con el frío que hace! o ¡Lo dejo para cuando acabe el partido!) te hacen suyo. Entonces, te pueden convertir en un autómata, un hombre de palo, que siente sin sentir, que piensa sin pensar. Un sin yo, como en aquella vieja tradición judía del hombre hecho de barro por los alquimistas, descrita por Borges, con el nombre de Dios escrito en la frente, y que, al borrar parte, quedaba sin voluntad, bajo el dominio de su propio alfarero.

 Cuando ocurre esto, los días pasan inconsistentes, sin peso, como cuando ha ocurrido algo y, se presiente, va a pasar otra cosa en la lejanía, y mientras tanto, se permanece lelo, en una transición ausente, bajo cielos repetidos, sin sol ni lluvias, con un ininterrumpido manto de nubes, blanquecinas, a una altura enorme, indiferentes, cubriendo el cielo por completo. Si se mira hacia atrás, el ayer, tenue, se pierde borrado por los años, o resulta tan próximo que se encuentra, a tres latidos de un corazón light, según los casos.

(Conforme apareció en la prensa local, en Gilitos, sede de las Cortes de Castilla-La Mancha, el personal de limpieza andaba algo mosqueado. Cerraban una puerta y se la abría; trasladaban una papelera y la volvían  a poner en su sitio. Inclusive, hubo casos en el  que a alguna limpiadora, le tiraron del moño, por hacer gracia. Como son buena gente, y acostumbrada a aguantar (¡Ay, hija mía! lo que yo aguanto, con estas varices, no lo sabe nadie!), no se lo tomaron a mal. ¡Si no son malos, es que se aburren, comentaban defendiéndolos, con un cierto halago, de que se hubieran fijado en ellas).

 

IV

 

Y es que, en Toledo, los cipreses marcan el camino. Seguro que si alguien se muere en la Castellana, lo hace como pidiendo perdón por salirse del rollo. ¿Es imaginable, por ejemplo, un coche fúnebre esperando, delante de un Mac Donald, un VIPs o un Kentaky Frai Kitchen? ¿Alguien ha visto, alguna vez, salir un finado, en su cajita de madera de abedul, con el fondo guateado en tela salmón, decorado con remaches dorados, llevado por esos simpáticos empleados de las pompas fúnebres, de Torre Picasso, o atravesando el Parque del Descubrimiento? Según me comentan, existe cierta censura, respecto al tema de la muerte, en las televisiones americanas. Supongo porque deprime. Los psiquiatras, en las consultas, siempre te reciben con una sonrisa de oreja a oreja y después se van a jugar al golf.

Aquí, la muerte, no te la quitas de encima. Lo que hace que cualquier pérdida de perspectiva, sea mucho más grave. Un imbécil en Toledo es más imbécil que en cualquier otro sitio. Un cretino, lo mismo. Es muy fácil querer comerse el mundo en Barcelona o Bilbao, por ejemplo, en París o en Bonn. Está tirado eso de ir de ejecutivo agresivo en Los Ángeles pero ¿quién es el guapo que lo mantiene durante un cierto tiempo, cuando según pasas por las calles, ves las esquelas que te van diciendo: ¡Esto son pocos días! o ¡Mira éste, también se creía el rey de la Patagonia! Las únicas posibilidades, un poco aceptables, en tan estrecho margen de maniobra, serían o vivir  la vida como un permiso carcelario o entrar directamente en el camino de la santidad, dependiendo del carácter y la alimentación.

