Sólo, amarillo y sediento de vida, mirabas volar las golondrinas. Para ti eran flechas que pasaban y no te herían. Cuando salí del pueblo sólo me despidieron las hojas de los árboles que movía el viento. Pretender vivir de la poesía, es subirse en el arco iris de la tontería.
¡Hola muerte!,
saludé alegre.
Me dio un guadañazo
y me dejó sin dientes.
Anochece, dijo el vampiro,
desplegó sus alas
y en sus colmillos
brilló un cautivo suspiro. |