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En Puntos de vista | Antonio Lázaro  hoy 

redacción

  LAS DISTANCIAS MAGNÉTICAS

Antonio Lázaro

 

 

ASTRANA, ROSELL Y UN REGALO PERFECTO

Todos los cervantistas y quijotistas (no siempre son coincidentes los términos) que en el mundo son, conocen a don Luis Astrana Marín. Su “Vida heroica de Miguel de Cervantes” reúne en casi una decena de volúmenes y millares de páginas toda la documentación existente a mediados del siglo pasado sobre la vida y la obra del genial autor del Quijote, aportando análisis e hipótesis interpretativas en su mayor parte oportunas y vigentes. Hay quien opina que quizá sobrase lo de heroico, tributo de un masón acorralado a un régimen que hacía desfilar brazo en alto y en calzón corto a todo quisque, jóvenes y no tan jóvenes. Pero a uno le parece que ese heroico se refiere más a la proeza de sobrevivir como escritor en España (y como paradigma, además, de gran escritor universal) que a su participación en la de Lepanto.

Porque heroica fue ciertamente la trayectoria del propio Astrana. Dotado para la música y para las letras, se fugó del Seminario de Cuenca y se embarcó hacia esos mundos de dios y del diablo como marino. Peregrinó hasta Stratford-on-Avon y Londres en pos de su admirado Shakespeare, de quien sigue siendo su mayor y mejor traductor en lengua española. Ya en Madrid, se zambulle en la bohemia de los años 10 y 20 del pasado siglo. Cultiva diferentes géneros y comete la osadía de acusar de plagiarios a varios de los escritores consagrados y/o académicos del momento. Esto le costará la ojeriza de por vida, y aun postmortem, de la cultura institucionalizada y oficialista. Casado y con una hija enferma de por vida, consigue sacar adelante a la familia escribiendo de madrugada en la cocina, mejor calefactada que el resto de la casa. Su tercera de ABC, anticipatoria de la de César González Ruano, duró décadas con éxito. Astrana pertenece a esas generaciones de literatos de café que fueron sostén y columna vertebral de nuestra mejor literatura.

Para conocer a fondo la vida y obra de Cervantes, Astrana es imprescindible. Eso lo saben y aprecian bien en Esquivias, donde alzaron busto de Ávalos al investigador en una céntrica plazuela. Y ahora, por intermediación de Pepe Rosell, maestro y guía en el proceloso y magnífico universo de Cervantes, la Sociedad Cervantina de esa villa sagreña se ha desplazado hasta el pueblo natal de Astrana, Villaescusa de Haro, para rendirle tributo y disipar siquiera un poco la fúnebre niebla del olvido. No me fue posible asistir al homenaje presencialmente pero mi corazón, mi afección y todo mi fervor cervantino estaban allí el pasado sábado, junto al maestro Rosell y el resto de amigos. De verdad que me hubiera encantado compartir esa caldereta de Villaescusa bajo la advocación del gran Astrana, quien se escapaba del Madrid sitiado de la guerra para aprovisionarse de víveres en su bello pueblo natal.

Rosell, siempre Rosell, es coautor, junto al pintor Fidel María Puebla, de un delicioso libro: “Galería de luz en la palabra, 25 personajes del Quijote en la conciencia estética de Fidel María Puebla”. Se trata de un excelente libro para iniciarse, para apetecer la lectura o relectura del Quijote. Vivimos un país tan dubitativo, tan inseguro de sí mismo, que hay más de un escritor que declara sin complejos su desdén, cuando no ignorancia, del Quijote. El gran crítico y novelista canario Sabas Martín, colega en estudios de Filología Hispánica, me contó que atendió dos cursos monográficos sobre la asignatura del Quijote, que tenía el tratamiento de una asignatura específica. Claro que eso sucedía en la ilustrada universidad de La Laguna. Opino que quien conozca de verdad el Quijote y La Celestina ya no desmayará nunca en la afición a las letras: en esos dos libros están la Biblia, la Cábala, el diálogo socrático y el renacentistista, la tragedia griega, la mitología clásica, la comedia latina, la picaresca, el teatro barroco, el mismísimo Shakespeare y (si me apuran) la novela negra… Este delicioso libro que sus autores han tenido el detalle de hacerme prologar, es un bello aperitivo para apetecer el Quijote y, desde luego, una excelente opción para los inminentes regalos navideños.

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HA MUERTO EL SIGLO XX

1

Se muere el último romántico y con él agoniza o mejor expira, en cierto modo, el siglo pasado. Quedan sus desoladas canciones un punto juguetonas y el recuerdo de los riffs más imborrables del rock and roll español; los más aterciopelados pero también a veces los más salvajes. Eran como hacer surf para los que nunca lo hicimos. Perdurará la encorvada silueta negra pero entrañable de Antonio Vega bajo los focos, esa energía ilimitada que irradiaba sin cambiar de sitio en escena. Moviéndose sutilmente, sin embargo, a la manera de un viejo maestro zen que dictara sus enseñanzas desde el interior de un palacio de cristales hirientes, después de haber atravesado la puerta de los infernales paraísos de la Droga.

Y era también Antonio Vega parte de la mejor banda sonora del fin del milenio. Ahora sí que empieza a parecer imparable el advenimiento de la era de las máquinas: música robótica, sexo virtual, viajes digitales, drogas telepáticas… Un mundo descomunal al que sólo nos dejarán asomarnos a través de una pantalla hasta que nos estallen primero la cabeza y luego los globos oculares. Te daba miedo la enormidad donde nadie pudiera oír tu voz. Pues bien , la enormidad de los enanos, la descomunal realidad simplemente binaria, ya está aquí, ya llegó. El Gran Cthulhu, o Catulo, o Chulú, se despereza de su letargo antiguo; infinitos pequeños chulúes se infliltran y trepan por doquier. Sólo los resistentes escucharemos tu suave intensa voz, como de colega viejo al que embistió el toro de la vida con su pitón de hielo, antes de que las máquinas acaben también con nosotros. Pero nos llevaremos unas cuantas por delante, desde luego, eso puedes tenerlo claro…

2

El futuro ya está aquí pero vamos a regresar por unos instantes al pasado. Se mitifica ahora la movida de los ochenta, que en realidad creo que fue un movimiento algo confuso y elitista, y desde luego básicamente un eslogan promocional muy bien vendido. En Madrid había arrancado en los setenta un movimiento imparable en los barrios del que emergieron, entre otros, Burning y el primer Ramoncín. Esta irrupción de los barrios en la vanguardia, con algún príncipe y un montón de princesas, la visualizo en el primer concierto de Doctor Feelgood en el viejo Pabellón del Real Madrid, con aquella inesperada proliferación de tupés engominados, chupas de cuero y zapatos de punta. De la ulterior movida, han trascendido el cine de Almodóvar, hijo bizarro de los lados más glamoroso y canalla de la misma, el pop de Carlos Berlanga (al que su padre, el gran cineasta, espiaba de incógnito en sus primeros conciertos), Olvido Gara-Alaska (todo un género en sí misma) y, desde luego, la obra en los límites de la genialidad del gran Antonio Vega, que se acaba de ir. Mi amigo Nacho Campillo, otro de los grandes, llegó más tarde y venía con el maletín lleno de la luz de Badajoz y de la niebla de Londres.