Cuando aparece un caso crónico de lo que se suele llamar un venao (tipo humano que se caracteriza por ser siempre igual a sí mismo. Es indiferente que haya estudiado en Oxford o se haya quedado en tercero de F.P.; que de la vuelta al mundo cinco veces o que se le muera toda la familia de golpe; que viva en Minesota o en el Pozo del Tío Raimundo, él se mantiene inmutable, porque las cosas de la vida le traspasan, como un colador. ¡Oye, Alfredo, mira que han pasado veinte años, desde la última vez que nos vimos y sigues pensando como cuando jugábamos a la pelota en el pueblo y eso que eres Ministro, inclusive continúas con esa manía tuya de hurgarte la nariz), cuando aparece un caso de estos, yendo cuesta arriba, cuesta abajo, con su cartera, en pleno mes de agosto, como un conejito duracell, los toledanos suelen contemplar el espectáculo con la actitud del negro africano que, sentado en la puerta de su cabaña, ve aparecer al ingeniero de una compañía alemana de construcción y observa moviendo la cabeza con pena, de como bajo el sol de las tres de la tarde va y viene como el hijo de Chiquito de la Calzada.

Es decir, sobre este cementerio vertical que es Toledo, se suele llegar, por impregnación, a una cierta sabiduría a edades muy tempranas, parecida a la que lograron aquellos estudiantes que se quedaron colgados en los Andes y que terminaron comiéndose unos a otros. O la de aquel Premio Nóbel de física creo que, ya con ochenta años, le preguntaron que si volvería a nacer, qué cosas haría que no había hecho y respondió, sin pensárselo dos veces: subirme a los árboles, perseguir a las chicas (hasta atraparlas) y decir palabrotas. Como diría Heminway, aquí, en Toledo, no se sabe nunca, a ciencia cierta, por quién doblan las campanas. 

Y, con ella, la sabiduría, por lo general se da esa pasividad del que sabe que está de paso; del que tiene plena conciencia de que después de un día, viene otro; de que no por mucho madrugar, se amanece más temprano, y el que mucho corre pronto para; que, en bastantes casos, produce una tendencia natural al recogimiento interior y la meditación trascendental. (No sería extraño, en este sentido, encontrarse una mañana con Pepe, apoyado en su esquina habitual, levitando a dos centímetros del suelo; o a José Ignacio, en su corrillo diario, prediciendo el fin del mundo o hablando, sin venir a cuento, en cinco lenguas muertas, sobre el hijo de la madre de su jefe). Y es que Toledo, además, tiene un clima jodido. Es uno de los pocos sitios en que los turistas dan pena. Los pobres, con su botellita de aquí para allá, molestando en todas partes, subiendo y bajando, con sol encima, casi diluidos. En otros lugares, sólo disfrutan. Aquí se esfuerzan, en no perder el conocimiento.

Por esto, en Toledo se hace tan importante, en ciertas épocas del año, el rito de seguir sombras (últimamente bastante difícil, debido a que, según pasas, te va dando el chorro de los aparatos de aire acondicionado en el cogote). Por el Corpus, sin embargo, la ciudad se toma un respiro. Toledo, entonces, pasa a ser, con sus toldos al viento, una isla que navega. Y que, de vez en cuando, te vomita, sin previo aviso, el agua de las últimas lluvias, de sopetón, ante el regocijo general, haciéndote la quisqui. Por la noche, las sombras son engullidas por los callejones, donde maúllan  aullando  los gatos.

 

V

 

Los náufragos en Toledo suelen llevarse bien con los gatos. Se acercan a su paso estirados, con la cola levantada en forma de ele, para olerles las manos y rozarse en sus pantorrillas. Tal vez esa simpatía común les viene del deseo, nunca satisfecho, que genera la noche. Busca que te busca, siempre inquietos. O a la rara sensación de ambos de encontrarse perdidos en un mundo lunar. Lo cierto es que durante un rato pueden ir juntos por las callejuelas y, sin embargo, al final, no pueden evitar despedirse en la más absoluta indiferencia. El último maullido, según se pasa la primera esquina, suena ya como a mil millones de kilómetros de distancia. (Fenómeno de ensimismamiento, parecido a la típica aventura en Madrid, muy común y de mucha afición, junto a la de ir de compras, entre nosotros, por otra parte. Casi una tradición que pasa de padres a hijos. Sólo con darse, luego, el primer paseo por la calle Ancha: ¡Hola, doña Puri! ¡Qué tal tu padre Antonio! ¡Anda que el Atleta, vaya papelón! todo de seguido, se acaba, ya a la altura de las Cuatro Calles, con una vaga idea de aquello que fue casi como si alguien te lo hubiera contado. ¡Te vi! ¿A mí? –puede ser una conversación habitual).

 Y es que aquí, además, tenemos la suerte de que hay poco sexo, lo que eleva bastante el espíritu. Y te hace afinar mucho en estrategias. El toledano es un ser complejo, que tiene que darle mucho al coco. Es común que, cuando hace algo, tenga que tener en cuenta no sólo lo que hace, sino, también, lo que puede parecer, lo que eso puede influir, no ya en el resultado, (porque lo usual, es que termine todo el mundo participando, de una manera u otra, en el invento), sino, asimismo, en las posteriores consecuencias para su vida en multitud. Porque, por mucho que quiera hacerse invisible, lo normal es que las multitudes de conocidos le acompañen hasta la tumba.

Por eso, quien más quien menos conoce, para sus contactos piratas, como mínimo, dos o tres sitios burbuja. O, lo que es lo mismo, lugares en los que, en teoría, existen muy pocas posibilidades de coincidir con algún conocido, familiar de conocido, sus múltiples amigos o gente en general, relacionada con estos últimos. En total, un mogollón. Aunque a decir verdad, los más viejos y experimentados, emplean el sistema inverso: ir a los lugares más públicos posibles (es lo que se llama, el toque natural) para que el asunto pase desapercibido. (Por ejemplo, Zocodover a las doce de la mañana, o la Catedral los domingos). Así, mediante esta sofisticada técnica, se supone que los demás van a pensar que el citado encuentro, que en el fondo es secreto, es sólo fruto de la más pura casualidad. (Nada por aquí, nada por allá, ¡Alehop!). De todas maneras, nunca aciertan. Porque como todos dicen, estas cosas se notan siempre. (En Toledo se suele emplear a discreción la expresión ¡Hola, pareja! ¡Adiós pareja!, con un cierto retintín final. En cuanto hay dos, al buen tuntún, aunque sea el caso de dos líderes políticos rivales . Cuando se da en el blanco, los resultados, según los caretos, pueden ser evidentes).

La ventaja del náufrago en Toledo es que puede hacer realidad el sueño que escribió una vez Jean Latergui de no tener pasado, o inventarse el pasado, y casi el nombre. O, lo que es igual, ser otra persona, vivir otra vida, cosa que sólo es posible en las islas o en ciudades muy lejanas, más bien al norte. Y, con el paso del tiempo, ir creciendo hasta hacerlo verdad. Porque aquí, el pasado resulta un problema para casi todo el mundo.

En Toledo, se suele decir que se perdona pero no se olvida, ante los sucesivos roces que genera esta convivencia en común nuestra. Y, para eso, hace falta tener memoria de elefante o ir recordando de vez en cuando las cosas. Quien más quien menos conoce, desde la infancia, los diferentes avatares de unos y otros al dedillo, lo que hace que se viva en cierta democracia local interna. Ya puede ser Antoñito alcalde de Toledo como secretario de Estado. Con los pies en la calle, siempre será “El Pulga”, “El Chiqui” o “El Piernas”, o vete tú a saber. Esto, resulta siempre una buena cura de humildad, virtud imprescindible para andar por el camino de la perfección.

¡Anda, ¿ese no es el Felipe?, lo vi el otro día en la televisión! ¿Felipe? ¡Ah, El Alambique! Menudas cogorzas, cuando andaba por aquí! ¡Se casó con una, que no creas tampoco que la encontró en un convento! ¡Anda que no ha habido veces, de pequeños, que su madre iba a mi casa a pedir algo, para poder terminar el mes, porque su padre, pintor, era un pinta de mucho cuidado! ¡No sé, esa pobre mujer, las cosas que ha tenido que hacer para sacar a la familia adelante! ¡Fíjate, si lo conozco! ¡Es mi amigo, lo que yo le pida! ¡No te digo más!