“Me vuelvo loco buscándote en el tiempo”. Nunca te vi por el Penta, las pocas veces que fui (yo era más de la primitiva Manuela y del Lefkas, y luego derroté con mis amigos ácratas hacia la parte de Pez, ah el viejo Maño y el gran Mogambo). Te asocio, no sé por qué, a aquella noche mágica en que un chico y una chica se desnudaron en la plaza del Dos de Mayo, encaramados en las estatuas de Daoíz y Velarde, y hubo como un estallido compartido y una ilusión de libertad y luego cargó la policía.

Ahora, esperando nada, las máquinas perfectamente conectadas a todos los hogares dosifican sus inagotables reservas de paciencia. Adiós, Antonio. No hay nada mejor que estar aquí.

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AMIGO ROSELL

Desde que llegué a Toledo, hace ya la friolera de 25 años, vengo siguiendo sus artículos que son como ese mágico líquido que sobre un papel en blanco revelaba, en la vieja fotografía analógica, una imagen plena de matices, formas y colores. Toledo y La Mancha son sus temas recurrentes o principales, con la inmensa figura de Don Quijote y su rechoncho alter ego acrecentándose en el fondo del paisaje, pero en la obra de Rosell late una permanente búsqueda o indagación del hombre, del otro o del mismo yo que se alberga en nuestro interior; del hombre y (habría que destacar) también de la mujer, cherchez la femme, tema esencial en su idolatrado Cervantes y nada baladí en este exquisito cantor contemporáneo de la Dama que es Pepe Rosell.

Pero sólo hace unos años, puede que diez, tuve el privilegio de conocerlo, de empezar a tratarlo y enseguida de descubrir y compartir ese mágico don de la amistad. Desde entonces, su columna semanal en la edición toledana de ABC pasó a ser una especie de droga cordial, la costumbre sana de abrevar en un costumbrismo que se trasciende, un costumbrismo diríamos trascendente. El Quijote, gracias a Rosell, pasó a ser cada vez más apetecible y más comprensible también. Esquivias, una blanca llamada en la ladera, una tregua literaria y mágica en el trajín diario de la autovía. Y Catalina de Palacios, algo mucho más complejo e interesante que tan sólo una boda de conveniencia. Pepe me hizo reparar en un dato inequívoco: tras encuentros y desencuentros, que se darían sin duda entre ellos, sin embargo fue ella la mujer que acompañó al genial escritor en el duro trance final de entregar el alma. ¿Acaso eso no significa nada?

De Pepe me gustan muchas cosas además de su franqueza castellana y bargueña y de su incomparable sabiduría quijotesca y cervantina. Pepe ama a Toledo y ama a la Mancha, pero nunca su discurso es terruñista ni cerrado. Pepe, como las aspas de los molinos de viento, es una mente lúcida abierta a los cuatro puntos cardinales, abierta al mundo. Y en su lucha por la verdad, la justicia y la belleza, no duda en fustigar a los gigantes, ay tan reales, de la injusticia, los atropellos, los agravios o la destrucción del entorno que heredamos y que hemos de legar a nuestros hijos. Modélico en este último sentido es su reivindicación del hoy maltrecho Tajo en su serie de artículos sobre los pescadores de Toledo.

Precisamente esta serie, junto con una amplia selección de decenas de artículos más, acaba de aparecer recientemente en el catálogo de Publicaciones de la Consejería de Cultura, Turismo y Artesanía, reunidos en un hermoso libro bajo el título, definitivo y cordial, de Amigo Sancho. Dispersos en hemerotecas, gracias a esta iniciativa los artículos mencionados pueden ser disfrutados y paladeados bajo una perspectiva nueva, la del libro, que les añade hondura sin restarles amenidad. Viajes a enclaves magníficos relacionados con la obra cervantina, platos y vinos dignos de felice recordación, oficios perdidos, nombres y apellidos de una Mancha que se resiste a morir aplastada por el peso del progreso, cosas del Quijote que no habíamos sabido ver pero que él, Rosell, gentilmente tiene la amabilidad de desvelarnos. Un libro ideal para regalar o regalarse ahora que el Día del Libro se aproxima un año más. Y una iniciativa que honra a la Consejería de Cultura, Turismo y Artesanía y en la que me enorgullece haber tomado parte.

En fin, Pepe, todo esto que ahora escribo ya te lo tengo dicho. El 23 de abril nos juntaremos de nuevo a la sombra de la espigada estatua de Cervantes, bajo el Arco de Sangre. Y recitaremos un año más en honor del príncipe de los ingenios y de sus dos ingeniosas criaturas…

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ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, UN BELLO NAUFRAGIO EN EL RETIRO

Conocí a Sarrión en los años 70. Lo conocí como poeta, nimbado de la gloria de ser reciente novísimo en la famosa antología de Castellet, y lo conocí como amigo y maestro, a través de su buen amigo y tío mío el serígrafo Javier Cebrián, que trataba de apoyar y de orientar mis sueños literarios. Como novicio o “jovenzano”, palabra cara por aquel entonces a Antonio, tuve el gran privilegio de acudir unas cuantas veces al piso, legendario, de Sarrión en la calle Azcona de Madrid; un apartamento consagrado por entero a la poesía y la bohemia: de día, centro de estudio, lectura y comentario bajo la advocación del luminoso Apolo y, más o menos desde el crepúsculo de la tarde, cava poética donde se rendía culto al más sombrío y caótico Dionisos y se libaban botellines sin tasa en honor de Baco.

¡Cómo fumábamos entonces! Un pitillo tras otro. Claro que Antonio nos ganaba a todos. Sospecho que debía de fumar también mientras dormía. Hace unos años consiguió la proeza de dejarlo. Pero en aquel momento, no fumar era lo política y litrerariamente incorrecto y un tipo o tipa que no fumara era sospechoso no sé, de cualquier cosa, puede que hasta de ser confidente de la policía. Recuerdo una tarde en que me encontré en el piso de Azcona con Leopoldito Panero, ese gran poeta y artista del exceso. La mesa de centro de Antonio rebosaba de botellines de mahou, puede que hubiera algo así como treinta, y se los había trajinado en las dos horas anteriores nuestro ilustre “maudit”, que en aquella época se apoyaba mucho en Sarrión.

Pero además de Leopoldo María, por ese piso recalaban con asiduidad Eduardo Chamorro, Marcos Antonio Barnatán, tan borgiano como judío, el gran poeta cartagenero y casi cartaginés José María Álvarez, la redacción en pleno de la revista La Ilustración Poética, que comandaba nuestro anfitrión, y desde luego, el gran Benet, Juan Benet, por entonces gurú controvertido y máximo de las letras españolas. Imaginen las emociones de un joven de provincias recién matriculado en Letras al afrontar, como privilegiado oyente, a estos personajes, ejercitando con deleite el don de la amistad. Si Umbral glorificó la noche en que llegó al café Gijón, yo que llegué a Madrid, ay, en la época de decadencia y extinción de los cafés, debería ponderar la tarde en que llegué al piso de Antonio Martínez Sarrión en la calle Azcona.

Y es que, además, debo decir que mi libro de cabecera fue por mucho tiempo el Teatro de operaciones, ópera prima de Sarrión, que era reconocido en el panorama postnovísimo como adalid o representante no oficial del espíritu de la Internacional Surrealista. Su obra poética no ha dejado de evolucionar y decantarse desde entonces, siempre a través de los senderos de la lucidez y la experimentación, mientras que su faceta memorialística eclosionaba en los noventa y lo erigía como uno de los mejores cronistas de la generación del 68 en España.

El último libro de su ya copiosa bibliografía tiene un curiosísimo título Avatares de un gallinero o Robinson en el Retiro, y nos ha brindado la grata ocasión de volver a converger en nuestras trayectorias respectivas. En este caso, actuando yo como editor de mi antiguo maestro y él al otro lado de la barra, el que le pertenece, el del autor. El libro es una guía personalísima, muy libre y escrita en un soberbio castellano acerca del parque más emblemático de la Corte y acaso uno de los más emblemáticos de todo el mundo: el Retiro madrileño. Sabroso anecdotario, omnipresente ironía, rica documentación y copiosa iconografía. Todo ello permite a los lectores de este libro, editado en su colección Esenciales por la Consejería de Cultura, Turismo y Artesanía de Castilla-La Mancha, conocer el bello parque madrileño tanto en su realidad actual como en la pretérita y, sobre todo, disfrutar de la perspectiva de un incansable paseante contemporáneo, un curiosísimo Robinson contemporáneo que medita entre árboles, estanques y estatuas acerca de la fugacidad de los humanos empeños y también acerca de la perennidad de la belleza o de su anhelo

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LEÓN TENORIO Y SU FANTASÍA TOLEDANA

Con ese nombre y ese apellido, infunde respeto de galán avezado y maduro, y entronca con los linajes más ilustres del imaginario hispano. En efecto, León es un hombre bien parecido, de notable estatura y efigie de senador romano. Pero contradiciendo su apellido es un hombre sencillo y entrañable, que gusta rodearse de su esposa, hijas y nietos. Y ante todo, un gran dibujante y un excelente pintor.

Tenorio expone estos días y hasta finales de mes en el Centro Cultural San Clemente, dependiente de la Diputación, una abigarrada colección de acuarelas dedicadas a Toledo. Diríase que Toledo está agotado, fundido, hiperexplotado en sus mil facetas y momentos por esa legión de pintores, algunos buenos y muchos mediocres, frecuentadores del subgénero llamado “toleditos”. Pero Toledo es mucho Toledo. Como sucede con el Quijote, a pesar de todos los encantadores frestones sin encanto, a pesar de la infame turba de curas y de barberos, a pesar de la legión de harpías (léase amas y sobrinas), Toledo es filón inagotable, venero incansable de imágenes nuevas o que, al menos, producen en el observador un efecto siempre renovado y novedoso.

Casi todas las imágenes de esta exposición nos suenan, prácticamente hemos atravesado o merodeado todos los rincones perfectamente discernibles aquí, con un toque de maestría en la captación de atmósferas, en la evocación de esos cielos tan magníficos del viejo Toledo. Y entre cuadro y cuadro, una estampa insólita que recrea algunas de las leyendas toledanas de mayor impacto: Galiana, el Cristo de las cuchilladas, el Hombre de Palo, la Cava, la Dama fantasma de los cobertizos, el Cristo de la Vega. Leyendas acompañadas de un texto, a veces telegráfico y aforístico, a veces poético, para el que León Tenorio tuvo la gentileza de proponerme colaborar, a lo que acepté encantado. Es un nuevo formato, un injerto de sugerencias literarias en la recreación de una ciudad tan plástica y literaria como Toledo.

León Tenorio procede de los campos de la publicidad y la ilustración, y recuerda cuando los dibujantes publicitarios “acuarelaban” hasta los años 60 del siglo pasado en que se produjo la revolución del rotulador. Sus cuadros, sobre todo cuando comparece la figura humana, tienen el encanto de la ilustración y las tiras ilustradas, eso que ahora llamamos comic: si León en vez de toledano afincado en Madrid, hubiese desarrollado en Bélgica su vocación quizá estaríamos ante un gran maestro de esa escuela que se llamó la “línea clara”.Quizá de aquellos años mozos e iniciáticos procede la gran pericia de este artista oriundo de Fuensalida, que presenta en su debut en la capital regional una muestra muy adecuada para estas fechas y más que apta para ser visitada en familia, en pareja, en cuadrilla o, por qué no, en esa soledad tan apetecible, soledad quijotesca (que diría Bergamín) tan distinta y tan distante del aislamiento robinsoniano.

El Centro San Clemente, en esa encrucijada tan histórica de la plaza de Padilla, ofrece hasta fin de año una entrañable fiesta de la pintura y de la leyenda de la mano de este artista, León Tenorio, que es un hombre serio a pesar de su apellido burlador.
 

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SITGES, INVASIÓN CHANANTE

Sitges, además de unos hoteles modernistas y un cierto encanto Belle Epoque que resiste los embates del horterismo turístico, tiene unas cuantas cosas de interés: la casa museo Fortuny, el Rincón de la Calma, la ciudadela azotada por las bramantes olas de un mediterráneo que se torna aquí un punto cantábrico, el chiringuito donde el gran César González Ruano inventó el uso de un vocablo supuestamente cubano, la única estatua a El Greco fuera de Toledo… Sin embargo, lo más notable de Sitges es su Festival: una cita anual con el mejor fantástico de todas latitudes y el preámbulo al estreno comercial de un buen repertorio de películas que se inclinan a géneros en la frontera del espejo y que hoy día se suelen asimilar a eso que se llama “thriller”.