Gracias a la actuación de esta memoria colectiva beligerante y a flor de piel, gozamos de gran solidaridad interna, en la que los triunfos de los demás son sentidos como triunfos propios, por una parte, y también se logra que nadie, pase lo que pase, pueda olvidar sus orígenes. Problema muy común entre el resto de triunfadores de todo pelaje, en otras anónimas latitudes.

Todo esto, nos enlaza con la fe. Aquí, cuando no podemos romperle la cabeza a alguien, o no nos merece la pena hacerlo, por los veinte años de trullo, o por nuestro carácter pacifista, decimos eso de: Dios y el tiempo. O, lo que es lo mismo: ¡Seguro que te vas a enterar, más adelante, de lo que es bueno! Y se piensa, sin desearlo, pero con la seguridad que va a ocurrir, a salvo de las úlceras de estómago, en una tragedia, que le haga pagar todo el mal hecho. Si resulta que el susodicho en cuestión va, como suele pasar, de triunfo en triunfo, duerme tranquilo y casa a todas sus hijas con aristócratas con pasta, sólo queda la enfermedad crónica. Si, encima, se muere en la cama, por la noche y dormido, entonces se recurre al juicio final y al fuego eterno, que nunca falla. Por lo general, tenemos la paciencia del peón caminero, porque somos un pueblo antiguo y tolerante, imprescindible para el desarrollo espiritual. Y lo más gracioso,  es que tenemos razón.

Al náufrago en Toledo, ocasionalmente, el diablo le puede acompañar en sus paseos, sobre todo en invierno. Trata, a través de sus pupilas, el pobre, de entrar para dar una vuelta a su costa. Se suele rechazar, porque bastantes problemas ya tiene uno consigo mismo. Entonces, ataca rabioso, hasta convertirlo en un ser pequeño y temeroso, con las piernas temblonas y el pecho encogido. Otras veces, su piel, según pasa, queda adherida, pegada y desgarrada a esquinas y paredes, hasta acabar al final de la calle, en carne viva, con las venas y músculos al aire, marcando las fronteras en su cuerpo, con todo el universo helado encima. Pero por lo común, le crea mala sangre, que sólo se le puede quitar con una hembra de burdel. En Toledo, no hay casas de putas. Y el Papa Negro, no deja de ser un pobre hombre.

No en vano, Toledo es la ciudad de la tolerancia (a pesar de que los turistas no tengan urinarios públicos y en los bares les prohíban el uso de sus servicios porque, precisamente, no son urinarios públicos),  donde las tres culturas se caen por su propio peso hasta quedar, si nadie lo remedia, en ruinas.  En realidad aquí  hay poca cultura,  y eso no es tan malo. Entre ir a misa o asistir a una conferencia , el toledano, lo normal, es que vaya a misa. Y bien que hace, que esto, y aquí lo sabemos muy bien, son dos días. Y es que, entre nosotros, hay demasiada gente sólo esperando el momento de decir adiós. Deseándolo, como el rey Arturo, antes de su última batalla, cansado de tanto deber cumplido, o El Principito, de Exupery, después de que le mordiera la serpiente, al encuentro de su rosa enamorada, allá lejos, en el pequeño satélite que era su hogar (la edad media de los habitantes del casco, es de un montón de años).