Estaba el mar tempestuoso y entre joyas del fantástico sueco y el premio al film de la hija de Lynch, no pasó desapercibida la presencia castellano-manchega, acreditada como cada año en Brigadoon de la mano de Javier Perea y su infatigable Imagen Death. Este año hubo un sinfín de novedades como el debú en la producción de largometraje de este toledano poliédrico y tenaz con un pase nocturno en el cine Casino de “Las raíces del mal”, película trepidante de serie B que arrancó aplausos de un público entregado y adicto al género.

Los cortos de “Hecho en Castilla-La Mancha” fueron seguidos por unos doscientos espectadores atentos y respetuosos, buenos cinéfilos, que disfrutaron con trabajos de Joaquín Sendino, Daniel Chamorro y otros jóvenes cineastas de la tierra. Los muchos fans de la extinta serie, que sigue arrasando en you tube, “La hora chanante” pudieron disfrutar de un programa especial con descartes, tomas falsas y cortos previos de la mano de Santiago de Lucas, realizador del programa y su creador junto a Joaquín Reyes.

Santiago, que es oriundo de Villaluenga de la Sagra, trasladó a los estudios de la Paramount el grupo que se había constituido, entre el humor socarrón que da la tierra y toda la iconografía pop, durante sus estudios de Bellas Artes en Cuenca. Efectivamente, el producto televisivo más influyente del nuevo milenio tiene clara denominación de origen castellano-manchega. De este material inédito que Santiago de Lucas ofreció en Sitges, material descartado por cuestiones de derechos o consideraciones de guión y producción, destacaría la parodia de “El paciente inglés” o la primera versión de la caricatura del pintor Antonio López a cargo de Joaquín Reyes. Material chanante en estado puro. Memorables también los videos de la época conquense, la fundacional: una fiesta de inauguración de una exposición de Joaquín Reyes o un hilarante golpe de estado militar en plena avenida de la República Argentina.

Remató la intensa sesión el pase de “Miguelito”, el más reciente cortometraje de Santiago, desternillante y subversivo como todo lo que hace este artista, que explora la realidad y sus falsas apariencias a través de la cámara y bajo una máscara de humor que esconde preocupaciones de más hondo calado.

Otro plato fuerte fue el ciclo de homenaje al director Miguel Morayta, centrado en su faceta fantaterrorífica, acompañado por una exposición sobre su biofilmografía con carteles de sus films y de un video de salutación al público español y a su tierra manchega. ¿Qué quién es Morayta? Pues un señor de 101 años, nacido en la provincia de Ciudad Real, exiliado político, que ha producido y/o dirigido la friolera de un centenar de títulos. Un pilar del cine mexicano, vaya. Y un gran tipo que viene recuperando, estudiando y homenajeando otro gran personaje de nuestro cine: Domingo Ruiz Toribio. Si desean saber más sobre Morayta, sólo tienen que adquirir el reciente libro que Domingo le ha dedicado. De los tres largos suyos que se dieron en Sitges, asistí a “El vampiro sangriento”, un film que no tiene demasiado que envidiar a los homónimos de la Universal o de la Hammer.

Encuentros gratos nunca faltan en Sitges: el gran crítico y amigo Jesús Palacios, los editores de Valdemar (ese sello mítico para cuantos amamos “le Fantastique”) y también amigos, el gran Javier Gutiérrez, que ha triunfado con “Tres días” y era jurado en el Premio Meliès… Por cierto, que me lo encontré en el Sweet Pachá, espacio acotado y lujoso junto al club Náutico, al que nunca había accedido en tres años de acreditación en Sitges. Un mundo un tanto lyncheano con hieráticas gogós enmascaradas y un carablanca que nos guió a través de nocturnos laberintos.

La noche de Sitges se pobló de legiones de zombies procedentes de un macroconcierto en la playa. Pero uno, en su fuero interno, se volvió con la convicción de que Sitges había vivido la noche más chanante
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LOS VERANOS AGRIDULCES

Las bicicletas son para el verano. Pero también los sueños y los recuerdos. Hay toda una lírica asociada al verano y a las vacaciones. Es cierto que el verano te pone a soñar y a recordar. Pero no se olvide que, en su versión más extrema y negativa, el sueño es pesadilla y el recuerdo desamparo, melancolía, malenconía como escribían deliciosamente nuestros antiguos.

Hay que reconocer que el verano mesetario es, por momentos, bastante atroz. Según un amigo mío de Ciudad Real, de cuatro a seis y media sólo se sale de casa por causa mayor, o sea defunción; enfermar no se considera causa mayor pues el salir en busca de auxilio al médico o a la farmacia puede conllevar consecuencias fatales. Esas horas cenitales en que las meninges parecen a punto de explotar y uno se cuece en una pesada digestión en algún rincón sombreado con el tropicano entre los muslos, son, en contra de lo que pudiera parecer, horas proclives a una suerte de éxtasis místico, algo parecido a una fiebre o a la media hora de espera previa a la explosión lisérgica de, pongamos por caso, el viejo LSD. Así como el verano tropical, insufrible a menudo, predispone al sexo, el verano castellano predispone al erotismo, esto es: a la sublimación o especulación más o menos secreta en torno al sexo.

Y del erotismo al misticismo hay sólo un paso: yo supongo que Moisés de León compuso su maravilloso Zohar en las ardientes tardes de julio de Guadalajara, donde desde luego pegar pega bien…

Nada hay más ajeno que un amor perdido, a no ser claro una amistad perdida, y esas cosas regresan en verano, como las bicis y las motos. Ya uno, ay, hace recuento de bajas y debe reconocer que perdió ya en buena parte la ilusión juvenil de los veranos, esa sensación de mágica espera, de que algo o alguien iba a irrumpir para transformar la monótona grisura del uso y la costumbre.

Se agolpan recuerdos: el primer beso a una chica en el Vivero, canciones de Adamo en las soirées del Serranía, el triste abandono de la pista de tierra batida donde era imposible jugar por el calor, un SIMCA mil azul cargado de familia y con la baca plagada de bultos patinando en las curvas de Minglanilla, los campos de Irlanda de un verde insultante desde la ventanilla del avión, los bulevares y los cines de París cuando en España no se podía ver ni La dolce vita, una dulce nadadora americana ebria de vino en los portalones de Salamanca, canciones de Bob Marley en el Molino Blanco de Jávea, cierta buhardilla de Madrid que era un horno donde sin embargo sucedían cosas maravillosas, el anhelo del río helado al que uno corría despojándose de prendas…

Queda desde luego una cierta sensualidad asociada al verano: el campari con zumo de naranja y mucho hielo, la novela negra tumbado en el césped de la piscina, el viaje a alguno de los países secretos (yo, parafraseando a san Juan de la Cruz, los llamo “ínsulas extrañas”) de España: el Bierzo, las Batuecas, la Maragatería, las Hurdes, etc… En general, lo más sensato y chic es quedarse quieto, no viajar (ese exlujo tan devaluado) y transformar la rutina en pequeños instantes mágicos. Sé de un poeta, gran poeta, que veranea en su piso y ciudad acostumbrados, dedicado por completo a su pasión y a su verdadero oficio. Me parece el colmo del dandismo y de la elegancia.

Le dediqué un poema en que proclamo que “ya no existen islas para nuestra desesperación”. Él me replicó cordialmente con otro en el que ensalza mi capa, que puntualmente me pongo algún invierno, y mi leyenda, que él mucho más que yo ha sido capaz de discernir…

Cosas del verano, que nos pone a soñar y a soñarnos…

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REGRESO AL INSTITUTO Y EL TEATRO QUE CAMINA

Es siempre emotivo y también arriesgado el corredor, a veces sin retorno, del tiempo; volver a esos sitios donde se atravesaron encrucijadas cruciales, valga la redundancia, del proceloso laberinto de nuestras vidas. Carmen Palomares, su directora actual, y Gloria Lledó, profesora de Lengua y Literatura, han tenido la deferencia de invitarme a dar una charla en el salón de actos del Instituto Alfonso VIII de Cuenca, el centro donde estudié el bachillerato. La cita tenía un doble componente emocional pues el edificio va a experimentar una refuncionalización que lo va a transformar por completo en ese grande y moderno liceo que reclama el centro de la capital conquense. Así que era, a la vez, para mí una especie de reencuentro y también de despedida.

Ya el salón de actos me noqueó a fondo: el mismo donde el señor Obispo bendecía la inauguración de cada curso, el mismo donde aprendí a amar el cine en aquellas proyecciones de cineclub en 16 mm, un formato cuadrado y pequeño, que te permitía casi tocar a Alexander Nevski o al gran Pepe Isbert en Calabuig. Recuerdo a Vicente Tusón, mi gran maestro en iniciaciones literarias, hablando del XVI como el siglo del apogeo español con su reverso trágico de mendigos y de picaresca. También una especie de crisis mística que tuve a los 15 años con ocasión de unas misiones o algo así que se celebraron en ese mismo salón. Y sólo un año después, vertiginosas mudanzas adolescentes, cómo nos escapamos de los ejercicios espirituales que allí se celebraban y nos dedicamos a espiar desde un bendito tragaluz a unas modelos que se quitaban y ponían ropa para un desfile en el Círculo de la Constancia, normalmente denominado el Casino…. Por cierto que aquellas modelos que hacían circuitos de segunda b por las provincias de la España profunda estaban mucho más buenas que las topmodels de labios hinchados y mirada farlopera que triunfan hoy día en los medios, o eso me parece a mí a través del recuerdo.

Claro que hay recuerdos también oscuros, asociados a esa época de terrible darwinismo en que, retorciendo la imagen e invirtiendo lo que en la naturaleza se da, sucede esa metamorfosis tan dolorosa en virtud de la cual la mariposa/niño se transforma en el gusano/hombre. Unos báteres sórdidos y siempre inundados donde escuchabas cosas sobre el sexo que en el aula, naturalmente (hablamos del final del franquismo, principios de los 70), ni se tocaban. Tengo el raro privilegio de ser un estudiante sancionado por leer el Quijote en la media hora de recreo, tanto me ha gustado siempre. Resulta que estaba prohibido permanecer en el aula y el bedel que me instó a ello desafió mi razonada e inocua negativa, diciendo:

-No sabes con quién estás hablando, se te va a caer el pelo, tengo el pecho cubierto de medallas…

Esta clase de expresiones eran bastante recurrentes en la época a que nos referimos.

En fin, fue grato este reencuentro que también es despedida, con el viejo Instituto Alfonso VIII. Hice un repaso junto al público asistente a mis ya tres décadas de dedicación a las letras. No sólo como autor sino también como editor e investigador literario. Refiriéndome a esta última faceta, recordé a don Antonio Enríquez Gómez, gran poeta y dramaturgo conquense del siglo XVII; desde luego, el clásico mayor que haya visto la luz en la ciudad del Júcar, pese a que ésta parece poco encariñada con él, a pesar de los esfuerzos de Carlos de la Rica, de Heliodoro Cordente y de mí mismo por recuperarlo.

Tan grande fue don Antonio y tan lúcido que, tengo para mí y así lo conté, se le puede considerar como un pionero de la invención, al menos literaria, del cinematógrafo. Está en unos versos inéditos en que una reina enferma medita acerca de la fugacidad de las cosas en el exuberante jardín de su alcázar y extrae ciertos desengaños de una fuente, contemplando su cambiante imagen reflejada en sus aguas. Son éstos:

Aqueste espejo de flora/ que está el mármol guarneciendo/,
aquesta tabla de fuente,/ aqueste de cristal lienzo,/
me pinta y despinta a un punto/ y onda a onda sucediendo,/
en teatro que camina/ mi brevedad represento.”

Reléanse con atención estos versos: ¿no hay aquí esbozos del “travelling”, de la planificación y del montaje?, ¿no se propone en ellos una premonición de la imagen en movimiento? Acaso ese “teatro que camina” de don Antonio Enríquez, quien figura representado en el lienzo de Hijos ilustres de Cuenca pintado por Víctor de la Vega para el Instituto donde estudié, no sea sino otra forma de denominar al cine, ese arte de masas pero también de autor que tardaría en implantarse dos siglos y medio después de estos versos.

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DE LIBROS Y DE ÁRBOLES

Por mayo, la fiesta de los libros eclosiona y uno da gracias a los dioses, al apolíneo Polo,al saturnino Saturio y al dionisiaco Dionisio, tanto como a los feroces petroces que rigen los bosques y los prados, por seguir vivo un año más, por no haberse reunido todavía con sus maestros William, Miguel y Jorge (sí, claro, Manrique, el de las Coplas no a su padre, sino a la muerte de su padre, que también murió a finales de abril), y poder contemplar la maravilla florida y majestuosa del árbol de la plaza de la Merced, aspirando el mágico aroma a infancia (quizá mejor a adolescencia) del pan y quesito, que en mi Cuenca natal denominábamos “mamachochos”, vocablo algo rudo pero altamente expresivo, desde luego.