 

VI

 

Toledo, ciudad del espíritu. Se dice que si ponemos Jerusalem y Toledo, una encima de la otra, o viceversa, coinciden. Isla del alma, como utopía o realidad. Yo veo, a Toledo, como ciudad puerta hacia el interior, que es como decir hacia uno mismo. Y por ahí, en sucesivas transformaciones, si no se queda colgado en algún vericueto de este laberinto nuestro (similar a la escena que vi, al pasar, una vez por una placita minúscula de la judería, donde un turista, dentro de su coche nuevo, totalmente encajonado, como si lo hubieran dejado allí un ovni, trataba, con los ojos desorbitados y ya sanguinolientos, a las tres de la tarde, sin comer seguro, soportando sus treinta y siete grados a la sombra, sin aire acondicionado, a base de pequeñas e inútiles maniobras, salir de aquella trampa mortal. Los pocos viandantes que aparecían no podían hacer nada más que sentir lástima o cierta guasa, según el carácter. Daba la impresión que en cualquier momento fuera a aparecer un animal, de esos insectívoros, con grandes patas aserradas y fuertes mandíbulas, algo así como un cangrejo de río, y se lo fuese a llevar, con el bicho dentro, para siempre. No he vuelto a pasar. Porque seguro que, con cinco mil turistas brujuleando todo el día por todas partes como locos, la historia se debe repetir bastante). Bueno, si no se queda colgado en algún vericueto,  se logra sintonizar con nuestro yo eterno, que no es otra cosa que el más allá, bastante corriente en otros sitios similares, como el Tíbet o las catacumbas de Roma y sus leones.

Y al náufrago, según iba transcurriendo el tiempo sin tiempo de Toledo, isla del alma, notaba como a veces, en ciertos lugares, en ciertos momentos, el cuerpo, es como si le dejase de existir. Pasaba a ser vibraciones en el aire. Un diapasón golpeado en el que la materia, su carne, la calavera, se convertían en ondas gruesas y compactas, y lo que quedaba sólo era un residuo sin vida. Era, como la resaca, de una sirena de aviso, en zona de icebergs. Más tarde, cuando se recuperaba, era cuando empezaba a ser él. El baile de máscaras. Ahora era aquel árabe sentado en la cabila, sorbiendo té y fumando hachís. Ahora un rabino dando pequeños mordisquitos, con dos dientes, a un pan ácimo, balanceándose de atrás para adelante en su silla, leyendo la Torá como un poseso. Mientras, era consciente, que allá lejos, en ese preciso instante, una enorme ballena gris surgía de las profundidades, como una aparición fantástica, entre los hielos del mar de Bering, en un pesado alto hacia la luz, en el aire de aquel día.

En esos momentos, las sorpresas que le venían, las entendía como mensajes de los dioses. Si sentado en un banco otoñal de Zocodover, bajo los árboles desnudos y las manos frías, una racha de viento le traía el aroma del mar, entonces, se veía rodeado de mástiles al viento, y daba gracias estremecido. Si a las primeras bombillas encendidas, de un atardecer agónico de invierno, una chica con ojos de paloma se posaba a su lado un rato, antes de correr hacia la parada del autobús que la llevaba al Polígono, conservaba su calor hasta que le terminaba ardiendo el aparato digestivo, como un dragón mudo. Podía seguir su rastro caliente, aunque amaneciese, sobre las piedras desnudas. Al llegar al Arco de la Sangre, se paraba para coger aliento y de ahí, siempre, terminaba por volver. La ausencia de necesidad deja espacio al auténtico amor, mascullaba entonces, cabizbajo pero libre.

Según me recordó, tomando un café, mi amiga Rosario, la utopía era una isla, como lo somos todos. Toledo, isla anclada en el espíritu, donde a menudo las olas que chocan contra sus murallas traen náufragos. Donde el hombre, según vive, lo haría como si caminase en una de esas playas blancas y solitarias, que existen en la lejanía, como las de aquel póster de la agencia de viajes. Y, cada vez, el pequeño punto que se aleja, ya casi no le vemos, en el inmenso vacío, se va haciendo más transparente, más consciente, no sólo de sí mismo (el único refugio en la soledad absoluta), sino también de su unidad con todo el universo de energías y constelaciones, que se le meten dentro y lo hacen suyo. Hasta desaparecer.

Toledo debería tener delfines, saltando azules por encima del Tajo, pero tiene gatos en los tejados que borran  nuestras huellas en la arena con el rabo, hasta perdernos de vista, para siempre. (Continuará)

 




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