En Madrid, en la magnífica Biblioteca Histórica de la Complutense, el gran poeta manchego Miguel Galanes presentaba su excepcional ensayo “El arte de la ilusión (Elogio de la dignidad)” (editado por el Servicio de Publicaciones de Castilla-La Mancha). Galanes, timonel del sensismo y de otras naves, propone la escritura como vía de exploración y también de redención y ofrece un libro de pura literatura, que no de literatura pura, donde (como Borges) recrea sus lecturas, incluidas las de sus propios poemas.

En Nueva York, su espacio decisivo junto a La Mancha natal a la que ha vuelto, Dionisio Cañas presentaba en el Cervantes su último poemario editado por Almud (“Y empezó a no hablar”), dentro de una cuidada colección de poesía que dirige con tino Alfonso González Calero, un intelectual y editor con el más alto sentido de la Región pero alejado de todo terruñismo y de ese zombi llamado provincialismo que se resiste a regresar a su sitio natural: la fosa. Dionisio, que reniega del estilo y de toda su retórica farfollesca adherida, es un género en si mismo. Tras triunfar con sus videopoemas, retorna a la poesía escrita que nunca dejó y lo hace con un libro elegiaco de esos años suyos, tan sabios como locos, de Nueva York, que no podía haber presentado mejor en otro sitio. Pero Dionisio no para y anda embarcado ya en un proyecto de videocreación por mitad CAAM y manchego, y en sus ya experimentados poemas colectivos a partir de la basura y de los desperdicios. A ver cuando se anima y propone un poema sobre el tema en Toledo, que materia prima no ha de faltarle.

“Inmaduros 26”, la antología de poetas jóvenes de Castilla-La Mancha preparada por encargo de la Consejería de Cultura por Jesús Maroto, ha cerrado también su periplo de presentaciones que la llevó de Toledo a la Villa y Corte (Feria del Retiro) y luego, a las restantes capitales provinciales. Fue en Cuenca, en el marco de la Feria del Libro, en un ambiente demasiado íntimo tal vez pero grato y entregado al fervor poético. La anterior presentación en Ciudad Real fue todo un éxito de público y de impacto mediático, con polémica incluida (al parecer algún poeta es tan inmaduro que pretende haber alcanzado la madurez, allá él: todos los poetas y las poetas que amo fueron y son inmaduros crónicos y maravillosos). Claro que en Ciudad Real ofició de maestro de ceremonias el gran periodista y también poeta (ah, su pasoliniana y lorquiana “Noche de Peces”) Alfonso Castro. Por cierto, que Jesús Maroto anuncia su plena inmersión en el campo de la edición de autor con su editorial “El sombrero de ala ancha”, radicada en la capital regional. Arranca con un poemario de una joven gran dama de nuestras letras (españolas y manchegas) que va a dar mucho que hablar y que, como es de ley, desvelará el propio Maroto cuando le plazca.

En fin, que florecen libros próximos (como florece el árbol de la Merced) y uno se pone contento, más cuando me dice un amigo común que al gran Alex de la Iglesia le ha gustado mucho mi novela “Club Lovecraft”. Todo un subidón.

Como broche, un gran y merecido libro, “La versatilidad del comediante”, en el que el crítico y dramaturgo malagueño Adelardo Méndez recorre la trayectoria vital y dramatúrgica del autor toledano Antonio Martínez Ballesteros. En un emotivo acto en la Biblioteca del Alcázar, acompañado del gran José Monleón y presidido por el Presidente Barreda, se rindió homenaje a toda una vida, felizmente en plenitud y lucidez, dedicada al teatro. María Soledad Herrero, Consejera de Cultura, llamó “ilustrado” a José María Barreda y comparto la apreciación. Para mí es sintomático y aleccionador que el Presidente de la región más literaria del mundo (La Mancha es la patria verdadera de los que nos expresamos en castellano, según Carlos Fuentes) acompañara la presentación de la antología de jóvenes poetas en 2007 y ahora la de este libro valioso sobre un veterano dramaturgo.

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LOS PASAJES LICENCIOSOS DE AMADOR PALACIOS
 

He seguido la trayectoria poética de Amador Palacios desde mediados de los ochenta que es cuando nos conocimos. Aunque a veces he cultivado la exégesis, glosa o comentario de ella, la neutralidad no era posible pues el fervor y la amistad se anteponían inevitablemente. En lo que llamé su laboratorio poético de San Cristóbal, en el legendario Montichel toledano, sobre un agreste Tajo que sedujo a Rilke y de seguro hubiera seducido a Munch, pues más que agreste en aquel tramo parece un río desesperado, intercambiábamos lecciones de postismo y otras hierbas que él me impartía a cambio de mis relatos africanos, puede que tan soñados como vividos, que por aquel entonces parecían entretenerle sobremanera. En general, nos unía el don de la ebriedad y una donosa inclinación a las carcajadas compartidas.

Gracias a Amador, poeta que siempre supo elegir a sus maestros, tuve el gran privilegio de conocer y frecuentar en su casa a grandes de la talla de Ángel Crespo, Claudio Rodríguez, Antonio Martínez Sarrión o Carlos de la Rica (a los dos últimos los conocía de antes y, a mi vez, los tenía ya por maestros y amigos). Por intermediación suya, entré en contacto epistolar con Ledo Ivo, prosista y poeta brasileño de primera línea, y con el gran José Corredor Matheos, con el que sostuve una relación discipular por carta muy gratificante, empapada de espíritu zen (esto es, minimalista e ilimitada), que años después se transformó en amistad y colaboración presencial y estupenda. Debo pues a Amador grandes contactos y la ratificación de otros preexistentes y cuento todo esto para ambientar el impacto y la sorpresa que en mi ánimo ha causado la lectura de su último poemario “Licencias de pasaje”(Ciudad Real, colección Ojo de Pez de la Diputación Provincial, 2007).

Una cosa es saber que un poemario te va a gustar y otra esperar sorpresas de un autor cuya trayectoria se ha seguido bastante de cerca por espacio de un cuarto de siglo. Pues bien, este libro supone la sorpresa de poder disfrutar de una vuelta de tuerca que el propio poeta da a su poética. Con la música y la naturaleza como claves de redención ante una realidad cada vez más alejada de toda edad de oro, cada vez más tópica y menos utópica, la poesía de Amador se mantiene fiel a sí misma con la prioridad del trabajo literario, el acaso mal llamado juego de palabras, y un peculiar sentido del humor, una ironía emparentada tardíamente con el postismo quizá. Pero aquél se ha hecho más sabio y contenido, de alguna manera es como si se hubiera depurado; en cuanto a éste, se ha hecho más contenido, por momentos más sombrío y desencantado.

Pero mejor extraer algunas citas. En Metáfora, tras una sabrosa descripción de una correría senderista, obsérvese al crudo cierre, con su ironía y su explícita filiación manriqueña (clásico muy caro a este poeta y estudioso de las vanguardias):


“Al cabo, duro asfalto; ya, por suerte,
asoma una vereda: que es la muerte.”


En clave más lúdica y humorística, otro poema La rendija (con estrambote) muestra cómo las aficiones camineras del poeta le surten de buen material poético, aquí la filiación es como más quevedesca:


“Azuzando el bastón nos enfrentamos/con una pina cuesta coronada/
Por una amplia hendidura sonriente;/ de roca, la Rendija es alargada/
Vulva iniciática por la que entramos/ a un seno de vagina complaciente.
Volviendo por el Paso de Poveda,/ se añora la Rendija en la vereda.”


La cotidianeidad enfrentada a los grandes enigmas insondables de esta cosa o menester tan extraño del vivir (¿y dónde si no en ella nos enfrentaríamos cada Quisque a ello?) es otra constante de Amador Palacios que en este libro se decanta y perfecciona. Así cuando, ante la “apoteósica protuberancia” de Peñalara, declara la posibilidad de que el autor de tan majestuosa fábrica pudiera no ser el Dios de Ratzinger. O en el siguiente cuarteto en que el grandioso enigma del mar se contrapone a prosaicas necesidades fisiológicas:


“Me levanto a orinar en la alborada.
Moviendo una persiana graduable
veo que el mar persiste insobornable,
relevando a la sombra derrotada.”

Estructurado en tres partes, una primera donde el poeta exhibe una madurez en el soneto rayana con el virtuosismo (léanse Siesta o En vísperas circulan) y una final en la que impera el verso libre, el Interludio consiste en un ramillete de haikus, donde todas y todos encontrarán algo que se acompase con su estado anímico, tan condicionado, ay, por eso que en una iluminación juvenil dimos en llamar la momentología. Me limitaré aquí a reproducir dos que a mí me han gustado:

“Árbol de enfrente,
con tus ramas desnudas
me comprometes.”

“De pronto hay niebla:
remordida y estrábica,
Toledo dentro.”

Las claves de este singular poemario, que conecta las trnsvanguardias y posmodernidades con el sencillo mensaje horaciano y con el viejo tema del beatus ille, se encuentra tanto en la cita de Russolo que lo abre, acerca de las propiedades sanadoras del silencio y de los ruidos del campo, como en el soneto Naturaleza y música.

Pero lo mejor, sin duda, es hacerse cuanto antes con el libro y disfrutar de estos instantes de plenitud de un gran poeta.

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EN EL PAÍS DE RIMBAUD

Recientemente he cumplido un sueño, uno de tantos que abrigué de joven, cuando a los quince años garabateaba versos en un bloc cuadriculado sobre mundos que desconocía, como el amor, o continentes que aún no había visitado, África por ejemplo. He hecho una ruta rimbaldiana, claro que incompleta. Básicamente, he visitado su ciudad natal, que es también la de su tumba, Charleville; la ciudad de sus escapadas adolescentes, la minera y populosa Charleroi, ya en la raya belga; y Bruselas, ciudad rimbaldiana donde las haya, donde estalló su tormentosa relación con Verlaine, en forma de disparo y aparatosa huida, con denuncia policial y subsiguiente cárcel para Paul Verlaine. Lógicamente, quedan fuera de esta ruta ciudades clave como París y Londres, y naturalmente el cuerno de África o Marsella, escenario de su agónico retorno a la patria.

Por delicadeza, si no la vida, hemos perdido tanto tiempo. Mas nunca es demasiado tarde. ¡Qué bello Charleville y cómo ama Francia a sus poetas! En su villa natal, A.R. es casi una pequeña industria cultural. La casa familiar, el liceo, el molino dedicado a museo suyo, el busto frente a la Gare (de la que huía para ser devuelto por la policía ferroviaria), la escultura en que parece un montaraz Tom Sawyer, mejor un Huckelberry Finn frente al hermoso río de las Ardenas. Nos llovió a cántaros, pero de repente los hados quisieron que un haz de sol hiciese refulgir las hojas doradas de los álamos que jalonaban la bellísima “fleuve”... Unos minutos de recogimiento ante la sencilla tumba belle epoque en mármol blanco, a la que acompaña la de su hermana y a cuyos pies reposan las de sus padres, y Charleroi, donde nada me hizo evocar al creador de las Iluminaciones y Una temporada en el infierno. Sin embargo, sí que pensé en sus correrías atravesando los hayedos y los ateridos campos que separan ambas ciudades, diestramente guiado por mi gran amigo Pedro.

Charleville es bella, muy bella, y ama a su hijo pródigo, al que recuperó muerto, pero uno comprende que Rimbaud deseara escapar cuanto antes de allí. Incluso que a un espíritu tan radicalmente genial y disidente también París y Londres se le quedaran pequeñas, con su prosaico maquinismo y su servil progreso adscrito a la tiranía del vil metal, del dios dinero. Su problema no era con su entrañable profesor de retórica, que le adiestró en componer largas odas en francés y en perfecto latín. Su problema era con la Literatura misma. Como apunta Cintio Vitier, acaso sólo exista otro escritor tan transgresor, tan límite como él: nuestro gran Góngora. Apenas tres poemarios, un montón de borracheras, una aproximación a la revolución imposible y una lección de sinestesia asignando colores a las vocales. Después el silencio, la página en blanco de Juan Ramón, pero de verdad, no como posturitas de billar nocturno.

En Bruselas, localicé gracias a Mr.Google el hotel actual donde se alzó el Grand Hotel Liegois; a tiro de piedra de la Grand Place el letrero que indica donde Verlaine le pegó el tiro; y en una popular tasca de la calle de los Carniceros, donde se sirven los mejores mejillones del mundo, la fonda donde se restableció. La relación entre los dos poetas se ha simplificado hablando de homosexualidad. Fue algo mucho más complejo e intenso que el sexo, aunque quizá incluyera algo de éste. En la Place Rouppe, uno alcanza a entender la huida de Rimbaud y su denuncia. Armado, desesperado y borracho de absenta y cerveza belga, Verlaine le iba a pegar otro tiro en el andén y luego se iba a suicidar, ante su incapacidad para aceptar que ya no había continuidad para ese duelo/alianza de almas gemelas, en que el discípulo oficiara de maestro.

Quiero acabar esta evocación de mi querido maestro con un breve poema que compuse esos días pensando en él:

Como Rimbaud,
Yo fumaba en pipa y visitaba cementerios.
Como Rimbaud,
Sacaba sobresalientes en latín
Y espiaba las nucas de las muchachas
Y sus divinas espaldas.
Como Rimbaud,
Busqué el secreto de África
Y quedé enganchado a su magia para siempre.
Como Rimbaud,
Algunos días decidía no ducharme...

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LA NATURALEZA EN TOMÁS PECES

Lo tengo ya escrito: prefiero los membrillos de Tomás Peces a los del mismísimo Antonio López. Toledo, que es un oasis de arquitectura y de historia (mas también de vegetación) en medio de la estepa, le enseñó la magia de la higuera, la del olivo, la de la morera, la del reseco pinar allá en el enclave mágico de la Bastida... Y su mirada de pintor, apenas distraída por aquellas Venus de Safón de empapapadas enaguas a las que sus enlutadas tías cubrían para protegerlas de las miradas de los hombres acodados a sus vespas, incluso antes de saberse pintor, captaba las estrías de las cortezas (gobernadas por secretas geometrías), las venas de las hojas (serpenteantes como nilos diminutos), las ruborizadas flores emergentes como lujosas coristas de revista en teatros desvencijados.

Está el oficio y está el don, o eso que los flamencos llaman el duende. Tomás Peces tiene ambas cosas. Sus ramas de florecientes almendros, sus ya mentados membrillos, sus parques y jardines son suyos porque, siendo el natural pintado, tienen ese toque Peces, tan genuino, tan inconfundible, tan de autor. Enamorado de sus árboles y de sus jardines, me embarqué con este artista en un particular homenaje a La Celestina, el año de su supuesta edición princeps (el 1999). Le propuse desarrollar plásticamente la escena del Huerto de Amor (en mi apreciación, quizá la única aportación personal de Fernando de Rojas al auto del autor viejo y principal) del modo siguiente: desaparecida la figura humana, el espectador vería aquello que supuestamente habrían visto los amantes en la noche rumorosa de arroyos y abrazos de arbóreas copas. Aquellos óleos pintados sobre papel, irrupciones de la naturaleza en todo su esplendor, expuestos sin enmarcar, desnudos, transformaron en jardín el patio mudéjar del Colegio de Arquitectos de Toledo en una de las muestras más hermosas e íntimas que yo recuerdo. Aún no he perdido la esperanza de que una de esas instantáneas del Huerto Erótico de Tomás Peces invada un día con su selvático mensaje el salón de mi casa.

Para ambientarme de cara a urdir este texto sobre su muestra, que añade obra reciente a maravillas como las que acabo de describir, Tomás me habla de España como proceso de deforestación en una de esas metáforas o instantáneas suyas que parecen disparatadas en superficie pero contienen una potente carga de verdad y de profundidad. Yo prefiero regresar al Huerto Erótico, al mimo de un artista que, con artesanal minuciosidad, reproduce la rama tronchada de un almendro en flor, esa imagen de la impaciente primavera.

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EL CLUB LOVECRAFT Y LA FANTASÍA DE ENTONCES
 

¿Qué es antes la vida o el arte? ¿Quién imita a quién? Estamos en otro laberinto, bajo la cáscara de un redivivo huevo de colón, en la sala de los espejos de la dama de shangai, dentro de una muñeca de muñecas rusa, mareando la perdiz, tocando la cola de la pescadilla, pintando la mona en definitiva.... Yo ya no sabría decir. El arte es vida y la vida forma parte del arte. Como sostienen los nuevos cabalistas, un avión supersónico forma parte también de la trama, del guión urdido por ese sumo hacedor al que buscamos infructuosamente más allá del mundo que ha creado y que, acaso, esté en las cosas por él creadas, sea ellas y en ellas y, de tan cerca como lo tenemos, nuestra humana miopía nos impida discernirlo.

Mi novela El club Lovecraft se ha presentado en Madrid, en Sitges, en Aragón, en la República Dominicana, en el Perú y, naturalmente, en la ciudad de Toledo, que es escenario único de este thriller apocalíptico que funde en doble homenaje a la capital de la leyenda y de la melancolía con el genial escritor de Providence. Pero ha sido doblemente fantástico charlar sobre ella con un club de lectoras, compartiendo café en una sala de la Biblioteca Regional de Castilla-La Mancha, con la gentil colaboración y hospitalidad de mi paisana María Jesús Evangelio.

Para empezar, es muy distinto presentar un libro novedoso a un auditorio que aún no ha tenido la oportunidad de leerlo, que hablar sobre él a un grupo de lectoras que, no sólo han leído el libro (en síntesis, la búsqueda del libro prohibido Necronomicón a través del laberinto toledano), sino que conocen Toledo tan bien o mejor que el autor, puesto que su infancia transcurrió precisamente en los mismos o muy parecidos escenarios en los que la acción del libro transcurre.

El acceso del sicario a la catedral mediante un sillar rotatorio a través de un tobogán pétreo y frío, que concebí con la esperanza de que la acción diluyera la notoria falta de verosimilitud, resulta que existía, según el valiosísimo testimonio de una de las lectoras, Teresa, que accedía con sus amigas y amigos de infancia por ese medio a la capilla de San Pedro en los aledaños de la Puerta del Reloj. Otra de las lectoras recordó que, al igual que Tomislav (el Abducido), esconde el Necronomicón en un mechinal, en San Ginés apareció, en otro mechinal, hace unos pocos años un enigmático manuscrito arábigo, que se envió para su traducción a la Escuela de Granada (por cierto, nos encantaría saber con qué resultados).


Son dos pinceladas acerca de cómo vida y arte se entretejen, se confunden, se anticipan, se postponen.... Me encantó cuando Teresa contó que, por “la fantasía de entonces” la humedad del tobogán les parecía oro. Justamente, eso es lo que justifica y da sentido al hecho literario, que no es la solitaria y terrible gestación de la escritura, sino la gozosa comunicación o encuentro de la lectura: mantener la fantasía de entonces, la capacidad de asombro y sorpresa de la infancia, alimentando al niño que nos habita y que nunca debe morir.

Hemos quedado para hacer una ruta lovecraftiana por Toledo. Se supone que mi libro y yo seremos los guías. Pero tengo la certeza de que ellas me van a mostrar un montón de cosas, de detalles valiosos para mí desconocidos.

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